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Eunice Odio: abnegación por la poesía

lunes 2 de diciembre de 2019
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Eunice Odio
La poesía de la costarricense Eunice Odio tiene mucho de coral, de parlamento clásico, de gran anfiteatro en el que las voces impregnan el tiempo de su creación.

Siempre nos pareció un secreto bien guardado la tapa de color naranja con aquel rostro imponente que sobresalía, sugestiva mirada de contornos semejantes a una escultura clásica sobre el decoro de una grafía, huella de quien lucía ser la dueña y señora del libro que adquiríamos en una librería universitaria: Eunice Odio. Antología, publicado en Venezuela por el sello Monte Ávila Editores en 1975, al año siguiente del fallecimiento de la poeta, nacida en Costa Rica el 18 de octubre de 1919, pero portadora de otras dos nacionalidades: Guatemala y México. Su epistolario es toda una novela matizada por inverosímiles anécdotas. Lo primero que habría que puntualizar es que esa edición venezolana se la debemos a ese patriarca de nuestras letras contemporáneas, Juan Liscano. El libro recoge las cartas que le enviara Eunice al poeta, así como una excelente muestra de su poesía, publicada parte de ella en la revista Zona Franca; insisto, este libro, es obligante resaltarlo, constituye una referencia imprescindible para acercarnos a la vida y obra de una de las autoras fundamentales de la literatura de lengua hispana. Esta edición, coordinada y tutelada por Liscano, muy probablemente haya sido el primer libro que da cuenta de una voz singular, sin antecedentes en la literatura hispanoamericana. El caso de Eunice apenas empieza a ventilarse, más aún cuando estamos en el año centenario de su natalicio. La poeta escamoteó su fecha de nacimiento y el mismo Liscano en los datos que aporta en la Antología asumió el año 1922, mientras que investigaciones de los últimos años establecieron que había nacido en 1919 en San José de Costa Rica.

El primer reconocimiento a la obra de Eunice Odio proviene del nicaragüense Carlos Martínez Rivas.

En su historia personal, cuenta ella misma, en su preadolescencia tenía la obsesión de fugarse de la casa de los padres y perderse el día entero por las bucólicas calles de San José. “Yo siempre me cruzaba a esa chavala por las calles, pasaba radiante, hermosa, como si quisiera volar”, me confesó una dama de cierta edad cuando en un círculo literario le pregunté por Eunice. Escasamente los joselinos tienen memoria de su peculiar trayectoria en la literatura del continente. Dromómana, esa insaciable pasión de fuga desde su niñez se manifestaría más tarde con el abandono definitivo de su país. Otros mundos la esperaban. Es en la década del 40 cuando inicia su ascenso en la poesía latinoamericana. Su desavenido matrimonio culminó en lo que ella sabía de antemano: un fracaso. En 1945 sus primeros poemas aparecen en el Repertorio Americano, revista con la que hace homenaje a Andrés Bello el intelectual costarricense Joaquín García Monge. Dos años después se hace acreedora del premio centroamericano 15 de Septiembre con el poemario Los elementos terrestres. En 1948 se le concede la ciudadanía guatemalteca, lo que deja ver que tenía años de residencia en este país. En 1953 le publican en Argentina su segundo poemario, Zona en territorio del alba. Según la cronología que aporta Rima de Vallbona,1 en 1954 concluye su libro más ambicioso, El tránsito de fuego, el que había comenzado a escribir en 1948, publicado en 1957 por una editorial salvadoreña. El 9 de febrero de 1955 se residencia definitivamente en México, país cuya nacionalidad adquiere.

El primer reconocimiento a su obra proviene del nicaragüense Carlos Martínez Rivas, un poeta excepcional en su asunción de la poesía, extraño, de vida tan radical hasta beberse los huesos, trashumante por las capitales europeas en diálogo consigo mismo, compañero de Cortázar y Octavio Paz en París, autor de una obra que lo encumbraría como poeta, La insurrección solitaria (1953), libro del que le oiríamos algunos textos comenzando la década del 70 en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, voz imponente, seductora, la suya; en La insurrección solitaria el incomprendido Martínez Rivas, con el poema “Eunice Odio” (España, 1945), rendiría su homenaje de admiración a la poeta costarricense. En 1945 Eunice contaba veintiséis años, estaba en la plenitud de su belleza corporal y, por lo que traemos dicho, ya había publicado algunos poemas y muy probablemente disponía en volumen algunos de sus libros, lo que hace suponer que Carlos Martínez Rivas era conocedor de la obra en ciernes de Eunice. Con trazo maestro, en 87 versos, con acertado vuelo poético, Martínez Rivas anuncia como un profeta la que luego sería la trayectoria lírica de Eunice. El poema es una parábola de anunciación de lo que constituye en todo su rigor y vigor la cosmovisión de una poeta que era, y es, definitivamente, alguien admirable en las letras latinoamericanas, con un acendrado plan lírico que, si bien fue su consagración en el reino desconocido de las letras hispanas, fue, asimismo, su desvalimiento, su soledad, el injusto aislamiento al que la condenaron los círculos intelectuales tanto de su tierra natal como del país de adopción, México. Tentados estamos de citar completo el poema de Martínez Rivas, hecho que rebasaría el objetivo del presente ensayo. Aspiramos a que los siguientes fragmentos sean ilustrativos de lo que arriba aseveramos:

¡Muchacha!, tú estás sentada sobre la tierra. Miras.
Como lebreles tus largas manos posas:
seres armados guardan la puerta de tu cuerpo.
Las dos perreras a la entrada del Jardín.

He tratado de decir cómo eres;
de ponerte de nuevo delante de mí
¡oh muchacha desnuda! ¡forma! ¡perfección!
Porque aunque a menudo te vimos,
apenas nos percatamos de ti.
Hablamos mucho de tu gracia porque eso distraía
pero ¡qué poco sospechamos bajo el cariño de la piel
y entre el ir y venir de tu sangre atareada!

Creímos que eras bella solamente para ser
lecho oscuro del sol o chispa de la atmósfera,
y no advertimos cómo sobrellevabas
ese penoso y duro oficio de las cosas bellas
que, tras de su dorada corteza, luchan para
salvar al hombre de la Divinidad en bruto.

Porque tras de esa membrana, de esa ala de cigarra,
está escondido, tirante, alerta, lo otro. Detenido
de pronto en su exceso cuando todo iba a estallar.2

“Eunice Odio. Antología”, edición del poeta Juan Liscano
Eunice Odio. Antología, edición de Monte Ávila (1975) a cargo del poeta Juan Liscano.

Para quien conozca la dramática biografía de Eunice le será fácil advertir cuánto hay en este texto de su personalidad literaria, además de la imponente revelación de su feminidad; el poema de Martínez Rivas deja traslucir el aura oculta que la acompañaba, el don ancestral y nutricio de un verbo en el que ya se adivinaba un universo inédito. Aquella muchacha no era la manzana de que habla en su poesía ella misma, menos la común que suponían quienes compartieron su juventud. Era, vale decir, la condición embrionaria de una poesía que todavía en nuestros días conserva el estado de gracia de su concepción: escrita para una trascendencia no sujeta a la inmediatez de las modas literarias y expuesta jamás a la volátil circunstancia de los cenáculos culturales en donde se cocina la gloria de los afortunados que hacen coro en el foro. Como una sacerdotisa que en sus rituales hacía sacrificios a la palabra —su sacrificio—, su poesía bajaba a la página en blanco como venida de los libros sagrados, salmos de sus entrañas, como versículos recuperados de una perdida biblia, como imponentes sombras de una constelación mallarmeana. Ya decía el autor de “Un golpe de dados” que la aspiración de un poeta es la interpretación órfica del universo, en este sentido cabe pensar la arquitectural obra poética de Eunice Odio, porque fue así, su obra está concebida en un ambicioso espacio del logos, moviéndose en el culto de una atemporalidad. “El poema, dirá la poeta, es la acción del Verbo. De allí que sea imposible analizarlo, aislar hasta el último de sus acordes. Siempre quedará un acorde impenetrable, indecible; ese acorde es, precisamente, el que hace de un conjunto de voces un orden substancial, un generador, un poema”.3 Un poema, pareciera decirnos, es parte del eslabón perdido; mostrar parte de él a los hombres es oficio de la taumaturgia; oficio secreto, en el que el poeta articula su esfuerzo para traerlo a la luz. Su poesía tiene mucho de coral, de parlamento clásico, de gran anfiteatro en el que las voces impregnan el tiempo de su creación, cuyos personajes susurran sus diálogos en un espacio al que hemos sido convocados para ser testigos de una revelación.

Eunice Odio se escapa en vida y se escapa en su poesía. Imposible discernirla en su “simplicidad”, sin que sea hermética.

Indignó a Eunice el veredicto que sobre su obra hizo Octavio Paz. Así se lo confiesa a Liscano en una carta: “Y resulta que yo nunca creí en serio eso de que tenía que morirme… ¿Sabes quién sí está seguro de eso? O. Paz. Un día me dijo en el colmo de la solemnidad y la seriedad: Tú, querida, eres de la línea de los poetas que inventan una mitología propia, como Blake, como Saint-John Perse, como Ezra Pound; y están fregados porque nadie los entiende hasta que tienen años o aun siglos de muertos’”.4 A más del elogio implícito, ya que coloca su poesía al lado de tres grandes nombres de la poesía universal, no es menos cierto, como confiesa la poeta, que estaba menoscabando su lugar en la poesía contemporánea de Latinoamérica, al punto que deja sentir la queja ante el hecho de que su presencia literaria fue marginada de los círculos literarios mexicanos de su época. Su separación de los corros filoizquierdistas, donde supuestamente había militado, no dejaría de tener sus consecuencias: si tenemos presente que en las décadas del 50 al 70 el prestigio intelectual se medía según las adhesiones y militancias con el ámbito del socialismo soviético y cubano, es concebible que su marginación de los círculos intelectuales era la respuesta a esa actitud suya que la condenaba a ser una solitaria. Su poesía y su obra ensayística, en todo caso, no se inscriben en la tradición del intelectual de izquierda. Lo pivotal suyo proviene de fuentes vinculadas a textos sagrados. Las palabras de su Ion (El tránsito de fuego) son reveladoras de esa condición de outsider en la que vivió siempre: “Que le vean, sí, que se le vean los nervios atmosféricos, que salten como el agua de las constelaciones. / Nada tendrá que esconder. /Abierta, / evidente, / alta, enseñará los miembros bienaventurados”.5 Consciente de una condición trashumante que la avasallaba, sólo le quedaba el refugio de ciertas revistas prestigiosas; de allí el amparo que le ofreció Juan Liscano en la revista Zona Franca. No hay resentimiento ni desesperanza en su verbo de aéreas divagaciones, sino más bien conciencia de lo inevitable, la asunción de una errancia que la adentraba más en sí misma, a fluir como esfera cósmica en un silencio sacro. María Zambrano al referirse a Los bienaventurados pondera la existencia de éstos en los siguientes términos: “Seres de silencio, sufrientes todos, pasivos pero no herméticos. Blandamente están ahí, tan inmediatos y remotos al par. Para acercarse a ellos hay que participar en algo de la simplicidad que es su condición, de la simplicidad que los ha tomado para sí”.6 Soterradamente en las palabras de Ion podemos apreciar el transcurrir siendo de Eunice como parte de su testamento lírico: “Abierta, / evidente, alta, enseñará los miembros bienaventurados”, aunque simbólicamente se esté refiriendo en el poema a “Los trabajos de la catedral”, vale la analogía para apreciar ese estado de plenitud y de gracia que la salvó de claudicar ante posibles seducciones. Y es que cuando leemos sus cartas nos cercioramos de la “simplicidad” que rodeó su vida. Alcanzar la “simplicidad” de la que nos habla Zambrano no es tarea fácil, el bruto afán de proponérselo; todo lo contrario, ello implica la desnudez, el sacrificio, el despojamiento de los oropeles del mundo. Dice María Zambrano que el bienaventurado “no está ya en el reino de lo discernible”. Y es que Eunice Odio se escapa en vida y se escapa en su poesía. Imposible discernirla en su “simplicidad”, sin que sea hermética, como sugiere Zambrano, o como lo expresaría ella misma: “Siempre quedará un acorde impenetrable, indecible”. Su obra no es accesible a la inmediatez lectora porque un halo de plurales visiones la envuelve, la eleva a dimensiones no siempre mensurables, y acceder a la letanía de su ascenso/descenso requiere del lector cierto ejercicio espiritual con la palabra, en otros términos, con el pálpito sagrado del logos. Del mismo poema “Los trabajos de la catedral”, a la pregunta de Arkhos, “¿Asciende? ¿O baja el arbotante?”, Ion responderá:

Él bajará por una vía de Gracia,

y naciendo al pasar nacerá doblemente:
Será entonces plural su vida simultánea.

(…)

Así, cuando no haya sobre el día
ni el sueño de un recuerdo que diga:
Hubo una vez un ala,
hubo una vez un cándido ejercicio
y espiga le decían:

cuando no quede ya en el año
ni sombra de paloma
que oscurezca nevando la enramada,

ni ruinoso rumor de idas palabras,
ni duración, ni espacio, ni peso de manzana,
bajo la húmeda faz del arbotante
verá el hombre

cómo fueron las uvas matinales
y su diseminada transparencia,

cómo llegó a la fronda la substancia;
hasta dónde arribaron por razones de altura,
los tenues atributos del olivo.

En él toda cadencia quedará perpetuada.

Dirán al verlo:

He aquí al heredero del alba,
porque su paso asciende cuando baja.

Como ella,

el arbotante ascenderá bajando
y entregará

la actividad,
la soledad,
los actos de su generación.7

Conmovedora, deslumbrante manifestación de un proceso creador en el que podemos imaginar a los artesanos de la catedral en sus celestes oficios, un recurrente subir y bajar asistidos por la luz “forma del esplendor”; ese consenso heraclitano cuando señala que “el camino hacia arriba y hacia abajo es uno y el mismo”. El segmento del poema que hemos citado apenas pretende ilustrar la apoteosis de la construcción lírica de Eunice Odio, cómo la poeta transita por los fuegos/fueros de la creación, transforma los presupuestos de los clásicos, una dialéctica en curso, “he aquí al heredero del alba, / porque su paso asciende cuando baja”, peso y contrapeso del arbotante como sostén de la bóveda, ese espacio donde confluyen las miradas, donde acontece el resplandecir de su Verbo como extensión de una conciencia pluránime, para fijar su proyecto con dos de los neologismos que distinguen su expresión poética. Acercarse a la poesía de Eunice requiere del trabajo del explorador, excavar, excavar, hasta percatarse de que en cada pliegue de sus versos hay vetas más recónditas. ¿No se extravió ella misma en las signaturas de su propio lenguaje? ¿No consumió su vida en el fuego de esa búsqueda? En su poema polifónico El tránsito de fuego, Thauma nos advierte: “¡Hace tanto que no veo la primavera! / La tarea no me ha dejado ver lo que amo. // No he podido siquiera contemplarme. / Fuera de mí he vivido, en ella enajenado”.8 Transterrada, apátrida como fue, calificativo que confiere orgullosamente al creador, su obra apenas sale de su clausura a los lectores, porque era ella una especie de “custodio de la metamorfosis”, condición fundamental que confiere Elias Canetti a la profesión del escritor.

No dejó descendencia Eunice; a cambio brotaron de ella generaciones de palabras, toda una sucesión de seres de su creación concebidos para que compartieran su Verbo.

De su densa producción es mucho lo que hay que decir o está por decirse. Dos estudiosos de su obra, los catedráticos Rima de Vallbona y Jorge Chen Sheng, han publicado libros alrededor de su trayectoria literaria. Chen Sheng publicó en 2017 la tormentosa correspondencia que mantuvo Eunice con el pintor mexicano Rodolfo Zanabria, en las que se evidencia, una vez más, una relación frustrada de la poeta. Basta señalar que para el escritor chileno Humberto Díaz Casanueva “la hondura de sus interrogaciones no la hace jamás descuidar la pureza del lenguaje. Ella anda también detrás de la gran Palabra, del verbo creador, y así Eunice se convierte en uno de los poetas con mayor fertilidad de lenguaje de toda América Latina”;9 otro tanto puntualizará Juan Liscano: “Por su estructura, su aliento sostenido, su audacia mitificante, su potencial lingüístico e imaginífero, su alianza con el teatro, la religión, la filosofía, la mística, la magia, El tránsito de fuego se presenta como astro mayor de la poesía de habla castellana”.10

No dejó descendencia Eunice; a cambio brotaron de ella generaciones de palabras, toda una sucesión de seres de su creación concebidos para que compartieran su Verbo. “Tal como entiendo la tarea del poeta —confiesa en su carta 3 a Juan Liscano—, es casi lo contrario de un buscador de sí mismo exclusivamente. El poeta anda buscando a Dios y sólo lo encuentra en el fondo de todos los hombres”.11 A su amor fallido, Rodolfo Zanabria, dedicó el poema “Argos del día oculto”, del cual extraigo los últimos versos para dejar con la palabra a tan venerada madre oracular:

Voy a rodearte con palabras que vinieron de los montes,
a conjurarte.
Sea propicio el oráculo.

 

Fuentes

  • De Vallbona, Rima. La obra en prosa de Eunice Odio. San José: Editorial Costa Rica, 1980.
  • Martínez Rivas, Carlos. La insurrección solitaria. San José (Costa Rica): Educa, 1973 (primera edición: Editorial Guarania, México, 1953).
  • Odio, Eunice. Antología. Compilación y prólogo de Juan Liscano. Caracas: Monte Ávila Editores, 1975.
  • Zambrano, María. Los bienaventurados. Madrid: Ediciones Siruela, 2004.

 

Miguel Arcángel, por Eunice Odio

Fértil campo de alisos que van al amanecer
y nunca se detienen,
tal es Tu Presencia.
Frágil cielo sobre los años de la doncella,
que acaba de llegar de las mariposas terrestres;
lecho fresco de agua para el niño que arrebataron los montes,
y devolvieron a las zarzas y los sueños;
tal es Tu Presencia,
tal es tu alrededor de flor continua,
mostrada al viento por el paraíso.
Tal es, Señor, tu acento.
Así es la cauda de tu rostro.
Tal es tu cuerpo:
un castillo erigido al mediodía,
y por el alba, dado a los ruiseñores;
tu dulce cuerpo de rocío, arremolinado y repentino,
que cuando uno lo busca en la ventana,
solo ve su medida de alegría,
y es que se ha ido a la luciente patria
en que reinan las fuentes
y dan hijos a las espigas.

Tu dulce cuerpo de ráfaga mirada por la luna;
tal es Tu Presencia,
tales tus ondulantes rostros,
que despiertan en el centro de la música
tu cara de amapola zodiacal,
de plata que no durmió jamás,
desde que tuvo su primera aurora;
tu cara, de plata poseída por la espuma;
tu semblante,
hecho de las partes claras y múltiples de las flores;
tu semblante de día
en que todos los ríos corren
—para ir a ser juzgados—
a la par de los cometas y los pájaros;
tu semblante con duración y espacio interminables,
en que no permanece la sombra de la noche;
ni siquiera —con ser iluminada—,
la noche de la alondra.
Tu cara en que se reúne y rasga el velo,
para partir a su destino diurno,
la familia del cielo.

Así es Tu Presencia
así, Señor, tu acento.
Así son tus dos alas
de rama en que se posan los Mensajeros,
los sonoros,
los transparentes como harpas,
los victoriosos;
tus alas,
estandartes del viento que está anunciando la venida del mar a la tierra,
desde que el mar apareció de pronto
(“Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos
en un lugar, y descúbrase la seca: y fue así”.)
como venido de una lámpara, o una nieve inmortal,
o una quieta guirnalda.
Tus alas, conocidas por la suma del fuego;
las reveladas por la cifra secreta del pan;
por el curso de la paloma.
Las que el espliego descubrió hace millones de colinas,
y guardó para recordarlas en el aroma.

Tus alas, cuyo número retumba en las praderas,
y las devuelve cristalinas;
cuya cadencia
está contenida en la figura de la tierra;
cuya substancia es el dominio del aire
que está detrás del aire que desata,
pulsa,
desencadena,
las venideras sílabas
y las calladas hierbas deslumbradas;
cuyo rumor aumenta la causa de la primavera;
cuyo rumor de cielo errante, construyó la memoria del espacio,
y es audible a cierta hora del aire.
Tus alas,
cuyo olor se traslada sobre su propia órbita:
es un planeta que sabe su nombre,
y sueña sobre su eje,
y se adelanta al espacio y al torrente:
su velocidad es innombrable,
y su potencia,
igual a un palacio
almenado
y guardado por lebreles.
Tus alas, ¡ah, tus alas!,
cuyo color cegó a la muchedumbre de las especies recónditas,
y devolvió a las mieses los vocablos del día,
para que en ellas no empezara lo umbroso,
y sí la faz de la espesura,
sola,
pura
y radiante,
bajo el mirado
y abundante otoño de las flores.
Tus alas, ¡ah, tus alas!,
cuyo color se repartió entre las formas corporales del sol,
y los sonidos del mediodía
con abejas,
y niños dormidos al azar,
y campanas tañendo
como estrellas imaginarias.
Tus alas, ¡ah, tus alas!,
iguales a dos molinos de platino,
que giran en los naranjales.
Tus alas,
hechas con la materia de un fruto
que nunca fue para los labios,
porque era para construirlas a ellas,
las perfectas,
las secretas,
las lúcidas,
las encrespadas por el ruido de las constelaciones.
Tal es Tu Presencia.
Así, Señor, tu acento.
Así tu vestidura de manantial,
en que beben y se reflejan
los animales de estos mundos
que se mueven ensimismados;
Tu vestidura de rayo
entregado a los girasoles;
De arrecife embatido
por alados
sumisos
y tempestuosos.
Tu vestidura desplegada por verbos planetarios,
por la palabra de la tierra fulgurante,
por los actos del relámpago.
Tal es Tu Presencia.
Así es tu armadura de musgo sellado,
tu armadura,
tañida
por la caída de una rosa.
Tu armadura constituida donde dijo Dios
que todo se expandiera
sin fin,
y recordara cada fulgor (cada segundo)
de su expansión.
Tal es Tu Presencia,
así tus plantas de guerrero,
sitiadas por el eco estelar,
y calzadas
con lo que vive el cristal y se mueven las aguas.
¡Ah, tus sandalias,
hechas con los cimientos de las nubes
y la inmensa distancia!
Así es tu terrible Presencia,
así tus manos que rozan y desnudan
esta fragante especie de mendigos,
vestidos como los astros y los laureles.
Tus manos,
remolinos jamás perturbados
por el fragor de los vecinos llameantes.
Así es tu Terrible Presencia,
así tu espada de fuego cristalizado,
de piélago caminante que va en torno de ti,
en un círculo mayor que el espacio invisible;
más fuerte que el destello de todos los hombres,
reunidos con sus mariposas, sus ciervos,
sus caballos erguidos como vasos sagrados,
sus mujeres paridas,
sus hijos que dan simiente,
y eternamente regresan a la vida.
Tu espada contigua,
amurallada,
velada por los Rostros Auríferos;
tu espada templada
en la tempestad solar;
fortalecida
por todo sonido matutino,
y sólo revelada
por fragmentarios,
íntegros,
simultáneos
Guardianes de la Inmensidad.
Tal es, Señor, tu acento.
Así tus pasos
que ascendieron a los abismos donde los frutos se desordenan,
y confunden su enigmático tacto,
sus levulosas,
sus líquidos del aire,
con los sentidos de otras criaturas
y otros mundos distantes.
Tus pasos que ascendieron a esos abismos,
Y desde allá tornaron con su fruto
—una verbal naranja
rodeada por toda la redondez y el caudal de la tierra—.
Y en la tierra de abril,
despertada,
aumentada por la viviente forma
de hombre de la primavera,
el tiempo no hizo ruido.
Y entonces,
sobre el ruido del tiempo,
se oyó la Gran Balada,
se oyó un venero de aguas,
sueltas
y prodigiosas.
Se escuchó el sonido de El Gran Guardián,
que se paseaba en el aire del día;
y su pasar,
era un batir de tumultuosas ramas
que venían a la tempestad;
y Su contorno ardía y se expandía
incendiando los cielos,
que se erguían y multiplicaban,
como los “siete Espíritus
que están delante de su trono”
y el estruendo de sus alas.
“Y me volví a ver la voz que me hablaba”,
y vi los gajos vertiginosos,
como ascuas, como troncos de oro perfumado,
como islas removidas de sus lugares melodiosos.
Y fueron devorados.
Los comió todo abril,
conmigo entre sus huestes y sus profundas aguas.
Así es tu Terrible Presencia.
Así Tu Nombre,
batallón a la cabeza de la nieve;
pabellón en que murmuran siete llaves de siete cerraduras,
de puertas
que dan
a siete abismos del tiempo,
a siete espejos inhabitables.
Tu Verdadero Nombre que custodian los montes
y sus verdes armados;
tu Nombre Verdadero
en cuyo espacio
cae la rosa a girar para siempre jamás,
y a encandecer,
en el perpetuo y abrasado oleaje de las rosas.
Tu Nombre que se levanta a toda hora,
y se ve y no se sabe,
y no da tregua;
y es de granos de arena cuyo infinito número
es igual a los trigos multiplicados.
Tu Verdadero Nombre que únicamente sabe,
El que “abre y ninguno cierra,
y cierra y ninguno abre”.

Tu Nombre que me sitia,
y oigo su murmullo de espada sumergida en el muro,
y su oculto relámpago.
Tu Nombre que pasa, invisible palabra,
bajo cuyo transcurso
me postro,
semblante adentro,
también yo incógnita,
inaudita,
arrancada de mí, de la palabra,
arrebatada a mi estructura,
dada al acto espacial,
escondida a la forma,
densa,
negada y afirmada,
clara a la voluntad de tu esplendor,
mientras adentro, afuera
—sobre los aposentos,
debajo de la carne deshabitada, en el espíritu
uno y disuelto, como los pueblos de las golondrinas—,
afuera, adentro
—péndulo incontenible—,
tus dos alas oceánicas
se mueven,
transparecen,
dan la señal de batalla,
resuenan,
se van,
permanecen sin tregua,
hasta el final instante,
hasta el último hijo del hombre.

México, del 9 al 15 de agosto de 1965.

Zona Franca, Año II, Nº 29, enero de 1966.

Ramón Ordaz
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Notas

  1. La obra en prosa de Eunice Odio, pp. 73-76.
  2. La insurrección solitaria, pp. 105-108.
  3. La obra en prosa de Eunice Odio, p. 85.
  4. Antología, p. 181.
  5. Ibíd., p. 273.
  6. Los bienaventurados, pp. 64-65.
  7. Antología, pp. 271-273.
  8. Ibíd., p. 283.
  9. Ibíd., p. 10.
  10. Ibíd., p. 42.
  11. Ibíd., p. 89.
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