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Jóvenes, escuela y democracia en México

viernes 25 de noviembre de 2016
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Jóvenes, escuela y democracia en México, por Eduardo Troncoso
Democracia, jóvenes y libertad es una triada indisoluble.

“Quiero sembrar esperanzas,
quiero construir anhelos,
quiero formar una escuela,
una escuela a los cuatro vientos.
Una escuela de libertad,
donde haya luz y cantos nuevos”.

Abraham Rivera Sánchez

Meztli-co, el lugar de la luna; el lugar de la plata y de los esclavos paganos, el lugar del despilfarro europeo y de las casonas de lujo; la luna que brillaba en Tenochtitlán, y al norte y al sur, era la luna del buen agüero para los españoles y otras potencias extranjeras, cuya inquisidora llegada fue anunciada con tanto dolor por Cihuacóatl, diosa mexica. La historia de México, a partir de la conquista, es la evidencia de la lucha constante de un pueblo que ha querido recuperar su libertad, una libertad arrebatada de manera arbitraria por diversos grupos de poder, a lo largo de los siglos.

El tiempo y su devenir han sido los mejores testigos de la lucha del pueblo mexicano para alcanzar la igualdad social y económica, para lograr la libertad de culto, de pensamiento y de prensa, para disminuir el rezago educativo y consolidar un sistema político que sea verdaderamente democrático. ¿Por qué estos ideales no han sido conquistados? El tiempo y la historia también nos han mostrado que en nuestro país los enemigos no provenían, ni provienen, únicamente de Europa y posteriormente del norte y de Asia, sino que se ha tratado también de un agente endémico: el mismo pueblo mexicano.

El papel que juegan los jóvenes en el sistema político de nuestro país es resistir, denunciar y combatir, con argumentos sólidos y alejados de la violencia, los embates de la corrupción.  

Al consolidarse la soberanía mexicana, en 1821, comenzó una guerra política entre logias: yorkinos contra escoceses. La crisis que vivió nuestro país, a partir de ese momento, se sintetiza en el derramamiento de sangre, el déficit económico, la inestabilidad política, con más de cincuenta presidentes en un período de veinticinco años; una guerra anticlerical, la dictadura de Santa Anna y posteriormente la de Díaz; el caudillismo revolucionario y su alevosa solución: la creación de un partido político único. La historia política de México sería mejor definida como tragedia que como epopeya, ya que ha sido la lucha constante de un país contra su propia desdicha: la oligarquía.

La lucha, ¿continúa? Miles de jóvenes mexicanos, en los albores del siglo XXI, han dejado de creer en las instituciones políticas que, desde la conquista hasta nuestros días, en su mayoría únicamente han buscado el beneficio particular sin mantener una preocupación real por el bienestar y la justicia social. Una gran parte de la juventud, que es testigo del nacimiento de un nuevo siglo y un nuevo milenio, está apartada de los temas que ocupan la agenda pública de nuestro país y del mundo. Una vida volcada al consumismo, al ciberespacio y sus efímeras cotidianidades, al hedonismo y a la obtención de dinero rápido, explican parcialmente esta tendencia; sin embargo, ¿son los jóvenes los únicos responsables de esta ruptura? ¿Es justo señalarlos y juzgarlos como personas carentes de todo sentido de responsabilidad social? ¿Acaso las cloacas de la corrupción política y la represión destapadas recientemente no han despedido aromas cadavéricos que les han alejado de las urnas, los periódicos y el tintero? ¿Es posible llamar su atención hacia una participación ciudadana crítica, constante y proactiva?

Es un error y una falta notoria de buen sentido, a mi juicio, señalarlos como los únicos responsables de la separación y falta de confianza que, con respecto a la vida política, se ha producido. Si bien es cierto que la modernidad se ha vuelto líquida, como la nombra Zygmunt Bauman, y se ha lanzado a un abismo que parece sin fondo, en donde lo fácil y sin esfuerzo ha dominado la vida social, en el terreno político la credibilidad y el prestigio deben ser ganados, pero no se han hecho méritos. Conjunción de problemáticas.

Tampoco debe seguir engañándose a los sectores vulnerables: el fortalecimiento de una pedagogía crítica, que desde las aulas pueda intentar quitar las vendas que impiden una visión intelectual clara y que permita, a su vez, promover una sólida organización social entre los jóvenes, se hace indispensable. La importante tarea de involucrarlos en la senda de una verdadera participación ciudadana corresponde a la educación, como instrumento social que fomenta la reflexión crítica del mundo y que convierte su espacio en un lugar de resistencia. El papel que juegan los jóvenes en el sistema político de nuestro país es resistir, denunciar y combatir, con argumentos sólidos y alejados de la violencia, los embates de la corrupción. La violencia agudiza los problemas. Algunos dichos populares son proféticos: la violencia genera más violencia. Verdad.

 

Democracia: sistema político humanista

Democracia, el sistema de gobierno que lleva en su nombre la esencia misma del pueblo, la defensa de sus intereses, las voces de quienes lo conforman. El vocablo demos es la unidad de los ciudadanos, unidad que se refleja en la diversidad de ideas, en el debate, en el diálogo y en la promoción de la tolerancia hacia la diferencia: unidad en la pluralidad. Cratos, en este caso, hace referencia a un sistema de gobierno humanista, esto significa que busca la justicia y la solidaridad en lo humano, en el demos, que se convierte en la razón de su existencia. La democracia, en su estado ideal, es un sistema antitotalitario porque permite la oposición política, a la vez que vigila el cumplimiento de las garantías constitucionales que hacen posible otorgar un verdadero estatus de ciudadanía a los individuos, y ello forma parte indisociable de su condición, de su génesis y se hace indispensable para su supervivencia. Pero, ¿a qué intereses sirve realmente la democracia? ¿Al pueblo o a las élites del poder?

Cuando un sistema de gobierno otorga garantías a los miembros de su comunidad para alcanzar un estatus pleno de ciudadanía, que significa el pleno respeto a sus derechos civiles, políticos y sociales, según la noción que de este término tiene el sociólogo T. H. Marshall, nos encontramos ante un Estado que, lejos de beneficiar a sus élites industriales o políticas, promueve una distribución igualitaria de las oportunidades sociales para el desarrollo, es decir, para alcanzar los estándares mínimos de justicia requeridos para sobrevivir y vivir en armonía y en diferencia (de opiniones, no de oportunidades). Estado de derecho, donde el Derecho, con mayúscula, se respeta, donde lo ilegal no se vuelve legal, sino delito. ¿El terreno político se compone de utopías o de realidades? ¿Qué hacer para pasar de la teoría a la práctica? ¿Es el ideal realmente una guía para caminar?

Cuando la democracia no vigila los intereses de la ciudadanía a la cual sirve, para procurar justicia social; cuando se prostituye ante el poder y se vuelve alevosa para garantizar el statu quo político y económico de unas élites que llenan sus bolsillos a costa del despojo de una mayoría, que podríamos calificar de oprimida, la democracia pierde su nombre y su sentido, porque ya no es el pueblo quien gobierna y quien se beneficia, sino una minoría.

La temible antítesis de la democracia son los gobiernos totalitarios, versión moderna y más voraz de la monarquía que, como tantos afirman, no son exclusivos de la Europa moderna, ya que se hicieron presentes en el continente americano desde el último tercio del siglo XIX y se extendieron por todo el siglo XX. México, ¿antes de la Revolución?, conoció y padeció este sistema. Los gobiernos totalitarios, como su nombre lo indica claramente, son sistemas oligárquicos donde la totalidad del poder político y económico se concentra en manos del Estado, sintetizado en la personalidad de un líder, el cual se asume como todopoderoso, y a través de la represión violenta mantiene el orden social. Bajo este tipo de gobierno son frecuentes las desapariciones forzadas de activistas sociales, los presos políticos, la censura a la libre expresión, la compra de medios de comunicación y la extrema vigilancia policial y militar. Terror(ismo). Tristeza. ¿Es la democracia un sistema que aplasta minorías por irracionales mayorías?

La democracia, cuya máxima fortaleza es la unidad de los ciudadanos organizados y participativos en la toma de decisiones y los debates de la agenda pública, se consolida como el mejor sistema de gobierno cuando es integradora y no exclusiva, pues su esencia es social y no oligárquica; comprende la diferencia entre lo público y lo privado, a la vez que conforma una sólida alianza entre ambos sectores, porque es representativa de los diferentes grupos sociales y no únicamente de las mayorías. La anarquía conlleva al desorden, es necesario procurar el orden social a través de las instituciones democráticas. Conjugar teoría y práctica. ¿Se trata únicamente de una sociedad utópica, como la que en algún momento del Medioevo imaginó Tomás Moro y que anteriormente intentaron los griegos?

Para vivir en una sociedad políticamente libre, justa e igualitaria, quizás no se necesite la firma simbólica de un contrato social, como se pensaba en el siglo XVIII, sino que es menester que cada ciudadano tome las responsabilidades que le corresponden y las cumpla. Cumplir las responsabilidades no implica necesariamente atender al dogma o a la imposición, porque también es necesario alentar el intercambio de ideas y la crítica. Para ello es necesaria la circulación oportuna de información, principalmente aquella que proviene de fuentes alternativas y no oficialistas o amarillistas, cuyo contenido sería mejor definido como des-información. Un ejemplo claro de cómo se gestan la desinformación y la tiranía la describió George Orwell en su famosa obra 1984.

Para ejercer el poder que al pueblo le ha sido concedido a través de la democracia, son necesarias tres condiciones fundamentales, pero no únicas: a) hacer efectivo el derecho al voto; b) organizar y alentar la formación de movimientos sociales que inicien el debate público y vigilen el apego a derecho de las instituciones políticas; c) fomentar la pluralidad de ideas en un ambiente de respeto a las mismas. Aunque un gobierno plenamente democrático es una utopía, podemos acercarnos en la praxis a su tipo ideal, en los términos de Max Weber, y tratar de alcanzar la mayor calidad en la democracia que sea posible. La reflexión no se agota en un ensayo, pero puede ser un buen punto de partida para discusiones futuras.

 

Hacer efectivo el derecho al voto

La democracia tal como la concibieron los antiguos griegos, sus inventores, era un sistema donde todos aquellos que tenían derecho (hombres atenienses en su totalidad, porque era un sistema excluyente de mujeres, esclavos y extranjeros) se reunían en el ágora o plaza pública para debatir los asuntos que a la ciudad-estado correspondían. No se trataba, como en la actualidad, de un sistema representativo, sino de un sistema democrático puro. Todo el pueblo, con derecho a ello, participaba en la actividad política. Esto representó una alternativa a las teocracias de la antigüedad y evitando que se concentrara el poder, o capacidad legítima para gobernar, en pocas manos.

Si en las democracias modernas se ejecutase este sistema de participación pública, las cientos de miles de voces opinando al mismo tiempo impedirían un verdadero avance en materia política. Imaginemos un mercado donde todos hablan y ofrecen sus productos y preguntan precios a la vez, se haría muy complicado el escuchar atentamente y ser escuchado. Las democracias modernas operan bajo un sistema representativo en el cual a unos cuantos se les otorga el poder político y la facultad de tomar decisiones de relevancia pública, así ellos podrán organizar el murmullo en un diálogo claro y con sentido. Es derecho de los ciudadanos y su obligación, a la vez, elegir a quienes representarán a una colectividad mayor, atendiendo a la idea de que aquellos que sean elegidos por el sufragio popular verdaderamente representarán sus intereses y trabajarán para procurar la equidad y la justicia.

Las organizaciones sociales, pacifistas y constantes en su labor pueden ser un canal de comunicación que abra las puertas de la equidad.  

Se trata de un derecho porque aquellos ciudadanos a quienes se les otorga el poder político no pueden llegar a la cima de las instituciones de manera arbitraria, deben ser elegidos por el resto de los ciudadanos en un proceso de común acuerdo. Se trata de una obligación porque como ciudadanos miembros de una comunidad no podemos alejarnos del debate público y de la toma de decisiones que a todos incumbe, porque sus resultados a nadie son indiferentes.

El problema de la representación popular estriba en la corrupción y en la encarnizada y carente de escrúpulos lucha por el poder que a su alrededor se genera. Cuando aquellos que se convierten en representantes del pueblo comienzan a utilizar los recursos públicos a su beneficio personal, cuando se quita de las prioridades gubernamentales los sectores marginados de la población, los grupos minoritarios y vulnerables, cuando se crea un elitismo alrededor del poder, cuando se sirve a los grandes grupos imperialistas, la democracia pierde todo valor, pierde su esencia y se convierte en un sistema podrido que envenena a la sociedad y la mata lentamente, y quienes ostentan la autoridad legal parece que disfrutan la tortura, como los inquisidores del Santo Oficio hacían antaño a los herejes, a los rebeldes o a los librepensadores. Dolor. La ciudadanía elige libre y ciegamente a sus futuros verdugos. Opresión.

El gobierno del pueblo no puede convertirse en un gobierno totalitario, en una dictadura. Infortunadamente, ha sucedido. Necesidad de solución.

 

Organizar y alentar la formación de movimientos sociales

Una alternativa ante el avance de la corrupción, el nepotismo, la negligencia política y sus desastrosas consecuencias, es la creación de un contrapeso ciudadano. La oposición es una condición indispensable en un sistema democrático. No se trata de una oposición que busca el sabotaje, se trata de una oposición a los malos manejos de la administración pública y a la desigual distribución de la riqueza y las oportunidades de desarrollo social. La ciudadanía puede organizarse para vigilar que la praxis política haga efectivos sus derechos y la justicia, a través del cumplimiento de sus obligaciones y con apego a la legalidad. Organización.

Las organizaciones de la sociedad civil pueden canalizar ese murmullo del mercado, que no permite una escucha clara, por la diversidad de voces sin orden ni modulación, en una sola voz que tenga eco, que resuene firmemente para que sea escuchada por aquellos a quienes la sociedad otorgó su confianza y su destino. Las organizaciones sociales, pacifistas y constantes en su labor pueden ser un canal de comunicación que abra las puertas de la equidad; pueden ser un puente firme hacia la representación real de los intereses de las minorías y no únicamente de las mayorías. Es posible fomentar un sistema pluralista y no mayoritario, como lo ha reflexionado Robert Dahl, cuando escribe acerca de la poliarquía.

Las organizaciones civiles deben trabajar en conjunto con el sistema político para garantizar el cumplimiento del Estado de derecho; de no ser así, que este contrapeso haga uso de la facultad que la democracia le confiere y destituya a sus representantes que mantienen el cuello de su camisa cada vez más blanco y sus manos cada vez más sucias. Esperanza. La historia de nuestro país ha dado pobres muestras de movimientos sociales y tristes notas de represión contra aquellos que han querido organizarse. Paz. Ceguera.

 

Fomentar la pluralidad de ideas en un ambiente de respeto a las mismas

Cuando los ciudadanos tienen la palabra, cuando su voz es la voz que reclama justicia, igualdad y buen gobierno, es imposible que resuene al unísono. En la propia naturaleza del ser humano se encuentra la diversidad, no existe la homogeneidad. Tenemos una diversidad de colores en la piel, de estaturas, de idiomas, de creencias, de sentimientos, de ideas. Cuando una sociedad es capaz de aceptarse en la diversidad y no en la homogeneidad está más cerca de alcanzar la democracia y no el dogmatismo totalitario, que exige que todos se amolden a la condición por él impuesta.

La diversidad en las ideas favorece y fortalece el debate, enriquece el diálogo, promueve el aprendizaje constante, invita a la tolerancia. Respetar las ideas de los demás no significa, bajo ningún motivo, estar de acuerdo con ellas, porque quizás muchos estén en desacuerdo con aquellas que yo sostengo; sin embargo, cuando fomentamos la pluralidad de ideas también permitimos que exista una cantidad mayor de soluciones a los problemas públicos, a su análisis y crítica y a una mejor toma de decisiones. Democracia significa, en este caso, alentar a la diferencia, a la crítica, al debate y a la toma de decisiones. Prohibido censurar. Necesario dialogar.

Bajo el diálogo institucional y social se funda un valor democrático fundamental: la solidaridad. Se requiere de cohesión entre los ciudadanos para alentar la conformación del gobierno del pueblo para el pueblo. El individualismo puede convertirse en un grave obstáculo para la democracia, pues no se trata de un sistema de gobierno para individuos particulares, sino para una colectividad que se reconoce como unidad social, pero además comprende las diferencias que al interior de dicha unidad existen, para definirse como una comunidad plural. En este sentido, Feuerbach, al tratar de resolver la cuestión fundamental de la antropología filosófica, negaba la esencia del ser humano como un ente individual y pugnaba por comprender al ser humano como un ser colectivo, cuya característica principal es que ha de relacionarse en todo momento con los demás, porque al mismo tiempo que forma una unidad con los otros, es capaz de reconocer la diferencia entre el “yo” y el “tú” (o “debería” de reconocerlo, como un deber moral y político). Pluralismo, respeto y reconocimiento de la diversidad en la vida democrática.

 

Jóvenes y participación democrática

La juventud, que ha sido considerada por muchos como un defecto del espíritu que se corrige con el tiempo, es un momento en la vida de los seres humanos no menos complicado, confuso y contradictorio que la adultez. Las dificultades comienzan tempranamente en el campo de la identidad. El joven sabe que es joven, pero su juventud se vuelve indescifrable para él, no se siente niño porque descubre en su interior y a su alrededor nuevas experiencias, nuevas inquietudes y deseos, tiene conciencia de que diversas responsabilidades se le han asignado socialmente y al tratar de cumplirlas todavía no se siente adulto ni plenamente apegado a ellas, lo que le permite evadirlas con menor remordimiento y mayor facilidad; sin embargo, facilidad es un concepto con el cual suele tener dificultades. El joven no es niño ni tampoco adulto: es joven.

¿Qué es la juventud? ¿Cómo se vive la juventud? ¿Qué se piensa en la juventud? ¿Existen múltiples juventudes o es un concepto homogéneo? ¿Por qué es tan complicado ser joven? ¿Por qué se señala con ahínco a los jóvenes y se les restriegan sus errores en cara, como si el resto de la humanidad (adulta) fuese perfecta y sin equivocaciones? ¿Se trata realmente de un estado vital defectuoso? ¿Se puede ser joven y adulto a la vez?

La juventud, que es el desprendimiento de la niñez y el reciente ingreso en la vida adulta, en algunos casos, y su muy próximo ingreso, en otros, forma parte de un grupo social que ha adquirido nuevas responsabilidades, en lo familiar, en lo escolar, en lo personal, en lo político. Al ingresar en la juventud se adquiere, de novo, un compromiso con la sociedad y con el Estado. Los jóvenes ahora forman parte activa del demos, de la voz del pueblo, para la defensa de sus intereses, pero ¿realmente se promueve el respeto a sus demandas? ¿Son éstas legítimas, racionales y necesarias?

Nada es para siempre y el poder necesita renovarse, al paso del tiempo los jóvenes lo tomarán, lo reformarán y, quizás, lo pervertirán. Existe una necesidad urgente de orientarlos hacia una profunda reflexión con respecto a la vida política, para alentar su participación activa, su organización social efectiva y su interés por mantener un orden justo. La vida política tiene tres componentes: reflexión, participación y acción. Pretender alcanzar una democracia responsable y equitativa, a través de la praxis de una ética ciudadana crítica y dialógica, no es única responsabilidad de los jóvenes, sino de todo habitante de una comunidad, de todo ciudadano. Son los jóvenes quienes en algún momento tomarán el poder, cuando éste deba renovarse, y es por ello que deben estar bien preparados para tomarlo y no para corromperlo.

En México, desde que agonizaba el siglo XX y en el inicio del XXI, existe una separación entre la juventud y la política. Cada vez son menos los jóvenes que acuden a las casillas para votar, cada vez son más las actitudes de apatía ante la agenda pública y sus repercusiones en la vida social, existe un desprendimiento de la conciencia política y la responsabilidad social. La modernidad ha traído consigo innumerables avances tecnológicos e intereses económicos que han servido como somníferos y como drogas. Las redes sociales, las aplicaciones para móviles, los videojuegos, son el opio contemporáneo y se distribuyen sin necesidad de una guerra, contrariamente a lo que le ocurrió a China en el siglo XIX. Las funciones mentales básicas, las habilidades sociales y comunicativas suelen atrofiarse. ¿Cómo salir del letargo? Urgencia.

La corrupción política, los abusos de poder, la desigual distribución de oportunidades de acceso a la riqueza, la represión y el engaño por parte de las autoridades gubernamentales, también han sido pieza clave para fomentar la separación entre dos aliados históricos: jóvenes y participación democrática. Una sociedad que calla ante los abusos termina por estallar y denunciar. Es cierto que no debemos generalizar, no todos los jóvenes se han sentado pacientemente a disminuir su capacidad reflexiva ante un ordenador electrónico, hay muchos otros que han utilizado su tiempo para destapar las cloacas de la corrupción y los abusos de políticos y los han denunciado. Basta con mirar alrededor, no se necesitan pruebas científicas para averiguarlo. Son pocos los jóvenes que han tomado su responsabilidad ciudadana ante la democracia, que es prioridad de todos, porque necesita ser plural y no excluyente, inclusiva y no elitista, equitativa y no basada en privilegios a minorías millonarias.

El reto fundamental estriba en alentar a la juventud de nuestro país a tomar una conciencia crítica, ciudadana y solidaria para conformar una verdadera democracia social. ¿Quiénes son los actores sociales adecuados para llevarlo a cabo? Formar políticamente a quienes tomarán el poder en la medianía es una responsabilidad compartida: líderes de opinión, académicos, políticos, activistas sociales, profesores, padres de familia, servidores públicos. ¿Cuál es el canal propicio para conseguirlo? A mi juicio, la escuela, ya que es allí donde se promueve la reflexión, se fomenta la participación y se alienta a la acción, componentes necesarios de la vida política y del desarrollo comunitario.

 

La escuela, un lugar de resistencia

Ikram Antaki, antropóloga siria cuya obra es fundamental para la filosofía política contemporánea, alguna vez se refirió a la escuela como un espacio social de resistencia. Una resistencia, de jóvenes y maestros, ante un mundo hostil, violento, corrupto, desigual, volátil. Una escuela típica ideal promovería esa condición, pero ¿operan realmente las escuelas como un espacio social de resistencia ante la tentación del mal, en palabras del filósofo Tzvetan Todorov, o son espacios donde la reflexión y el pensamiento crítico se han dejado de lado para dar paso a la modernidad líquida, carente de todo aprecio por el bien común en pos del bienestar individual?

La respuesta es compleja y necesita una respuesta o una serie de ellas con carácter urgente. Es necesario pensar y repensar acerca de la labor social y la función democrática de la escuela. ¿Es acaso la Reforma Integral de la Educación, por citar un ejemplo, la piedra filosofal que convertirá la oxidada participación democrática y la olvidada solidaridad social en el codiciado oro que todo lo compra? Hay una necesidad urgente de respuestas, pero para que lleguen hacen falta todavía más preguntas.

Para ser libre no basta con la persuasión, hay que ir a la acción.  

La pedagogía crítica es una alternativa para consolidar, a través de la escuela, una sólida reflexión y una solidaria participación de la vida en democracia. Esta ha sido desarrollada por educadores como el brasileño Paulo Freire, el estadunidense Henry Giroux o el canadiense Peter McLaren. Estos enfoques globales pueden aportar de manera significativa una clave importante para el desarrollo de una vida democrática apegada a los valores de justicia, solidaridad y respeto a la diversidad; sin embargo, este modelo educativo ha sido pobremente llevado a cabo en nuestro país. ¿Otra reforma?

Se trata de un modelo pedagógico que permite cuestionar la dominación que ejercen hacia la ciudadanía los grupos de poder. El objetivo primario que se plantea, en este caso, es el de buscar la libertad individual de los estudiantes, a través de la libertad de pensamiento y de acción, y el de consolidar una democracia que se apegue a la noción de ciudadanía, entendida como la condición de respeto a los derechos que le corresponden a cada individuo, conformada por ciudadanos responsables y en continua comunicación con las instituciones políticas y las organizaciones sociales. Son los jóvenes a quienes va dirigida la propuesta y es la escuela el motor primero que lo impulsa.

La pedagogía crítica, como fundamento epistemológico para los procesos de enseñanza y aprendizaje, es una propuesta educativa que aboga por la libertad de los individuos. Para ello busca que los estudiantes, en un proceso de diálogo e intercambio social de ideas y de reflexión personal, desarrollen una forma de pensar distinta a las tradicionales, que son dogmáticas o imponen lo que hay que saber, lo que está bien y lo que está mal, desde el punto de vista de los grupos de poder; la pedagogía crítica tiene como finalidad hacer ciudadanos libres y éticamente responsables. Es una forma innovadora de educación que, paradójicamente, no es nada nueva; sin embargo, ha sido poco difundida.

Para ser libre no basta con la persuasión, hay que ir a la acción. La libertad se busca, porque ella sabe cómo darse a desear, jamás buscará a las personas, son ellas quienes deben conquistarla. La libertad se alcanza a través del pensamiento, cuando las estructuras de poder son cuestionadas por los dominados, al igual que la legitimidad de un sistema que se va deteriorando por dentro y enriqueciendo a costa del pueblo al cual debería servir, y en su lugar se impone la exigencia de un nuevo orden verdaderamente democrático, equitativo y justo. Impulsar el pensamiento crítico.

Cuando un pensamiento es crítico es capaz de cuestionar y proponer, de negociar y ponderar. En el enfoque crítico de la pedagogía, no se trata únicamente de que el estudiante sea un agente pasivo en la recepción de información, sino que sea un agente que comprende dicha información, que la hace significativa al vincularla con sus experiencias cotidianas y de la realidad en la que se desenvuelve, para que posteriormente la cuestione, la debata, la argumente y proponga alternativas a lo que cuestionó previamente.

Una verdadera pedagogía crítica permite al estudiante analizar un espectro amplio de ideas, de preferencias, de creencias y de posturas con respecto a la realidad para que, a través de la reflexión, tome partido, y a través del diálogo exponga su punto de vista y escuche y respete el de los demás. Esto es la vida en democracia: permitir, de manera pacífica, la generación de acuerdos. Cuando un sector se ve desprotegido por la votación de las mayorías, existen mecanismos que permiten respetar los intereses y los derechos de las minorías; de otra manera nos encontraríamos ante un sistema más parecido a los que operan en la fauna salvaje, la ley del más fuerte, que a uno con sentido humanitario: el que utiliza la razón. Civilidad a través del diálogo.

Responsabilidad, solidaridad y justicia, valores cívicos fundamentales para la vida democrática de la nación, de la república, hermana siamesa de la democracia, porque la república, siguiendo la tradición clásica griega, es la res (cosa) pública; es decir, que contiene lo que es de interés general y necesario para una vida pacífica en colectividad. Pensamiento crítico, participación y acción, elementos necesarios para la vida política y en democracia. La escuela, como institución social básica y como espacio colectivo de resistencia, y la pedagogía crítica, como modelo educativo que se resiste al triunfo de las pedagogías de los opresores, pueden aportar los elementos necesarios para invitar a los estudiantes a convertir dichos valores y elementos en una realidad.

Henry Giroux, a lo largo de su obra, ha hecho referencia a la educación como uno de los pocos espacios sociales en los cuales todavía pueden crearse identidades, valores y deseos democráticos, y ha sentenciado que si el futuro de los jóvenes importa tanto como la propia democracia, la educación debe comenzar una lucha que no puede esperar, que se tiene que comenzar hoy mismo.

 

La democracia que nació agonizando

La historia de nuestro país está llena de pasajes que muestran una lucha constante por consolidar la democracia. Los textos que narran la historia de México se asemejan a una obra de ficción: intrigas, traiciones, asesinatos, omisiones, bailes majestuosos, derroche, y una democracia que llora. A partir de 1821, año en que se consiguió la soberanía nacional, comenzó una guerra, sin tregua, por el poder político, y la democracia nació agonizando.

El pueblo mexicano, que no se había recuperado ni social ni políticamente de once años de guerra por la independencia, y trescientos de colonialismo, no logró ponerse de acuerdo sobre cómo gobernar. Existía antes, como ahora, una lucha de intereses irreconciliables entre sí: por un lado la aristocracia criolla, que se alió alevosamente con los insurgentes en la batalla libertaria, para proteger sus intereses económicos y políticos, pues con los españoles fuera del país, ellos tratarían de consolidar su hegemonía. Este grupo abogó, en su mayoría, por una república centralista, otros incluso, seguidores de Iturbide, intentaron establecer una monarquía. Precursores de la oligarquía.

Una facción distinta, también insurgente, pero no aristócrata, proclamaba a los cuatro vientos el nacimiento de una república federal, más democrática y menos elitista, que vigilara una equilibrada distribución del poder, ya no en pocas manos, trescientos años habían bastado para conocer la desdicha que ello provoca, sino dotar de poder a la nación. La guerra comenzó, no hubo necesidad de declararla. Las consecuencias fueron terribles para México y beneficiosas para el imperialismo extranjero. Nuestro país, como toda América Latina, se convirtió en el escenario perfecto para enriquecer a otras naciones a costa del despojo, del esclavismo y de la invasión armada. Mientras los nuestros peleaban por el poder, los ajenos tenían una invitación al robo.

La Reforma, un episodio más de lucha por la democracia. El grupo liberal, con intenciones justas, logró establecer un Estado laico, necesario para promover la tolerancia y el respeto a la diferencia, imprescindibles en una democracia; sin embargo, la Reforma, que otorgó el nombre oficial a uno de los municipios que hoy conforman el estado de Guanajuato, se olvidó de que los campesinos también son ciudadanos y no recordó devolverles las tierras que les habían sido robadas por los capitalistas extranjeros, y su pobreza continuó agudizándose y teniendo que conformarse, cuando se podía, con ser mano de obra barata, en los mejores casos, o esclavos en sus propias tierras, en los peores, o desocupados, casi siempre. La democracia, voz del pueblo, que es integradora, justa y solidaria con las minorías y las mayorías, es decir, con la comunidad de la que es parte, no puede olvidar a nadie. Democracia que sangra, democracia que llora, democracia que urge.

Los días porfirianos, días del derroche, del lujo, de la ópera, de Francia, de las inversiones extranjeras, de los viajes en ferrocarriles de primera clase, de las líneas telegráficas y telefónicas, de la pobreza en el campo, en las ciudades, en México, ¿democracia? Eduardo Galeano, en Las venas abiertas de América Latina, se preguntó si acaso el enriquecimiento de una minoría, en una época determinada, significa el bienestar económico de la nación entera, en esa misma época. Wright Mills, sociólogo norteamericano, les llamaba la élite del poder. Verdad.

La Revolución, en su génesis justa y necesaria, llevada a cabo por mexicanos con las mismas características y visionarios de la democracia, como Emiliano Zapata, quien contaba con un genio que no requería intelectualidad, poniendo en jaque a un sistema opresor y asesino, fue pervertida por el caudillismo: jefes militares que se sintieron con derecho a convertirse en reyezuelos y caciques de las zonas donde comandaron o de la República completa.1 Asesinos que se disfrazaron de precursores de la democracia, lobos con traje de oveja. La democracia lloró y continuó llorando cuando vio ascender al poder a un partido que ingeniosamente supo cómo mantenerse en él por largas décadas. La pregunta se repite, ¿democracia?

El análisis historiográfico nos permite hacer algunas analogías con respecto a nuestra realidad presente. ¿La sangrienta guerra entre liberales y conservadores continúa? ¿Acaso cambió su nombre a guerra sucia entre partidos políticos? ¿La actual afiliación de los jóvenes a los partidos políticos, de los cuales desconocen toda ideología, y cuya única finalidad es el asenso al poder, a la riqueza y al prestigio, se asemeja al caudillismo, que pervirtió los ideales revolucionarios? ¿Realmente existe el debate político a través de un verdadero diálogo, en nuestros días, o continuamos hiriendo a la democracia? ¿Cómo calificar a los gobiernos contemporáneos, si calificamos de dictadura el gobierno de Santa Anna, que cobraba impuestos altísimos, por cuestiones absurdas, a los mexicanos; o al gobierno de Díaz, que privilegió los intereses extranjeros dejando en la ruina al país; o la tiranía de Carlos III, de España, que expulsó a los jesuitas de América por sus ideas libertarias y les condenó al silencio absoluto? Indignación.

La historia moderna y contemporánea de México ha sido una lucha, quizás perdida, quizás a medias conquistada, por consolidar una verdadera democracia social. Este proyecto ha tenido muchos detractores y traidores; sin embargo, no podemos negar que muchos otros ciudadanos han buscado hacer realidad la utopía de justicia, solidaridad y equidad, héroes anónimos o famosos, intelectuales y personas de un genio que no necesitó escuela, del norte y del sur, de las costas este y oeste, a través de la pluma o de la praxis, de la denuncia o de las buenas prácticas ciudadanas. ¿Cómo rendir homenaje a estos héroes con un alto sentido humanitario y de justicia social?

No se necesita ser un experto en historia o politología, porque sólo unos pocos lo son, para saber que nuestro país, nuestra república, pide con carácter de urgente que logre consolidarse una verdadera democracia pluralista y eficientemente representativa. Ha sido mucha sangre la que ha corrido, muchas batallas las que se han librado, muchos tragos amargos los que se han sorbido, muchas lágrimas las que se han derramado, es momento de pasar a la acción dialógica. Los jóvenes necesitan darse cuenta de la importancia de sus acciones para conseguirlo. Aunque todavía son pocos, es regocijante saber que existen algunos que han despertado, que superaron el letárgico sueño de comodidad y superficialidad y se dieron cuenta de que la vigilia es de mayor provecho para ellos y para el país. El entusiasmo necesita irrigarse. Proyecto de nación.

 

Es tarea vital enseñar a los jóvenes, herederos del sistema político que nos rige y de la toma de decisiones que nos gobierna, la importancia de establecer un sistema apegado a los valores democráticos.  

Reflexiones finales

En el México contemporáneo existe una necesidad urgente de consolidar un verdadero sistema democrático que permita escuchar la voz de los ciudadanos y sus necesidades, disminuir los abusos de poder y abogar por una vida en armonía social basada en el respeto a la diferencia de opiniones y de visiones sobre la realidad que nos rodea. La escuela, entendida como un espacio social de resistencia ante las arbitrariedades de algunas élites que ostentan la riqueza y el poder, puede convertirse, bien encauzada, en un importante escudo social que luche por la democracia. Demos, voz del pueblo, cratos, gobierno justo.

Si bien la historia de nuestro país ha estado plagada de luchas constantes por instaurar la democracia, también lo ha estado de acciones para no lograrlo. El tiempo presente es nuestro y es tarea vital enseñar a los jóvenes, herederos del sistema político que nos rige y de la toma de decisiones que nos gobierna, la importancia de establecer un sistema apegado a los valores democráticos: la solidaridad, la pluralidad y la justicia. Esta labor puede ser comenzada desde la escuela, espacio sobre el cual se puede fomentar el pensamiento crítico y la reflexión profunda, para cimentar lo que será el edificio social llamado libertad.

La carencia de un sólido sistema democrático es un problema histórico, estructural, político, institucional; pero también es un problema de voluntades, se requiere de voluntad para buscar la libertad que otorga la democracia. La filosofía clásica griega, con su desplazado realismo epistemológico, todavía es capaz de mostrarnos sus destellos de grandeza: Platón, en el mito de la caverna, nos muestra cómo la voluntad humana es un impulsor importante en la búsqueda de la propia libertad, en la decisión de romper las cadenas de la opresión y adentrarse en el camino, sinuoso al principio, claro está, de mejores condiciones materiales, sociales, culturales, de existencia. Atenernos a la reforma estructural que propicie un cambio en dichas condiciones de vida será mantenernos como Sísifo, quien se pasó el resto de su vida intentando subir la piedra a la montaña elevada y cada vez que estaba a punto de llegar, ésta regresaba rodando a su punto inicial. La voluntad, en este caso, debe ser nuestra, como ciudadanos.

Democracia, jóvenes y libertad es una triada indisoluble. Alguna vez, Vaclav Havel, dramaturgo y ex presidente checo, expresó atinadamente, con respecto a las utopías políticas, que la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final. El ciudadano comprometido con la sociedad a la que pertenece no busca un resultado final; busca resultados constantes. El joven, que no es adulto ni es niño, sino que es joven con todas las problemáticas personales que ello acarrea, es un actor social imprescindible para plantear las preguntas necesarias, buscar los resultados constantes y desarrollar las estrategias urgentes. Reflexión, participación y acción.

Eduardo Troncoso
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Notas

  1. En Los relámpagos de agosto, Jorge Ibargüengoitia narra de manera magistral y con tintes de ficción este penoso momento de la historia nacional.
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