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Sujeto siempre sujeto
Una reflexión en torno al sujeto potencialmente problemático

lunes 12 de julio de 2021
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Sujeto siempre sujeto, por Gabriela Teresa Ortega
Tanto la existencia como el discurso de los sujetos potencialmente problemáticos parecen sustentarse de una dualidad que involucra el obstáculo, el impedimento y la dificultad.

La categoría “sujeto” ha sido siempre una noción difícil para el teórico pues ya desde su etimología plantea una ambivalencia: sujeto es, en gramática, quien hace algo, por oposición a a quien se le hace algo o para quien se hace algo (los objetos); sujeto es el ser al que se reconoce su libertad, su poder y su derecho de plantearse como una individualidad y una subjetividad concreta; pero, al mismo tiempo, el sujeto es quien debe asumir la responsabilidad de esa libertad, es decir, debe convivir con la idea de que, por ser sujeto, está sujeto a las normas y a las leyes de la estructura social y política en que se desenvuelve. Partiendo de esta contradicción inherente a la noción general de sujeto, me propongo hacer un recorrido, valiéndome de ideas de diversos teóricos, por una especie particular de sujeto que incluye al subalterno, al oprimido, al anormal y al sujeto al margen, y al cual calificaré de “potencialmente problemático”,1 un sujeto en cuya existencia las dos vertientes de esta noción se hacen aún más complejas, creando con ello una situación discursiva que merece una particular aproximación.

¿No es curioso que sigamos insistiendo en ver al sujeto subalterno, al sujeto marginal, al sujeto invisibilizado solamente como tales, únicamente a partir de esos epítetos?

El primer problema que se presenta al intentar aproximarse al sujeto consiste en que su mismo análisis exige una transgresión a algunas de sus partes constitutivas: su subjetividad y su materialidad. Toda teoría, por esencia, debe lidiar con la imposibilidad de hablar de alguien (un sujeto) más específico y concreto; pero, si bien es este un inconveniente, lo es igualmente el extremo contrario que Gayatri Chakravorty Spivak, en su célebre estudio “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”, reprochaba a ciertos teóricos: se trata del intento de deshacerse de la instancia abstracta, de la nomenclatura teórica (3-4). Aunque las categorías, a mi parecer, sean una limitación (aunque susceptible de ser atenuada, por supuesto) con la que la teoría debe forzosamente convivir —ya que para que el pensamiento sea posible es necesaria la generalización y la abstracción—, la siempre obstinada advertencia a procurar deshacerse de las categorías abstractas es fundamental sobre todo si se entiende, además de como un llamado a acercarse a la realidad material de los sujetos, como una alerta a no entenderlos desde la unicidad sino desde la heterogeneidad que los constituye. Y es que es fundamental no olvidar que todo grupo de sujetos —inclusive subalternos— es siempre heterogéneo (algo ya advertido por Deleuze en sus estudios sobre los homosexuales); la misma esencia de un solo individuo involucra una variedad que sólo a partir de abstracciones y generalizaciones teóricamente cómodas y convenientes puede reducirse y, además, proyectarse a un grupo.

Esta insistencia en la heterogeneidad por parte de algunos autores nos conecta con una serie de cuestiones que cabría plantearse respecto al sujeto potencialmente problemático. Si, como hemos visto, el sujeto —como grupo, como instancia— no es homogéneo ni representa una unidad estable más allá del campo teórico, ¿no es curioso que sigamos insistiendo en ver al sujeto subalterno, al sujeto marginal, al sujeto invisibilizado solamente como tales, únicamente a partir de esos epítetos, como si esos sujetos no pudiesen ser entendidos sino a partir de esa única condición contra la que algunos de ellos intentan hablar y rebelarse? ¿Responde esto solamente a una conveniencia teórica, como hemos esbozado anteriormente, al hecho de que es esa fracción de su existencia sobre la que se quiere teorizar, o hay algo más detrás de esto?

Pensemos un momento en algo que ya en numerosas ocasiones diversos teóricos han puesto de relieve: el entramado de poder que subyace a la construcción de la identidad del subalterno —cabría también decir: del sujeto marginal, del sujeto en desventaja. En una relación en la que algunos tienen más poder (económico, cultural, político, histórico) que otros, son los primeros los que se instauran como referentes o modelos a partir de los cuales una definición de los “Otros” es posible. Así, por ejemplo, de acuerdo con lo que Simone de Beauvoir expuso acerca de la mujer —uno de los sujetos más oprimidos de la historia—, el ente dominante, el hombre, “representa a la vez el positivo y el neutro (…). La mujer aparece como el negativo (…). La Humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino con relación a él” (3-4). De forma similar, el ansia que percibimos a diario de “humanizar”, de “corregir” el cuerpo anormal —sobre la que algunos teóricos también han llamado la atención— manifiesta la mayoría de las veces la manera en que el discurso hegemónico que estructura nuestras identidades espera que al sujeto “anormal” se le haga deseable un cuerpo “normal” —y es que el cuerpo del sujeto anormal no es otra cosa que el cuerpo normal pero con defectos.

Más que centrarse en esta forma en que el poder ha enunciado a los sujetos a los que le conviene invisibilizar o incluso en la manera en que los teóricos han procurado hablar2 de ellos y representarlos —en las dos acepciones que mencionaba Spivak—,3 convendría acaso detenerse, para un posterior análisis, no en la búsqueda de una manera de hablar del y por el subalterno, sino en la relación de cómo estos sujetos ya se muestran a sí mismos. Si trasladamos a los actos discursivos de los sujetos subalternos o marginados las preguntas básicas del discurso periodístico o las cuestiones acerca de los elementos de la comunicación, nos toparemos con una curiosa y compleja situación: que el descuido de la multiplicidad de cualquier grupo de sujetos que le señalábamos al discurso hegemónico, aquella tendencia a abordar al grupo subalterno o marginado como una instancia homogénea comprendida solamente por medio de su condición, de su subordinación al “Uno”, representa un rasgo discursivo al que tal vez los enunciados de los propios sujetos potencialmente problemáticos contribuyan. Si pensamos, por ejemplo, en el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, en el suicidio de Bhuvaneswari Bhaduri o incluso en el video “Avenida Libertador”, producido por Alexander Apóstol, e intentamos solucionar la cuestión de quién habla, la respuesta se hace confusa, puesto que, en el primer caso, es difícil evadir el hecho de que el libro fue publicado bajo la autoría de Elizabeth Burgos (una reconocida antropóloga venezolana) y de que los transexuales y travestis del video de Apóstol sólo consiguen hablar gracias al artista que los filma y amplía así su territorio. De forma similar, respecto al suicidio de la joven india, es llamativa la participación fundamental de Spivak, una intelectual con un bagaje teórico y una condición racial particulares, para decodificar e interpretar correctamente el acto discursivo de esa subalterna.

Si están condenados a no expresarse acerca de otra cosa, ¿indica esto que su posición discursiva, el dónde, el lugar desde el cual hablan, es siempre la periferia, el margen, el lugar de su exclusión?

Aun cuando asumamos a los propios subalternos o invisibilizados como los emisores de sus discursos, surge la interrogante de cómo hablan estos sujetos. Al intentar hallar una respuesta, nos damos cuenta de que el emisor subalterno o al margen parece emplear, aunque muchas veces de forma invertida, la materia prima, las formas del discurso dominante. Así, por ejemplo, John Beverley llama la atención sobre el hecho de que Rigoberta Menchú presentara su discurso Me llamo Rigoberta Menchú… bajo la forma de un género convencional (el testimonio). Por otro lado, el suicidio de Bhuvaneswari Bhaduri implicó una suerte de inversión del relato social convencionalizado que es el suicidio ritual (el sati) de las viudas de la India quienes, según Spivak, eran obligadas a renunciar a su vida para no heredar el patrimonio de sus maridos (41). Asimismo, el hecho de que se ejecutara en medio del período menstrual niega la posibilidad de que fuese producto de un embarazo no deseado y contradice la prohibición de que las viudas practicaran el sati en sus períodos de impureza (43). Por tanto, así como los travestis y transexuales de la avenida Libertador de Caracas —en el video de Apóstol— se hicieron sentir al fingirse artistas reconocidos y parodiar4 el discurso dominante, la joven mencionada por Spivak sólo pudo intentar hablar y hacerse sentir mediante la inversión de una forma ya reconocida y a riesgo de que su acto fuese mal interpretado —como, en efecto, de acuerdo con lo que nos muestra Spivak, sucedió.

El hecho de que este tipo de sujetos se valga de las formas hegemónicas para producir enunciados nos lleva a preguntarnos si esto responde al deseo de ser entendido por Aquel a quien siempre parece dirigirse su discurso. La respuesta a la pregunta a quién hablan estos sujetos reverbera en el comentario de Beverley acerca del discurso de Menchú: la primera impresión del lector de Me llamo Rigoberta… era de tranquilidad pues éste sentía que el libro había sido escrito para nosotros (104). Si, en efecto, el oprimido, el subalterno y el invisibilizado interpelan siempre al Uno, ¿es entonces una suerte de reclamo lo que caracteriza ese discurso? Al intentar discernir, pues, de qué hablan estos sujetos, surge la válida aunque muy cuestionable impresión de que siempre hablan de sí mismos, de su situación. Y si están condenados a no expresarse acerca de otra cosa, ¿indica esto que su posición discursiva, el dónde, el lugar desde el cual hablan, es siempre la periferia, el margen, el lugar de su exclusión? Así pues, al aproximarnos a posibles respuestas para estas interrogantes básicas de todo acto comunicativo (quién, a quién, cómo, qué, dónde) se nos hace patente el hecho de que ni siquiera en sus propios discursos estos sujetos potencialmente problemáticos logran deshacerse de su posición ni consiguen dejar de referirse a otra cosa que no evoque, directa o indirectamente, las condiciones de su estado; pero ¿qué pasa si estas sensaciones se deben sólo a que creemos ser nosotros los interpelados?

Llegados a este punto de la reflexión —y con intención de concebir a estos sujetos desde otra perspectiva—, es preciso que nos detengamos un momento en la última interrogante que nos suscitó el discurso del sujeto potencialmente problemático: desde qué lugar de enunciación produce este sujeto su discurso. Antes hemos dicho, y no hay duda en ello, que esta posición es el margen. Ahora bien, aunque este lugar discursivo se asocie indefectiblemente con el silencio y con la exclusión —pues el margen es margen respecto a algo que está en un centro—, o aunque lo vinculemos con un discurso cuyo mensaje (el qué) está destinado, paradójicamente, a no llegar a su destinatario, a su receptor, “bell hooks” ha apuntado ya que el margen puede leerse también como un lugar que posibilita los enunciados y las respuestas. La sola presencia en la periferia de ciertos sujetos es potencialmente elocuente, puesto que dicha existencia no deseada, por ser tal, representa una irrupción en la estructura dominante.

Las posibilidades que puede encontrar este sujeto potencialmente problemático en su intento por decir no sólo residen en la idea de que este margen al que está desplazado sea un espacio de posibilidades desde el cual el sujeto puede resistir y hablar, sino que radican además en el hecho de que los discursos producidos allí —que se originan ya desde la simple presencia del cuerpo marginado— son realmente capaces de afectar. Como según Butler lo expresó Emmanuel Levinas, la demanda muda que hace el “rostro” (la presencia) del Otro es inseparable de la idea de “violencia” con que ese “rostro” nos “habla”; dicho en palabras de Judith Butler, “hay cierta violencia en el hecho de ser interpelado (…) de ser forzado a responder a las exigencias de la alteridad” (175).5

A pesar de la fuerza de esa presencia, el estudio del “rostro” es una tarea pletórica de dificultades por la naturaleza misma de éste. Una de las características fundamentales del “rostro” por medio del cual el sujeto en cuestión puede hacer su demanda, es, de hecho, según lo presenta Judith Butler, la “irrepresentabilidad”: ninguna cara, ninguna forma lo abarca por completo y tampoco su contenido puede comprenderse sino de forma fragmentaria y nunca por entero (179-182) (cursivas mías). Por ello, parafraseando a esta autora, en los intentos de hacer perceptible el sujeto y su dolor se recurre a lo que Butler denomina “marcos”, esas formas de hacer inteligible todo lo que el rostro puede connotar, pero que, al mismo tiempo, por ser una herramienta que busca representar lo irrepresentable, abarcar lo inabarcable, no puede evitar vaciar al sujeto, recortarlo, invisibilizarlo, desfigurarlo (184). La pregunta que Spivak se hacía —¿Puede hablar el sujeto subalterno?— muestra de nuevo, pues, su pertinencia, y nos exige reflexionar en torno a la idea de que quizás estos sujetos hablen pero no sepamos entenderlos.

El hecho de que este “rostro”, tal como Levinas y Butler parecen presentarlo, sea una manifestación fragmentaria y, por ende, instantánea, hace que en un abordaje del sujeto en cuestión la idea de acceder a un significado fijo y total tenga que ser descartada. Si sólo por momentos el sujeto marginado, el subalterno, el Otro consigue decir algo capaz de quebrar el discurso dominante, si sólo por instantes el rostro logra presentarse con todo el poder discursivo que Levinas le atribuía, lo menester parece ser entonces saber atender a esos instantes y centrarse en lo que estos sujetos tan problemáticos, a pesar de su condición, consiguen decir y con lo cual logran irrumpir en el territorio del que han sido expulsados. Usando los términos de Nancy, lo fundamental parece ser aproximarse al “cuerpo”, a la exposición materializada de ese Otro, al “rostro” (en la nomenclatura de Levinas) y “tocar” o rozar el sentido que pueda presentar en los breves momentos de “choque” y exposición, en lugar de “atribuir” al cuerpo y al discurso sentidos externos, anteriores y preconfigurados.

Aun cuando el sujeto continúe “reproduciendo” (cabría más decir: recreando) las condiciones a las que se ve desplazado, puede sin embargo producir sentidos diferentes.

Atendiendo a las consideraciones anteriores, podemos percibir que tanto la existencia como el discurso de los sujetos potencialmente problemáticos parecen sustentarse de una dualidad que involucra el obstáculo, el impedimento y la dificultad al mismo tiempo que la posibilidad y la oportunidad, que involucra, en definitiva, algo tan paradójico como la potencialidad del fracaso.6 Hemos avistado con “bell hooks” la potencialidad discursiva (la posibilidad) que esta clase de sujetos puede encontrar a pesar de —o precisamente por— su posición marginal (el obstáculo). Asimismo, comprendemos con Judith Butler que la irrepresentabilidad del “rostro” del Otro es una dificultad que no excluye, paradójicamente, la posibilidad de que esa presencia fugaz, precisamente por su carácter instantáneo, apunte a algo “más allá”, permita tener conciencia de una precariedad que por su complejidad apenas puede ser atisbada en el “rostro” —y es que como lo diría Butler: “El rostro no se ‘borra’ en este fracaso de la representación, sino que encuentra allí su posibilidad (…) es lo incontenible, que te conduce más allá” (180-182). Considerando, pues, estas observaciones —y la no menos pertinente de Beverley acerca del papel importante que tuvo el haber presentado bajo una forma tradicional el texto de Rigoberta Menchú para lograr un poderoso efecto—,7 no queda duda de que —trasladando a este terreno teórico las consideraciones de Louis Althusser respecto a la reproducción de las condiciones de producción— el sujeto subalterno o marginado para producir discursos y ser verdaderamente un sujeto (con cierta autoridad), con la posibilidad de interpelar, debe lidiar con el correspondiente obstáculo, debe someterse —y en este sentido se recrea la otra acepción de la palabra sujeto— a las condiciones de producción discursiva y reproducirlas, esto es, reproducir, entre otras cosas, la materia discursiva de los otros (cómo) y la posición discursiva que le han adjudicado (dónde), condiciones todas que han sido delimitadas por el poder hegemónico pero de las cuales el sujeto en cuestión, en ocasiones, puede valerse con cierta libertad y según su conveniencia.

De todo esto podemos inferir que, frente a aquella constante de liberarse de los valores impuestos por el Uno y crear los propios —cuestión que teóricas como Beauvoir o Irigaray sugerían acerca de sujetos oprimidos (las mujeres específicamente)—,8 la realidad acaso esté llamando la atención sobre otra posibilidad: aun cuando el sujeto continúe “reproduciendo” (cabría más decir: recreando) las condiciones a las que se ve desplazado, puede sin embargo producir sentidos diferentes, enunciados distintos a los que aparentemente se ve condenado. Jean Baudrillard, en La transparencia del mal, al reflexionar acerca de las formas en que se ha lidiado con la diferencia, ya colocaba sobre la mesa esta alternativa cuando refería cómo culturas marginadas encontraron maneras ingeniosas de “asimilar” “lo que les viene de fuera” (generalmente como imposición) al incluir a su sistema esas reglas —esos valores que no les pertenecerán jamás— para hacerlos funcionar con sus propios códigos (152-154). Empleando los términos de este autor, la salida no se encontró en eliminar la alteridad por medio de la violencia o en una “reconciliación” utópica (153),9 sino que tal vez estuviese en el “reciclaje” y en el provecho —no casualmente Baudrillard hablaba de “canibalismo”— de aquello que es extraño y ajeno (152-154).

Así pues, para expresarlo a partir de la noción de “immunitas” que Roberto Esposito desarrolló en su obra del mismo nombre, así como el organismo vence el veneno cuando éste pasa a formar parte de aquél (18) y de la misma forma en que la sociedad no puede evitar incluir en cierto sentido el intruso que desea desplazar para sobrevivir,10 estos sujetos problemáticos también activan de cierto modo su aparato inmunitario al requerir en sus discursos, para poder hacerlos posibles y patentes, la apropiación del “mal”, de ese Uno del que se protegen y al que se dirigen. Este movimiento entre la posibilidad y el obstáculo nos conduce a constatar que, tal como habíamos esbozado al inicio, el sujeto potencialmente problemático, para decir (y para existir)11 más que nunca hace intentos por aunar las dos vertientes de su complicada esencia, para entenderse y consolidarse como sujeto (en su ambivalente y aparentemente contradictorio sentido): hace gala de la autoridad y de la libertad que como sujeto posee —o debería poseer—12 sin perder la sujeción a la que, como individuo sujeto a un entramado ideológico, está condenado. De esto se desprende que para poder dar cuenta del discurso que producen y en el cual se proyectan estos sujetos, quizás sea necesario que la metodología de aproximación sepa adecuarse a las contingencias y contradicciones del sujeto y captar y detenerse en los instantes en los que, con extraños y diversos recursos que erróneamente podrían vincularse con una existencia y un intento “fracasado”, los sujetos repentinamente se hacen sentir.

 

Referencias

I. Directas

  • Baudrillard, Jean. La transparencia del mal. Barcelona: Anagrama, 1991.
  • Beauvoir (de), Simone. El segundo sexo. Buenos Aires: Siglo Veinte, 1969.13
  • Beverley, John. “Subalternidad y testimonio. En diálogo con Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, de Elizabeth Burgos (con Rigoberta Menchú)”. Nueva Sociedad. Nº 238, 2012, pp. 102-113.
  • Butler, Judith. “Vida precaria”. Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós, 2006, pp. 163-187.
  • Esposito, Roberto. Immunitas: protección y negación de la vida. Buenos Aires: Amorrortu,
  • Spivak, Gayatri C. “¿Puede hablar el sujeto subalterno?”. Orbis Tertius. Vol. 3, Nº 6, 1998, pp. 1-44.

 

II. Indirectas

  • Althusser, Louis. “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”. En: Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Freud y Lacan. Buenos Aires: Nueva Visión, 2003, pp. 9-63.
  • Apóstol, Alexander. “Avenida Libertador” (2006). Consultado el 26 de mayo de 2019.
  • hooks, bell, et al. Otras inapropiables. Feminismos desde las fronteras. Madrid: Traficantes de Sueños, 2004.
    . Feminist Theory: From Margin to Center. Boston: South End Press.
  • Nancy, Jean-Luc. Corpus. Madrid: Arena Libros, 2003.
Gabriela Teresa Ortega

Notas

  1. Por la magnitud (la potencia) que posee su estado incierto (su estado problemático) y por su capacidad y poder (su potencial) para producir ciertos efectos.
  2. Recordemos que el sujeto es un subject, un tema, y que, como tal, puede ser abordado en un discurso e incluso configurado en él.
  3. De acuerdo con esta autora, el sujeto subalterno puede ser representado (en el sentido de que alguien hable por él, en su nombre) y re-presentado (retratado para presentar su imagen). Para Spivak, el sujeto está más allá de estas peligrosas metodologías que, muchas veces, encubren el mismo entramado de poder que lo oprime y lo silencia, posibilitando así “que los intelectuales sean cómplices en la tarea de la persistente constitución del Otro como una sombra de sí mismos” (12).
  4. La parodia siempre lo es respecto a algo.
  5. También John Beverley expresaba, mediante el ejemplo del libro testimonial de Rigoberta Menchú, que “cuando alguien se dirige a nosotros de esta manera (…) incluso cuando se trate de alguien a quien normalmente no haríamos caso, se nos pone en la obligación de responder (…) podemos tomarla a mal [la obligación] o aceptarla con agrado, pero no podemos hacer caso omiso de ella” (104).
  6. Referente a este punto, resultan elocuentes las palabras que uno de los narradores de La escuela del dolor humano de Sechuán dice acerca del equipo de voleibol cuyos integrantes carecen de dedos en la mano derecha: “Hacían allí alarde de sus destrezas, mostrando entre otras cosas cómo una mano sin dedos es capaz de duplicar la potencia del golpe en una pelota” (447) (cursivas mías).
  7. De acuerdo con Beverley, un discurso como el que Rigoberta Menchú presentó en su libro testimonial representó, para el lector occidental, una perturbación, pues a pesar del primer efecto tranquilizador que supuso el estar ante una obra aparentemente escrita para él (por la forma), había cierta violencia en el hecho de estar siendo interpelado, con su mismo “lenguaje” y con sus mismas maneras, desde un lugar desconocido, desde un “Otro” “reprimido y ocultado” (105).
  8. Irigaray, por ejemplo, se pregunta “cómo hablar para salir de sus compartimentaciones (…), cómo zafarnos del encadenamiento a esos términos, liberarnos de sus categorías” (160).
  9. Y es que, a fin de cuentas, el reconocimiento viene siempre de un otro cuya muerte equivaldría a la metástasis de lo mismo (Baudrillard 132), a la repetición y a la liberación caótica de esas diferencias que hacen posible la comprensión y evitan la dispersión de los valores.
  10. Y en este sentido podemos pensar en la manera en que para una sociedad normal y para el “poder”, los Otros (sean del tipo que sean) se hacen necesarios para que los Unos se vean a sí mismos y puedan reafirmar su lugar y condición privilegiados a partir de la presencia indeseable, del cuerpo deforme, de la vida precaria de Aquellos.
  11. Judith Butler expresaba esta relación claramente al decir que dirigirnos a los otros es ponernos en la esfera de la existencia (164).
  12. Una autoridad que, no obstante, es vulnerable al ataque, como refleja el hecho señalado por Beverley de que a una autora como Menchú, por ejemplo, se le criticara en su momento haber agregado detalles a su testimonio e incluso haberse atribuido experiencias que otros vivieron. De acuerdo con Beverley, estas reacciones manifestaron la renuencia a que una indígena actuara como una autora, como una “narradora con autoridad” con derecho a expresar “su” verdad —como al fin y al cabo hace también el intelectual—, con derecho a “negociar sus condiciones de verdad y representatividad” (110) y no como la simple informante sumisa que como nativa se esperaba que fuera.
  13. Este texto fue consultado en su edición digitalizada. Para citarlo, debido a que no aparecían los números de páginas originales, se han indicado los correspondientes a las páginas del documento digital.