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La fluidez de lo acuático: movimiento y metamorfosis en torno a la figura de la ninfa

viernes 18 de junio de 2021
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“Baño de ninfas (Las ninfas de Diana regresando de la pesca)”, de Jan Brueghel el Viejo
El agua es un elemento líquido y fluido, cuyo carácter transitorio (a veces veloz) está perfectamente representado por esos ríos, arroyos y corrientes donde moran las ninfas. “Baño de ninfas (Las ninfas de Diana regresando de la pesca)”, de Jan Brueghel el Viejo

La preponderancia del elemento acuático alrededor de la imagen de la ninfa está ya anunciada en una observación que el reconocido mitólogo Walter Otto hace en su ensayo “Las ninfas”. Tras hacer un recuento de los diversos hábitats naturales a los que han sido vinculadas estas criaturas (no sólo lagos y mares, sino también bosques, campiñas y montañas), Otto llama la atención sobre el hecho de que, en todos estos escenarios de aparición de la ninfa, la presencia del elemento acuático es insoslayable. Inclusive las ninfas terrestres, apunta Otto, han sido vinculadas al agua al ser imaginadas como “procedentes de una fuente subterránea de aguas” (33); para el autor, es evidente que todos los ambientes de esta criatura, “árboles, praderas, grutas, todos ellos señalan el milagro de la humedad, que es el elemento propio de las ninfas. Donde están las ninfas allí susurran manantiales y arroyos, mensajeros de su esencia” (cursivas mías) (34-35).

Las palabras de Otto, sin embargo, dejan entrever que lo acuático es mucho más que un simple telón de fondo a la figura de la ninfa: constituye su “esencia”, su “elemento propio”. Algunas lenguas todavía dan testimonio de esta estrecha relación entre el agua y la ninfa, sugiriendo incluso una posible identificación entre ambas. Roberto Calasso, en “Aguas mentales”, señala que ninfa en griego puede significar tanto “muchacha preparada para casarse” como “venero de agua” (36), mientras que Otto (“Las ninfas” 35) y Kerényi (Los dioses… 177) advierten que en la lengua itálica la palabra que designa a la ninfa o a la linfa ha llegado a ser directamente indicio de agua. Por otra parte, el Diccionario de la Lengua Española (DLE), en su versión más reciente, admite que el término linfa sea empleado para aludir a una divinidad acuática o a un líquido orgánico rico en proteínas.1

El elemento acuático es siempre huidizo e inasible, una sustancia fluida que escapa libre entre los dedos.

Teniendo en cuenta estas evidencias, resulta natural que Calasso, en La locura que viene de las ninfas, tome como punto de partida esta relación presente en la etimología para abordar el agua de estas criaturas como otra de sus manifestaciones (14). Asimismo, la correspondencia entre el agua y la ninfa hace más comprensible que sea precisamente el elemento acuático lo que, no por casualidad, actúe en la mitología como medio de convergencia entre las ninfas y los efebos, atractivos y hermosos jóvenes que comparten con aquéllas algunas características.2 A modo de ilustración, se puede rememorar el mito de Hermafrodito y Salmacis, narrado por Ovidio en las Metamorfosis (81-84). En este relato, es el agua (y no la ninfa a la que rechaza) lo que atrae al bello mancebo Hermafrodito y el espacio en el cual el efebo y la ninfa, a pesar de su diferencia genérica, luchan hasta ser finalmente fusionados por los dioses en un solo cuerpo. Que estos seres tan similares (pero de diferentes géneros) aparezcan unidos y emparentados simbólicamente por ese elemento acuoso en el que se ven reflejados parece ser, según una lectura particular, una evidencia más que impulsaría a concebir lo acuático —y no características como la feminidad— como el atributo sustancial de la ninfa. Dadas las consideraciones previas, el predominio de lo acuático en la ninfa, más que a un líquido que constituye o impregna el ambiente al que por una correspondencia simbólica puede vinculársela en algunas representaciones, acaso podría estar aludiendo, pues, a unas formas de existencia y de comportamiento, a una suerte de carácter líquido que está en el fondo mismo de su esencia.

Para ampliar esta idea, es menester poner de relieve una característica concreta del agua que arroja luces sobre la naturaleza de la ninfa: la fluidez. El agua es un elemento líquido y fluido, cuyo carácter transitorio (a veces veloz) está perfectamente representado por esos ríos, arroyos y corrientes donde moran las ninfas. Aun considerando ciertas aguas estancadas, la realidad es que el elemento acuático es siempre huidizo e inasible, una sustancia fluida que escapa libre entre los dedos y que —como muestran las ondulaciones de una poza ante el menor soplo del aire—3 con su movimiento oscilante parece resistirse siempre a la inmovilidad, por lo cual, con mucha precisión, Calasso hablaba del agua como de un “elemento blando y móvil” y de la ninfa que la custodia como de algo “estremecido” (“Aguas…” 37).

Debido a este carácter del agua, Bachelard dirá en El agua y los sueños que “el ser consagrado al agua [se podría entender en este caso como la ninfa] es un ser en el vértigo” (15),4 puesto que “el agua es también un tipo de destino (…), destino de las imágenes huidizas” (cursivas mías) (14-15). Incluso sin necesidad de las bastardillas, saltan a la vista, en este y el párrafo anterior, las correspondencias entre el agua y las criaturas esquivas, libres y ondulantes de las que me ocupo, especialmente si se consideran los numerosos relatos mitológicos en los cuales las ninfas hacen gala de su libertad y corren rehuyendo a posibles captores y evadiendo, así como el agua, ser tomadas con facilidad.5

Valdría la pena detenerse un momento, a modo de ilustración, en el escape de dos ninfas: Aretusa y Britomarte. Según Ovidio, Aretusa (que rehuía al río Alfeo) fue escondida por Diana, pero, a causa de un estremecimiento de miedo que la recorría, se convirtió en agua, uniéndose por fin, en forma de onda, con su perseguidor (105-6). Por otra parte, me atengo a la versión del escape de Britomarte que recrea Cesare Pavese en Diálogos con Leucó: ninfa de los bosques y las rocas, Britomarte se vio perseguida un día por Minos y, para escapar, se lanzó al acantilado transformándose en espuma de ola (85). Si tales relatos pueden ser pertinentes al curso de esta reflexión es debido a que, además de insistir en el comportamiento libre y móvil de las ninfas justificado por su presunta esencia acuática, estas historias sintetizan imaginativamente esta idea al mostrar a estos personajes metamorfoseados en agua al final de su carrera, transformados en el elemento líquido que, como he expuesto, ya las constituía tácitamente y del cual, en palabras de Otto, poseen “su propia, libre vida móvil” (35).

Estos aspectos de la naturaleza líquida de la ninfa han aparecido, de un modo sutil y particular, en Lolita, la novela de Vladimir Nabokov.

Esta recreación paveseana del relato de Britomarte, además, resulta tanto más curiosa cuanto que es conocido que, en otras versiones del mito (cf. Ovidio, Metamorfosis), la ninfa no es metamorfoseada sino que, al escapar, simplemente es capturada por una red de pesca. En este sentido, esta versión del mito apuesta por una resignificación e invita a una reflexión más profunda en torno al verdadero sentido y alcance de la tendencia al movimiento que estos seres deben a su esencia acuática; y es que, tal como lo dijera Bachelard, el agua no es sólo el destino de lo huidizo, sino también la representación de “un destino que sin cesar transforma la sustancia del ser” (15). Así pues, el hecho de que Pavese haya preferido que su personaje, en su huida, sufriera una transformación, parece indicar la intención por parte del autor de literalizar aquello que, a fin de cuentas, tal vez represente todo movimiento: el cambio. Es precisamente esto lo que parece querer expresar la propia Britomarte en una respuesta que dirige a Safo, el otro personaje del diálogo: “Antes era ninfa de las rocas, ahora lo soy del mar. Estamos hechas de esto (…). Jugamos a rozar las cosas, pero no huimos. Nos transformamos” (cursivas mías) (85). Así como muestran también el relato ovidiano sobre Aretusa, esta versión de Pavese y las palabras que pone en labios de esta ninfa son cruciales para comprender que la metamorfosis es un aspecto más, otra faceta del movimiento escapista de estos seres de esencia acuática.

Como una prueba de la vitalidad que el mito puede tener en diferentes ámbitos, épocas y lugares, estos aspectos de la naturaleza líquida de la ninfa han aparecido, de un modo sutil y particular, en Lolita, la novela de Vladimir Nabokov que ofrece una de las representaciones modernas más brillantes y entrañables de esta figura. Tal como ocurrió con sus semejantes de la mitología, la indefectible relación de la ninfa con el elemento acuático es, en primera instancia, expuesta de forma literal: la nínfica Lo es exhibida en varias ocasiones junto al agua, con la cual comparte, así como las ninfas tradicionales, su carácter móvil. Dolores Haze es, en efecto, un ser joven, inquieto y voluble, que invierte sus tiempos libres en ejercicios de danza, natación, ciclismo y tenis, dedicaciones a los cuales su padrastro Humbert Humbert —deleitado y enloquecido por los movimientos de la niña— rinde homenaje en sus memorias.

Lo que expresa de manera más profunda y verdadera la naturaleza fluctuante de esta ninfa son, sin embargo, las dificultades con las que el pobre Humbert Humbert se va encontrando en su intento de poseer (para siempre) a su amada, a esa nínfula que, erróneamente, creyó que era “la primera (…) que por fin estaba al alcance de mis garras” (55). A pesar de lo que el destino le hace creer al convertirlo en padrastro de la niña y al hacerlo objeto de su curiosidad juvenil, Humbert ve agrietarse su felicidad por una madre envidiosa que envía lejos a la niña y por la repulsión gradual que hará que ésta escape de un hombre demasiado mayor, opresivo y aburrido. La frase que la Britomarte paveseana enunció al recordar su amenazante situación parece igualmente haber sido proferida por esta moderna jovencita: “Sabía solamente que debía huir (…) para ser yo (…). Nuestro único terror es que un hombre nos posea, nos detenga” (“Espuma de ola”, 84-5).

En su reconstrucción de los hechos (lo que al fin y al cabo es la novela) Humbert Humbert, al contemplarlo en retrospectiva, reconoce por fin el destino fluido y esquivo de Lolita, comprendiendo así que la ninfa que en ella amó, a pesar de sus esfuerzos por retenerla, no podía ser sino una presencia fugitiva en su vida. Desde el principio de sus memorias, el narrador alude a la probabilidad del escape de su ninfa al decir que Lolita, al hacerse mayor, naturalmente habría de escurrírsele, no sólo por su particular anhelo de libertad o por el desprecio que hacia él podría llegar a sentir, sino porque el tiempo y el espacio son análogos y la “isla encantada” (18) donde habitan las nínfulas es, al fin y al cabo, una “isla del tiempo” (19). De allí que, al recordar la partida de Lo al campamento y la perspectiva de privarse del disfrute de una parte de su existencia nínfica, Humbert Humbert diga que “el término ‘para siempre’ sólo se aplicaba a mi pasión, a la Lolita eterna reflejada en mi sangre (…). La Lolita que ahora yo podía tocar y oler y oír y ver (…), la Lolita de nuca tensa y cálida (…), esa Lolita, mi Lolita, se perdería para siempre” (64-5). Años después, al haberla reencontrado tras su fuga, el narrador comprueba que, efectivamente, la ninfa deseada sólo podía pervivir en su memoria, pues la metamorfosis que se había operado en ella tras huir la hacía ahora irrecuperable: sólo una joven gastada, no más que “el eco muerto de la nínfula” (267).

Ante la colisión con esa fuerza extraña que encarna Lolita, el alma de Humbert Humbert es víctima de estos movimientos que se traducirán, naturalmente, en cambios en su vida.

Tras todo lo abordado, sólo cabe concluir diciendo que, tal como sucede con (casi) todos los aspectos de las figuras mitológicas, la movilización y la metamorfosis en torno a la ninfa tienen, no obstante, un reverso. Y es que, de acuerdo a lo que podría interpretarse de Lolita, el movimiento y el cambio fueron tanto condiciones de la existencia de este ser como efectos que tuvo sobre el comportamiento y el ánimo de aquel que se vio tocado por su (in)flujo. En un sentido literal, conocer a Lolita exigió del personaje continuas movilizaciones y mudanzas: necesitado de la presencia de la niña, el profesor Humbert no sólo accede a trasladarse a un curioso hogar norteamericano sino que, posteriormente, para seguir disfrutando a sus anchas de la pequeña, decide hacer un viaje por todos los Estados Unidos, viviendo de hotel en hotel.

La verdadera movilización, sin embargo, tiene lugar en la interioridad del personaje. El contacto con la ninfa —apunta Otto— produce una “conmoción”, un entusiasmo (41), estados propios de un espíritu excitado (es decir, de un alma activa y en movimiento). Ante la colisión con esa fuerza extraña que encarna Lolita, el alma de Humbert Humbert es víctima de estos movimientos que se traducirán, naturalmente, en cambios en su vida: arrastrado por la pasión, el profesor Humbert, entre otras cosas, debe dejar a un lado algunas de sus costumbres, hábitos y escrúpulos, codearse con personas a las que desprecia e internarse en los hoteles y en la vida de un país que, como al autor de la obra, le resulta vulgar. Es en la reconstrucción ulterior de la cadena de acontecimientos que lo han llevado a su situación actual cuando Humbert Humbert se encuentra ante la evidencia de esta transformación y de este delirio y consigue (re)conocer la posesión y, por consiguiente, la actuación enmascarada (siempre acechante) de la ninfa en su vida. Considerando el conocimiento como un movimiento hacia un estado nuevo de la conciencia, no hay duda de que es este saber el que, en última instancia, constituye el movimiento y el cambio esencial operado en su vida gracias a la ninfa: “El reconocimiento de que [como dice Calasso] nuestra vida mental está habitada por potencias que la dominan y escapan a todo control”, potencias curiosas que incursionan en nuestra mente y “que nos transforman y en la que nos transformamos” (La locura… 21).

 

Referencias

  • Bachelard, Gaston. El agua y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica, 2003.
  • Calasso, Roberto. “Aguas mentales”. En: La literatura y los dioses. Barcelona: Anagrama, 2002, pp. 33-53.
    . La locura que viene de las ninfas. Barcelona: Anagrama.
  • Kerényi, Karl. “Ninfas y sátiros”. En: Los dioses de los griegos. Caracas: Monte Ávila Editores, 1991, pp. 174-177.
  • Nabokov, Vladimir. Lolita. Colombia: Seix Barral, 1983.
  • Otto, Walter. “Las ninfas”. En: Las musas. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1981.
  • Ovidio. “Salmacis y Hermafrodito”, “Aretusa”, “Britomartis”. En: Barcelona: Editorial Bruguera, 1983.
  • Pavese, Cesare. “Espuma de ola”. En: Diálogos con Leucó. Caracas: El Perro y la Rana, 2008, pp. 83-90.
Gabriela Teresa Ortega

Notas

  1. Así como las proteínas de la linfa del cuerpo humano, la ninfa, en muchas representaciones, insufla energía y vitalidad al hombre con el que entra en relación. El vigor que se renueva en Humbert Humbert al conocer a Lolita y que se muestra en los sátiros al vislumbrar a las ninfas de los bosques constituyen algunos ejemplos.
  2. Los efebos, según la mitología griega, eran mancebos o donceles imberbes, la mayoría de aspecto afeminado, que con su bella apariencia, su gracia, su doncellez, su pureza y su frescura, seducían a hombres, héroes, ninfas y dioses. Así, por ejemplo, Heracles y las ninfas amaron a Hilas, Jacinto era deseado por Apolo (tal como lo fue la ninfa Dafne) y se cuenta que tanto numerosos mortales (hombres y mujeres) como la ninfa Eco desearon a Narciso. También se ha documentado la antigua tradición griega del “rapto” de jóvenes efebos por hombres adultos que procuraban “iniciarlos” y educarlos, aun cuando con frecuencia (tal como según Ana Salas atestiguan ciertos poemas) fuesen estos captores (“erastés”) los que acabaran “raptados” por la seducción juvenil de estos “erómenoi” que les hacían “perder la cabeza”. (“La homosexualidad en la Antigua Grecia”, párr. 3-5)
  3. Para ilustrar esta idea del movimiento en las aguas de las ninfas, vale la pena evocar unas palabras de Alicia Navarro en La ninfa en el viento que sopla acerca del hallazgo warburguiano: “Una de las características que más intrigó a Aby Warburg en las formas de representación de la ninfa fue justamente el hecho de que su representación mostraba movimientos causados por el viento que se materializaba en las formas ondulantes” (cursivas mías) (10). Para Aby Warburg, que se consagró al estudio de las ninfas en las representaciones pictóricas, tales seres se veían delatados por el “imprevisto movimiento del drapeado y de los cabellos (…) alborotados por un soplo” (Calasso 27).
  4. Vale señalar que se podría identificar este “ser consagrado al agua” con la ninfa (puesto que es el agua el espacio en el que habita y que le corresponde custodiar). No obstante, también se podría identificar a ese “ser” del que hablaba Bachelard con los mortales que, así como le pasó a Humbert Humbert en Lolita, caen seducidos por los encantos de la ninfa que lo llevan a una especie de éxtasis y de vértigo. Considerando que el ensayo del autor versa sobre la imaginación material de los sueños, es posible que él estuviese más cerca de esta última interpretación, en tanto se refería a las personas que se “consagran” a las imágenes del agua.
  5. Y es que lo que fluye, por regla general, no se deja raptar o tomar fácilmente. Si se tiene en consideración esta circunstancia, puede que resulte más fácil comprender el que las ninfas y los efebos sean representados por la mitología como jóvenes esquivos o, incluso, como donceles o doncellas, es decir, vírgenes, todavía no poseídos. Esta manera de representar a estos seres podría verse propiciada, además, por el carácter puro e inmaculado atribuido a muchas aguas dulces y tal vez a ciertos fenómenos que se corresponderían en la imaginación con las ninfas y los efebos vírgenes y frescos —no por casualidad, Raquel Baixuli habla de la ninfa como de “la personificación de la frescura” (8). Para ilustrar estas correspondencias, resulta pertinente citar las palabras de Bachelard respecto a un sueño descrito por Novalis en Enrique de Ofterdingen en el cual el hombre se baña en un estanque y en su ensueño se ve rodeado por jóvenes encantadoras: “Cada onda del delicioso elemento se adhería a él estrechamente como un dulce pecho (…). Las formas femeninas nacerán de la sustancia misma del agua”, del contacto de ésta con el hombre (193) y acaso de la tendencia de éste de darle cuerpo a la “imagen mental” que “aflora del continuo de la conciencia” (Calasso, La locura… 24) —tal y como una ninfa pudiera emerger del agua (ibídem)—, de representar cierto tipo de experiencias de “formas ondulantes” que tal vez, empleando los términos de Calasso, “no son sólo un hecho de la naturaleza sino que son caracteres de la pisque (…) de la vida mental” (“Poética de los dioses” 75).