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Vallejo y Darío, unidos en el poema “Retablo”
(del libro César Vallejo, genio entre los genios, de Luis Alberto Ambroggio)

lunes 22 de mayo de 2023
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“César Vallejo, genio entre los genios”, de Luis Alberto Ambroggio
César Vallejo, genio entre los genios, de Luis Alberto Ambroggio (La Catedral, 2020). Disponible en la web Libros Peruanos

César Vallejo, genio entre los genios
Luis Alberto Ambroggio
Ensayo
Ediciones La Catedral
Lima (Perú), 2020
ISBN: 9786124789137
124 páginas

Contexto

Dos de los mayores poetas de la lengua hispana en los pasados dos siglos, César Abraham Vallejo Mendoza, César Vallejo (1892-1938) y Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío (1867-1916), se unen en un poema que Vallejo publica por primera vez bajo el título de “Simbolista” en la sección de “Sábados literarios” del diario La Reforma de Trujillo, el 18 de Agosto de 1917, diario que recogía la creación de lo que el poeta Juan Parra del Riego denominó “La Bohemia de Trujillo”, integrada por jóvenes intelectuales rebeldes, entre ellos, Antenor Orrego (Jefe de Redacción de La Reforma), Víctor Raúl Haya de la Torre y otros que se destacaron en Perú por su esfuerzo renovador de las artes en general y de la poesía en particular.

Vallejo había concluido en el año 1915 su bachillerato en Filosofía y Letras con una tesis magistral sobre “El romanticismo en la poesía castellana”, corriente literaria que trata con simpatía y que junto con el simbolismo y parnasianismo, influyeron tan profundamente en el modernismo y la modernidad que encabezó Rubén Darío. Frente a la crítica y rechazo de los anquilosados conservadores, aceptación y aplauso de los innovadores, Vallejo con su genio renovador, su libertad poética, su técnica y modulación, su autenticidad vernácula, rompiendo normas gramaticales, lingüísticas, retóricas, ortográficas, como Darío, asimiló las innovaciones estéticas y temáticas de la poesía del simbolismo francés, el modernismo (de Darío y Julio Herrera y Reissig), el romanticismo (de Shakespeare, Milton, el noble pesimista Lord Byron, de Goethe y Schiller, de Chernier, Chateaubriand, Victor Hugo)1 y la modernidad, sin descuidar su afincamiento en sus raíces andinas, indígenas, y su lectura de los clásicos del Siglo de Oro español, de Quevedo y Cervantes, su aprecio por métricas tradicionales y el juego antitético del conceptualismo.

Esta sensibilidad creadora, originalísima, y ya inclasificable dentro de los cánones vigentes, tomó cuerpo en la publicación de su libro Los heraldos negros (1919) que presagia el alma moderna liberándose de la normativa clásica; liberación que en Vallejo llegará a su máxima expresión en Trilce (1922). En Los heraldos negros aparece, con modificaciones muy significativas, la segunda versión del poema que une a estos dos poetas, y cuyo título cambia de “Simbolista’ a “Retablo”. Ya había iniciado Vallejo una crítica a quienes simplemente conciben el ser moderno con copiar a Rubén Darío, sin captar las profundas posibilidades de la corriente modernista en cuanto capacita diferenciaciones estilísticas, formales y temáticas. Nunca deja de admirar los aportes del Rubén Darío de Azul (1888) y Prosas profanas (1896) y la riqueza de las manifestaciones precursoras europeas en el campo literario (como el Simbolismo de Baudelaire, Verlaine, Mallarmé, del Parnasianismo de Leconte de Lisle, Banville, Catulle Mendés, del Impresionismo, del Decadentismo) o en el campo filosófico-político-social (Positivismo, Evolucionismo, Anarquismo, Socialismo), como lo sintieron no sólo Rubén Darío, sino José Enrique Rodó, José Martí y, entre los peruanos, José María Eguren, entre otros.

 

Análisis del poema en sus dos versiones2

Destaco con cursiva en la primera versión, los cambios que sufrirá el poema en su edición definitiva en Los heraldos negros para identificar los mismos y poder analizar en profundidad la importancia central de dichas modificaciones en este ensayo de literatura comparada con la tesis que nos ocupa. Dejamos de lado la preponderancia de los signos de admiración (muy vallejiana) del primer texto para concentrarnos en los cambios de título y palabras en los versos de la versión final.

Simbolista

Yo digo para mí: ¡por fin escapo al ruido!;
¡nadie me ve que voy a la nave sagrada!
Altas sombras acuden: ¡James, Samain y Maeterlinck,
y Darío que llora con su lira enlutada!

¡Con paso innumerable sale la dulce Musa,
y a ella van mis ojos, cual polluelos al grano!
La acosan tules de éter y azabaches dormidos,
mientras sueña la vida, como un mirlo, en su mano.

¡Dios mío, eres piadoso, porque hiciste esta nave,
donde hacen estos brujos azules sus oficios.
Dios mío eres tristeza porque ellos se parecen
a ti…! Y de sus trenzas fabrican sus cilicios.

¡Como ánimas que buscan entierros de oro absurdo,
aquellos simbolistas cantores del Dolor,
se internan, y aparecen… y, hablándonos de lejos,
nos lloran el suicidio monótono de Dios…!


Retablo

Yo digo para mí: por fin escapo al ruido;
nadie me ve que voy a la nave sagrada.
Altas sombras acuden,
y Darío que pasa con su lira enlutada.

Con paso innumerable sale la dulce Musa,
y a ella van mis ojos, cual polluelos al grano.
La acosan tules de éter y azabaches dormidos,
en tanto sueña el mirlo de la vida en su mano.

Dios mío, eres piadoso, porque diste esta nave,
donde hacen estos brujos azules sus oficios.
Darío de las Américas celestes! Tal ellos se parecen
a ti! Y de tus trenzas fabrican sus cilicios.

Como ánimas que buscan entierros de oro absurdo,
aquellos arciprestes vagos del corazón,
se internan, y aparecen… y, hablándonos de lejos,
nos lloran el suicidio monótono de Dios!

“Simbolista”, el primer título del poema, refleja no sólo la adhesión de Vallejo a la corriente simbolista, sino su animismo indígena con la necesidad de expresarse poéticamente en símbolos dinámicos, imágenes, ritmo interno que de algún modo reflejen su estado de ánimo. Todo el poemario Los heraldos negros pertenece a este ciclo simbolista con elementos de expresionismo, dadaísmo y suprarrealismo. Pero el cambio del título, del poema que estamos analizando, en ese proceso literario creador es igualmente significativo. Con su cuidadosa selección de palabras elige “Retablo”: ¿nos lleva con este título acaso a la idea de un cuadro clavado en el tiempo, como testimonio artístico de una época? ¿Será el retablo de “La cartuja”? ¿Será expresar con un símbolo de retablo mayor del templo poético, la pasión, el arte visual, las armonías y ritmos musicales que el modernismo rubendariano retuvo de las vertientes literarias europeas, el romanticismo, el simbolismo y el parnasianismo? O ¿nos remitirá quizás al “Retablo de las maravillas”, la sátira cervantina contra las convenciones sociales, para encuadrar su propia liberación ejemplificada por el Rubén Darío idealizado? Dicen los historiadores que ya en el título del poemario Los heraldos negros Vallejo había combinado, en forma de homenaje, el poema de Darío “Los heraldos” con su lectura de la negrura y oscuridad de Les fleurs du mal de Baudelaire, en la traducción de Eduardo Marquina.

Además suprime en el tercer verso de la primera estrofa la referencia a los poetas James, Samain y Maeterlinck, para dejar exclusivamente en el cuarto verso el nombre de Darío. Más tarde —en su más pura ruptura vanguardista— Vallejo comenzará su poema LV de Trilce con un verso de Alberto Samain (de “Otoño”) “el aire es quieto y de una contenida tristeza” y discutirá con él coloquial y meta-poéticamente el tema de la muerte: “Samain diría… / Vallejo dice…” , contrastando las expresiones del simbolismo decadentista de Samain con el vivencial suyo.

Vallejo en este poema se queda solamente con Darío que “pasa con su lira enlutada”, para encuadrar el tema del dolor existencial, el tema del cuestionamiento metafísico y teológico, el tema de las limitaciones y encerramiento del lenguaje, de los estilos, de los signos que le permiten expresar líricamente lo inexpresable en un estado crudo de emociones, la muerte de Dios y las palabras (“Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!”). Vallejo admiraba al autor de “Lo fatal” que había poetizado a fines del siglo XIX “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”. Lo dijo abierta y proféticamente en un artículo que publicó en El Norte de Trujillo el 26 de febrero de 1924, bajo el título de “Cooperación”: “Para respetarnos a nosotros los latinoamericanos —que ya nos hemos anunciado y vamos a imponernos— ¿no basta un Simón Bolívar y un Rubén Darío?”.

Si bien nos limitamos a este poema seminal, cabe notar que Vallejo citaba a Darío con frecuencia y a lo largo de su producción poética, sin caer en la parodia del nicaragüense, costumbre que criticaba. Sirvan como ejemplos estos fragmentos selectos de la conferencia de Manuel Pantigoso, de la Academia Peruana de la Lengua, ofrecida el 17 de abril de 2006 en la Casa de la Emancipación de Trujillo, con motivo del 90 aniversario de fallecimiento de Rubén Darío y del 68 aniversario de fallecimiento de César Vallejo: “…Vallejo le profesó a Darío una devoción profunda que duró toda su vida, siendo quien más lo prolongó al escoger el camino y el rumbo del hombre y de su esencia, pero también —y fundamentalmente— al revelar de una manera muy peculiar el lado musical y sonoro de la palabra poética… La armonía simétrica y la armonía asimétrica de los sonidos de Darío y Vallejo Lautréamont —el punzante y agónico autor de Cantos de Maldoror— encuentran que su misión es cantar la añoranza de la armonía, y entonces dirá con palabras del infierno la nostalgia del paraíso. En el caso de Darío esa vuelta a los orígenes, ese deseo de recuperar el paraíso perdido de la armonía se dará a través de sonidos agradables y melodiosos. A su infierno existencial le arrancará arpegios bellos…El poeta de Santiago de Chuco es quien más prolonga al nicaragüense en el ansiado rumbo del hombre que desciende hasta los estratos de su sonoridad esencial. Como bien apunta Juan Carlos Ghiano, la de Valllejo fue una incorporación activísima que lo llevó al parricidio, cumplido definitivamente en Trilce. A partir del sacrificio necesario habrá una recuperación de lo esencial dariano, manifestado sin resquemores en los dos libros últimos… Cumplió así, Vallejo, con la mejor herencia de Darío: la que imponía primero la conquista formal del estilo. Podemos, así, anotar versos de Darío que Vallejo gustaba repetir y que contienen, en esencia, aquel ritmo cardiaco que palpita en los versos del peruano: “y él se ajustó a los números severos y apostólicos”, “Mortificaron con las disciplinas” y los cilicios la carne mortal. Y opusieron, orando, las divinas ansias celestes al furor sexual” (“La Cartuja”) “Y me dijo: ¿a qué hora vendrá el alba? Se ha cerrado la puerta… Ha pasado un transeúnte… Ha dado el reloj trece horas… ¡Si será ella!…” (“Nocturno”) “Qué púberes canéforas te ofrendan el acanto” (“Responso”), “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque ésta ya no siente, pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. (“Lo fatal”) “y el espanto seguro de esta mañana muerto” (“Idem”) “yo tengo miedo de querer, puesto que aquello que es querido se está en peligro de perder por engaño o ausencia u olvido” “cual la de mi señor Jesucristo mi alma está triste hasta la muerte” “los que auscultasteis el corazón de la noche, los que por insomnio tenaz habéis oído el cerrar de una puerta, el resonar de un coche lejano, un eco vago, un ligero ruido. (“Nocturno”) Es este tono de Darío el que se prolonga en los versos del peruano: “Si las férulas suenan, si es la noche, si el cielo cabe en dos limbos terrestres, si hay ruido en el sonido de las puertas, si tardo.” (“España, aparta de mí este cáliz”)… Darío y Vallejo: anverso y reverso de la musicalidad del ser El recorrido de Darío a Vallejo es aquel que muestra la progresiva y esplendorosa inmersión en el silencioso ritmo interior de la palabra, allí donde la música de lo poético actúa como antena captadora de lo individual y lo colectivo. Brotando de la múltiple expresividad sonora, ambos descubrieron, por esa vía, el camino hacia una emotividad más ajustada a lo que querían decir. Vallejo ingresó con mayor hondura en los entresijos de la misma palabra, en sus recovecos interiores, para escuchar todas las modulaciones y resonancias del ser. Darío llevó el arte a una dimensión divina. Vallejo lo elevó a la dimensión humana. La impronta de la harmonía azul y la del estruendo mudo marcaron la diferencia de lo simétrico y lo asimétrico, reveladores de la compleja y rica sustancia poética”.3

Además de retenerse el nombre de Darío, una exégesis detallada de los versos de este poema vallejiano demuestra simbolismos y referencias intertextuales marcadamente darianas. Como la combinación de pan y vino en los versos de la segunda estrofa del poema de Vallejo “Con paso innumerable sale la dulce Musa, /y a ella van mis ojos, cual polluelos al grano” nos remiten a aquellos de Darío en el poema “Primaveral”: “Mi dulce musa Delicia/ me trajo un ánfora griega/ cincelada en alabastro,/ de vino de Naxos llena;/ y una hermosa copa de oro,/ la base henchida de perlas,/ para que bebiese el vino/ que es propicio a los poetas”. “Dulce musa” epíteto que se repite en Darío, pero que usaron anteriormente poetas como Góngora y clásicos griegos. En una crítica sutil a la superficialidad y preciosismo de algunos modernistas, Vallejo establece en el verso siguiente que “la acosan con tules de éter y azabaches dormidos”, pero además de la “estética de la experiencia” practicada por Rubén Darío, su sensibilidad, como lo he detallado en otro ensayo,4 impuso una nueva modalidad de relación entre literatura y sociedad, identidad nacional y vida de Hispanoamérica en el universo. Su poema “A Roosevelt” es uno de los muchos ejemplos.

En el segundo verso de la tercera estrofa aparece el azul emblemático de la estética modernista y de Rubén Darío (“donde hacen estos brujos azules sus oficios”). El azul que significa el ideal y estará presente a lo largo de Los heraldos negros, como puede verse en varios poemas: en ¡América Latina! donde habla de “…una montaña azul”; en el poema “Comunión” que se hace eco de la idealización del amor y el erotismo de Darío: “Tus brazos dan la sed de lo infinito,/ con sus castas hespérides de luz,/ cual dos blancos caminos redentores,/ dos arranques murientes de una cruz./ Y están plasmados en la sangre invicta/ de mi imposible azul!”. El azul que luego va abandonando como puede observarse en el cambio entre la primera versión de Trilce XLVI que tituló “La tarde”: el primer cuarteto decía entonces: “La tarde cocinera se detiene/ ante la mesa donde tú comiste;/ y muerta de hambre tu memoria viene/ sin probar ni agua, del azul más triste”; la expresión “del azul más triste” fue transformada a “de lo puro triste” en la versión final, suprimiendo Vallejo la palabra “azul”.

En la tercera estrofa, el comienzo del tercer verso “Dios mío eres tristeza…” fue sustituido y modificado radicalmente por “Darío de las Américas celestes”, el Darío de la América del más allá (plus ultra), de los cielos, del Nuevo mundo y nuevos horizontes, con resonancias a Víctor Hugo, la epifanía del porvenir (“las eternas américas inéditas”, de Vallejo), la escatología optimista del autor de los “Cantos de vida y esperanza”. La tristeza que aparentemente se suprime en este verso y en el verso segundo de la última estrofa de la primera versión (“aquellos simbolistas cantores del Dolor”), es reemplazada por esa esperanza armoniosa de Darío y ambigua de Vallejo (“aquellos arciprestes vagos del corazón”).

El verso final de la tercera estrofa “a ti! Y de tus trenzas fabrican sus cilicios” también esgrime referentes rubendarianos. En “El oro de Mallorca” dice Rubén Darío: “Y quizá esta era la verdadera compensación para el elegido que venía al mundo con su emblemático signo y con su sagrado cilicio. Dios está en el Arte, más que en toda ciencia y conocimiento, y la santidad, o sea el holocausto del existir, no es sino el arte sumo elevado a la visión directa del Completo teológico, purificado por lo infinito del fuego de los fuegos”, acabando con el poema “La Cartuja” que contiene los versos: “Mortificaron con las disciplinas y los cilicios/ la carne mortal y opusieron, orando, las divinas/ ansias celestes al furor sexual”.

El poema culmina con un verso, una constante casi kafkiana en la poética de Vallejo que afirmó haber nacido “un día en que Dios estaba enfermo”, en esa continua dialéctica expresada en “Los dados eternos”, de afirmación y negación de Dios en medio del padecimiento humano, de la injusticia social, aquí “nos lloran el suicidio monótono de Dios!”. Frente a este aparente y ambiguo ateismo vallejiano analizado en el trabajo sobre “La poesía de César Vallejo y Paul Celan: Esperanza en la piedra del silencio”,5 dentro del pesimismo radical de comienzos del siglo XX, en un contexto de nihilismo, de una existencia carente de sentido, de una literatura angustiada de “vida no vivida”, de la “muerte de Dios” y de una filosofía de la muerte sustentada por las corrientes romanticistas y existencialistas, en reacción al fracaso finisecular del positivismo científico con la secuela de guerras, exterminios e injusticias. Octavio Paz ha escrito que “aunque a Darío le repugnaba el ateísmo racionalista y su temperamento era religioso… Darío perdió la fe y se quedó, como la mayoría de nosotros, con la herencia de la culpa, ya sin referencia a un mundo sobrenatural”.6 Sin bien no estamos del todo de acuerdo con esta afirmación, el sincretismo religioso de Rubén Darío ha sido ampliamente documentado, en sus manifestaciones cristianas, exotéricas, órficas pitagóricas, teosóficas, cabalísticas, masónicas, reencarnacionistas y gnósticas,7 correspondientes a las corrientes predominantes en su época y literatura.

 

Celebración

“Retablo”, poema en el que Vallejo —según la interpretación del excelente crítico vallejiano Rafael Gutiérrez Girardot— sitúa al poeta en general, y Darío como prototipo, como mago, brujo, sacerdote del culto del arte, ejerciendo oficios que incluyen “entierro de oro absurdo”, conforme a la concepción antigua cuyas raíces se remontan a la Apología de Sócrates. Darío ejerció sus oficios de poeta en el templo de las Musas, nave sagrada, con el deleite dionisíaco, con el beneplácito de Baco, como deja constancia en los antes citados versos del poema “Primaveral”: “Mi dulce musa Delicia / me trajo un ánfora griega / cincelada en alabastro, / de vino de Naxos llena; / y una hermosa copa de oro, / la base henchida de perlas, / para que bebiese el vino/ que es propicio a los poetas”

Dice Gutiérrez Girardot: “En la elegía Pan y vino, Hölderlin lamenta que los poetas ‘venimos demasiado tarde’, pero que son como los santos sacerdotes del dios del vino, que en sagrada noche peregrinaron de región en región. El santo sacerdote de Baco es en Mallarmé el poeta cuya ‘única tarea… es la explicación órfica de la Tierra’. Los ‘santos sacerdotes’, los que deben dar la ‘explicación órfica de la Tierra’ son, en Darío y Vallejo, testigos de la ‘muerte de Dios’. En ese torbellino báquico y órfico, el ‘mundo al revés’ es un mundo que gira infinitamente, sin límites de tiempo y espacio”.8

El “Retablo” transfiere la imagen de una ceremonia shamánica en la que Vallejo conjura el espíritu de Darío, su sombra, para celebrar y describir la poesía, unidos así los dos grandes vates, que habiendo habitado Europa, se sienten orgullosos de su sangre indígena e hispanoamericana. Vallejo y Darío están, a lo largo de sus generaciones diferenciadas y continuas, con toda su osadía imaginativa, su fuerza espiritual y expresiva, su presencia multifacética, en el Retablo que admiramos en el templo de este poema.

Este ensayo, que conforma el segundo capítulo del libro César Vallejo, genio entre los genios, está basado en los artículos de Luis Alberto Ambroggio “Vallejo y Darío, dos poetas unidos en un poema”, publicado en la revista Espergesia (Vol. 3, Nº 1; 2016) y en la web Academia.edu.

Luis Alberto Ambroggio

Notas

  1. Citados todos ellos por Vallejo en su tesis El romanticismo en la poesía castellana, Ed. Juan Mejía Baca & P. L. Villanueva, Lima: 1954.
  2. Poemas tomados de César Vallejo, Poesía completa, edición crítica de Raúl Hernández Novas, Ed. Arte y Literatura, Casa de las Américas, Habana: 1988.
  3. Manuel Pantigoso, “De la harmonía Azul de Darío al Estruendomudo vallejiano”, en la web Scribd.
  4. Luis Alberto Ambroggio, Borges y Darío, Hofstra University, Decenio, Ed. 26, 27 y 28, Oct.-Dic. 2006.
  5. Luis Alberto Ambroggio, conferencia pronunciada en la Universidad de Hofstra, “Esperanza en la piedra del silencio: la poesía de César Vallejo y Paul Celan” que se toca en el siguiente capítulo.
  6. Octavio Paz, El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, México: 1972, p. 62.
  7. Ver Enrique Anderson Imbert, La originalidad de Rubén Darío, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires: 1967; y la sección sobre “El catolicismo-cristianismo en Darío y Pablo Antonio Cuadra” de mi ensayo “Rubén Darío y Pablo Antonio Cuadra: convergencias y divergencias”.
  8. Rafael Gutiérrez-Girardot, “La obra narrativa de César Vallejo”, en Anales de Literatura Hispanoamericana, 1999, 28: 713-730.
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