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Constancia de Georgina Herrera

lunes 25 de abril de 2022

Georgina Herrera

Una de las voces más destacadas de la poesía cubana contemporánea, la matancera Georgina Herrera, murió el 13 de diciembre de 2021 en La Habana a los 85 años. Ismael León Almeida presenta en este trabajo, escrito en marzo de 2020, un completo recorrido por su vida y por su trayectoria literaria.

 

Guardábamos en mente cierta entrevista que le hiciera años antes alguna de las revistas literarias del país y la urgencia por aquella lectura nos hizo marcar el número telefónico de la poeta. Su respuesta tuvo una calidez parecida a algunos de sus versos:

Permítanme
este elogio por Georgina,
por su oficio de lámpara pequeña…1

Así que la ocasión se acuerda y amanece el empeñado del lado solar de la ciudad; asciende a conocer a esta mujer tan dueña de privilegiada voz poética, mirada plena de lucidez que cruza por igual las edades del cuerpo y los desafíos de la historia, vertida en versos sin abandonar su personal lirismo, libre y entrañablemente humano. Calidez de hogar tiene la estancia donde acoge al visitante, con visibles signos de su oficio y estirpe en el espinoso cardo que proclama en la sala su rotundo verde, la computadora de largos servicios y el sofá colmado de libros con acogedora reserva.

Tan joven y tan negra, qué pretendería ofrecerle La Habana aquella tan terrible en destinos deslindados a la muchacha llegada apenas con su ser y su sed de ternuras y su atado de poemas en el pecho.

Deslumbramiento trae la conversación con esta señora que nació en el Jovellanos matancero en 1936 y en sus veinte años de edad pactó con La Habana tan definitiva estancia y mutua fidelidad, que ya no cambiaría: “Esto que amo intensamente / en cada minuto de cruzarla a diario / es la ciudad…” (“La ciudad”, Georgina Herrera: Gentes y cosas. Ediciones Unión, La Habana, 1974, p. 63). Emergía en estado de pureza el testimonio de una mujer afrodescendiente y culta, conocedora de la felicidad y el dolor, dueña de misterios ancestrales y de la palabra más simple para revelar lo esencial de la vida. Diálogo y lectura de sus versos serían como asomarse desde un puente al fluir del río donde habitan garzas sobre el mangle, sobrecoge el paso de sombra silenciosa de los peces y el efluvio nocturno de las floraciones mantienen su significado vital desde el principio del mundo.

Será que cuesta entender los atisbos de aquello que en la desnuda existencia de cada cual lleva a la lucidez o al desastre. Si acaso —es un ejemplo—, fue encantamiento o fingimiento de tal lo que arrastró a aquella Visia2 de los cuentos onelianos tras el amor prometido, la razón que la condujo a la ciudad pecaminosa y la devolvió por el mismo camino polvoriento, apenas a morir entre los suyos. Sin olvidar aquella otra, hecha toda de inocencia entre humos de carbón y senderos que siempre terminaban en el agua, que soñaba un Orlando de almanaque3 mientras marchaba al rancho de un hombre tan viejo como su padre, o la María Eugenia del poema de la propia Georgina, a la que un casi mago le impregnaba humedades en la boca apenas de cantar una canción.4 Había entonces que comprender las terminantes advertencias de las mayores de esta muchacha, negras viejas de antes merecedoras de su oriki famoso, y ella tan joven en sus veinte años, y tan negra en su edad de sazonadas carnes. Tan joven y tan negra, qué pretendería ofrecerle La Habana aquella tan terrible en destinos deslindados a la muchacha llegada apenas con su ser y su sed de ternuras y su atado de poemas en el pecho: “¿Criada o prostituta?”. “Por lo pronto está bien, seré criada”. Fue lo que respondió o quiso responder, porque fue mucho más lo que al cabo sus brazos y el paso de los días construyeron.

Tomó en efecto ocupación de empleada doméstica, que hasta hoy, por más que arguyan otros, es oficio de honestos para ganar el pan, y entre fregar, lavar, planchar y cocinar, hacerlo todo en aquella casa, fue pronta sin embargo en descubrir en la barriada una escuela nocturna de Secretariado que sirvió para mucho: “Cuando comenzaron las clases, la profesora se asombraba de la formación que yo traía y me decía que debía estar en una escuela de Periodismo. Allí se recibían clases de mecanografía, como parte de las cuales había que teclear trozos de obras literarias relevantes, lo cual influyó bastante en mí. También incluía la enseñanza de taquigrafía y de español y matemáticas, pero a un nivel muy elemental en comparación con el que yo traía de la enseñanza regular”.

Ella no había leído a nadie, dice, venía de un ambiente muy pobre; la nota de solapa de su primer libro nos hace saber que aun entonces, ya de veintiséis años, Georgina Herrera sólo había leído a un buen poeta, el argentino Leopoldo Lugones: asombro de país que teniendo tan poderosa poesía y a ella debe tanto ser nación, y el modo obstinado en que los escondía, valga el pretérito. En tanto rememora ella que una de sus vecinas en Jovellanos le daba a leer una revista mexicana, La Familia, para que aprendiera algunos modelos de tejidos que aquélla estaba enseñándole. Pero sucede que en la contraportada halló versos de una poeta de aquel país, Rosario Sansores, que era como nuestra Carilda Oliver Labra: apasionada, fogosa, amorosa, y aquello impactó a la adolescente, que soñaba también, como tantas de su tiempo, escuchando las radionovelas cotidianas. Escribía la bella mexicana versos como estos:

Me vestí de negro cuando te marchaste
me vestí de negro…
y en torno a mis ojos oscuros y graves
se formó un gran cerco.

Y cómo retornar la muchacha a la página correcta de las agujetas y las ordenadas vueltas del hilo, sin extasiarse en el misterio sugerente de las líneas cortadas, si hasta por la radio le llegaban musicales estrofas de inspiración de la yucateca: “Y en la penumbra vaga de la pequeña alcoba / donde una tarde me acariciabas toda”, que algunos y algunas de suficiente edad todavía recordarán de aquellos programas que se sucedían unos a otros, entre radionovelas y noticiarios, desde el aparato que era casi el bien más preciado en casas del campo y ciudades cubanas.

Un día tomó el ómnibus hacia la capital. Era la única pasajera que iba a subir en aquella parada, con su susto y un breve equipaje.

“Romance del niño porfiado” tituló Georgina su primer poema. Nada más nueve años tenía cuando escribió la composición, que su maestra, impactada, llevó al periódico del aula, lo que hoy dirían: el mural. Si en ocasiones cree el adulto agobiado que las iluminaciones de un niño son inspiración pasajera, ella seguiría con las suyas el ritmo de los grados escolares, como si tan sólo hiciera falta un motivo mínimo para que los renglones del texto salieran así, medidos y con su rima unas veces, otras no. Recibirá su primera lección de literatura en la Primaria Superior, entre los trece y los catorce años, cuando le encargan escribir un acróstico a partir de la palabra inocentes, en homenaje a los estudiantes de medicina fusilados por el régimen colonial español en 1871. Aunque no faltó quien dudara de tan joven vocación por la poesía, indagando con énfasis: “¿A quién tú copias?”, otra vez la maestra cimentó la confianza en un reconocimiento ante la clase:

—Aquí les presento a una poetisa de alto vuelo.

Un día tomó el ómnibus hacia la capital. Era la única pasajera que iba a subir en aquella parada, con su susto y un breve equipaje, viendo a través de la ventanilla cómo se le iban apartando de la vida el parque de sus paseos adolescentes, la funeraria de algunas dolorosas despedidas; personas que con sus nombres vernáculos y su inaplazable realidad se diluían en el humo del escape. Cuando quedaron atrás los naranjales de Rufino todo se esfumó “tan rápido / que no hubo tiempo / para sacarlo de la memoria” (“El pueblo, para siempre”. Gustadas sensaciones, 38). De cualquier modo, ¿fue aquella la partida o su culminación? Tal vez comenzó cuatro años antes, cuando la edición de Excelsior llegó con su poema “Verdes ramas”.5 Sí, ese día pudo haber dado el primer paso.

¿Buscan acaso, verdes ramas,
inclinando tus hojas hacia el suelo
comprensión, piedad, amor, consuelo?
Mas aquí no se comprende ni se ama.

Al tiempo que triunfa la Revolución escribía décimas y sus amigos le sugieren acercarse a la sección “Página Dos” del periódico Prensa Libre. Este era uno de los núcleos culturales de aquellos días donde la literatura alentaba con fuerza. Era un grupo joven y muy politizado; entre ellos estaban Rolando Escardó, Luis Suardíaz, Raúl Luis, una muchacha llamada Niurka Lipis y también Manuel Granados, que fue su esposo y padre de sus dos hijos. Eran el grupo más joven de la avanzada literaria de aquel momento efervescente. En el mismo edificio estaban los miembros de Lunes de Revolución, que eran como una élite, personas ya con una formación, con libros publicados, que habían regresado al país desde el extranjero. “A veces nos encontrábamos en la escalera y nos saludaban muy correctos, pero se notaba el trato diferente, la superioridad”, rememora Georgina.

—Había un fervor de creación muy grande en aquellos momentos. Yo seguía de doméstica y ellos se preocupaban por mí, trataban de buscarme un empleo. Era el principio de los años sesenta y a veces hacíamos periodismo: recuerdo viajes a las Minas de Matahambre, a la Ciénaga de Zapata. Era una época en que pasaban cosas muy seguidas, buenas y malas.

Georgina, que se define como la inocente de aquella hornada de literatos ilusionados por el cambio en la historia del país, se entera continuamente de nuevas cosas, de nombres y libros y autores que no conocía. Asiste con sus compañeros al Congreso de Escritores de 1961, donde es fundada la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, Uneac. La deslumbra hasta hoy el esplendor del evento y en especial de la fiesta de clausura, celebrada en la sede de la Cancillería, donde es presentada a alguien que será un buen amigo por muchos años, el cuentista Onelio Jorge Cardoso. Aunque con pocos libros todavía, éste atesoraba una consistente trayectoria literaria y una considerable experiencia en los medios, como reportero para revistas, documentalista de una compañía publicitaria y guionista de algunas de las radionovelas que la joven poeta solía escuchar en su Jovellanos natal.

Como hacer versos no riñe con las rutinas del existir, antes nutre sus tropos de la vivencia, continuaba como trabajadora doméstica y varios de sus amigos se proponen hallarle un empleo acorde a sus capacidades como escritora. Onelio la envía a la nueva revista Cuba, donde él mismo colaboraba, pero únicamente le ofrecen dietas y pasajes de avión para que viajara a escribir sus reportajes; esto disgustó al narrador, que preguntó luego de qué creían que iba a vivir la muchacha. Con el dramaturgo argentino Samuel Feldman, que impartía clases en Cuba, asciende un día la escalinata de la Universidad de La Habana, a una cita con una importante personalidad y su esposa.

Por mucho tiempo y las consabidas razones, calló la poeta la identidad de las personas que tan fría acogida le ofrecieron.

—Cuando llegamos ante aquel matrimonio y dice Samuel: “¡Ella es!”, el señor me miró de arriba abajo y miró a su señora de un modo significativo, como haciéndose entre los dos un mensaje con los ojos, y no dijo una palabra, ninguno de los dos habló. No nos atienden, no dicen una palabra, sólo me miran de arriba abajo, y Samuel se despide a causa de aquella actitud.

El hombre que los recibió era un intelectual venerado y un político. Había dirigido por casi veinte años la principal formación política de orientación comunista existente en el país antes de 1959, en cuya representación fue senador y aspiró a la Presidencia de la República. Después de ese año promovió la integración de su partido al que actualmente dirige la isla, encabezó organizaciones promotoras de la paz y de la cultura, fue embajador y rector.6 Por mucho tiempo y las consabidas razones, calló la poeta la identidad de las personas que tan fría acogida le ofrecieron, negándole tácitamente su trato y a la vez la esperada ayuda. Todavía en 2010, cuando un joven reportero la sorprende con la pregunta acerca de la identidad del profesor y su esposa que la miraron “de arriba abajo con indiferencia”, ella revela el nombre, pero enseguida reclama discreción: “No vayas a poner nunca eso en ningún lugar”.7 Con el espinoso cardo como testigo, la poeta lo dice esta vez en la frase más simple, sin advertencias ni emociones: “Era el doctor Juan Marinello Vidaurreta”.

Desde la altura de sus versos, que la envuelven como viento húmedo que ha de persistir fecundando florestas y cultivos, Georgina Herrera asegura que el menoscabo no dejó herida en su momento, aunque sí defraudó al empeñado Samuel Feldman, quien la alentaba mientras iban al encuentro de dos jóvenes poetas que abrirían para ella una puerta inesperada. Entre risas los encuentran en la acera frontera de una casa; tienen menos edad que quien acaba de ser presentada por el argentino y son, todavía en estado de inocencia, Ana María Simo y José Mario Rodríguez, gente de letras.

—Cuando nos presentan, yo llevaba unos poemas mecanografiados y Samuel me pide que los muestre y doy un pliego de papel a cada uno. Según leen, dejan de reír, hasta quedarse serios, y acaban y dicen: “Déjanos los poemas” y “¿Tienes más?”, y antes de despedirse me dan el teléfono de la casa de Ana María y piden: “Tráelos todos”.

Aquellos dos eran parte de otro núcleo literario que fue conocido por el nombre de la editorial que fundaron: El Puente. La colección poética de Georgina Herrera entró sin más trámite en proceso de revisión. La autora frecuenta la casa familiar de Ana María Simo, personas de buena posición que la acogen cordialmente, y allí pasará el tiempo en lecturas, conversaciones con la nueva amiga y sobre todo pasando a máquina el texto de sus poemas. Cuando concluye, faltaba el título, había un poco de presión con la imprenta y Ana María se decide: “Vamos a ponerle GH, que son tus iniciales”, y todo el mundo quedó encantado con el libro, que salió de las prensas en diciembre de 1962. Antes que festinada prisa, la elección tan escueta para identificar el cuaderno revela la impronta de la época; el dinamismo y la pasión creadora de esta decisión traen el recuerdo de otra similar, en el caso del camagüeyano Rolando Escardó, cuyo libro de 1961, publicado por Ediciones R, tomó el título del envoltorio de las cuartillas originales: El libro de Rolando.

De los comienzos de la obra de la joven matancera, diría un prologuista: “Georgina Herrera ha escrito versos que son como susurros entre la alegría épica de los años sesenta”. También dice que es mujer iluminada por el fuego de su poesía: “Fuego que desgarra y alumbra uno de los caminos más íntimos de la poética contemporánea cubana: los caminos de la soledad, de los sacrificios permanentes que ha heredado una raza y la voluntad de comenzar de nuevo cada mañana del mundo”.8

Hallo en muchos versos expresiones muy singulares del ser íntimo de Herrera, de su modestia, serenidad y pasión, como esta que copio del poema “Digo”, de GH:

Puedo seguir sembrada a la costumbre
de cosechar luceros y tristezas;
y vestir, como siempre,
esta inquietud de todo que me abrasa
con un poco de lirio y de pereza.

(Georgina Herrera: GH, Ediciones El Puente, La Habana, 1962, p. 21)

Esa contención, delicado resguardo de una intensa energía, ¿no será en verdad la cualidad femenina más poderosa, en ella destilada como el elemento químico en estado de pureza que maravilla al final de un arduo proceso que culmina con el brillo y las nítidas líneas de un cristal descubierto, en el tubo de ensayos? El crítico Enrique Sainz encuentra que un tono de refinamiento muy propio permea prácticamente todos los libros de la escritora nacida en Jovellanos, y brinda de su poesía una lúcida definición: “Los hechos y el dolor existen y poseen un inmenso dinamismo creador que unas personas pueden comunicar intensamente y otras no. Yo diría que los dos rasgos capitales de la palabra poética de Georgina Herrera son la delicadeza y la humanidad estremecida que late detrás de los versos”.9

El fin de la existencia es un tema trascendente que recorre uno tras otro sus libros.

Hay en varios poemas de su libro inaugural una persistente alusión al árbol como metáfora, a veces imagen, símbolo de una diversidad de valores con los que se identifica la joven poeta. Así, en el primer poema, “Para la ceniza” (9), la esperanza del crecimiento se frustra abruptamente por el corte del filo o la violencia del fuego, en tanto la autora de los versos se entrega a prematura desesperanza. El tono cambia una página adelante (“La palabra”, 11), cuando el árbol es símil de rebeldía que “…sigue buscando / la tierra que no llega / y sigue pertinaz, sin doblegarse”. Hacia el final del libro (“Cedro mío”, 43), versos como “el verde despertar alborozado”, y “el modo de treparse por el aire / ganando altura, como un ciervo verde”, subrayan un optimismo que al doblar la página se derrumba en crudas alusiones a la muerte. Ésta, el fin de la existencia, es un tema trascendente, que recorre uno tras otro sus libros. Entendemos que el final de la vida resulta una circunstancia derivada de la condición natural de la existencia humana, y es habitual que la poesía manifieste toda la angustia y desconcierto existencial ante este hecho, pero no he podido dejar de percibir su aparición en extremo temprana en sus textos, y me refiero al poema “La palabra”:

Se me han borrado todas las palabras
menos una de filo airado: muerte.
Es por ella,
la temida, perversa y rebuscada
que mi árbol sin tierra se sostiene.

(“La palabra”. GH, 1962, p. 11).

La historia de la editorial El Puente es uno de esos asuntos de la cultura nacional que sólo el muy enterado es capaz de rastrear en las páginas de publicaciones culturales, porque en la prensa que lee el ciudadano en su día a día tales particularidades jamás son mencionadas. En 1966, Jesús Díaz, un joven y sin dudas relevante intelectual de los sesenta, clasificó al grupo de novísimos creadores como “la fracción más disoluta y negativa de la generación actuante”, y su gestión cultural, “un fenómeno erróneo política y estéticamente”.10 Díaz ganó ese mismo año el premio Casa de las Américas de cuento con Los años duros y era director de la revista cultural El Caimán Barbudo; estaba vinculado al Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana y poco después integró también el consejo de redacción de la revista Pensamiento Crítico,11 posicionamientos que permiten estimar el peso del criterio de quien emitió tales opiniones, con solamente veinticinco años de edad.

En su respuesta a Díaz, quien finalmente acabó saliendo del país y fallecía en Madrid en 2002, Ana María Simo recordó que El Puente había publicado a autores “tan disímiles” como Nicolás Dorr, Mariano Rodríguez Herrera, J. R. Brene, Miguel Barnet, Belkis Cuza Malé, Rogelio Martínez Furé y Joaquín G. Santana, y emplaza al crítico: “¿Participaron también ellos del supuesto error político y ‘eran malos como artistas’?”.12 El catálogo de Ediciones El Puente a un año de su fundación, en la fecha en que GH sale de la imprenta, alcanzaba quince cuadernos de poesía, dos libros de cuentos y uno de teatro, mientras se encontraban en proceso otras nueve obras; el balance final, al quedar cancelado el proyecto en 1965, sobrepasa los cuarenta títulos. La historia de esta iniciativa cultural concluyó con el internamiento de José Mario, su creador, en un campamento de las llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap) y su posterior salida del país, al igual que en el caso de Simo. Reconsiderando sus vivencias al cabo de un extenso período como creadora literaria, Georgina se refiere al “proceso de depuración” en los complicados años sesenta, durante el cual “La actividad revolucionaria era muy fuerte, pero no podemos negar que el extremismo también hizo sus estragos”.13

A cuatro décadas de distancia, una valoración crítica de GH deshace hasta el fondo la suspicacia, las descalificaciones y las sucesivas postergaciones que la poeta publicada por El Puente afrontó con su ética y su calmado permanecer. Al incluir a Georgina Herrera en el Álbum de poetisas cubanas que compiló, Mirta Yáñez daría esta valoración:

El primer poemario de Georgina Herrera, llamado con sus propias iniciales, GH (1962), sorprendió por sus intuiciones y su desprejuiciada forma de abordar su universo interior. Su poesía revela aspectos hermosos o terribles de la cotidianidad, con una audacia que roza una inocencia esencial, sin abandonar la lucidez de una sensibilidad que la poetisa parece entresacar de rincones turbios y que ella aclara con la sencillez y la ternura.14

Georgina Herrera continuó su marcha como poeta y, con la ayuda del amigo Joaquín G. Santana, halló al fin un empleo como escritora radial, profesión que abrazó con amorosa vocación durante toda su larga vida laboral. Después de la publicación de GH por El Puente, pasarán doce años sin volver a ver impreso un libro ni aparecer siquiera en las antologías, circunstancia que ella valorará con juicio exacto, si bien a su modo contenido: “El silencio es una manera de matar, de borrar”.15 En 1974 sale finalmente de imprenta su Gentes y cosas, que había enviado a concurso cuatro años antes, pero le dieron el premio a “un folletito del que jamás se volvió a hablar”.16 Este segundo poemario llevará en la contraportada unas palabras distinguidas por su altruismo o quién sabe si por mecánica ignorancia del valor de los empeños personales y afán de superación comenzados en fecha bien temprana por la joven creadora: “La autora es un ejemplo bien claro de cómo la Revolución ha salvado muchos destinos literarios que de otro modo se habrían perdido sin remedio”.17

La dedicación a los hijos es ahora parte de la cotidianidad de una mujer que se completa a sí misma sin dejar de pertenecer al tiempo que le corresponde.

La imagen del árbol persiste también en esta obra tan distante en el tiempo como pletórica en motivaciones. Las equivalencias del símbolo vegetal se proyectan ahora al sentimiento amoroso, bien sea la entrega confiada hacia la plenitud (“Tu suavidad me lanza hacia el temblor / como la hoja más pequeña / del árbol más humilde”. “Dedicatoria”, Gentes y cosas, 41), o llegue como anuncio de ruptura sentimental con el amado:

Nunca
verás creciendo sobre
la tierra que hice de tu piel
ese árbol
en que transformé mi cuerpo solo,
para tu amor.

(“Sentencia”, Gentes y cosas, 43)

La experiencia de vida de la etapa transcurrida desde la terminación del poemario inaugural se expresa en esta obra en el sentimiento de plenitud que la embarga por su condición de madre y la dedicación a los hijos, que es ahora parte de la cotidianidad de una mujer que se completa a sí misma sin dejar de pertenecer al tiempo que le corresponde. Sobre los dos que tuvo testimonia apasionadamente en “Seis de enero”, “Anaisa”, “El tonto”, “Canción de cuna”, “El adorable sentenciado”… En “Las dos mitades de mi sueño” expande ese sentimiento de realizada femineidad con la potencia vital del fresco retoño de un árbol futuro o la constancia de existir que viaja en una fragancia floral: “…ambos me han hecho / una mujer hermosa”.

En Gentes y cosas, Georgina había reunido poemas sobrantes de GH, otros sueltos y los escritos específicamente para ese libro. Luego escribió Los hijos de Israel, que envió a un concurso en 1967, pero no obtuvo premio y el manuscrito se le perdió. Más tarde escribió otro titulado Tiempo traído por los pelos, que recibió mención e iba a ser publicado, ya estaba su portada diseñada y todo, pero se demoraba su salida, entonces presentó Granos de sol y luna, un cuaderno de 34 composiciones. Cabe que, con sorprendente rapidez, llegó a las librerías esta obra, considerando no sólo el tiempo transcurrido desde el anterior, sino que en 1978 todavía marcaban la pauta de la creación literaria las directivas de aquel Quinquenio Gris, que querían la obra para educar al pueblo, preparar al hombre para la nueva sociedad en un proyecto alcanzable, visible con sólo arrancar las hojas del almanaque hasta llegar a una cifra cerrada por los solemnes ceros y repetir palabras mágicas, actos plausibles, consignas reiteradas. Fue clave para este libro que le fuera concedida un año antes la primera mención del concurso Julián del Casal de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Abre Granos de sol y luna con un poema a modo de testamento dedicado a sus hijos, en el que, a pesar de las alusiones a la muerte en los términos menos tranquilizadores (Alevosa, Dueña del Sueño Artero, La que Juega Conmigo y Gana Siempre) hallamos un optimismo implícito en su modo nítidamente iluminado:

He padecido
de amor irremediable hacia la vida.
Ahora, a modo de fortuna,
granos de sol y luna, entremezclados,
para el más bello atardecer les dejo.

(Granos de sol y luna, 9)

Reaparece en sus composiciones un ejercicio maternal hecho materia poética palpable. Ahora el lenguaje escogido trasciende en la reiteración de un inventario de gestos amorosos que no desgasta el paso de las eras del mundo civilizado ni pierden al enunciarlos la calidez de huella entrañable en la intimidad de la crianza.

El viento, apenas
puede ser llamado por su nombre.
La lluvia, lenta y breve
se establece.
Es obligado levantarse
a desdoblar las sábanas,
taparlos,
acomodarle al grande la cabeza,
besar a la chiquita. Luego
vuelta a la cama, por si acaso, el sueño
como la lluvia y con la brisa viene.

Volverán las alusiones a la muerte y nos sorprenderá aquella victoriosa constancia que levanta en “Mínimo elogio para mí misma”.

El título de este poema, “¿De noche? con los hijos”, ¿no lleva en el modo de expresarse cierta enunciada respuesta a sugerentes o ansiosas inquietudes de amor? Al cabo de los años, cuando el balance ilumine remembranzas de aquel tiempo, volverá al tema con un sentimiento de plenitud que va a incluirlo todo: los ardientes brazos del amor, su inabarcable orgullo como madre:

Yo fui una vez una muchacha hermosa
que anduvo con sus hijos:
una en los brazos, de la mano
el otro.
A veces los dejaba para verte,
para que fueras dueño de mi cuerpo.

Luego ella regresaba con sus hijos, y completaba por una nueva vez el ciclo de aquella plenitud, que “era mucho más que la felicidad”.18

Hablará nuevamente del amor y algunas de sus difíciles alternativas, como en esa breve estrofa de “Las queridas”, palabra muy vernácula parece, para designar a la mujer amante de un casado; asume a estas el poema inusitados símiles: islas habitadas por oscuras palomas; aguas que han de lavar suciedades y heridas, emblemas de postergación, en fin. Volverán las alusiones a la muerte y nos sorprenderá aquella victoriosa constancia que levanta en “Mínimo elogio para mí misma”, citado en las primeras líneas de este texto. Consideraciones a partir de la perspectiva histórica, equilibran en la balanza de la percepción poética ser social y condición femenina, en el enfoque de los dos poemas de idéntico título, “Las muchachas”. Vaciando en el molde de su biografía el instante en que heroínas soviéticas se enfrentaban a la muerte como combatientes, justo cuando ella era una escolar y, más tarde (“Ahora me aparezco…”), como si reprochara los avatares de su propia condición humana, disminuyéndolos acaso, al contrastarlos con el destino de aquellas jóvenes.

Todavía en Grande es el tiempo (1989) se excluye la mención a GH en la ficha de autor. El diseño de portada combina símbolos de identidad de la poeta matancera: la palma nacional, dignamente erecta sobre un fondo de nubes y estrellas; la fresca y femenina flor de mariposa junto al río, el hacha de Changó de su herencia afrocubana, de algún modo —tal vez o no intencional— subrayada en cierto estilo del arreglo que lleva en su cabellera la autora en la foto de la ficha biobibliográfica. Es que los poemas de este cuaderno concentran el tema de las religiones originarias del continente negro. Expone en una de sus composiciones la leyenda de una esclava rebelde (“Fermina Lucumí”), y en “Retrato oral de la victoria”, inspirado en una bisabuela a la que Georgina dice parecerse, cuenta: “Cimarroneándose y en bocabajos / pasó la vida”. Más tarde expresaría en un texto autobiográfico: “Me dijeron que yo era hija de Yemayá, aunque no quiero que Ochún19 se ponga brava conmigo, porque dicen que ella siempre está pegada a mí”.20 El modo en que Georgina Herrera expresa en poesía a los orishas del panteón yoruba manifiesta una percepción vital de la creencia, próxima a los avatares y motivaciones del devoto.

Amo esos dioses
con historias así, como las mías:
yendo y viniendo
de la guerra al amor o lo contrario.21

Luego se suceden algunos ajustes de cuentas más o menos solemnes, o algunas reconsideraciones de los mitos.

El título de Gustadas sensaciones (1996) ¿será un equívoco? El poema que abre y se titula como el libro, crea una aparente y adelantada despedida, tal vez porque la autora presume que así debería sentirse con el imponente arribo a la edad de los sesenta años:22

De un tiempo acá, la sensación
del fin, del verdadero,
irrefutable final viene hacia mí…

(“Gustadas sensaciones”, 7)

Sin transición, sin el gesto aquiescente de justificar el título del libro, llega esta sección de cuatro poemas aferrada también a una dolorida antítesis de las tranquilizadoras palabras que lo identifican: “Sensaciones que no merezco, lacerantes”, y en ella el reconocimiento probablemente aplazado de una herida que la muerte ha fijado en los huesos de una madre: la pérdida de la hija pequeña. Basta un par de versos para la comprensión:

¿Alguien sospecha la medida de este duelo
si es mi beso más alto el que ha caído?

(“Duelo único”, 15)

Luego se suceden algunos ajustes de cuentas más o menos solemnes, o algunas reconsideraciones de los mitos, que por no abundar diremos que levantan a una definitiva Eva, tomando posesión de su identidad escamoteada al sugerir a Adán que cuente sus costillas, “que ninguna le falta”; luego estiman necesaria una mirada más atenta al selectivo criterio en la obtención del pase a bordo al arca de Noé, o a fin de establecer el rostro verdadero que cabría esperar de un Jesús no precisado, y encima mostrar, como para que no comenten herejía únicamente de una parte del santoral de estas devotas ínsulas, qué controvertido modo de entender su sacrificio una mujer que se asume hija de la Caridad del Cobre y, para pagar la deuda que íntimamente entiende con Oggún, dispendia en abundancia lo que a sí misma por todo un año se priva, para dar al festejo del severo y prestigioso orisha23 luces, alimentos, cantos ancestrales por tres días que, vaya casualidad, comienzan en fecha tan señalada como es el 24 de junio, también efeméride católica de san Juan Bautista, qué pequeño es el mundo.

Aunque hay una bella Poesía completa de 2016, el último libro de Georgina Herrera que he leído hasta hoy es Gatos y liebres o libro de las conciliaciones (2003). Acudo al diccionario para no defraudar el entendimiento: nos invita la poeta en su vanguardista título a componer y ajustar ánimos desavenidos.24 A veces compone y ajusta el discurso poético lo que en el entorno parece todavía carente de un acuerdo duradero, de ánimos avenidos, concordantes. Otras está más en lo interno del sujeto, donde la mujer hace en versos un balance y lee su cuerpo desde la victoriosa constancia de lo que, aunque irrecuperable para el físico mundo, proclama en otros modos su absoluta permanencia:

…Era
entonces mi vientre
sustancia sideral enloquecida
cera, barro, mármol diluido
en fuego de aguas
para moldear planetas.

(“Segunda vez ante el espejo”, 23 de abril de 2002)

Y si bien no se ahorra en poderoso eros la memoria (“…pechos abejas aguijoneando / en un vuelo fatal inevitable”), calca la emoción hondo latido de ternura cuando recuerda la amorosa sus hacendosos pechos de hace tiempo, que daban la miel del alimento a aquellas indefensas boquitas ávidas.

No era aconsejable salir al mundo con las decisiones tomadas, justo como la mariposa que suelta sus alas.

De todo el caudal poético que Georgina Herrera acopia en su existir sensible a cuanto humano transcurre, escojo por subjetiva inclinación un poema inevitable por su sorprendente valor de convocatoria y esa certera capacidad de explicarnos uno de los momentos más controvertidos de la historia reciente de Cuba. En tales tiempos habría traído mucha esperanza y considerable claridad a tantas gentes desconcertadas, con sólo reproducirlo en unos cuantos folios y colgarlo en los postes de la luz, en los árboles de los parques, usarlo eventualmente de patrón de pruebas al final de la programación televisiva y darlo en la radio antes y después de los noticieros. Sólo hay que decir que “Aviso a los que viven en Caná” fue escrito en 1990 (pero todavía es un sano recordatorio):

Canaenses:
Hasta que dios regrese
(si es que vuelve)
no habrá milagros.
Un poco de agua turbia
no puede ser torrente de buen vino,
ni un breve pez sin nombre
todos los peces que en la mar habitan.
Un pan es mucho pan
sólo en sus manos.
En las nuestras
no llega ni a migaja entre los labios.
Así que, mientras vuelve, por si tarda,
hagamos redes, barcas,
ganemos tiempo
en la cosecha del trigo y de las frutas
y, sin apuros, démosle
a cada asunto el tiempo necesario.

Tal vez habría debido preguntarle a la anfitriona —y buen momento hubiera sido el brindis con la prestigiosa cachaça a la que generosamente invita— si la astróloga que una vez consultó algo pudo explicarle acerca de las falsas premoniciones que en ciertas ocasiones se le encimaron. Habida cuenta de que la escolar a quien la suspicacia supuso copiadora, halló para sus versos una nueva semántica en el lenguaje de todos los días; el pacto con La Habana aún funciona: lo más cercano al domicilio de la recién llegada fue una escuela; el lóbrego silencio de unos paradigmáticos personajes condujo a la publicación del primer libro. Y la conclusión de una nota de contraportada sobre el destino literario de una joven poeta, simplemente pretendió convencernos de que no era aconsejable salir al mundo con las decisiones tomadas, justo como la mariposa que suelta sus alas, “salta al espacio sin límites, dejando para siempre la oscura rama o la apacible flor…”.25

La Habana, 16 de marzo de 2020
Ismael León Almeida
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Notas

  1. Georgina Herrera: Granos de sol y luna. Ediciones Unión, La Habana, 1978.
  2. Onelio Jorge Cardoso: “Mi hermana Visia”. Cuentos, 1973, p. 74.
  3. Onelio Jorge Cardoso: “Isabelita”. Cuentos, 1973, p. 248.
  4. “En vez de flores, amor a María Eugenia”. Georgina Herrera: Gustadas sensaciones. Ediciones Unión, La Habana, 1996, pp. 35-36.
  5. El título del poema y la cuarteta transcrita se han tomado de Daisy Rubiera Castillo: “Georgina Herrera: una poeta afrocubana”. Afro-Hispanic Review, Volume 24, Number 2, Fall 2005, p. 127, consultado en Internet.
  6. Ver la referencia a este asunto en Daisy Rubiera Castillo y Georgina Herrera: Golpeando la memoria. Testimonio de una poeta cubana afrodescendiente. Ediciones Unión, La Habana, 2005, pp. 94-95.
  7. Carlos Velazco Fernández: “Georgina Herrera, outsider”. Unión, La Habana, año XLIX, Nº 69, 2010, pp. 75-83.
  8. Roberto Zurbano: “G. H. o una pequeña llama en la tempestad”. Prólogo a Daisy Rubiera Castillo y Georgina Herrera: Golpeando la memoria. Testimonio de una poeta cubana afrodescendiente. Ediciones Unión, La Habana, 2005, p. 11.
  9. Enrique Sainz: “Diálogo feliz con Georgina Herrera”. Unión, La Habana, Año L, Nº 73, 2011, pp. 82-85.
  10. Jesús Díaz: respuesta a “Encuesta generacional”. La Gaceta de Cuba, abril-mayo 1966.
  11. “Jesús Díaz”. En Ecured Portable v1.5, Centro de Desarrollo Territorial Holguín, UCI, 2011-2012.
  12. Ana María Simo: “Encuesta generacional II. Respuesta a Jesús Díaz”. La Gaceta de Cuba, Nº 50, abril-septiembre de 1966.
  13. Golpeando la memoria, edición citada, p. 99.
  14. Álbum de poetisas cubanas (selección e introducción). La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1997 (reedición: La Habana, Plan Especial, Editorial Letras Cubanas, 2003). Citada por Bibiana Collado Cabrera: “‘Cimarroneándose y en bocabajos’. ¿Una poesía afrocubana de la revolución? El caso de Georgina Herrera”. Saggi / Ensayos / Essais / Essays Nº 6, 11/2011. Revista de la Facultad de Letras y Filosofía de la Universidad de Milán, Italia.
  15. Carlos Velazco Fernández: “Georgina Herrera, outsider”. Unión, La Habana, año XLIX, Nº 69, 2010, pp. 75-83.
  16. Golpeando la memoria, 122.
  17. Nota de contraportada de Gentes y cosas, poemario de Georgina Herrera. Ediciones Unión, La Habana, 1974.
  18. “Supe cuando fui feliz”. Georgina Herrera: Gatos y liebres o libro de las conciliaciones. Ediciones Unión, La Habana, 2003.
  19. Changó es dios del fuego en la regla de Ocha, patrono de los guerreros y las tempestades. Yemayá, madre de la vida, progenitora de todos los orishas, y Ochún, alegre y bella, dueña de la femineidad y de los ríos, es protectora de gestantes y parturientas (Natalia Bolívar Aróstegui: Los orishas en Cuba. Editorial José Martí, La Habana, 2017, pp. 257, 189 y 219).
  20. Golpeando la memoria…, edición citada, p. 132.
  21. Georgina Herrera: “África”. En Grande es el tiempo. Ediciones Unión, La Habana, 1989, pp. 14-15.
  22. Es curioso, un lustro más tarde, el 23 de abril de 2001, cumple la poeta 65 años y pide cautela a su corazón en términos de sorprendente lozanía juvenil: “Se cree zunzún, planeta” y “…anda / por los tejados, pinta / en violeta y fuego los crepúsculos” (“Terco es mi corazón”, Gatos y liebres o libro de las conciliaciones, p. 17).
  23. Oggún es uno de los orishas guardianes en la religión yoruba. En su fundamental obra Los orishas en Cuba, p. 79, Natalia Bolívar Aróstegui caracteriza esta deidad como “violento y astuto”, si bien con facetas de bondad y maldad. Es considerado dios de los minerales, las montañas, las herramientas, de los oficios y profesiones del metal, protector de la medicina e importante patrón de las cárceles y las cadenas.
  24. Diccionario Ilustrado Aristos de la Lengua Española, p. 159.
  25. “Muchacha y mariposa”. Gustadas sensaciones, p. 41.