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Waanükü, nuestra palabra

lunes 26 de septiembre de 2016
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Mujeres de la etnia wayuu
Mujeres de la etnia wayuu. Zoom’s Edible Plants

Nota del editor

Este trabajo es la presentación que hizo la investigadora venezolana Beatriz M. Bermúdez Rothe de la obra Nünüiki ka’ikai, Lenguaje del sol, de José Ángel Fernández Silva Wuliana, con la que en 2006 se inició la colección de literatura indígena “Waanükü, nuestra palabra”, de Monte Ávila Editores Latinoamericana. La autora, quien concibió y coordinó esta colección, nos ofrece una visión de contexto de la creación literaria de los pueblos originarios del continente americano.

La diversidad lingüística y cultural en América se antoja infinita, tal como ocurre en otros continentes. Son cientos, miles de idiomas y culturas, en su mayoría desconocidas, negadas e invisibilizadas que se manifiestan obstinadamente, a veces plena y otras tímidamente, ante un mundo inmerso en el debate de las ventajas y desventajas de la supuestamente ineludible globalización.

Dicha diversidad la reconocemos en una serie de rasgos o elementos distintivos, específicos y particulares, unos más visibles que otros, como en el caso del idioma, los cuales en su conjunto definen la identidad de cada pueblo. A su vez, dentro de cada uno de estos pueblos o naciones, en cada una de sus comunidades, sectores o subgrupos, dicho perfil identitario se configura particularmente —las variaciones regionales o dialectales de sus idiomas por ejemplo—, lo cual otorga una compleja heterogeneidad a lo interno de cada pueblo indígena.

Las múltiples expresiones de la diversidad pueden transformarse, reprimirse u ocultarse, mas no desaparecer. Sencillamente porque son el asomo de la capacidad de adaptación de la especie humana al también diverso y cambiante ambiente, capacidad a la cual ésta debe su supervivencia. Ante la reconocible unicidad de nuestra especie, la diversidad cultural y biológica se constituye en la clave de la vida en el planeta. Ignorarlo puede ser estúpido, tratar de acabarla simplemente suicida. De allí que, tal como lo dijera el pensador africano Amílcar Cabral, “la resistencia cultural es invencible”.

Aun así, no podemos negar que la historia de la humanidad reconoce la desaparición o extinción de numerosos gentilicios, linajes, pueblos e idiomas enteros. En América esta ha sido el resultado de una de las más largas guerras de exterminio de las que podamos dar cuenta. En palabras del poeta peruano José María Arguedas, “una lucha muy larga y muy dura”.

La invasión europea marcó el inicio de esta guerra encubierta cuyo principal objetivo, durante más de cinco siglos, ha sido la apropiación de las tierras indígenas, de sus recursos o materias primas. La crueldad del conquistador y la mortandad de millones de personas, en relativo poco tiempo, debido a las enfermedades contagiosas que trajeron consigo los invasores, ocasionó la desarticulación de las estructuras sociales de naciones enteras, facilitando el sometimiento y la ocupación de sus territorios.

A esto se sumó la imposición del idioma español y de las instituciones y creencias de los invasores sobre aquellos que lograban sujetar a la fuerza. Intentaron por todos los medios borrar su especificidad cultural a fin de facilitar el control político y económico. Aun así, debieron enfrentar por más de trescientos años levantamientos armados, cercos militares y una férrea y efectiva resistencia. Resistencia que ha dado lugar a la conformación de dos realidades antagónicas dentro de un mismo país, la india, la nación profunda, como la llamara Guillermo Bonfil Batalla en México, y la blanca mestiza.

Como bien lo señala el antropólogo peruano Stefano Varese, la independencia no significó la superación del orden colonial para los pueblos indígenas sometidos, y menos aun la recuperación de sus territorios. Las recién creadas repúblicas desconocieron la participación de dichos pueblos en las gestas libertarias. Los criollos, mestizos descendientes de europeos, al obtener el poder político y económico que ambicionaban mantuvieron incólume el carácter colonialista de la conquista; es más, asumieron la herencia colonial como suya y se ignoró o negó sistemáticamente la existencia física del indígena, así como la de sus diversos idiomas y culturas. Si no existían, tampoco tenían derecho alguno.

Con la Constitución Nacional de 1961, y las políticas que se desprenden de ella, la incorporación del indígena se entendía, entre otras cosas, como la fórmula que impediría la aparición de un Estado multinacional y pluriétnico.

A finales del siglo XIX y principios del XX, aun la negación más obtusa era incapaz de ocultar a la vista de todos la presencia indígena. Ésta se entendía como un remanente del pasado, un signo de atraso que debía desaparecer prontamente en aras de la modernización y el progreso. Paralelamente se consolidaba la idea de la “unidad nacional”, expresada en un solo idioma oficial, una sola religión y una sola cultura, la del mestizo europeizado o criollo.

En Venezuela se continuó con la práctica colonial de evangelizar y civilizar al indio y la tarea se entregó, primero y como es de suponer, a las misiones católicas, mediante la Ley de Misiones de 1914 (vigente hasta 2007). Ley que les confería potestades y competencias por sobre las instituciones del Estado. Más tarde, a finales de la década de los 40, aparecieron las misiones evangélicas norteamericanas Nuevas Tribus, las cuales han ejercido un poder, en este caso supranacional, no basado en una ley sino en acuerdos entre el Estado norteamericano y el venezolano (aún vigentes), y en los recursos tecnológicos y económicos de los que dichas misiones disponen a sus anchas.

Sin embargo, las demandas, luchas y pertinaz resistencia de los pueblos indígenas continuaron. Ya a mediados del siglo pasado se inició una política oficial y una serie de acciones cuyo objetivo principal era “integrar” definitivamente, de una vez y para siempre, al indígena a la “civilización”, a la “vida nacional”, utilizando métodos de las ciencias sociales que se suponía serían más efectivos que los misionales. Con la Constitución Nacional de 1961, y las políticas que se desprenden de ella, la incorporación del indígena se entendía, entre otras cosas, como la fórmula que impediría la aparición de un Estado multinacional y pluriétnico como el propugnado por algunos indigenistas en México desde 1940.

Las instituciones del Estado se convirtieron en las principales voceras y ejecutantes de dichas políticas “integracionistas”; sin embargo, debieron coexistir, y en la mayoría de los casos apoyar o dejar en manos de las misiones religiosas antes mencionadas, buena parte de sus responsabilidades. Para entonces, políticos activos como el ex presidente de la República Rafael Caldera seguían pensando que “el misionero era un ser en el que se tocan lo humano y lo divino, cuya misión ha sido ‘la base de la civilización americana’, sin cuyo esfuerzo muchos hombres no se hubieran reconocido, una vez cristianizados, como miembros de la ‘especie racional’ ”. Sin comentarios.

Esos mismos años, en la revista de la Iglesia Católica, Venezuela Misionera, se deja colar en repetidas ocasiones la tesis de que sólo la desaparición física acabaría con las practicas de idolatría y brujería de los indios. Pero como su fe cristiana les impedía tan radical medida, se contentaron con arrebatar por la fuerza o mediante engaños a los más pequeños de los brazos de sus madres. Se les separó de sus familias durantes años; a muchos se les dijo que sus padres los habían abandonado o que habían muerto. Las niñas, niños y jóvenes indígenas pagaban con trabajo la comida y la instrucción que recibían en los internados, donde se les prohibía, so pena de severos castigos, hablar en su idioma. Entre sus hazañas, los misioneros capuchinos narran la captura de dos jóvenes indígenas en la Sierra de Perijá, a quienes se prefirió ver morir de tristeza antes que devolverles su libertad.

Esto no sucedió hace 500 años, sucedió hace apenas unos 50 años. Que los misioneros han hecho cosas positivas, seguro, y muchas. Pero nada justifica tamaña crueldad.

Tan sólo las misiones católicas en Amazonas, a inicios de la década de los 70, bajo la guía de su vicario, monseñor Enzo Cecareli, decidieron acatar las recomendaciones del Concilio Vaticano II en cuanto al respeto a los idiomas y creencias religiosas de los pueblos indígenas, convirtiéndose en importantes aliados de la resistencia indígena.

Por su parte los indígenas hicieron suyas las recomendaciones del simposio organizado por Robert Jaulin, en 1971, en la isla de Barbados, con el auspicio del Consejo Mundial de Iglesias y de la Universidad de las Islas Occidentales. El simposio concluyó con una declaración llamada entonces “Por la liberación del indígena”, y conocida como la Carta de Barbados, en la cual se denuncia ante la opinión pública mundial la situación de opresión que afecta a millones de indígenas en América del Sur y responsabiliza de la misma a los Estados nacionales, a las misiones religiosas y a los antropólogos que ocultaban tal situación.

En 1992 las pretensiones del Estado español de celebrar a lo grande los quinientos años de su hazaña conquistadora hurga una herida. El grito de dolor se hace sentir en todo el orbe. Desde entonces hay un giro, un cambio notable, y los indígenas asumen un protagonismo en las tribunas internacionales que obliga a que sean tomados en cuenta, y con mayor justicia, en la redacción de las nuevas constituciones nacionales, así como en otros instrumentos jurídicos que surgen en esa década a lo interno de cada uno de sus países.

Pero, ¿a que viene esta disertación sobre un tema tan espinoso y complejo y a su vez, tan aparentemente ajeno a la literatura, a la poesía presente?

A que estimo necesario valorar la persistencia de estos idiomas y sus múltiples manifestaciones creativas, ante tanta saña, tanta ignorancia, tanta persecución y discriminación. Todavía durante la Asamblea Constituyente, celebrada en Venezuela en 1999, y en la cual el tema de los derechos indígenas fue uno de los más candentes, algunos de los más connotados diputados afirmaron que lo que hablaban los indígenas no eran idiomas, que dicho lenguaje no poseía ni siquiera sintaxis. ¿Cuántas personas aún piensan de esta manera?

Por eso, para mí, los idiomas indígenas constituyen, sin duda y de manera significativa, la expresión más acabada, más valiente y de mayor fuerza telúrica y política de la resistencia indígena en América, de su triunfo. Más allá de los valores literarios intrínsecos de las obras que conformarán esta colección bilingüe, no podemos menos que admirar la valentía y el esfuerzo que ellas representan.

Un triunfo de la resistencia indígena es también lo que quizás constituye uno de los aspectos más revolucionarios de nuestra actual Constitución Nacional: el reconocernos como una nación multicultural y plurilingüe, el consagrar los derechos originarios de los pueblos indígenas a sus tierras y culturas, el reconocer a los idiomas indígenas no sólo su carácter de cooficialidad sino también su valor como patrimonio cultural.

En este sentido, esta colección no es una concesión. Es un espacio ganado a pulso por los indígenas en batallas cotidianas que aún se libran en disímiles espacios, y de los cuales surge una novedosa corriente creativa que por primera vez se apoya en una normativa constitucional. Sus voces ya no sólo narran en tiempo presente su pretérita historia, sus mitos. Ya no sólo claman por sus derechos y reivindicaciones más sentidas, sino que individual y colectivamente asoman nuevas corrientes creativas y expresiones literarias que han ganado un sitial propio en el quehacer cultural mundial. Muestra de ello es la existencia de una activa y prolifera Asociación de Escritores Indígenas, con sede en México, que viera la luz en el Amazonas venezolano siendo una de sus parteras Margarita Laucho, del pueblo yeral.

Refiriéndonos a la obra del primer autor de esta colección, José Ángel Fernández, él narra con profunda emoción cómo su poesía surge de desandar el camino del desarraigo. Las luchas universitarias, su amistad con el maestro Miguel Ángel Jusayú, lo remitieron de vuelta a su idioma, y lo primero que descubrió en él fue el caudal poético que encerraban sus giros y formas literarias más auténticas. José Ángel afirma a veces: “Yo no hago poemas, sólo hablo en wayuunaiki lo que he aprendido de mis antecesores”.

Quizás por eso cuando le pregunté cómo se sentía con esta publicación, respondió: “Como aquellos guerreros de antes que a su regreso eran recibidos por los suyos como héroes, con música de tamboras y cantos”.

En América son cientos los idiomas indígenas, varios de los cuales a su vez cuentan con millones de hablantes y hasta con sus propias academias, como es el caso del quechua y el aimara.

Eso es esta colección, un homenaje, un reconocimiento al heroísmo de sus ancestros, al de las madres indígenas que trasmitieron su idioma; al de los signos del mejor diccionario escrito de manos de Miguel Ángel Jusayú, al de los cantos de las mujeres warao y, reitero, al de este hacer y decir poético de José Ángel y al de todos los creadores indígenas de todos los tiempos. Hoy Monte Ávila Editores Latinoamericana tiene la iniciativa y el privilegio de ofrecer una pequeña pero significativa parte de sus mejores logros.

En esta oportunidad recopilamos los poemas de dos de las obras de José Ángel publicadas en el Zulia. Iitakaa, La totuma, y Saaashiyain tü taashiikaa, Rebelión de la libertad, bajo el título de uno de sus poemas, que se antoja como otra manera de nombrar a las semidesérticas tierras de la Guajira de donde surgieron: Lenguaje del sol, Nünüiki Ka’ikai.

Ambas versiones, en español y wayuunaiki, pertenecen al autor. Esta última, siguiendo las orientaciones de su maestro Jusayú pero escrita utilizando el Alfabeto de Lenguas Indígenas de Venezuela (Aliv), el cual supone un sistema de escritura un tanto diferente al desarrollado por el mencionado maestro.

En Venezuela existen actualmente unos 37 idiomas indígenas, algunos de los cuales cuentan con miles de hablantes, como el wayuu y el warao, y otros con apenas unos pocos. En América son cientos los idiomas indígenas, varios de los cuales a su vez cuentan con millones de hablantes y hasta con sus propias academias, como es el caso del quechua y el aimara. Sobre buena parte de estos idiomas encontramos una amplia bibliografía, aunque aún es mucho lo que falta estudiar. Cientos son también las obras publicadas en idiomas indígenas, en su mayoría poco difundidas o reducidas al ámbito escolar o académico, pocas también han sido las iniciativas de las casas editoriales de publicar en idiomas indígenas para el gran público. Esto es muestra del reto que asumimos con esta nueva colección.

Escribir amplia y profundamente sobre las tradiciones literarias indígenas del continente y sus manifestaciones actuales, con detalle y precisión, con la propiedad de quien las conoce de cerca y desde dentro, es aún, en buena medida, una tarea pendiente.

Hacerlo de una manera diferente, sin separar esta actividad creativa de las condiciones reales que le dan vida, del mundo religioso y mágico del cual forman parte, es lo que esperamos promover con este aporte a las letras americanas, en plural como plurales son las voces, los idiomas indígenas y sus manifestaciones literarias a los que damos acogida con “Waanükü, nuestra palabra”.

Beatriz M. Bermúdez Rothe
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