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Antonio Pérez Carmona:
imaginario universal, imaginario de comarca

lunes 28 de marzo de 2022
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Antonio Pérez Carmona
Pérez Carmona (1933-2006) escribió poesía y narrativa y nos legó obras fundamentales de la literatura venezolana.

La obra literaria de Antonio Pérez Carmona (1933-2006), labrada en la sabiduría poética del verso, en la capacidad de construir catedrales con la transparencia del leguaje y el fluir de ríos de la ficción, tocada por el brillo testimonial en el centro del asombro, brota de La Media Luna, centro irradiante de la tierra de nubes de Escuque y de ese singular ámbito de lo imaginario que es Trujillo.

Quien anda por el mundo con la lámpara de la sensibilidad y llega a Trujillo, llega ciertamente a un lugar preterido, herido de injusticias y carencias, pero llega también a un lugar de afirmación de vida donde la neblina se teje como una de las mantas del encanto y donde, en los extremos, sacralidad y tragedia se desprenden hacia el río de la vida, precipitándose en oquedades, pero a la vez, brillando en piedras mágicas del misterio y del encanto. Trujillo trasciende, podríamos decir tomando palabras de Martí, desde su pobreza irradiante. Así los destinos entrelazados de Rafael Rangel y José Gregorio Hernández, así Rafaela Baroni y su otro yo sacralizado de la Virgen del Espejo, así el Hombre del Anillo, así Josefa Sulbarán: Trujillo, ámbito de la alegría por el milagro de la vida que se desprende de sus creadores.

En el ámbito de Trujillo la historia de Venezuela ha dado sus coletazos y ha penetrado en las almas, pero ha salido transformada. Allí el poder ha alcanzado dimensiones de extrañeza, de eticidad y reciedumbre; allí el diario vivir tiene el sencillo prodigio del agua de tomar. Ese ámbito de lo imaginario, donde las nubes, por distracción o por leyes del juego tropiezan con las flores, y la desesperanza se transforma en la mirada distanciada de un verso, ha tenido en el poeta y el narrador, en el testigo y el periodista que ha sido Antonio Pérez Carmona, al más brillante de sus cronistas.

El novelista es un arquitecto que sabe de las vigas y de los plafones y de las griferías de la ficción; el cuentista es un dibujante que traza, en el trasfondo de su diagrama, el surco de la intensidad.

Esa concurrencia lo llevó a componer uno de sus primeros e inolvidables libros, Los cuicas y sus herederos poéticos, de 1979, en el que, por arte del propio talento, hace visible, como si de un arco iris se tratara, el arco prodigioso de la creación que tiene su fuerza originaria en los cuicas, que atraviesa los tiempos y que brilla con presencia cósmica en los versos de Juan Vicente Molina y José Ramón Heredia, de Ana Enriqueta Terán y Francisco Pérez Perdomo, de Pepe Barroeta y Ramón Palomares; el testimonio de antólogo y cronista se desprende de ese primer libro y se expresará después en dos hermosas obras: Hombres y tierra mágica, de 1982, y Aquel Escuque heroico y florido, de 1991.

En esos libros (y en libros de singular belleza como La bella niña de este lugar, de 2000, sobre la infancia de la pintora Josefa Sulbarán) respira la fuerza del narrador que se expresará a plenitud en dos novelas, Paula, de 1986, y Cambises, de 1998, novelas donde la arquitectura y el fluir de la ficción alcanzan trazos y movimientos de sabiduría, y en el libro de cuentos Muerte por agua, de 2006, uno de los momentos estelares en la expresión creativa de Pérez Carmona, donde el relato avanza por los linderos del estremecimiento hacia la profundidad de la condición humana, donde el poder alcanza una situación de abismo, al imponerse no en la protección, acaso la más humana de sus expresiones, sino en la más inhumana, en las formas inauditas de la crueldad.

El novelista es un arquitecto que sabe de las vigas y de los plafones y de las griferías de la ficción; el cuentista es un dibujante que traza, en el trasfondo de su diagrama, el surco de la intensidad.

En la novela y el cuento Pérez Carmona nos ha dado obras fundamentales. En Paula el enigma del amor y el punto ciego del asesinato, que a veces acompaña al amor como su sombra, abren un delta de historias donde empieza a aparecer en el horizonte de la obra de Pérez Carmona, para no abandonarlo más sino, por el contrario, para multiplicarse en vertientes y posibilidades de representación estética, la mitología de un pueblo, lo que hemos llamado el imaginario de Trujillo, ese que tiene uno de sus extremos en el extravío de nubes y otro en la historia del país que llega con su carga de abyección y dignidad, con sus heroísmos y sus empresas delirantes.

Las figuras de Paula y Arnaldo tejen la dominante amorosa en la concurrencia de historias sabiamente tejidas, tal la labor de un arquitecto de la ficción. En Cambises concurre la fuerza de esta mitología y se pone de manifiesto lo que es otra de las vocaciones del género novela: el proceso de formación del personaje. El momento histórico de la Guerra Federal como precipitación en el caos de un país que luchaba por alcanzar su orden de nación, las transfiguraciones de esa tensión entre caos y orden que se vive en el ámbito de Trujillo: en sus representaciones ficcionales de la guerra, en sus personajes que atraviesan campos devastados o que llevan en el rostro las aristas de la fiebre y de la conciencia crítica.

Las novelas de Pérez Carmona nos proporcionan la experiencia del estremecimiento ante la naturaleza abismal de la condición humana; lo humano, lo demasiado humano, y nos da la posibilidad de vivir nuestro pasado y convertirlo en uno de los horizontes del presente.

El surco del cuento, en herencia y transformación de la crónica, se convierte, por arte de la intensidad que lo constituye, en prodigio del surco narrativo. En los breves textos de Muerte por agua las concurrencias del escritor confluyen en surcos de perfección, abriéndose hacia lo que son, quizás, los extremos radicales de la condición humana: los dones de la ternura y la devastación implacable de la crueldad. Si hubiese que mencionar uno de los 33 textos breves que componen este libro, momento estelar, lo decíamos, en la creación de Pérez Carmona, mencionaría “La rebelión de los lazarinos”, expresión descarnada, en el surco de la perfección de las frases, de la condición límite del humano ser.

Del testimonio a la ficción aparece el dibujo de la figura del narrador; de la descripción al canto la figura del poeta. En sus libros de poesía Pérez Carmona transforma la reflexividad sobre el mundo y el encanto de la comarca en el estremecimiento de la fragilidad del ser. Los versos del libro De la nostalgia, quizás junto con Paula, una de sus más celebradas obras, nos dicen:

Henos aquí, hermanos del alba y del ocaso, donde flota el amor y el dolor, la luz y el llanto.

Henos aquí, en este tránsito hermoso y terrible donde la aurora se besa con la noche para proclamar la historia efímera del hombre (…).

Y dirá en otro poema:

He cumplido tantos años que guardo el esplendor y el ocaso de la vida, la nostalgia y la alegría de este efímero tránsito frente al alba y las estrellas.

Esa condición efímera, esa condición frágil que es a la vez nostalgia y desamparo, es capaz sin embargo de levantar el canto para celebrar la nostalgia y la ternura, en correspondencia con la naturaleza. Schelling decía de la naturaleza que “era un poema encerrado en una lengua secreta y maravillosa” y en efecto, en el hilo genealógico del poema podemos observar las íntimas correspondencias entre naturaleza y poesía.

Los poemas de De la nostalgia y los de De la guerra y la ternura se constituyen, frente a su obra de crónica y de ficción, en resonancias de la sensibilidad ante esa mitología de pueblo.

Es un prodigio que la historia de la poesía venezolana tenga uno de sus nacimientos en el verso de Andrés Bello: en el canto a la naturaleza y en el llamado a la construcción de las naciones. Es un prodigio que, recogiendo esta herencia y hacienda suya las correspondencias románticas entre espiritualidades y naturaleza, Vicente Gerbasi no sólo elevara uno de los más hermosos monumentos de nuestra poesía, sino que también fundara una tradición de modernidad poética, de donde se desprenden Ramón Palomares y su decir encantatorio y transparente, y Luis Alberto Crespo y su poesía de la naturaleza y el desamparo y Rafael José Álvarez y sus casas y campos susurrantes y Eugenio Montejo y sus árboles que se estremecen y reflexionan en correspondencia con el universo, y la poesía de Antonio Pérez Carmona, que hace de la naturaleza, en el ámbito de Trujillo, el aparecer de la espiritualidad.

Así podrá recordar “cuando las nubes eran pájaros de lino que cubrían la Media Luna”, o extender los versos como luces en la página del cielo y constatar que “un gajito de sol se filtraba por la montaña”.

Los poemas de De la nostalgia y los de De la guerra y la ternura se constituyen, frente a su obra de crónica y de ficción, en resonancias de la sensibilidad ante esa mitología de pueblo, de ese ámbito de lo imaginario de la Media Luna, de Escuque, de Trujillo, y de ese leve estremecimiento que es el hombre en el universo.

Víctor Bravo
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Comentarios (4)

Es bien leer a un un ensayista como Víctor Bravo, hablar de la obra de un excelente escritor. Antonio Pérez Carmona, merece ser estudiado desde lo profundo y por supuesto leído desde el mero gozo. Ambas intenciones son viables en su obra. Paula y los poemas De la nostalgia, merecen la administración de todos, igual que sus otros trabajos. Excelente apreciación de un gran ensayista.

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Es bien leer a un un ensayista como Víctor Bravo, hablar de la obra de un excelente escritor. Antonio Pérez Carmona, merece ser estudiado desde lo profundo y por supuesto leído desde el mero gozo. Ambas intenciones son viables en su obra. Paula y los poemas De la nostalgia, merecen la admiración de todos, igual que sus otros trabajos. Excelente apreciación de un gran ensayista.

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¿Alguien sabe dónde se consigue la novela “Cambises”, de Antonio Pérez Carmona?
He escuchado que es una obra que tiene como personaje principal a Cipriano Castro y que vale la pena leerla.

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Esta exquisita reseña del egregio escritor surlaguense, Víctor Bravo, coterráneo de Zulia como los marabinos denominaban y aún algunos de sus residentes de su capital, llaman a los pobladores del Sur del Lago; representa un reconocimiento a esa gama de escritores trujillanos qué tanto lustre le ha dado a las letras venezolanas desde el siglo XIX.
La prosa del profesor Bravo, de su crítica literaria toda, es de esa punzante vitalidad que nos impele a no abandonar la lectura de lo que nos propone en sus escritos, de su singular obra.
En lo personal debo al profesor Víctor Bravo el honor, y estoy en deuda con él, por haber leído mi primer manuscrito de mi pequeña obra “El sacrilegio de los nietos”, pues me conminó a su ampliación y el elogio del buen manejo de los diálogos en mi obra, cuando estuvo a cargo del Instituto de Investigaciones Literarias de la ULA. elescriturario@gmail.com

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