“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El canto errante: ruptura y transición

lunes 6 de febrero de 2017

“El canto errante”, de Rubén Darío

Rubén Darío es el mayor poeta de la lengua castellana de los últimos siglos. Después de 150 años su poesía sigue viva, más viva que hace 150 años, porque son más quienes le leen y recitan sus poemas. Esa es la eternidad de la poesía, a la que se refería Borges. Poco antes de su muerte, Rubén Darío hizo una selección de su poesía y el resultado fue una antología personal, donde figuran 150 poemas. Cuando leemos esta selección, ordenada según los ritmos y las temáticas, tenemos la impresión de estar frente a un gigante de la lengua. En opinión de Tomás Navarro Tomás, que ha sido el mayor experto de la métrica española del siglo XX, Rubén Darío ocupa uno de los puestos de mayor privilegio entre los genios innovadores, al lado de Gonzalo de Berceo, el fundador del idioma que introdujo la cuaderna vía; Juan de Mena, introductor del verso dodecasílabo; Juan Boscán, introductor del endecasílabo, y Garcilaso de la Vega, introductor de los ritmos renacentistas para darle flexibilidad al endecasílabo tieso de Boscán. Con los siglos la poesía había caído en la monotonía, hasta la llegada de Rubén Darío, que introdujo los ritmos modernos. Algo que su época no pudo ver, porque se encontraba alejada de la música de Wagner y de la poesía de Whitman.

Con mayor propiedad habría que decir que Rubén Darío fundó el modernismo y dio origen a la vanguardia. Ocurrió en 1899. Cuando publicó en Madrid el poema “Marcha triunfal”, doce días después apareció, también en Madrid, el poema titulado “Marcha triunfal del pedrisco”, que puede considerarse el primer poema español en verso libre. El texto imita la retórica del original, exaltando la aliteración hasta el grado de alcanzar lo onomatopéyico. Algo así como “Oyendo el canto de las poponé y las ranas”, poema de José Coronel Urtecho.

Este fue el primer poema en verso libre de la poesía española, pero ha permanecido oculto y sepultado en el olvido, porque este poema formó parte de un movimiento clandestino encabezado por la Iglesia Católica.

El sector literario, representado por diarios y revistas, combatió el modernismo utilizando su propia estética.

La lucha de la Iglesia contra el modernismo tuvo su inicio a raíz de la polémica que protagonizó un grupo de sacerdotes y laicos franceses que habían fundado el Instituto Católico de París, en 1875, conocidos con el nombre de modernistas. Para entonces, Rubén Darío tenía 8 años y vivía en un país alejado de los grandes avatares de la literatura.

Cuando Rubén Darío dio a su movimiento el nombre de modernismo, vivía en Chile y tenía 21 años. Para entonces, ningún movimiento artístico europeo salido de la modernidad se llamaba modernista. Rubén Darío tomó el nombre de un libro del español Carlos Fernández Shaw para introducir la poesía de Coppée.

Los modernistas religiosos de París rompieron con la iglesia de Roma en 1902, en una lucha constante a la cual respondió el papa Pío IX con una encíclica, en 1907, en la cual se condenaban los errores del modernismo. Se perseguía la libertad de las ideas, la influencia del pensamiento oriental en la religión y la sensualidad de la estética que se salía de los cánones impuestos por la tradición. El modernismo y Rubén Darío cayeron en el foso de aquella persecución, hostil y agresiva.

Para contrarrestar aquel “virus del modernismo”, como había dicho el Papa, apareció el “Catecismo sobre el modernismo”, donde se dictaron las normas destinadas a obispos y sacerdotes para ser aplicadas en monasterios, colegios y centros de estudio. El sector literario, representado por diarios y revistas, combatió el modernismo utilizando su propia estética, pero llevada al ridículo para avergonzar a los seguidores del movimiento.

En este clima de crispación apareció, el mismo año, en 1907, El canto errante, donde figura el poema “Agencia”, escrito en lenguaje telegráfico, en el cual Rubén Darío expone la desintegración de la unidad de la religión, la sociedad y el lenguaje, en versos que recuerdan la voz profética de Whitman:

¿Qué hay de nuevo..? Tiembla la tierra.
(…) Huele a podrido en todo el mundo.
(…) Desembarcó el marqués de Sade
procedente de Seboim.
(…) Se cumplen ya las profecías
del viejo monje Malaquías.
En la iglesia el diablo se esconde.
Ha parido una monja.
(…) Ya no tiene eunucos el papa.
(…) La fe blanca se desvirtúa
y todo negro continúa.
En alguna parte está listo
el palacio del Anticristo.

Aquí no hay nada de estética modernista. El modernismo había acabado con Cantos de vida y esperanza. Para entonces, Rubén Darío estaba agotado de tantos ataques que procedían de la aristocracia conservadora de la lengua y la religión. La lista es inmensa. En ella están a la cabeza Clarín y Juan Valera, que le había lanzado a la fama. El año de la publicación de El canto errante apareció en Madrid un libro de métrica española, que es una de las grandes obras modernas, cuyo autor, Mario Sánchez Bejarano, se negó a estudiar la métrica del modernismo, porque el modernismo, en sus palabras, representaba “la agonía, tal vez el definitivo ocaso de una raza”. El concepto es desafortunado, pero sirve para hacernos una idea de los ataques. Lo dijo el propio Rubén Darío en el prólogo de El canto errante: “Con el montón de piedras que me han arrojado pudiera bien construirme un rompeolas que retardase en lo posible la inevitable creciente del olvido”.

Sin modernismo no habría sido posible la vanguardia, surgida en España en la plenitud del modernismo.

Gran parte de la crítica antimodernista se sostiene en la definición que dejó el jesuita español Julio Cejador, uno de los críticos de reconocida autoridad y autor de la historia de la literatura española e hispanoamericana, publicada todavía en vida de Rubén Darío. El crítico español sostiene que el modernismo fue un movimiento extranjerizante, de contenido vacío y superficial, tal como lo dibujó la poesía que surgió del movimiento conservador antimodernista. La caricatura de este ejemplo puede ser este poema de Pablo Parellada:

Los rápidos vencejos,
los rápidos conejos,
se pierden lejos, lejos
si corren para allá.

Los rápidos vencejos,
los rápidos conejos,
no llegan lejos, lejos
si corren hacia acá.

Lejos están,
rápidos pasan, tornan, giran;
rápidos pasan, tornan, van.

La censura del modernismo fue sustituida por un léxico confuso, más próximo al absurdo, con tal de destruir el pensamiento lógico. Así nació la vanguardia, un invento moderno, que fue moda. El poema “Marcha triunfal del pedrisco”, de Pablo Parellada, marcó la línea a seguir con su estilo cacofónico y su contenido vacío, de donde surgieron las greguerías de Gómez de Serna, el esperpento de Valle-Inclán, el postismo de Ory, la “Oda a Rubén Darío” de Coronel Urtecho, Altazor de Huidobro, hasta llegar al lenguaje glíglico del capítulo 68 de Rayuela, de Julio Cortázar.

Rubén Darío fue fundador y continuador.

Sin modernismo no habría sido posible la vanguardia, surgida en España en la plenitud del modernismo, entre 1899 y 1907. La importancia de Rubén Darío en el contexto de la literatura está todavía por estudiar. Hasta ahora sólo conocemos una cara de uno de los grandes de la literatura universal.

Nosotros estamos celebrando el 150º aniversario de su nacimiento, y sólo podemos exclamar: ¡honor al gran poeta!

Ricardo Llopesa
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