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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Perversión y ejercicio de poder en Sangre en el ojo, de Lina Meruane

• Lunes 5 de febrero de 2018
En la obra de Lina Meruane la raíz de la violencia se encuentra en el centro mismo de los personajes.

Tengo miedo. En aquella inmovilidad y también en la de
esa muerta estirada allá arriba, hay como un peligro oculto.
Y porque me ataca por primera vez, reacciono violentamente
contra el asalto de la niebla.
¡Yo existo, yo existo!

María Luisa Bombal

De manera progresiva se han establecido y creado distintos conceptos en torno a los estudios que se relacionan con el cuerpo femenino. Dichos conceptos, en definitiva, tienen el propósito de delimitar y enmarcar la manera en que se aborda el cuerpo, ya sea desde lo literario, biológico, social y político. Términos como género, feminismo, violencia de género, feminicidio y femicidio subrayan y teorizan sobre los modos en que el cuerpo femenino es tratado desde distintos ámbitos.

En los ensayos académicos donde se pone en acción el uso de los términos mencionados anteriormente, en los textos literarios, resulta interesante observar y exponer que detecto en los pensamientos analíticos de los ensayistas, académicos y críticos, y hasta en los novelistas-cuentistas, dos tipos de comportamiento para abordar al texto. Por un lado, se hallan los que asumen el texto como una ficción en tanto que su estructura y creación deviene de la imaginación; por otro, están aquellos cuyo sentido de análisis es más agudo en tanto que les significa un discurso asociado a la realidad.

Sangre en el ojo / Seeing Red (Spanish Edition)
Académicas y escritoras como Ainhoa Vásquez, Diamela Eltit, Diana Rusell, Lorena Amaro, Rocío Alorda Zelada, Roberta Harmes y Rubí Carreño se han interesado por estudiar las poéticas donde se manifiestan mujeres que han sido violentadas. Hay una preocupación por responder a preguntas como las que se plantea Rubí Carreño Bolívar con respecto a las mujeres muertas, las desaparecidas, las prostituidas: “¿Quién canta o escribe por ellas? ¿Quién las llora y acciona la justicia? ¿Quién las recuerda como fueron, íntegras, no vulneradas?” (2015).

Leer a autoras como las mencionadas, aunado a la definición con que es abordado el término de frontera por Robert McKee, en el que se centra a señalar que los estudios sobre mujeres operan en todo momento como “una representación crítica de la otredad” (107) donde es menester “cruzar y reinventar [a] las mujeres y sus lenguajes para proponer cánones alternativos” (108), me hace agregar y plantearme otras preguntas a las ya infinitamente instauradas en los estudios feministas. Así, agregaría: ¿cómo subvertir el lenguaje para dar cuenta de los linderos de experiencias femeninas u otras? ¿Cómo apropiarse de una narrativa que represente la experiencia, el silencio y lo innombrable de las mujeres y la otredad? ¿Qué nuevos lenguajes hay que generar para representarlas y escucharlas? En el texto que a continuación presento la respuesta que hallo a estas preguntas es a través del cuerpo como lienzo discursivo. El cuerpo escribe y habla. Los personajes mujeres en los proyectos narrativos contemporáneos muestran la herencia de una tradición transgresora que sin duda está más allá de expresar el universo íntimo de lo femenino, tan es así que en la narrativa actual se halla presente la intención de revelar al cuerpo como un territorio de producción discursiva.

Si bien el feminicidio es el “gran” término bajo el cual nos hemos apoyado en la academia para referirnos a la violencia comunal ejercida sobre las mujeres, y entendiendo éste así:

designa el conjunto de delitos de lesa humanidad que contienen los crímenes, los secuestros y las desapariciones de niñas y mujeres en un cuadro de colapso institucional. Se trata de una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad. El feminicidio es un crimen de Estado (Russell y Harmes, 20),

cabe señalar que esta lectura no tiene el propósito de analizar la novela Sangre en el ojo (2012) desde esta mirada. Lo que propongo es develar que la propuesta narrativa de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) se aparta de la concepción de víctima y la agresión física mediante la toma de instrumento-arma1Roberto Esposito, en su libro Inmunitas: protección y negación de la vida (Buenos Aires: Amorrortu Editores), expone que “el cuerpo es a la vez el campo y el instrumento de este combate [del que hay entre la vida y la muerte]. Mientras resista, no habrá muerte” (161). para mostrar una nueva forma de combate. Lo que me interesa atender son los ámbitos de transgresión del cuerpo femenino y de éste, en tanto su estado físico como un lienzo discursivo que devela algún ejercicio de violencia. Así, esta lectura propone aportar una reflexión crítica sobre cómo la escritora se apropia del lenguaje para expresar realidades silenciadas y campos colonizados por las relaciones de poder principalmente masculinas.

A través de la novela 2666, de Roberto Bolaño (1953-2003), Teresa Margolles, en su texto “¿De qué otra cosa podríamos hablar?”, señala cómo son tratados los cuerpos femeninos y cómo se les hace hablar; observa que el autor chileno lo hace a través de exponer a los cadáveres bajo las descripciones de cada una de las desaparecidas y de las autopsias de los cuerpos. En el caso del texto que a continuación expongo, el modo en el cual leo se aborda el cuerpo es como una manifestación de discurso, un discurso que, al ser silenciado, opta por hablar a través del cuerpo: mediante su agresión y la visibilización de ésta.

Sangre en el ojo es la historia de una mujer de nombre Lina; este personaje tiene un defecto oftalmológico que de manera insólita le hace perder la vista; dicho problema a lo largo de la narración es expuesto como una excusa, por parte de la autora, para tratar temas de negación, es decir, se habla de la vida que no quiere verse, de la realidad a la cual se le quiere dar la espalda, del lugar de retorno al que no se quiere enfrentar, pero además coexisten con la diégesis otras historias alternas que se narran como una metáfora de discursos que no son descritos pero están contextualizando el sentido de las acciones, como lo son la perversidad y el poder sobre el otro.

Lina es un personaje que está a la espera de ser operada para corregir el defecto visual; esa espera es la narración de la toda la novela y bajo la cual conocemos el cuerpo violentado por la normatividad, por los cánones de la estética, pero también es la revelación de un personaje que cada vez se torna más perverso conforme su derrame oftalmológico parece no tener cura, y el ser en quien deposita sus posturas siniestras es Ignacio, el novio español de quien se describe poco en la novela y sabemos es un ser fácil de manipular.

Lina Meruane en su juego narratológico emplea los síntomas de la enfermedad para entrar y salir del dolor.

Así, en la obra de Lina Meruane la raíz de la violencia se encuentra en el centro mismo de los personajes, esto es en las relaciones que se entablan entre ellos. Lina, el personaje, penetra como una sutil daga en la entraña de los seres que la rodean. La autora no explota la violencia masiva que se vive hoy en día con asesinatos y desapariciones. Se va a la raíz misma de esa violencia: la incomprensión, la falta de sensibilidad hacia el otro, la indiferencia, el egoísmo, la perversión. Cuando la protagonista sufre el primer derrame, uno de sus amigos se expresa de la siguiente forma: “Levantando la voz y quizá también su dedo de futuro profesor universitario Julián enarboló su lengua tramposa para sentenciarme. Merecido te lo tienes. Y tragando o escupiendo saliva anunció que el precio de mi vanidad sería andar por la vida a tropezones” (19); este pasaje es una muestra de las tantas frases breves pero intensas que conforman la obra, centradas siempre en el conflicto humano que desemboca el ímpetu interno, la pasión contenida que estalla fragorosa de tensiones y nos muestra, como lectores, lo más álgido de las respuestas humanas.

Lina es el detonador del deseo pero también el detonador de la violencia en el personaje de Ignacio. Es una especie de generador de pasiones que al instalarse en la vida de Ignacio, comienza a apoderarse aceleradamente y sin control de sus pensamientos, de sus decisiones, provocando las reacciones más extremas en este personaje masculino. En principio, Lina lo hace cambiar de lugar de residencia de acuerdo a sus necesidades; posteriormente, de una manera inteligente y audaz, le inculca una cultura, la chilena en este caso, y, finalmente, la cumbre de su influencia y poder sobre este personaje masculino es al momento de pedirle le done un ojo. Lo que llama la atención de esta última petición es el lenguaje mordaz empleado por la protagonista; ya no hay mesura en la petición ni la aparente dulzura del inicio de la novela; ahora el personaje femenino es amenazador, chantajista: “Si no puedes comprometerte a darme lo que te pido, mañana no regreses” (174).

Es curioso, pero nada azaroso, que Lina Meruane acuda a la figura del escritor peruano Clemente Palma para iniciar su novela con un epígrafe2El pasaje con el cual se inicia la novela pertenece al cuento “Los ojos de Lina”, que forma parte del libro Cuentos malévolos, publicado en el año 1904 con prólogo de Miguel de Unamuno; en él leemos: “Levanté la cabeza, horrorizado, y vi a Lina, que me miraba fijamente con unos ojos negros, vidriosos e inmóviles. Una sonrisa, entre amorosa e irónica, plegaba los labios de mi novia. Salté desesperado y cogí violentamente a Lina de la mano. —Qué has hecho, desdichada” (Meruane, 9). que contiene un pasaje clave en el cuento “Los ojos de Lina”, ya que con este ejercicio la escritora chilena establece la posición desde la cual debe instaurarse la lectura de la novela, deslindándose así de una lectura simplista autoficcional, o en el peor de los casos autobiográfica, para dar apertura a un tratamiento desde el género fantástico y del terror, donde el amor de pareja implica sacrificio. Leemos al final de la novela: “No había banco de ojos porque nadie donaba ojos muertos” (177). “Y en esto pensaba cuando me encontré diciéndole, iluminada, alucinada, tambaleante pero segura de que era eso lo que iba a suceder. No se mueva, doctor, susurré, espéreme aquí, yo le voy a traer un ojo fresco”. Lina Meruane en su juego narratológico emplea los síntomas de la enfermedad para entrar y salir del dolor. El personaje de Lina no es entonces una víctima sino la construcción de la escritora Lina Meruane a través de la cual se permite explorar la dominación hacia el otro. Su modo de dominar es explotar su aparente condición de débil y manipular a un otro, un otro masculino, por un lado, al doctor, y por el otro, al novio.

El meollo del problema que explora y evidencia la novela está en el interior mismo de los personajes, en el no aceptarse y por lo tanto no aceptar al otro, tratar de dañarlo para inútilmente tratar de salvarse sin saber que en el intento de destrucción del otro está implícita la autodestrucción. Desde las primeras páginas de la novela se anticipa este tipo de acción; cuando Lina sufre el primer derrame desea ser atendida de inmediato por el oculista, pero la hora nocturna y el fin de semana no están a su favor; así, en un monólogo del capítulo titulado “Sangre oscura”, Lina revela a modo de metáfora sus verdaderos sentimientos: “Y de todos modos qué podría decir él que no supiera ya, ¿que tenía litros de rencor dentro del ojo?” (15).

Podemos observar, en la propuesta narrativa de Lina Meruane, la claridad de su visión en torno a la raíz de la violencia que ella encuentra en la intolerancia hacia los otros, en la falta de comprensión, en las relaciones basadas en la falsedad, en la soledad fruto de la sociedad contemporánea, la frustración interna, las relaciones violentas, la angustia y el vacío internos que se reflejan en una espiral de ensimismamiento y egoísmo contenido que explotan en violencia y que son —y develan— el origen del caos en que vivimos actualmente.

 

Lina Meruane halla en el cuerpo violentado el espacio para el “decir” de las mujeres.

A manera de conclusión

En el texto presentado el cuerpo cumple con dos funciones. Por una parte, es el espacio que se usa para instalar un discurso, tendrá un devenir en violencia ejercida; el cuerpo mutilado, dañado, simboliza la marginalidad a la que es y ha sido sometida la idea de lo que debe ser la feminidad y de lo que debe disponer un cuerpo femenino; en este sentido el lenguaje es violento. Por otro parte, el cuerpo es el instrumento para develar ese lenguaje, las cicatrices/las pérdidas hablan. De esta manera, el cuerpo deja de ser un cuerpo bello y decorativo y pasa a ser crítica, consciente de la carga histórica de las palabras, de las narraciones que acarrean consigo.

Mónica Szurmuk, al hablar sobre la “representación crítica de la otredad” (107), lanza las preguntas: ¿cómo subvertir el lenguaje para dar cuenta de los linderos de experiencias femeninas u otras?, ¿cómo apropiarse de una narrativa que represente la experiencia, el silencio y lo innombrable de las mujeres y la otredad?, ¿qué nuevos lenguajes hay que generar para representarlas y escucharlas? En el texto que presenté la respuesta a estas preguntas es a través del cuerpo; el cuerpo escribe y habla.

Lina Meruane halla en el cuerpo violentado el espacio para el “decir” de las mujeres. Los personajes mujeres en esta autora no son tratados como víctimas; el dolor que pudieran sentir es utilizado como acción narrativa que muestra un feminismo y quizá una postura política.

 

Bibliografía citada

  • Barthes, Roland. La cámara lúcida. Barcelona: Paidós, 1990.
  • Bombal, María Luisa. La amortajada. Barcelona: Seix Barral, 2005.
  • Manning, Erin. Relationscapes: Movement, Art, Philosophy. Estados Unidos: MIT, 2009.
  • Masiello, Francine. “Cuerpo y catástrofe” (en línea). Consultado el 24 de junio de 2016.
  • Molloy, Sylvia. Poses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidad. Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2012.
  • Russel, Diana, y Roberta A. Harmes (editoras). Feminicidio: una perspectiva global. México: Unam, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades, 2006.
  • Speranza, Graciela. “Prólogo: Atlas de Atlas” y “Teresa Margolles: ‘¿De qué otra cosa podríamos hablar?’”. Santiago Sierra. “Sumisión”. Roberto Bolaño. “2666. ‘La parte de los crímenes’”. En: Atlas portátil de América Latina. Barcelona: Anagrama, 2012.
  • Szurmuk, Mónica. “Frontera”. En: Szurmuk, Mónica, y Robert McKee Irvin (coordinadores). Diccionario de estudios culturales latinoamericanos. México: Instituto Mora: Siglo XXI Editores, 2009, 106-111.
  • Taylor, Diana. El archivo y el repertorio. La memoria cultural performática en las Américas. Santiago, Chile: Ediciones Universidad Alberto Hurtado, 2015.

 

Bibliografía referencial

  • Amado, Ana, y Nora Domínguez (editoras). Lazos de familia. Herencias, cuerpos, ficciones. Buenos Aires: Paidós, 2004.
  • Bolaño, Roberto. 2666. Barcelona: Anagrama, 2012.
  • Kohan, Martín. “La novela como intervención crítica: David Viñas”, en Saítta, Sylvia (coordinadora), “El oficio se afirma”, en Jitrik, Noé (director), Historia crítica de la literatura argentina. Buenos Aires, Emecé Editores, 2004.
Berenice Ramos Romero

Berenice Ramos Romero

Investigadora mexicana (Puebla, México, 1988) Doctoranda en Literatura en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica y en Comunicación. Magíster en Literatura Mexicana. Es editora de la revista Taller de Letras de la Facultad de Letras de la Católica de Chile. Ha publicado en distintos medios y revistas y ha participado en varios congresos de literatura. Becaria del Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt).
Berenice Ramos Romero

Notas   [ + ]

1.Roberto Esposito, en su libro Inmunitas: protección y negación de la vida (Buenos Aires: Amorrortu Editores), expone que “el cuerpo es a la vez el campo y el instrumento de este combate [del que hay entre la vida y la muerte]. Mientras resista, no habrá muerte” (161).
2.El pasaje con el cual se inicia la novela pertenece al cuento “Los ojos de Lina”, que forma parte del libro Cuentos malévolos, publicado en el año 1904 con prólogo de Miguel de Unamuno; en él leemos: “Levanté la cabeza, horrorizado, y vi a Lina, que me miraba fijamente con unos ojos negros, vidriosos e inmóviles. Una sonrisa, entre amorosa e irónica, plegaba los labios de mi novia. Salté desesperado y cogí violentamente a Lina de la mano. —Qué has hecho, desdichada” (Meruane, 9).