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Yajne, la buscona, de Alicia Freilich
(primeras páginas)

viernes 24 de febrero de 2023
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“Yajne, la buscona”, de Alicia Freilich
Yajne, la buscona, de Alicia Freilich (Palibrio, 2022). Disponible en Amazon

Yajne, la buscona
Alicia Freilich
Cronovela
Editorial Palibrio
Bloomington (Estados Unidos), 2022
ISBN: 978-1506548678
156 páginas

Ya es casi la noche. Al borde del desmayo atraviesa el pasillo en penumbras agarrada del moderno bastón de firme base redonda con aplique para iluminar. Hace mucho que no sale a la calle y siente doble pánico, terror a que la descubran y miedo al vacío del exterior. Tambaleándose a ritmo lento, resollando, puede alcanzar la puerta de salida entreabierta y divisar al guardia nocturno que siguiendo su costumbre diaria a esa hora se distrae por un buen rato. Es el muro de alambre ahuecado, la verja que separa de las aceras a la antigua mansión. Conversa con una mujer, quién sabe si la misma de todas los atardeceres.

Debe alcanzar el lado opuesto de esa oxidada reja, llegar sin caerse al estacionamiento apenas alumbrado con su callejuela repleta de arbustos marchitos que a esa hora es un corredor sombrío.

Se escurre hacia el sendero empedrado a la izquierda, sigue a paso lento por el vacío lugar de los autos donde al volante la espera su compinche Berenice, como siempre paciente, desde el colegio puntual amiga y no falla ni un segundo sobre el instante del encuentro.

Aspira con fuerza ya dentro del auto. Sin el aire acondicionado es inmenso el alivio al respirar la brisa fragante del cercano mar de inmensas playas, lejos de olores a jarabe contra la tos alérgica, pastillas que aligeran la digestión, cápsulas para aliviar vértigos, el picor nasal de la creolina que limpia orines, sudores y tierra de suelas gastadas, borrador de los hedores que todavía emanan cuerpos rancios medio vivos. La sonriente Beren espera en silencio que le indique de palabra o gesto si está lista para el corto recorrido pero antes de prender el motor le entrega dos regalos de cumpleaños.

—Fáiguele y yo sabemos que no usas joyas pero por favor acepta esta cadena con su medalla que no es tal, se trata de un nuevo sistema para alertar, de seguridad, lo puedes activar en algún momento de emergencia por salud o lo que sea, entiende que estoy haciendo algo incorrecto al sacarte sin permiso pero al menos dame esa tranquilidad y además este reloj nada lujoso pero sí más grande y luminoso que tu actual trasto, para que puedas ver hora y fecha con claridad, no te los quites para nada, ni para bañarte, soportan el agua, Fáiguele las compró, ya no es jovencita, tú sabes, y está al día, perdona pero no pudo venir.

Lee también en Letralia: reseña de Yajne, la buscona, de Alicia Freilich, por Alberto Hernández.

La gran sala de su anfitriona es como ella, inspira paz, pórtico de una casa tranquila, sobria, cómoda, sin lujos ni carencias, estilo de aquellas viviendas no propias tan modestas y acogedoras que albergaron sus días de infancia y adolescencia. La huida del país natal no logra mitigar costumbres tan largamente cosidas en la sangre que donde y cuando sea, contra toda presión del ambiente, sus hábitos son manías incurables.

Se suponía que la invitación de Beren con tantas previsiones para escapar hacia el fin divertido de celebrar su nuevo año fuera de prisión sería sólo por unas horas, pero ese ambiente del acogedor sofá marrón oscuro que luce de la vieja guardia, quizás comprado en una feria de muebles viejos tan común en esa ciudad que llaman del sol para el emigrado buscador de un calor nuevo, palpar esa caricia de los sillones y mecedoras con sus almohadones gruesos forrados en telas coloridas, imaginar servida con manjares caseros la mesa del comedor protegida por un vidrio grueso, admirar el cortinaje medio abierto, todo eso la envuelve en el ambiente hogareño perdido y desea con locura permanecer allí sin retorno. Lo que aún le quedara de días tenía que ser un lugar doméstico, diez mandamientos en letra mínima pegados con un pequeñito estuche en el marco de la puerta, eso medita, mientras suspira y busca palabras para pedir un alojamiento más largo y por fin se atreve a musitarle con actuada timidez.

—Entonces quizá ya puedes llamar a mi familia, les avisas que me resulta muy necesario un cambio breve y pedirles que me dejen aquí para una vacación corta… y tú no me engañes, primero dime de una vez si me puedo quedar aquí varios días y si no es un fuerte trastorno para tu rutina.

Una carcajada fuerte la interrumpió.

—Claro que no, mujer, es un regalo de cumple como dicen ahora los nietos y muchas otras sorpresas, lo presentí, te conozco demasiado, puedo y quiero hospedarte con gusto al menos una semana, recuerda que en mis visitas me dabas tu lista de gente que quieres reencontrar y no es para un día porque la alargas cada vez que voy. No pude contactarlos a todos, en cambio recibirás inesperados visitantes que están aquí de paso y otros desde hace tiempo, no tienes la más mínima idea de cuánto han preguntado por ti pero no gustan eso de aparecer en el asilo, te encantarán, ya verás, por diosito mismo, tú tranquila, llamo a la parentela para que no se preocupen.

Lo comprueba de nuevo. Una amistad enlazada durante la primera juventud puede durar más que un amor de pareja. No es novedad. Al pisar la sala pide con angustia un vaso con leche sin azúcar, su habitual somnífero que esta vez disfruta lentamente a sorbos.

Por fin puede quitarse la bata unicolor lave y listo de dos bolsillos que le asignaron ese día, uno de los tristes uniformes que las identifican como abuelitas presas.

Beren la lleva con cuidado a la habitación de huéspedes donde por fin puede quitarse la bata unicolor lave y listo de dos bolsillos que le asignaron ese día, uno de los tristes uniformes que las identifican como abuelitas presas, y se viste con el camisón de dormir doblado sobre el cubrecama, batola de algodón y colores alegres que la cubre como una carpa, seguro fue la dormilona de doña Gerta, madre de Beren, su tía prestada cuando estudiaban allá en Caracas para algún examen del bachillerato. Gerta Kurtner en Rumania, evoca, ejerció como ayudante de farmacia y su marido, contabilista de oficio en el mismo sitio, se las arreglaron para montar un mínimo taller de batas caseras, nomás al llegar a tierra de gracia tantas décadas atrás donde fueron acogidos por un hermano del señor Emil, que emigró mucho antes de la guerra donde perdieron a casi todos los suyos. Nunca olvidó ese local que visitó una sola vez para comprar al detal unas baticas baratas para aguinaldos, le impresionó cómo cabían en su estrecha medida la máquina de coser Singer, el mesón de los cortes, la mesita del teléfono y el rincón donde se apiñaban los paquetes ya empacados por aquellas humildes costureras desde sus viviendas en Petare y otros barrios aledaños.

Se miró por primera vez en años a cuerpo entero y, a contraluz, el espejo vertical reflejó una figura diminuta de cabellera larga blanca, y dijo sin voz:

—La vejez me puso de nuevo frente a una ventana solitaria, en la celdilla del panal de ancianos he sido definitivo pájaro sin alas, viajera mental, eso fui, soy lo que soy, ave quieta, para ser distinta es demasiado tarde.

Lo escribió en una servilleta que robó en el comedor mientras saboreaba el solicitado tetero de ajada niña.

Le resultó difícil conciliar el sueño que en la cueva para los de la tercera edad, hipócrita frase para no decir antiguallas, la sumergía por siete horas seguidas. La sensación de libertad recuperada era difícil de asimilar y prendió el televisor. Estaba sin sonido y vio unos robots raros en trajes muy oscuros color verde oliva disparando desde rifles largos a jóvenes desarmados que portaban cartelones. Aumenta su taquicardia. Se coloca los anteojos y puede distinguir el sitio del suceso que es como una frontera invisible entre un cuartel y el río Guaire, los bandos en lucha separados apenas por un alambre de púas cuyo tope se adorna con la bandera tricolor de su lar, y en letras enormes el muro que sostiene esa reja dice “Queremos paz”. Uniformados atacan de frente a muchachos de franela y gorritos en combate David y Goliat, no necesitaba oír para entender. Un chico lanzó algo parecido a una piedra hacia el lugar de los uniformados y de inmediato un soldado corrió, disparó y el cuerpo del joven cayó a la orilla del río, quedó en posición fetal.

El encierro de tres años frente a una pantalla que permite ver sólo telenovelas y competencias musicales había congelado su sentimentalismo patrio, eso creyó, ahora sus gruesos lentes se opacan luego de esa visión, los frota con la sábana y decide cambiar de canal.

Durante su niñez, la melancolía de sus viejos, al conocerse detalles sobre el saldo del Holocausto que volvió ceniza y polvo a sus padres, sobrinos, cuñados, vecinos, le provocó rechazo por un lapso prolongado, para qué llorar sobre ruinas y pérdidas ya irreparables, la vida era seguir y seguir. Ahora, esa primera pausa cálida luego de un tiempo suspendido, de repente se corta y un dolor punzante en algún lugar de su cuerpo la venció con llanto y se gritó:

—Dios creó el universo quién sabrá con cuál material tan duro que trae imágenes de sangre inocente, ay, mi diosito callado, antes en blanco y negro, esta noche a todo color.

Somnolienta y humedecida olvidó apagar el televisor.

 

Nunca aceptó ser narcotizada, siempre confesó que dormir mucho fue su mejor medicamento.

En su luminosa ciudad amanecía siempre de oro legítimo sobre el avileño monte largo de multiverdor; no lo buscaba, se le aparecía en todo sitio donde habitaron, luego en la celda buscó esa imagen cada mañana mientras oía el sacudir de las palmeras, suaves rumores que junto a una bandera hermosa y ajena siempre ondeaba en el jardín, visión y sonidos un tanto extraños a pesar del tiempo transcurrido, pero aliviaban, pues, calman sin las cápsulas que le prescriben y bota por el inodoro de su estrecho cuarto carcelario. Nunca aceptó ser narcotizada, siempre confesó que dormir mucho fue su mejor medicamento.

Al despertar esta vez con sobresalto por tanta claridad que la cegó intenta cerrar los ojos buscando prolongar la somnolencia, parpadea ante el intenso fulgor solar que ilumina un desconocido lugar, hasta que se ubica por fin lejos del cóncavo hueco lleno de sombras con olor a sótano, recobra paso a paso la conciencia del gran salto fugitivo que hizo la tarde anterior y asume su nuevo día con el gozo de respirar con libertad, así lo deseaba, no pudo lograrlo solita y decidió pedir ayuda disimulada, humildad que la premia con este dormitorio de puertas abiertas y un baño visto sólo en revistas como para una actriz en su camerino pues requiere acicalarse para las tomas de un filme. Se empolvó la nariz con la linda polvera que encontró junto al cepillo dental, deslizó con temor el carmín labial color naranja y pasó el cepillo nuevo sobre su escaso pelo; debía maquillarse porque era día bendito, señalado para recibir visitas sin control ni medida.

El desayuno, un banquete de arepas hechas con la harina de maíz que fabricaba el famoso empresario paisano tan perseguido desde el trono militar.

—Aquí sí se vende por montones y sin problemas, allá debe pasar por hermanos nuestros que todavía pueden gastar sus ahorros para conservar una alimentación correcta, qué tal, los otros apenas pueden comer de unas bolsas pagadas con su escaso sueldo, compradas en el exterior, contienen mucha basura etiquetada, cero comida nutriente… —cuenta Beren mientras le acerca tajadas del queso de mano que tanto recuerdo gustoso le traía.

Al concluir con café colombiano pasaron al estudio de ventanas tapiadas y en diez minutos pudo recibir a su primer invitado, que apareció sin previo aviso.

—Cómo estás, querida, tras largas vidas…

Alicia Freilich
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