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Murió el poeta venezolano Armando Rojas Guardia

jueves 9 de julio de 2020
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Armando Rojas Guardia
“Yo soy, por indesmentida vocación existencial, un solitario”, escribió Rojas Guardia recientemente.

Armando Rojas Guardia, una de las voces fundamentales de la poesía venezolana contemporánea, falleció la noche del jueves 9 de julio a los 70 años de edad. El poeta era diabético y sufría una enfermedad pulmonar, a las que se sumaron en los últimos días diversas lesiones hepáticas y pancreáticas, por lo que desde finales de junio escritores y lectores venezolanos recolectaron fondos para su tratamiento en un centro clínico de Caracas.

Nacido en Caracas el 8 de septiembre de 1949, era hijo del poeta modernista Pablo Rojas Guardia (1909-1978) y de Mercedes Álvarez Gómez (1919-1973). Tomó el apellido completo de su padre en virtud de que su influencia fuera crucial para su carrera. Vivió durante sus primeros siete años en Praga, Haití y Nicaragua, como consecuencia de los cargos diplomáticos de su padre. Durante su juventud vivió en Bogotá, Friburgo (Suiza) y Solentiname, en Nicaragua, con Ernesto Cardenal, de quien fue discípulo y amigo. Posteriormente su vida transcurrió entre Caracas y Mérida.

Tuvo una amplia, profunda y sólida formación intelectual. Ensayista, crítico, docente de literatura, mística, mitología y filosofía de la religión, fue maestro de generaciones a través de su actividad tallerística. Su vocación como escritor se inició en su hogar, jugó un papel importante su paso por el taller Calicanto de Antonia Palacios, y se cimentó con su activa participación en la formación del Grupo Tráfico, a partir de 1981.

Ganador, en dos oportunidades (1986 y 1996), del Premio de Poesía del Consejo Nacional de la Cultura de Venezuela (Conac), así como del Premio de Ensayo de la Bienal Mariano Picón Salas (1997), Rojas Guardia era miembro de número de la Academia Venezolana de la Lengua desde 2015. Su obra está relacionada con el pensamiento místico latinoamericano.

Rojas Guardia publicó, entre otros, los poemarios Del mismo amor ardiendo (1979), Yo que supe de la vieja herida (1985), Poemas de Quebrada de la Virgen (1985), Hacia la noche viva (1989), Antología poética (1993), La nada vigilante (1994), El esplendor y la espera (2000), Patria y otros poemas (2008), Mapa del desalojo (2014) y El deseo y el infinito (2017).

Fue autor igualmente de los libros de ensayo El Dios de la intemperie (1985), El calidoscopio de Hermes (1989), Diario merideño (1991), El principio de incertidumbre (1994), Crónica de la memoria (1999) y La otra locura (2017).

La editorial El Otro el Mismo publicó en 2004 su Obra poética y en 2006 su Obra completa: ensayo, ambos volúmenes prologados por el poeta y ensayista Rafael Castillo Zapata. Asimismo, en 2009 los sellos bid & co. editor y EBUC-UCV publicaron la antología poética Fuera de tiesto, con estudio introductorio y selección de Harry Almela, volumen que incluye también una entrevista a Rojas Guardia realizada por la poeta y traductora Ana María del Re.

 

La partida de un místico solitario

La poesía y la vida de Rojas Guardia estaban por igual atravesadas por la experiencia mística, una realidad que compartió durante años con discípulos de toda edad y procedencia. “Los místicos son los maestros de la vida interior”, escribió en 2016 en ocasión de presentar uno de sus talleres.

“En nuestro tiempo, bajo el bombardeo constante y avasallador de los medios de comunicación de masas y esclavizados por el moderno mito de la velocidad, estamos permanentemente solicitados por una verdadera avalancha de estímulos exteriores, lo cual nos imposibilita muchas veces la experiencia gozosa de nuestra propia interioridad”, continuaba Rojas Guardia. “Ésta ostenta lapsos y ritmos que le son inherentes y que es necesario conocer para poder llegar a ser hombres y mujeres centrados tanto psíquica como espiritualmente. Los místicos constituyen los mejores introductores a ese conocimiento”.

“Yo soy, por indesmentida vocación existencial, un solitario”, escribió en mayo de este año al cumplirse dos meses de la cuarentena, en una nota publicada por el portal Prodavinci. “Sé muy bien que de mí depende, y de nadie más, que mi soledad se degrade a un individualismo militante, sordo y ciego frente a las heridas sangrantes de mi entorno, o, por el contrario, venga a ser una soledad poblada por presencias amadas, llena de atención, de delicadeza y de tacto ante el dolor ajeno. La soledad es la otra cara de la comunión. Bien entendida, no se opone a ésta: la supone y la implica”.

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