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Anatomía de una frase: “Preferiría no hacerlo”

lunes 10 de diciembre de 2018
Herman Melville
El enigma que eventualmente se esconde tras el velo que crea Herman Melville en el cuento podría ser la noción de libertad, autonomía e independencia para decidir sobre la vida impuesta por los tiempos en que se vive.

Hemingway, a partir de su teoría del iceberg, ha postulado que tras las frases que encierran y amasan los libros, se esconde toda una estructura que da sentido al texto. Tal postura es ratificada por Javier Cercas, quien en su libro Anatomía de un instante plantea que “lo ‘verdaderamente enigmático’ no es lo que nadie ha visto, sino lo que todos hemos visto muchas veces y pese a ello se niega a entregar un significado”.1 De allí la función y necesidad académica de la literatura: buscar el trasfondo enigmático que entrañan los textos.

Desde aquel enfoque, en el presente escrito buscaremos darle alcance y contenido a la frase sobre la cual se cimenta y desarrolla el cuento de Herman Melville Bartleby, el escribiente: “Preferiría no hacerlo”. Al argumentar que aquélla resalta como un sinónimo de libertad, se hará un análisis somero del contexto histórico en el cual se escribió el cuento y en el cual se desenvuelve la figura de Bartleby para, posteriormente, estudiar la interacción que el amanuense desarrolla con la sociedad que lo rodea, y con las instituciones burocráticas en que, con desidia, participa.

Bartleby es escrito por Melville en 1853 y publicado hasta 1856, con posterioridad al fracaso de Moby Dick, su novela más importante, ¡vaya paradoja! Por aquellas épocas, Nueva York se edificaba como el foco de una serie de conflictos sociales que poblaron con ímpetu la literatura de Melville; sin embargo, resulta importante hacer referencia a dos sucesos precisos:

Melville había desarrollado cierta solidaridad interclasista interpretada como una crítica a la postura de supremacía blanca sobre otras culturas.

En primer lugar, el capitalismo en boga que se concentraba en Nueva York despertó cierto inconformismo y recelo en los trabajadores de las empresas, quienes se agruparon con el fin de luchar por mejorar las condiciones laborales pero, específicamente, por el tiempo de trabajo. Dicho inconformismo, como lo presumen algunos analistas de la obra de Melville,2 tiene su fundamento en la idea de “alienación” plasmada por Karl Marx y Friedrich Engels en su texto Manifiesto del Partido Comunista, que influyó en el contexto social, político y económico de Nueva York en la época.

En segundo lugar, y no menos importante, en 1857 se profiere el fallo “Dred Scott v. Sandford” en el cual la Corte Suprema dictaminó que Scott —esclavo— no había adquirido la condición de hombre libre por el hecho de haber vivido en un Estado libre y que, siendo negro, Scott no era ciudadano, razón por la cual no tenía derecho a presentar demanda alguna en una corte de justicia. Tal decisión se reflejó en la escritura de Melville quien, desde mucho tiempo atrás —1837—, había desarrollado cierta solidaridad interclasista interpretada como una crítica a la postura de supremacía blanca sobre otras culturas, lo cual lo decantó en contra del hombre blanco.3

Tales hechos acaecidos en el Nueva York que presenció Melville, se edificaron como insumos fundamentales para sus obras literarias pues, al menos en Bartleby, Nueva York se iba convirtiendo en el punto central de las empresas, de la fábrica, del capitalismo; con un Wall Street donde se aglomeraba gran cantidad de trabajadores, entre ellos, Bartleby y compañía. En efecto, el arraigo a una sociedad fraguada tras determinadas costumbres y cierta forma de vida guiaba el actuar de los citadinos; no obstante, ¿era el escribiente un citadino cualquiera, acoplado al recinto actual que era la sociedad de Nueva York?

Enrique Vila Matas tilda a Bartleby como un ser en donde habita una profunda negación del mundo. Una persona que, según el mismo escritor:

(…) jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás, que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo (…).4

En efecto, el contacto de Bartleby con la sociedad es efímero y exiguo, por no decir nulo. El “preferiría no hacerlo” se convierte en la expresión que lo conecta con el mundo, pero que, asimismo, lo evapora del mismo ya que, al acabar de pronunciarla, Bartleby de nuevo vuelve a su estado natural de elevación y eventual tristeza. Y es que el amanuense pareciera indiferente ante la humanidad, y su escasa relación con la sociedad evidencia su ánimo —si es que lo tiene— de escapar o evadir los convencionalismos y estándares burgueses del momento: el dinero y la ambición de lograr algún fin, quizá el éxito.

Y he aquí un síntoma de libertad: la forma de apartarse del mundo que lo consume, de evadir los hábitos, prácticas y la forma de vida de una sociedad que él observa, por su forma de no actuar, como nefasta y guiada al fracaso. Porque “preferiría no hacerlo”, esa frase firme y pesarosa en sí misma, no resulta baladí como podría pensarse, pues no representa, simplemente, negarse a realizar el trabajo que el abogado le ha encomendado. Tal declamación, tímida pero contundente, se extiende y trasciende hasta convertirse en la decisión fundada de preferir no hacer parte de la sociedad, de no seguir sus mismas pautas, no tener los mismos valores, de ser y obrar distinto de los fermentados autómatas de la sociedad, aun a pesar de saber que al final todo terminará.

Sin embargo, a pesar de querer desligarse de lo que representa la sociedad del momento, sus tradiciones y usanzas, ¿por qué Bartleby accedió trabajar en una institución burocrática afianzada por el mismo credo forjado en el seno de la sociedad neoyorquina?

Wall Street, para la época, empezaba a afianzarse como el centro empresarial y laboral de mayor importancia. La oficina jurídica, como lo narra Melville en voz del abogado, quedaba en aquella zona y, dada la cantidad de trabajo, era menester la contratación de un nuevo empleado el cual, una mañana cualquiera, hizo presencia en el aposento:

En contestación a mi aviso, un joven inmóvil apareció una mañana en mi oficina; la puerta estaba abierta, pues era verano. Vuelvo a ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby.5

Es clara la aparición de Bartleby en el lugar y su posterior desempeño como amanuense; lo cual, a pesar de así parecer, no habría de observarse como un indicio de aquiescencia a su labor o como una forma de legitimar la desigualdad a la que iba a someterse. Pues el hablar escaso y obrar casi imperceptible del escribiente demuestran su rompimiento con la institucionalidad, con la subordinación, con el mandato de unos pocos sobre la mayoría. La libertad que emana se encarna en el tono apacible y respetuoso pero firme de sus palabras, en su desobediencia a las órdenes de su jefe hasta lograr, casi invisiblemente, la prevalencia de su deseo de nada.

¿Por qué Bartleby, esa figura ambivalente que parece frágil pero que exteriorizó, al hablar, siempre firmeza, nunca se empeñó por frecuentar el cambio en la sociedad?

Sus palabras se forjan entonces como un acto revolucionario al régimen —quizá Melville realmente habíase influenciado por la doctrina marxista-engeliana que se afianzaba en Europa y repercutía en Nueva York—, como una forma de desacato al mismo, a la institución impuesta por la burocracia y por el sistema capitalista fuertemente arraigado. La libertad la moldeó mediante sus palabras y la sacralizó con sus actos y, a pesar de su muerte, en ningún momento dio su brazo a torcer para mostrar su repulsión y afrenta —por cierto, nunca irrespetuosas— al sistema.

A pesar de su lucha autónoma por la libertad que encarnaban sus palabras, ¿por qué Bartleby, esa figura ambivalente que parece frágil pero que exteriorizó, al hablar, siempre firmeza, nunca se empeñó por frecuentar el cambio en la sociedad? La respuesta la da el mismo texto, en el párrafo final:

Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? (…).6

La interpretación que surge del párrafo anterior se sintetiza en la irrefrenable desesperanza que tiene Bartleby en el hombre y en la sociedad pues, como las cartas que clasifica, ya están todos muertos y no hay salvación alguna; tan sólo debe limitarse a archivarlas para sumirlas en la devastación de las llamas. Y es allí donde se puede ver que, así como muere Bartleby —germen de la libertad—, la humanidad no tendrá salvación.

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!7

En suma, el enigma que eventualmente se esconde tras el velo que crea Herman Melville en el cuento podría ser la noción de libertad, autonomía e independencia para decidir sobre la vida impuesta por los tiempos en que se vive, por la sociedad en que se desarrolla y por la institucionalidad oligarca y clientelista que, paulatinamente, ha forjado la humanidad.

 

Bibliografía

  • Andrés, Rodrigo (2006): Herman Melville: poder y amor entre hombres. Valencia: Publicaciones de la Universitat de Valencia (PUV). Biblioteca Javier Coy d’Estudis Nord-americans.
  • Cercas, Javier (2012): Anatomía de un instante. Barcelona: Debolsillo, 6ª edición.
  • Gómez Alfaro, Garikoitz: “Karl Marx, Friedrich Engels y el concepto de alineación en Bartleby, el escribiente (1853), de Herman Melville”. Universitat de Valencia (2010/2011).
  • Hemingway, Ernest (1964): París era una fiesta. Barcelona: Seix Barral.
  • Melville, Herman (2000): Bartleby, el escribiente. Barcelona: Grijalbo Mondadori.
  • Plimton, George (1958). Entrevista a Ernest Hemingway. Publicada originalmente en la revista The Paris Review en 1958 y editada en castellano en Confesiones de escritores: Narradores 1. El Ateneo (1996). Fue transcrita desde el diario Clarín (domingo 18 de julio de 1999).
  • Vila-Matas, Enrique (2002): Bartleby y compañía. Barcelona: Anagrama.
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Notas

  1. Cercas, Javier (2012): Anatomía de un instante. Barcelona: Debolsillo, 6ª edición. Pág. 18.
  2. Gómez Alfaro, Garikoitz. “Karl Marx, Friedrich Engels y el concepto de alineación en Bartleby, el escribiente (1853), de Herman Melville”. Universitat de Valencia (2010/2011). Pág. 5.
  3. Andrés, Rodrigo. Herman Melville: poder y amor entre hombres. Valencia: Publicaciones de la Universitat de Valencia (PUV). Biblioteca Javier Coy d’Estudis Nord-americans, 2006.
  4. Vila-Matas, Enrique (2002): Bartleby y compañía. Barcelona: Anagrama. Pág. 11.
  5. Melville, Herman (2000): Bartleby, el escribiente. Barcelona: Grijalbo Mondadori. Pág. 28.
  6. Ídem, pág. 84.
  7. Ídem, pág. 85.