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Cenizas de la empatía: primeras páginas de la novela de A. Galiano Correa

jueves 12 de septiembre de 2019
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“Cenizas de la empatía”, de A. Galiano Correa
Cenizas de la empatía, de A. Galiano Correa (2018). Disponible en Amazon

Cenizas de la empatía
A. Galiano Correa
Novela
Orihuela (España), 2018
ISBN: 978-17-9199-969-8
247 páginas

Un enmascarado solitario y su fiel dron —llamado simplemente 0— emprenden un peligroso viaje tras leer en una red pública un enigmático llamado de auxilio proveniente del País del Viento Ámbar. Tal es la espita que desencadena los acontecimientos de Cenizas de la empatía, la primera novela del escritor español A. Galiano Correa (Orihuela, 1986). Una obra que se desarrolla en un mundo condenado, donde cualquier insumo es precioso y donde el encuentro con un semejante puede ser fatal.

En sus 247 páginas, el lector de Cenizas de la empatía asistirá a una sociedad violenta, atravesada por la constante necesidad de supervivencia y por desafíos demenciales. Un mundo «cataclísmico, oscuro y violento» en el que transcurre «un viaje de intolerancia, de choques de culturas, de sufrimiento atroz», como ha explicado su autor, un aficionado de los videojuegos, el manga, los cómics y el cine que ha vertido en esta obra las referencias que conforman su imaginario personal, y que ahora comparte con nosotros.

Hoy la Tierra de Letras ofrece a sus lectores el primero de los veinte “logs” en que se divide Cenizas de la empatía, una obra de ciencia ficción que comienza con un despertar y que te atrapará desde sus primeras páginas.


“Cenizas de la empatía”, de A. Galiano Correa: Log01

Un torrente de luz multicolor parpadeaba bombardeando su mente aturdida.

Sentía que la fuerza de la gravedad jamás hubiese existido.

Que ni el principio ni el fin pudiesen ser algo medible.

Notó cómo un líquido, caliente y denso, manaba de su mutilado cuerpo por los cientos de heridas producidas por los diminutos objetos punzantes.

Su respiración, lenta y entrecortada, se aceleró de forma brusca. Con el ritmo respiratorio en su punto máximo, sintió como si inspirase diminutos clavos incandescentes y deformados que perforaban sus pulmones, pecho y espalda. Intentaba no respirar para evitar el llameante dolor, pero era inútil. No había oxígeno en sus pulmones y su cuerpo, más que demandárselo, le sometía a hacerlo.

Notó cómo un líquido, caliente y denso, manaba de su mutilado cuerpo por los cientos de heridas producidas por los diminutos objetos punzantes. Sentía su musculatura hincharse y contraerse en violentas convulsiones, rasgando más si cabe cada parte de su ser.

Cerró los puños con tal fuerza que sintió que los nudillos fueran a desgarrarle la piel.

Por mucho que lo intentara ni olía u oía nada en absoluto. Sabía que tenía los ojos abiertos, pero solo distinguía las primarias luces de su mente.

Tras unos agónicos minutos, los haces multicolores empezaron a dar vueltas en su cada vez más dolorida y agotada conciencia.

Notaba sus articulaciones retorcerse en movimientos indescriptibles. La musculatura comenzó a tensarse de forma grotesca y antinatural.

Su respiración alcanzó un ritmo demente y terminal.

Gritó pidiendo ayuda, pero no sabía si valía de algo ni si usaba palabras que pudieran ser oídas o entendidas.

Los tendones seguían agarrotándose y contrayéndose sin descanso, como cientos de corazones en miniatura desbocados. Sentía cómo los músculos estaban al doble de su tamaño normal y las fibras continuaban expandiéndose, resquebrajándose.

Y todo cesó de forma repentina.

Ya no había haces ni confusión, tan solo sufrimiento.

Ahora notaba estar sujeto —o atado de pies y manos— a un pesado mueble. Una silla quizás.

No conseguía ver nada.

Detrás, a poca distancia, nacieron unos pasos.

Ahora podía oír con total claridad. Por el eco sabía que la habitación no era de grandes dimensiones.

Los pasos se acercaban con lentitud, desviándose por su espalda a la izquierda.

—¿Quién eres? ¿Por qué… estoy atado? —dijo con voz de hombre, mientras orientaba la cabeza hacia las crecientes pisadas.

No hubo respuesta.

Los pasos se aproximaban cada vez más hasta que, a escasos metros, se detuvieron.

Escuchó un estridente roce metálico, seco y breve.

Silencio.

Otro desagradable sonido, de abrasión y raspado metálico, comenzó unido a nuevos pasos. La presencia adelantó al hombre y se detuvo a un par de metros.

—¿Quién soy…? —dijo una joven voz masculina con desdén—. ¿Por qué te he atado? Lo sabes, aunque no quieras pensarlo… ¿Me estás escuchando… o tan solo me oyes?

Lo primero que vio fueron sus ropas cubiertas de sangre en la zona del vientre y la entrepierna.

El hombre reconocía algún matiz en aquella voz, aunque no sabía con exactitud cuál. Un recuerdo chocaba, se resquebrajaba e intentaba reconstruirse sin éxito en su maltrecha mente. Negaba con la cabeza, como si ese gesto ayudase a ordenar el rompecabezas mental.

—¿Q-qué? Yo no… no sé… —dijo confuso.

—No puede ser… No me lo creo… No puedes haberme olvidado. Tú, no… Eso no está bien… nada bien… ¡Sabes quién soy, maldito sitoe!

La joven voz avanzó unos pasos situándose frente al hombre.

El maltrecho hombre sintió dos impactos contundentes en sus ojos, unidos a destellos multicolores en su mente. De cada ojo notó brotar un fluido templado que acariciaba sus pestañas y pómulos. Parpadeó varias veces. Sus ojos comenzaron a percibir matices cada vez más luminosos que formaban principios de imágenes reconocibles.

Trascurridos unos pocos segundos, consiguió enfocar y graduar su vista.

Lo primero que vio fueron sus ropas cubiertas de sangre en la zona del vientre y la entrepierna.

El olor a hierro era intenso. A la vista le había seguido el olfato.

Pestañeó un par de veces para intentar retirar la sangre de sus ojos, pero nueva sangre ocupaba el lugar de la anterior.

De reojo, observó los pies de su captor. Iba descalzo y los dedos los unían membranas pequeñas, finas y traslúcidas. Lentamente, fue subiendo la cabeza, a la par que la mirada, hasta que consiguió ver el rostro de la joven voz en aquella sala derruida e infectada por el moho.

Los párpados del hombre desaparecieron. Parecía reconocer al ser que tenía delante, pero sus facciones eran una completa abominación. Tenía tres rojos e inmensos ojos cristalinos, carecía de orejas y la boca ocupaba casi medio rostro. Uno de sus brazos era un trozo de metal herrumbroso con pinchos y cristales en el que había incrustados pelos y pequeños trozos secos de carne y sangre.

—Ya era hora… parece que, al fin, al menos ves. Me alegro mucho, en serio —sonrió el joven mostrando los dientes afilados y podridos de su desproporcionada boca.

—Pero… ¡¿q-qué estás haciendo?! —dijo el hombre. Hizo una prolongada inspiración—. ¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?

La joven criatura negó con la cabeza, mientras mordía su inmenso labio inferior. Movió con un espasmo su cuello y puso su cara frente a la del hombre. Su aliento era nauseabundo.

—¿Qué quiero de ti? No me lo puedo creer… Creía que empezabas a entender, pero era una vulgar y simple ilusión. —Una baba turbia y grumosa recorría sus labios y barbilla—. Has estado cerca… una vez más… pero… ¡el hombre observador no consigue ver! No logra vislumbrar… ¡Miras, pero no observas! ¡¡Miras, pero no observas!! ¡¡¡Miras… pero no… observas!!! —dijo con atronadora voz inhumana—. Abraza el Sombrío Reflejo de tus actos y sus consecuencias.

Con los ojos inyectados en sangre negra, el enloquecido deforme alzó su oxidada extremidad. Tomó impulso, sonrió, y lanzó un demencial golpe sobre la cabeza del hombre.

Entre una tenue luz ambarina, el hombre enmascarado despertó empuñando con gran habilidad su pistola Beretta M9A3, la cual tenía escondida bajo una chaqueta enrollada gris que hacía de almohada. Apuntó a un pequeño dron, situado junto a una pared unos metros más adelante, que comenzaba lentamente a intensificar su visor frontal anaranjado.

La cúbica máquina, de cantos redondeados, emitió unos suaves y cortos sonidos agudos, mientras extendía y alzaba sus pinzas pequeñas.

No me dispares. Por favor —dijo el dron, que no medía mucho más de medio metro cúbico, en tono aflautado y despersonalizado—. ¿Cómo te encuentras?

El confuso hombre, que ocultaba su rostro bajo una máscara de tela oscura como el azabache, giró la cabeza en varias direcciones.

—¿0? —dijo el hombre bajando el arma—. ¿Qué… qué ha ocurrido? —Se llevó la mano izquierda a la cabeza, mientras observaba con lentitud a su alrededor—. Parece… que me va a estallar la cabeza.

El dron señaló, con su pinza derecha, a unos pequeños precintos situados junto a los pies del hombre.

La estancia se encontraba invadida por un fino polvo oscuro, amontonado en rincones y superficies y suspendido en el aire como diminutos insectos planeadores, mezcla de tierra, madera, ceniza. Por la distribución y decoración debía ser el salón de una antigua cabaña. Tan solo había sobrevivido, a duras penas, del mobiliario, un agujereado armario de pequeñas dimensiones, cojo de tres patas y al que le faltaban cuatro de sus seis cajones. Junto a la puerta de entrada se hallaba otra puerta, cerrada también, pero esta tenía pintado, en color bermellón, un símbolo básico y tosco que se asemejaba a un ojo. La luz del exterior se filtraba a través de una ventana apuntalada, de las tablas podridas y carcomidas de la pared y del estrellado techo, proyectando rayos en todas direcciones. El suelo estaba casi en su totalidad levantado y combado.

El dron señaló, con su pinza derecha, a unos pequeños precintos situados junto a los pies del hombre. Este se inclinó, los tomó en su mano, y los observó.

—¿Dos? ¿Me he tomado dos comprimidos de M3D? —dijo sorprendido el hombre.

—Eso parece. Llevabas días sin poder dormir bien.

—Pues parece que no han funcionado.

—Han hecho su función. Has dormido 2 días.

—¿Dos días? —Se tocó la entrepierna y olió con sutileza los dedos—. Ya sé quién tiene la culpa del fuerte olor… —dijo el hombre apretándose la cabeza con una mano, como si comprobara la resistencia de su cráneo con cautela.

Un ave cantó de forma errática y lastimera en la lejanía.

0 se acercó flotando al hombre y se ubicó junto a sus pies.

¿Era otra pesadilla, verdad? —dijo abriendo su visor por completo emitiendo una cálida luz.

—No es nada… —dijo tirando los precintos al polvoriento suelo—. Tengo bastante sed y hambre, eso sí.

—Queda algo de agua y carne ahumada en la mochila. Come lento o podrías vomitar por los efectos secundarios de los sedantes.

El hombre rebuscó en su gran mochila negra de polímero y encontró lo que buscaba.

—¿Cómo hemos llegado a la cabaña, 0?, no lo recuerdo… —dijo masticando un trozo de carne seca que había introducido bajo la máscara, sin apenas retirarla más allá del mentón, en un gesto aparatoso.

—Es uno de los efectos secundarios de los sedantes. Posible amnesia permanente. No más de 3 días. Deberías de saberlo a estas alturas. Por eso nunca es recomendable tomar más de una dosis por posibles complicaciones. ¿Qué es lo último que recuerdas?

El hombre bebió un poco de agua a través de la máscara.

—Nos acercábamos al Puente Huérfano para cruzarlo, creo recordar… Tengo una… una imagen en la distancia que… a medida que intento enfocarla… pierde nitidez en mi mente… Después, ya he despertado aquí.

—De eso hace 2 días y 13 horas. ¿Tienes arcadas o te da la sensación de tener el estómago descompuesto?

El hombre negó despacio mientras tocaba su vientre.

Excelente noticia. Con menos efectos secundarios menos preocupaciones —dijo 0 alzando las pinzas. Se posó a un costado del hombre y atenuó su luz emisora.

El enmascarado rebuscó en la mochila y sacó una robusta tableta electrónica gris, algo desvencijada, y la conectó. La pantalla parpadeó un par de veces y en cuestión de segundos tenía el menú principal a su disposición. Letras azules sobre un fondo negro iluminaban su máscara.

Su dedo índice parecía negarle a la gastada pantalla con gesto rítmico. Se detuvo en un mensaje y lo pulsó.

—¿Qué haces, amo? —dijo el dron observando la pantalla.

—Te he dicho muchas veces que no me llames así —dijo en tono apacible—. Compruebo lo habitual. A ver… La batería está al 43 %, autonomía aproximada de unos seis días, bien.

Verificó que tenía dos mensajes en su bandeja privada de ProxiTxt. El primero era de Rídianh. En el recuadro del asunto ponía: La gente te sigue echando en falta. El otro, de Lakáaip, mostraba: Vuelve, por favor… Borró ambos sin leer el cuerpo de los mensajes y comenzó a ver el contenido disponible general de proximidad pública.

—Vamos a ver, 0, qué tenemos por aquí.

Δ Vendo machete muy afilado sin apenas uso […].

Δ Compro filtros de agua poco usados […].

Δ Se sigue buscando a joven desaparecida. Cualquier información […].

Δ Únete a los Hermanos del Ojo Invertido Perpetuo. Descubre el genuino camino hacia la […].

Δ Busco chochete que quiera pasar un buen rato, yo bien dotado […].

Δ Bendo rayos ambarinos de calidad. Veras el peazo subidon imcreivle […].

Δ Soy El Gran, Único y Verdadero Hussi. Sano todas las enfermedades y expulso maldiciones desde […].

Δ Compro niño de no más de 10 años por balas o cloro. Total discreción […].

El hombre se llevó la mano izquierda al rostro. Un visible temblor recorrió su cuerpo.

—¿Ocurre algo? —dijo el dron apoyado junto al hombre.

—No es nada, 0… —Hizo una pausa—. 683 kilómetros, demasiado lejos —susurró el enmascarado con la respiración acelerada.

Continuó ojeando decenas de mensajes más. Su dedo índice parecía negarle a la gastada pantalla con gesto rítmico. Se detuvo en un mensaje y lo pulsó.

Δ Soy el responsable y regente del País del Viento Ámbar. Desde hace meses, estamos sufriendo un pequeño y desagradable contratiempo que deseamos sea resuelto, lo antes posible, por alguien dispuesto, resolutivo y discreto. Su eficacia será recompensada con creces.

—Aquí parece que hay algo, 0 —dijo más calmado.

—¿Estás seguro?

—Creo que sí. El texto no ahonda en detalles ni va al grano, pero parece ser un grito de auxilio.

El obturador lumínico del dron titiló casi de forma imperceptible.

—¿De cuándo es el mensaje?

—De hace nueve días y aún no lo han actualizado. Es muy probable que nadie vaya a responder al llamamiento. No tienen opción de respuesta privada en el ProxiTxt y el País del Viento Ámbar está en un territorio que la mayoría evita.

—La mayoría menos nosotros.

—Por eso mismo, iremos… Además, no sabemos si es la primera vez que ponen el mensaje. Podrían estar intentándolo meses.

—Si así lo deseas estamos a unos 2 días de distancia yendo en el dos ruedas.

—¿Solo a dos días? —dijo extrañado el hombre—. ¿Tanto nos desviamos del puente?

—Sí pero tenemos provisiones para varios días. Recargué las baterías del dos ruedas y la mía mientras dormías.

—A ver, diagnósticos de ambos —dijo el enmascarado apartando la mirada de la azulada pantalla—. Baterías.

—El trasporte tenía la batería recargada al 96.8 % y su integridad estaba al 78.4 % cuando la comprobé ayer. —Su visor parpadeó de forma intensa emitiendo luces ámbares, violetas y glaucas que lograron iluminar la pequeña y mortecina sala—. Mi batería se encuentra al 87.2 % de duración y al 32.1 % de integridad.

Guardó la tableta en la oscura mochila, se puso en pie, inspeccionó el cargador de la pistola —estaba lleno—, e insertó la Beretta en la funda de su pernera derecha.

El hombre hizo una mueca, visible incluso bajo la oscura máscara de tela.

—Tenemos que hacer algo con tu batería. El límite de seguridad se encuentra muy próximo, 0. Me preocupa que falles cuando más necesite tu ayuda. Hay que encontrarte un repuesto. Veré si en ese país —dijo tocándose el labio superior enmascarado— tienen un par de recambios.

—¿Un par?

—Sí… nunca sabes cuándo puedes necesitar un recambio.

—Mis baterías son raras y caras de conseguir.

—No pienso abandonarte y que un chatarrero intente usar tus piezas para construir vete tú a saber qué.

—Por un momento creía que no querías abandonarme porque procesabas algo parecido al amor o al cariño hacia mí.

El hombre pareció sonreír bajo la máscara. Guardó la tableta en la oscura mochila, se puso en pie, inspeccionó el cargador de la pistola —estaba lleno—, e insertó la Beretta en la funda de su pernera derecha. 0 le observaba con detenimiento y expectación, siguiendo cada uno de sus movimientos.

—Vamos, 0 —dijo el hombre caminando hacia la desconchada puerta gris de entrada, mientras el suelo podrido y viejo crujía y se pulverizaba bajo su decidido paso.

El hombre se detuvo ante la puerta y se giró hacia una ventana que, situada a la izquierda, quedaba a su alcance. Trazó un círculo con el dedo índice, retirando a su paso la suciedad gris acumulada en el opaco cristal. Después, dibujó una línea horizontal dividiendo la esfera y el semicírculo inferior lo dividió con otra línea vertical, y salió de la casa. El dron contempló la figura que había esbozado.

El exterior de la cabaña se encontraba en mejor estado de conservación que su interior.

Un bosque de imponentes árboles, de quebradiza corteza marrón y escasas hojas puntiagudas verdes y blancas, rodeaba el desvencijado refugio de madera que antaño fue el hogar de alguien.

El calor era sofocante, incluso al amparo del porche semiderruido. El sol proyectaba diminutas sombras.

—¿Temperatura, 0?

—39.4 ºC.

—¿Había algo de valor en la casa? —dijo mientras se ponía unos desgastados mitones grises de piel de incierto animal.

—Pegados con cinta bajo uno de los cajones había 3 sobres de ProtN9 en un estado más que aceptable. Los metí en la mochila junto a los otros.

—Buen hallazgo, cada vez son más difíciles de encontrar. ¿Algo más?

—Nada más de valor ni que desearas ver.

El hombre giró despacio el cuello hacia el dron, situado a la altura de sus rodillas, y lo observó. Este también rotó, le contempló con su visor y esperó.

—Está bien —asintió el enmascarado lentamente—, ¿dónde está el dos ruedas?

—Junto a ese arbusto —señaló con una de sus pinzas—, bajo esas ramas que le puse encima.

El hombre retiró la maleza seca y lo descubrió.

El vehículo consistía en una tabla de polímero antideslizante, de color verde oscuro, situada a escasos centímetros del suelo y flanqueada por dos ruedas negras de tacos.

—Vamos, 0, tenemos camino por recorrer —dijo subiendo al trasporte.

Se inclinó con delicadeza hacia delante y comenzó a desplazarse sin ningún tipo de sonido audible, a excepción del procedente de la rotura de las hojas y las mustias ramas que iba atropellando y haciendo añicos a su paso.

Cualquiera de las dos direcciones del camino conducían a una desolada inmensidad de arena sofocante e infinita.

El dron observó la cabaña por última vez y siguió al enmascarado a cierta distancia, levitando y rotando cada cierto tiempo.

El bosque enclenque y seco no ofrecía ninguna oportunidad al hombre para que pudiera abastecerse.

Pasados varios minutos, recorriendo la linde de un camino de cantos rodados, seguía sin haber rastro de agua en lo que debería ser, en apariencia, el cauce de un río. Por el estado de la vegetación que les rodeaba, hacía tiempo que no llovía. Demasiado.

Salvo algunos tímidos cantos y silbidos de aves, no parecía haber vida que pudiera ser arrebatada y consumida.

El cielo era de un perfecto azul marino. Las nubes parecían celosas de desplegarse por aquel paraje dominado por el todopoderoso sol, que brillaba en lo más alto abrasando y resecando todo lo que pudiera tocar con sus tentáculos cálidos e invisibles.

 

Tras unas horas de constante avance, el hombre observó cómo, a lo lejos, entre los árboles, se acercaba el final del raquítico y punzante bosque sin vida.

Traspasaron el último árbol y llegaron a un camino de tierra fina y anaranjada. El hombre desmontó del dos ruedas.

—Esperaba que el bosque no fuera tan extenso —dijo el enmascarado haciendo ejercicios de estiramientos en piernas y brazos—. ¿Izquierda o derecha? —Miró a ambos lados.

Cualquiera de las dos direcciones del camino conducían a una desolada inmensidad de arena sofocante e infinita.

El visor de 0 parpadeó de forma frenética pero breve.

—Izquierda. Tomando la derecha lo más próximo es el Cruce del Tridente a un día de viaje.

El hombre observó el camino que no tomarían y reanudaron el viaje en la dirección que había sugerido la flotante máquina.

Letralia

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