“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Evocación, tiempo y espacio en la poesía de Eugenio Montejo

lunes 28 de febrero de 2022
Eugenio Montejo
La poesía de Montejo es nostalgia y evocación de un pasado que se remonta a los orígenes.

Jakobson (1960) consideraba la poesía como un momento único y esencial de la expresión caracterizada porque el lenguaje adquiere otra dimensión, debido a que es percibido en sí mismo y no como un simple mediador de la comunicación cotidiana.

El poeta es poseedor de una extraña facultad que le permitiría acceder a nuevos mundos o realidades que trascienden las rígidas fronteras espaciotemporales y la causalidad newtoniana, que permite percibir al universo como una totalidad; la poesía es una especie de holograma representado en la palabra poética, que tiene la potencialidad en su esencia de representar al universo en su conjunto, lo creado y lo no creado, lo físico y lo transfísico, el mundo del “ser” y del “no ser”.

La palabra poética trasciende las dimensiones cotidianas de la existencia y asume una particular percepción espaciotemporal, debido a su facultad de tomar posesión del tiempo-espacio real y transmutarlo en un tiempo-espacio estético, que es un centro de convergencia de lo perceptivo real, lo afectivo, lo psíquico, lo emotivo; es decir, se transforma en un tiempo-espacio vívido que no estaría delimitado por las rígidas coordenadas del espacio-tiempo o del tiempo como una continuidad lineal.

En Eugenio Montejo, espacio y tiempo conforman un vínculo permanente; el transcurrir del tiempo implica una transmutación de los espacios y de las interacciones que en ellos se producen.

Eugenio Montejo es uno de los autores más destacados de la poesía venezolana de nuestro tiempo y a su primer libro, de 1967, Élegos, siguen, entre otros, Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1992), Partitura de la cigarra (1999) y Papiros amorosos (2002). El poeta también se desdobla en otras voces y habla desde sus heterónimos: Blas Coll en El cuaderno de Blas Coll (1982), Sergio Sandoval en Guitarra del horizonte (1992) y Tomás Linden en el libro de sonetos El hacha de seda (1995). Su obra poética, y la ensayística, que incluye La ventana oblicua (1974) y El taller blanco (1983), como enfatiza el poeta Rafael Arráiz Lucca (2003), motivaron el mayor interés de la crítica.

La palabra poética permite evocar lo olvidado y Eugenio Montejo, en el ensayo “Poesía en un tiempo sin poesía”, perteneciente a El taller blanco, considera que:

Cada poema, cada obra de arte, encarna un diálogo secreto, a menudo amoroso, con las calles y las cosas, las tradiciones y los mitos de ese poema mayor que en ella se fundamenta.

(Montejo; 1996a: 13).                               

El poeta se transforma en un arquitecto de la palabra y es capaz de recuperar, como en una geometría espiritual, los espacios de otros tiempos, pero no como un espacio estático o vacío sino contradictoriamente dinámico, que interactúa con seres transmutados en espectros y que trascienden la temporalidad lineal, como consecuencia de esa especie de facultad mediúmnica que tiene la palabra poética que permite aproximarse, como enfatiza Eduardo Azcuy (1999), a una temporalidad primigenia.

En Eugenio Montejo, espacio y tiempo conforman un vínculo permanente; el transcurrir del tiempo implica una transmutación de los espacios y de las interacciones que en ellos se producen. Es el espacio-tiempo transformado en experiencia vivida y es la razón para que el poeta no permanezca indiferente, sino que reflexione ante la experiencia poética de contemplar esos espacios aparentemente inertes como se evidencia en el poema “De quién es esta casa que está caída”:

¿De quién es esta casa que está caída? / De quién eran sus alas atormentadas / Hay una puerta con ojos de caballo / y flancos secos en la brida muerta.

(Montejo; 1996 b: 33).

Es la posibilidad de percibir en esos espacios la letanía de los habitantes de otros tiempos, y en el poema “En los bosques de mi antigua casa”, el poeta escuchará el “jazz de los muertos” (Montejo; 1996 b: 34).

El tiempo transcurre y el recuerdo del pasado en el ímpetu compulsivo de la modernidad parece no importar, y es una de las razones para reflexionar a través de la palabra en el poema “En esta ciudad”.

En esta ciudad soy una piedra; / me he plegado a sus muros seriales, opresivos, / de silencios geométricos.

(Montejo; 1996 b: 131).

La modernidad avasalla todo lo que encuentra a su paso y arrasa con la memoria de los tiempos pasados, y en el poema “Caracas” el poeta evoca que con la pérdida de las cosas naturales también se pierde la identidad.

Tan altos son los edificios / que ya no se ve nada de mi infancia / perdí mi patio con sus lentas nubes / donde la luz dejó plumas de ibis.

(Montejo; 1996 b: 101).

Caracas es una ciudad que con el transcurrir del tiempo se transformó en una mole de cemento y en un caos del desarraigo que es la negación de su esencia; el pasado se transmuta en olvido, debido a que ni siquiera persiste en la memoria de sus habitantes como una difusa impronta.

La obra poética de Montejo es una poesía de la ausencia, de los espacios desaparecidos, de los afectos perdidos; el poeta se transforma en un “señor del tiempo” que posee la extraña facultad de romper con una continuidad temporal y asume la libertad de aproximarse a un tiempo vívido, vibrante, que se acelera o detiene en un instante para contemplar el espacio como si fuese una impresión fotográfica y que permite evocar: colores, sombras, sonidos, como se evidencia en el poema “Pájaros”:

Oigo los pájaros afuera, / otros, no los de ayer que ya perdimos, / los nuevos silbos inocentes. / Y no sé si son pájaros, / si alguien que ya no soy los sigue oyendo / a media vida bajo el sol de la tierra. / Quizás es el deseo de retener su voz salvaje en la mitad de la estación / antes que de los árboles se alejen.

(Montejo; 1996 b: 107).

En el poema “Güigüe 1918” el poeta se aproxima a una temporalidad anterior, a un tiempo del “no ser” o del “no-nacido”.

Estoy a veinte años de mi vida, / no voy a nacer ahora que hay peste en el pueblo, / las carretas se cargan de cuerpos y parten; / son pocas las zanjas abiertas; / las campanas cansadas de doblar / bajan y cavan.

(Montejo; 1996 b: 90).

El poeta evoca un tiempo del “no ser” y desde ese temporalidad de lo “no vivido”, también se establece un vínculo con el futuro en una intrincada red.

Puedo aguardar, estoy a veinte años de mi vida, / soy el futuro que duerme, que no duerme; / la peste me privará de voces que son mías, / tendré que reinventar cada ademán, cada palabra.

(Montejo; 1996 b: 90).

Eugenio Montejo asume la palabra poética como una parte misteriosa del lenguaje, que se construiría a través de imágenes que incorporan lo simbólico y lo mítico, con la posibilidad de vincular el pasado con el futuro, lo cercano y lo lejano, la ausencia y la presencia (Cruz; 2004: 455).

En Montejo el tiempo cronológico, la duración que transcurre durante el movimiento de las manecillas del reloj, pierde significado.

Es una visión de una temporalidad sin fronteras; es el tiempo del inconsciente que produce una ruptura con los límites espaciotemporales y que permitiría experimentar lo “no vivido”.

En la obra de Eugenio Montejo se establece una compleja red de relaciones entre el tiempo y el poema, como enfatiza Carmen Virginia Carrillo, que implicaría una relativización del tiempo cronológico, con la posibilidad de amalgamar el tiempo presente, pasado y futuro en un instante poético que remite a un tiempo mítico (Carrillo; 2005: 28).

La poesía de Montejo es nostalgia y evocación de un pasado que se remonta a los orígenes y que traslada al poeta en el poema “Arqueología” a una temporalidad mítica.

Volverá lo que fue, lo que nunca perdimos, / mientras queden amantes en la noche que abran las siete puertas del deseo / para que Tebas nazca.

(Montejo; 1996 b: 108).                               

Es la posibilidad de acceder a esa memoria colectiva que vincula a los seres humanos con una temporalidad primigenia que es el tiempo de los dioses.

Vuelve a tus dioses profundos, / están intactos, / están al fondo con sus llamas esperando; / ningún soplo del tiempo los apaga. / Los silenciosos dioses prácticos / ocultos en la porosidad de las cosas.

(Montejo; 1996 b: 93).

En Montejo el tiempo cronológico, la duración que transcurre durante el movimiento de las manecillas del reloj, pierde significado, sentido, y a través de la palabra poética se aproxima a una nueva realidad caracterizada por una convergencia de diferentes temporalidades.

 

Bibliografía

  • Arráiz Lucca, Rafael (2003). El coro de las voces solitarias. Caracas: Eclepsidra.
  • Azcuy, Eduardo A. (1999). Asedios a la otra realidad. Una búsqueda de lo metafísico real. Buenos Aires: Editorial Kier.
  • Carrillo, Carmen (2005). “El gallo como símbolo poético en la obra de Eugenio Montejo”. En: Eugenio Montejo. Aproximación a su obra poética. Aníbal Rodríguez, compilador. Mérida: Universidad de los Andes.
  • Cruz, Francisco José (2004). “Entrevista a Eugenio Montejo”. En: Adolfo Castañón (compilador). La terredad de todo. Eugenio Montejo. Una lección antológica (pp. 452-466). Mérida: Ediciones El Otro, El Mismo.
  • Jakobson, Roman (1981). Ensayos de lingüística general. Barcelona: Editorial Seix Barral.
  • Montejo, Eugenio (1996a). El taller blanco. México: Editorial Universidad Autónoma Metropolitana.
    (1996 b). Antología. Caracas: Monte Ávila Editores.
    (2004). Papiros amorosos. Primera reimpresión. Caracas: Fundación Bigott.
Fernando Guzmán Toro
Últimas entradas de Fernando Guzmán Toro (ver todo)