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Lenguaje de género y sociedad sexista

lunes 4 de septiembre de 2023
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Lenguaje de género y sociedad sexista, por Juan Carlos Dido
La batalla contra el sexismo social y lingüístico es una forma de lucha contra la discriminación. Su campo de batalla no es la gramática, sino la política.

El lenguaje es una institución social. Una institución constituyente de la sociedad. No es concebible una comunidad sin un lenguaje que la exprese. La afirmación es válida para el término “lenguaje” en sentido amplio, como conjunto de procedimientos y sistemas de comunicación, los bienes simbólicos en general, y también es pertinente en el sentido restringido, limitado a lo “lingüístico” o idiomático, que es el criterio con el que se aplica en este trabajo.

¿Qué significa que el lenguaje expresa a la sociedad a la que pertenece? El lenguaje es el factor de relación cotidiana entre las personas de un grupo o comunidad. Los individuos interactúan mediante su lengua. La interacción constituye el fundamento de la vida social. Ella ata y desata los vínculos, organiza, construye, altera, ordena. ¿Cuál es la relación de esta realidad con el llamado lenguaje de género?

El lenguaje es el legislador por excelencia. Las leyes de una sociedad, en todos los niveles de reglamentación (leyes, decretos, ordenanzas, normas, acuerdos, etc.), conforman un corpus lingüístico que regula y controla la existencia de los individuos y de los grupos que se desenvuelven en un territorio, llámese nación, Estado o pueblo.

Por otra parte, es soporte y materia de la cultura. Es el principal registro de todos los bienes simbólicos que integran el desarrollo cultural. El arte, la filosofía, la ciencia, la historia, la política, la economía, todo factor dinámico que interviene en los procesos sociales requiere ineludiblemente del lenguaje y es incapaz de operar sin él.

El lenguaje es un factor de poder dentro de la sociedad.

Y, finalmente, el lenguaje es un factor de poder dentro de la sociedad. Manifiesta las relaciones de fuerzas y ejerce influencias sobre los hablantes (en el sentido de usuarios del idioma), a veces sin que éstos tengan conciencia de sus efectos reales. Uno de los ámbitos en los que el lenguaje impone su peso social es en la relación entre los sexos, el género lingüístico con valor social, lo masculino y lo femenino, sus contactos, consensos y diferencias.

Para reflejar sus valores genéricos, el lenguaje se vale de todas las estructuras de su sistema gramatical: la semántica, el léxico, la morfología y la sintaxis. Con estas poderosas herramientas, nuestro idioma, este que empleamos todos los días en nuestras rutinas existenciales, ¿es un lenguaje sexista, un lenguaje que privilegia un sexo en detrimento de otro, lo masculino sobre lo femenino, el varón sobre la mujer?

El lenguaje no es neutro, no es inocente. En los medios de comunicación, particularmente la radio y la televisión, suele mencionarse un lenguaje “neutro” para referirse a un presunto uso del idioma sin marcas de regionalismo. No existe tal neutralidad. El lenguaje siempre es compromiso, explícito o tácito, no puede despegarse de sus valores expresivos, ideología, prejuicios, moldes, que lo enlazan con la realidad en la que se mueve.

No hay ámbito que escape a la presencia comprometida, ideológica, valorativa, del lenguaje. La relación entre lo masculino y la femenino, entre el varón y la mujer en nuestra comunidad conforma un espacio social en el que el idioma encuentra lugar propicio para ejercer su influencia interactiva. Hay quienes atribuyen al lenguaje la instauración del sexismo en la sociedad. Esta visión entiende que son las estructuras lingüísticas, mediante el funcionamiento del factor género, las que se imponen en la comunidad y determinan el sexismo. Pero el hecho de que un lenguaje sea de género no implica necesariamente que sea sexista.

El sexo es un fenómeno biológico. En nuestra cultura, la ciencia sólo distingue dos sexos: varón y mujer entre las personas, macho y hembra entre los animales. No hay otros sexos. Varón y macho se denominan masculino; mujer y hembra se denominan femenino.

La sexualidad es un fenómeno social. Según como las personas asuman el sexo en su vida social, en su interrelación con los demás, será su sexualidad: homosexual, travesti, lesbiana, transexual. El sexo, en tanto hecho biológico, se da o se recibe con el nacimiento; la sexualidad se elige, se adopta como resultado de una decisión personal y contextual.

El género es un fenómeno lingüístico. Se relaciona con el sexo de un modo indirecto, porque asocia las palabras con las cosas, la designación con lo designado, el significante y significado, factores lingüísticos, con el referente o la referencia, factores externos, contextuales. En este sentido, en nuestro idioma, el género masculino, lingüístico, se asocia al varón o macho, biológico. Y así como sólo hay dos sexos biológicos y varias sexualidades sociales, hay dos géneros lingüísticos y varias formas de adoptarlos.

El género ambiguo (el o la mar, el o la tilde, el o la lente, el o la calor), no se corresponde con ningún sexo, porque no existe un sexo ambiguo. El doble género (gato/gata, perro/perra) y las terminaciones genéricas de adjetivos (bueno/buena, malo/mala) son estrictamente factores del lenguaje. Y más definitivo es el llamado género epiceno (el águila macho, el águila hembra) recurso lingüístico para diferenciar ejemplares de distinto sexo de una misma especie.

Otro elemento que restringe el accidente de género al lenguaje, en nuestro idioma, es la existencia del género neutro, que no se relaciona con ninguno de los sexos ni las sexualidades. Aunque ha quedado limitado a los demostrativos y al artículo, funciona como un generalizador de expresiones de diversa categoría. Esto, eso, aquello y sus plurales son demostrativos neutros; lo es artículo y también variante pronominal.

El género es un fenómeno lingüístico. El sexismo es un fenómeno social.

Nuestro lenguaje es de género porque su estructura reconoce y aplica las variantes genéricas, un hecho que no sale del ámbito propiamente lingüístico. Otra cosa es preguntarnos si nuestro lenguaje es sexista y si esa condición se relaciona con la sociedad de hablantes o usuarios.

En consideración de estos argumentos, conviene denominar “sexista” al lenguaje que otorga preferencia a un sexo sobre otro, en lugar de “lenguaje de género”. Todo idioma que distinga géneros gramaticales es de esta categoría. En cambio, “sexista” es aquel idioma que expresa el predominio de un sexo sobre el otro. El género es un fenómeno lingüístico. El sexismo es un fenómeno social declarado por el lenguaje, como lo es nuestro idioma.

Nuestro lenguaje, que es de género por estructura, ¿es también sexista? Nuestro sexismo social ¿se expresa a través de un sexismo lingüístico?

La diferencia de sexo en el lenguaje no sólo se manifiesta en su estructura, sino que también se presenta en los actos de habla simples como la conversación. En este caso, las diferencias se observan en la preferencia de trato, la mayor o menor intervención en el diálogo, el aporte original de contenidos y la dependencia respecto de la participación en el uso de la palabra. En estas situaciones comunicativas hay un claro predominio de lo masculino.

Con respecto al léxico, como lo menciona Isabel Alamar,1 esto se observa especialmente en el léxico de las profesiones, debido a diversas causas. A veces, los hablantes creen que el uso masculino es más correcto, quizás por ser el más utilizado. Otra posible causa consiste en considerar que la forma femenina (ministra, concejala) suena mal, y entonces tratan de evitarla. Otros piensan que la forma masculina tiene mayor fuerza o “profesionalidad” y demanda mayor dignidad.

Pero la causa de fondo reside en la presencia de la mujer en la sociedad. Si bien se debe reconocer que en los órdenes laborales y profesionales, su papel se ha ido acrecentando en los últimos tiempos, borrando las distancias sexistas, hay que admitir que todavía existe una marcada resistencia a generalizar las formas femeninas de los términos que indican profesión u oficio, resultado del hecho social que conserva relegada a la mujer en diversos ámbitos.

La diferencia sexista se destaca particularmente en el uso de ciertas palabras de nuestro vocabulario, en las que las formas femeninas son expresiones despectivas o despreciativas.

En el orden semántico, es significativo el contenido dominante del refranero. El refrán es una frase o dicho que presenta una enseñanza; es una máxima o sentencia que pertenece a la sabiduría popular; proviene de las experiencias de los pueblos, acumuladas a través de los siglos, y que el folklore ha ido adaptando al conocimiento propio de cada pueblo.

Los refranes forman una parte importante en la tradición oral; en muy pocas palabras ofrecen consejos relacionados con el modo de entender la vida. Por lo general, los refranes se transmiten de generación en generación; en la educación familiar, los padres, en su papel de orientadores de sus hijos, utilizan los refranes como recursos válidos que sintetizan toda la transmisión de la enseñanza y de los valores que quieren inculcar. Si bien no configuran un cuerpo doctrinal, los refranes destacan los valores y disvalores que constituyen parte de la cultura simbólica de un grupo humano. Nuestro refranero recopila una innumerable cantidad de expresiones en las que la mujer es censurada, desvalorizada o sospechosa.

En el nivel morfosintáctico, los recursos que el lenguaje emplea para destacar el sexismo son numerosos.

Los procedimientos propuestos para superar el sexismo en nuestro idioma tienen buenas intenciones, pero son inocuos.

Los prejuicios sexistas que el lenguaje transmite sobre las mujeres son el reflejo del papel social atribuido a ellas durante generaciones. A pesar de la evolución experimentada por las mujeres en la sociedad en el último siglo, los mensajes que nuestro lenguaje sigue transmitiendo sobre ellas refuerzan su papel tradicional y dan una imagen relacionada con el sexo y no con sus capacidades y aptitudes intrínsecas a todas las personas.

Los procedimientos propuestos para superar el sexismo en nuestro idioma tienen buenas intenciones, pero son inocuos, incapaces de lograr avances significativos en el problema del sexismo. Tal vez, el principal valor de las propuestas consiste en llamar la atención sobre la existencia del problema para forzar la reflexión sobre él y buscar soluciones apropiadas.

El filósofo Álvaro Zamora advierte que si el idioma español fuera —en sí y por sí— sexista, no habría términos universales axiológicamente positivos de género femenino, como la verdad, la divinidad, la bondad e incluso la masculinidad (una lista completa sería enorme). Los factores (históricos, estructurales, de uso, etc.) trascienden en complejidad al machismo argüido por las feministas. El propósito que señala Zamora es político: se acentúa el sexismo lingüístico como parte de una estrategia para obtener cuotas de poder. Pese a la intención de presentar el idioma como instrumento del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical remite a la economía y simplificación lingüística, no a la opresión sexual. Se trata de lograr la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible. No excluimos a las mujeres ni a las gatas cuando decimos:

  • El hombre prehistórico comía carne.
  • En tu pueblo hay gatos.

Por su parte, Ignacio Bosque, de la Real Academia Española, sostiene:

No deja de resultar inquietante que, desde dependencias oficiales de universidades, comunidades autónomas, sindicatos y ayuntamientos, se sugiera la conveniencia de extender —y es de suponer que de enseñar— un conjunto de variantes lingüísticas que anulan distinciones sintácticas y léxicas conocidas y que prescinden de los matices que encierran las palabras con la intención de que perviva la absoluta visibilidad de la distinción entre género y sexo. La enseñanza de la lengua a los jóvenes constituye una tarea de vital importancia. Consiste, en buena medida, en ayudarlos a descubrir sus sutilezas y comprender sus secretos. Se trata de lograr que aprendan a usar el idioma para expresarse con corrección y con rigor; de contribuir a que lo empleen para argumentar, desarrollar sus pensamientos, defender sus ideas, luchar por sus derechos y realizarse personal y profesionalmente. En plena igualdad, por supuesto.

Pretender solucionar el problema del sexismo en el lenguaje, que es exteriorización del sexismo en la sociedad, es desplazar un fenómeno que se produce en el seno de la comunidad y llevarlo al plano de un contenido lingüístico, creyendo que las modificaciones que se inserten en este nuevo espacio implicarán la superación del problema en la vida social. Los cambios preceptivos del uso idiomático que no surgen de las prácticas discursivas, no cambian a la sociedad. Es al revés.

Nuestro idioma es de género porque su estructura gramatical lo es. Nuestro lenguaje es sexista porque nuestra sociedad lo es. La batalla contra el sexismo social y lingüístico es una forma de lucha contra la discriminación. Su campo de batalla no es la gramática, sino la política.

 

Bibliografía

Juan Carlos Dido
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Notas

  1. Alamar, Isabel: “En femenino, por favor”. En: elcastellano.org (junio de 2004).
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