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Un mundo perfecto

lunes 4 de marzo de 2024
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Job
Las respuestas que Job reclama, Hesíodo, invadido de injusticias, deberá así también resistirlas si las quiere alcanzar. Y así, el ciclo entre sufrimiento y justicia deberá permanecer, entre estos poetas, como una herida inagotable. “Los malos sueños de Job” (1825), de William Blake

Que Hesíodo haya sido de los poetas más valorados desde el período arcaico al clásico es un hecho incuestionable. Que sea considerado como precursor de la filosofía toda, sigue siendo, a día de hoy, una cuestión a resolver. Ya Aristóteles, en el primer intento sistemático de una disciplina filosófica, Metafísica, no está seguro de si deberá contar a Hesíodo como protofilósofo o como teólogo. Si la filosofía pues comenzó cuando los humanos empezaron a buscar las causas, entonces Hesíodo, como nadie, tendría buenas causas para estar en la lista. De la mano de los principales filólogos del siglo XX, quizá no sea sino F. M. Cornford quien más enfatizará, con su From Religion to Philosophy, el lugar de este poeta como precursor del pensamiento filosófico. En vez de una ruptura, objetará el crítico, la filosofía encontrará más bien una sutil continuación en la mitología; objeción a la cual, en su apoyo, su colega Hermann Fränkel sentenciará: “En Teogonía hay ya suficiente material que equivale a especulación metafísica como para evitar que Tales o Anaximandro ocupen el lugar originario”.

Jean Pierre-Vernant sumaba que fue en realidad la polis quien se encargó de suturar la distancia entre el mito y la filosofía, ya que en la época hesiódica, precisamente, las cortes terrenales por primera vez en la historia parecían estar organizándose mejor que las del propio Olimpo. Quizá Hesíodo estaría, en su intento por esquematizar una cosmogonía, transfiriendo inconscientemente un esquema que empezaba a instaurarse poco a poco en su contexto. Quizá esas Musas con las que nos cuenta que se topó en el Helicón no intentaban cantarle otra cosa sino las utopías del primer sistema democrático de la historia. Como fuere que lo deseemos concebir, el hecho, pese a todo, fue decisivo: por primitiva que haya sido la filosofía hesiódica, aceleró, en gran medida, el proceso moralizador de la tradición homérica anclado en un mundo heroico y agonal para trasladarlo a uno más humano y cooperativo. “Si la literatura platónica traerá los primeros esquemas educativos para implantar de Grecia a la humanidad —alertará Cornford—, la hesiódica será la primera en poner lo humano en el centro de las preocupaciones griegas”.

El sufrimiento de Hesíodo lo es todo. Teogonía inicia con el poeta detallándonos sobre la sucesión de los diferentes soberanos celestes desde Caos hasta Zeus y su reino, para luego invitarnos a recorrer, en Trabajos y días, el reino terrenal, y alertarnos sobre el caos que habita en los mortales. Según la tradición, Perses, hermano de Hesíodo, había ya recibido su parte justa de una herencia familiar pero buscaba obtener más beneficios a través de medidas injustas: comprar la lealtad de los funcionarios aristócratas y quitarle las tierras a su propio hermano. Impresionado por esta aberración familiar, el objetivo de Hesíodo será entonces exponer un posible orden en el universo para luego aconsejar a Perses, a través de una serie de preceptos alegóricos, que lo abrace a toda costa. Desde la construcción de un mundo mitológicamente competente nuestro poeta pasará, de allí en más, a construir otro tan real como antagónicamente incompetente: el nuestro. Por ende, si en Teogonía debió inspirarse detenidamente en la conciencia de las Musas, en Trabajos y días Hesíodo deberá avanzar, aunque igualmente inspirado, en el desarrollo de una mejor concientización humana.

Hesíodo, además de ser el primer poeta en decirnos su propio nombre, es el primero del que tenemos noticia en escribir su propia “biografía” en literatura occidental.

Desde donde estamos, los poemas hesiódicos, junto a las epopeyas homéricas, emergerán en el amanecer de nuestra herencia literaria. Quién fue Homero, nadie jamás lo sabrá; las conjeturas apenas se han alterado. Hesíodo, sin embargo, además de ser el primer poeta en decirnos su propio nombre, es el primero del que tenemos noticia en escribir su propia “biografía” en literatura occidental. La personalidad de este poeta es prácticamente intrínseca a sus poemas, y, en este aspecto, no podemos esperar de su intimidad guerras ni viajes homéricos con los que entusiasmarse así como tampoco peligros fantásticos de los cuales escapar. De lo único que Hesíodo pretenderá escapar es de la traición de un hermano, y su peligro más grande no está más lejos de lo que puede estar para cualquiera de nosotros: la corrupción. Hesíodo nos ofrecerá así el primer poema occidental que transita desde el triunfo del bien y orden de las genealogías celestes a la miseria y caos que aqueja en las duras relaciones humanas. Como vemos, la antigua disputa entre poetas y filósofos se resume, en este punto, a una búsqueda que sigue al día de hoy en una deuda inagotable. Se inicia la carrera de la justicia: dike.

Las Musas van a formar a nuestro poeta en el arte de componer versos y, como representante del orden social, Hesíodo se nos figurará desde la primera página como un favorecido de dones divinos. Aun cuando sabemos que no pertenece necesariamente a la clase pobre, no es este un favor destinado a hacer de nuestro poeta un rey lo que acá se exige. La autoridad de la realeza debe, más bien, pertenecer ahora a la voz poética: a la que el pueblo exige. La figura de dike, entonces, estará allí para alertar a su hermano y su pueblo tanto así como a los aristócratas que lo gobiernan. De modo que, si bien Hesíodo puede estar confiado en alzar la voz en nombre de su gente, debe seguir, a la par del resto, igual de preocupado por dictar así también los preceptos equitativos que la mantendrá unida. Hesíodo el poeta puede cantar lo que nadie sabe; Hesíodo el pastor, con todo, debe sufrir lo que todos sufren. Este es el punto, entonces, en que en la búsqueda del bien común como esfuerzo colectivo preparará en Hesíodo el camino para la expansión del significado “poder del pueblo”: demokratía.

Porfirio de Tiro explorará ya al Timeo, en particular, como un buen ejemplo de cómo Platón se relaciona directamente a Hesíodo. En su prólogo vemos pues que Platón pone de relieve las cuestiones de la tradición familiar y las genealogías desde el pasado lejano al presente para plantearnos luego un relato, semejante a Hesíodo, no sólo sobre origen divino del universo sino también sobre origen del conocimiento moral. Ahora, si bien es cierto que se puede concebir la historia de la filosofía hasta Platón como un esfuerzo por reconquistar un territorio que, antes incluso que Tales y Anaximandro, Hesíodo había ya ahondado y reorganizado, cierto es también que muchas de las mitologías que circulaban en el arcaico mundo griego no necesariamente estaban gestadas en la propia Grecia. En lo que se ha dado a llamar Ciclo Kumarbi hemos aprendido de una antigua tradición hitita que, con un similar mito de sucesión, ha legado preceptos similarmente morales y, de hecho, ha arrojado mucha luz sobre la conformación de los esquemas hesiódicos.

La analogía es sutil, y, aun así, no es de extrañar. Ya incluso antes del período helénico conocemos que las tradiciones del Medio Oriente habrían tenido, dado el comercio con sus regiones, una vasta influencia en el mundo griego. Lo que sí es seguro de ignorar es si las influencias hebreas, durante la época en que corre la pluma hesiódica, circularon en su Grecia. En ese momento, siglo VIII a. C, las tradiciones del judaísmo estaban todavía estableciendo su identidad y no se sabe a ciencia cierta si es que el desarrollo de su literatura alcanzará una forma definitiva o si sus narrativas se habrán esparcido. Cuando hablamos de paralelos propiamente dichos, empero, no son nulas las similitudes que se aprecian al respecto. En Genealogía de los dioses paganos Boccaccio mencionará ya el mito hesiódico del Jardín de las Hespérides como un claro espejo del Jardín del Edén. Y, aunque desde fines completamente distintos, la historia de Eva y Pandora también se verá señalada, ya desde Tertuliano, como un reflejo entre ambas tradiciones. Ahora, cuando nos centramos concretamente en Hesíodo el poeta, un simple pastor que busca en el mundo celestial las causas injustas de una vida terrenal, quizá ninguna otra literatura de la época arcaica griega nos pueda ofrecer, respecto a la tradición hebrea, un paralelo más provechoso que el Libro de Job.

Infinidad de cosas hay que no sabemos sobre Job. La tradición lo ha considerado como una suerte de santo judío y aun así, siquiera sabemos si era judío.

Al lado de Hesíodo, la semejanza, es cierto, se vuelve sombría: infinidad de cosas hay que no sabemos sobre Job. La tradición lo ha considerado como una suerte de santo judío y aun así, siquiera sabemos si era judío. Además de que no se proporciona linaje alguno, se conoce que ni Job ni sus amigos cargan tampoco nombres judíos. Los eruditos creen que se transmitió durante siglos como un cuento oral y finalmente se registró en algún momento del siglo VI a. C., lo cual nos dice que en la época de Hesíodo posiblemente este relato podría estar gestándose. Aun así, las certezas acerca de quién lo escribió o sobre cómo llegó a escribirse, son equivalentemente nulas. Encontrar un hogar para el Libro de Job en la Biblia ha sido parejo problema. Este curioso rebelde ha escapado abordajes tan lejanos que se ha llegado incluso hasta a aceptar por fuera de ella. Por incómodo que encaje, con todo, nos llega éste como parte de la gran totalidad de las Escrituras y posiblemente no se podría pensar en otro personaje, aparte de Jesús o Adán, que sea citado con más frecuencia a lo largo de esta tradición. Ahora, ¿por qué debería ser éste el drama más fascinante de la Biblia? Pues bien, en este punto nos encontramos, al igual que con las obras hesiódicas, con una de las primeras que ha ofrecido objetos de debate, desde el legado judeocristiano, tanto para teólogos en particular como filósofos en general a lo largo de toda la historia occidental.

La acción se inicia con Job, hombre justo y recto, siendo objeto de apuestas. ¿Por qué no debería ser éste un siervo tan justo y recto si Dios le ha dado todo lo que podría desear? “Pero extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne —retruca Satán— y te maldecirá hasta el día de su muerte”. Y así, Dios decidirá aceptar la apuesta de este travieso ángel caído y le permitirá arruinar la vida de Job. Como bromista cósmico, Satán resolverá a continuación lanzar todo un arsenal contra Job y le quitará no sólo su salud y riqueza sino que hasta matará a sus seres queridos. Las respuestas de Job a esto representarán, a continuación, una de las refutaciones más radicales de la teología y que, al día de hoy, se siguen debatiendo. Contrario a la actitud piadosa que uno podría esperar de un siervo fiel, Job comenzará a increpar a Dios por la ira desproporcionada contra él y, sumido en un temperamento de aborrecimiento total, lo acusará no sólo de la injusticia que él sufre sino también sobre la que ha traído al mundo. El punto de quiebre es notable: cuando todos creemos estar frente a un condenado Job parece, por momentos, afirmarnos que su desgracia no es castigo sino más bien inevitabilidad; una suerte de equilibrio necesario. “¿Recibiremos el bien de Dios y no recibiremos el mal?”.

En medio de un clima de incertidumbre, Job, por consiguiente, va a acudir a sus amigos, con quienes mantendrá una charla sobre la imposibilidad de respuestas o de, al menos, un alivio que pueda ser respondido. El desafío que Job nos muestra en este momento logrará resumir muchas de las grandes preguntas que la tradición griega todavía no estará dispuesta a entregarnos y que, sin descanso, se han vuelto insolubles: ¿de qué valen pues todas nuestras ideologías morales más profundas cuando la posibilidad de alivio jamás podrá ser respondida?

Al fin Dios, que se dignará de manifestarse de una vez, contestará, sin autodefensa ni perdón que valga, con una desafiante pregunta retórica: “¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?”. Y en este momento el libro parece estar invitándonos, ahora a nosotros, a alejarnos también del clamor y mirar, en su lugar, simplemente al mundo frágil y sublime en su totalidad. El relato finalizará con Dios recompensando a su siervo y nuestro poeta, a su vez, recompensándonos a nosotros con una lección tanto de resistencia como de plena ignorancia. Ahora, terminada la lectura, inevitable es no quedarse, dado el caso, registrando una extraña sensación. Pues si lo que empieza con una actitud de aborrecimiento total se convierte no ya en la sabiduría de un Juez Redistributivo sino más bien en una lección de ignorancia ante toda sabiduría, ¿dónde podemos entonces decir que estuvo Dios en el corazón de este poeta?

Si bien sirvió como herramienta para construir nuevas réplicas en favor de la autoridad teológica, el Libro de Job sirvió también para irrumpirlas.

Con el surgimiento de la modernización, la trama de las Escrituras (ignórese la redundancia) irá desarticulando su autoridad por completo. Por paradójico que resulte, el Libro de Job desempeñará, desde los comienzos de la exégesis bíblica, un lugar decisivo en esta desarticulación. Preciso será remarcar la observación de Emmanuel Lévinas cuando memora que, así como Job legitimó a los defensores de la religión, así también lo hizo precisamente con sus detractores, ya que si bien sirvió como herramienta para construir nuevas réplicas en favor de la autoridad teológica, el Libro de Job sirvió también para irrumpirlas. Aunque el pecho del hebreo haya estado completamente roto, su paradoja persistió sólida. No fue esa obra simplemente un drama de carácter meramente reflexivo, sino también un ejemplar que ofreció, por primera vez en su tradición, una reflexión sobre la naturaleza filosófica de Dios. Un argumento y un contraargumento sobre su teodicea: el “problema del mal”.

Siendo de los mayores medievalistas aplicados a la Torá, Maimónides había ya declarado la historia de Job como una simple parábola mal formulada. A lo que Juan Calvino, intentando restaurarla, meditó que “las leyes vedadas tal y como las transita Job son las únicas que deberíamos aceptar”. No contento con esta respuesta, David Hume, a continuación, alegará que de ser así no deberíamos haber recibido la Ley de los Mandamientos en primer lugar. Y sin embargo Kant, que se dedicó a socavar la Biblia como fuente de autoridad, había encontrado en este libro algo útil para meditar: la historia de un hombre definido por una autonomía moral que se enfrenta al Dios indefinido de su propia tradición. Llegada la modernidad, los que intentaron llegar a Job dejaron de descifrar el plan de Dios y, en cambio, se centraron en su aspecto humano. Así, Carl Jung pensó que el drama divino en Job habría caído tan bajo que los autores de las próximas generaciones se habrían visto obligados a sacrificar a Dios en la forma de Cristo para disculparse de ese error. Siendo ortodoxo, incluso Chesterton ironizó que Dios en esta historia debió haber sido tentado al ateísmo. Y como si las palabras fueran insuficientes para comprender su dolor, Elie Wiesel, superviviente del propio Auschwitz, expresó simplemente que vio un Job en cada calle de la Europa posterior a la Segunda Guerra.

Insistía Lévinas en que la justicia comienza con la responsabilidad de responder al rostro del otro en su singularidad, remarcando que desde Job, originariamente, “la justificación del dolor se nos presenta, antes incluso que Platón, como fuente de toda filosofía”. Este argumento, claro está, no es muy difícil de aceptar. Si muchas de las preguntas más interesantes del libro han surgido de su intento por responderlas es porque recurrir a Job fue recurrir a una reflexión tanto teológica como aterradoramente íntima. Job desanima a cualquier lector, cierto, pero innegable es reconocer que, sea para corregirlo o convencerse al ateísmo, tampoco será difícil querer ponerse de su lado. Su dolor puede ser el maestro más cruel, pero no podemos ignorar que es también quien más nos define.

Ahora, se menciona a Job y Hesíodo en su conjunto, y debemos admitir que se está escuchando a un doble acontecimiento que profundizó, por primera vez en la identidad occidental, sobre las reflexiones más provocativas de nuestro entendimiento. En la época arcaica en la que se inscriben, posiblemente ningún poeta exigirá más justicia que el lúcido Hesíodo. E incluso antes de que los tragediógrafos griegos lleguen a escena, posible es que ningún otro poeta logre contemplar la naturaleza del sufrimiento más que el turbio Job. Pareciera ser que en este punto del tiempo, dos de los autores canónicos que más hilo habrían empezado a deshilvanar sobre los valores de nuestra civilización, habrían estado de acuerdo en tejer, a su vez, algunos de los trasfondos que más debate habrían suscitado en el mundo griego y romano posterior a nuestros días.

Si bien vale convenir que Job puede estar más desesperado que Hesíodo en acertar una respuesta, conviene también aceptar que si el griego exige justicia no es porque tampoco la esté pasando muy bien.

Estamos aquí, es cierto, entre dos desafíos que exigen, justicia por un lado y salir del sufrimiento por el otro. Pero si bien vale convenir que Job puede estar más desesperado que Hesíodo en acertar una respuesta, conviene también aceptar que si el griego exige justicia no es porque tampoco la esté pasando muy bien. Todo lo que no tienen en común, ya de antemano lo tenemos perfectamente en claro. Así como difícil se nos hará aceptar a Job atrapado en conflictos entre familias celestes, así tampoco vamos a estar seguros de aceptar en Hesíodo un dilema teológico que ponga a prueba la confianza del lector entre el cielo y el infierno. Lo que podemos escuchar, sin embargo, es lo que Alicia Stallings, mientras traducía Trabajos y días, insinuaba con sutil percepción: “Hesíodo a veces me suena como un poeta indignado del Antiguo Testamento”. Hesíodo no mencionará el sufrimiento, lo dejará simplemente implícito. E implícito también, Job nos dejará en claro, aun cuando todo ello lo supere, que es sólo a través del sufrimiento que podrá uno responder a lo injusto. Ambos son el puntapié inicial de una cuenta rota, de un símbolo irreparable. Y aquí es cuando Hesíodo, lejos incluso de Píndaro, deberá caminar más cerca de su ignorado Job que de su adversario Homero.

Zósima, de Dostoievski, se preguntaba: ¿cómo Job, recordando a sus hijos perdidos, podría estar completamente satisfecho como antes con sus nuevos hijos, por muy queridos que fueran? Y es posible que Hesíodo tampoco pueda ofrecerle a Zósima una respuesta. Él simplemente fue un hombre de campo decidido a exigir justicia. Pero aunque Dostoievski nos calle la lección todos sabemos que él, al igual que el hebreo, también la predicaba: Job fue otro simple campesino pero condenado a comprenderla. No importa si uno se jacta de acatar los preceptos morales que las Musas le dictan y, el otro, los que el propio Dios decide callar. Las respuestas que Job reclama, Hesíodo, invadido de injusticias, deberá así también resistirlas si las quiere alcanzar. Y así, el ciclo entre sufrimiento y justicia deberá permanecer, entre estos poetas, como una herida inagotable.

Se dignará Lloyd Jones de recordarnos, en su The Justice of Zeus, que lo que Zeus requiere no sólo es que los hombres sean justos en sus tratos entre sí, sino que recuerden habitualmente su posición subordinada. Y aunque cierto puede resultar esto incluso para la fiel subordinación de Job frente a Dios, la “indignación” de Alicia Stallings logra amplitud en alcance: el “malestar” que aqueja a ambos poetas no emanará necesariamente de las fuerzas divinas sino pese a ellas, por la aguda y constante indignación por no poder repararlo. Trabajos y días nos cuenta cómo la vida llegó a ser tan dura como es por lo que los dioses no pudieron dejar de hacer. Y ciertamente no encontraremos justicia en las historias de Prometeo, Pandora, o en la “fábula del halcón y el ruiseñor”. Sin embargo, la búsqueda de dike, al igual que en Job, jamás cesará.

Job sabe que no sabe, y por ende debe resignarse a lo que sólo Dios sabrá. Hesíodo, que sabe lo que sabe por inspiración divina, debe aceptar que tampoco podrá hacer mucho al respecto: aunque tenga perfectamente en claro cómo vislumbrar el orden de las familias celestes, también nos aclara que él no puede ordenar los asuntos siquiera con su propio hermano. Mientras que el sufrimiento del hebreo nos resuena como un desequilibrio tanto íntimo como universal, cierto es que el griego se resuelve, al menos, a entonar cierto equilibrio social. Lo que ha llevado también a sus sucesores a oír algo de protodemocracia al final del día. Pero aun siendo el más optimista de los dos todavía vemos a Hesíodo, desde el inicio hasta el final de sus versos, tan frustrado como el pesimista Job: “A los hombres mortales sólo les quedarán amargos sufrimientos —suspiramos con Trabajos y días— y ya no existirá remedio para el mal”. Buscar respuestas en cualquiera de los casos resulta, en este punto, igual de inútil. Aun cuando ambos finales intenten la felicidad, sus poemas jamás podrán extirpar la infeliz indignación con la que ya han infectado a sus lectores y a sus siglos. La conclusión, una vez más cíclicamente, seguirá lastimándonos con una resonancia irreparable: ¿cómo apagar la sed de justicia cuando, a fin del día, el sufrimiento será siempre posible?

Job no compite porque comparte, y su tropo en común es la falla humana total. Su heroísmo, lejos de la fuerza espiritual aquilea o socrática, es en el hebreo tarea de un mundo que ha perdido ya toda su fortaleza.

Insistía Harold Bloom una y otra vez en que el único competidor cultural del Yahvista (escriba del Génesis, Éxodo y Números) es una suerte de combinación perfecta entre Homero y Platón. Pero siquiera con su propio precursor Yahvista podríamos aceptar que necesite Job crear competencia. Job no compite porque comparte, y su tropo en común es la falla humana total. Su heroísmo, lejos de la fuerza espiritual aquilea o socrática, es en el hebreo tarea de un mundo que ha perdido ya toda su fortaleza. Y allí es donde el poeta del Helicón tendrá más para decir de Job que mucho del Antiguo Testamento. Incluso cuando sabemos que, a la par de Hesíodo, es también un aristócrata, se hace forzado todavía ver a Job, al igual que sus antepasados, como representante de una aristocracia heroica. Estamos acá, pues, ante un héroe del cual tampoco podemos esperar demasiado. El poeta Job no nos presenta aventuras fantásticas y tampoco necesitará, como sus gloriosos patriarcas, ir a fundar un pueblo o sobrevivir hazañas legendarias. Job es un campesino que, además de comprender su frustrante lugar en el cosmos, está intentando legarlo desde la más humilde de sus heridas. Abraham, Moisés y David se habían encargado ya de narrar sus hazañas como representantes de la futura gloria de Israel. Job, que asimismo intentará narrar la experiencia sufriente de un individuo como pueblo, decide hacerlo no ya desde el mejor de los heroísmos o el más alto de los corajes. Job se nos glorificará, en todo caso, desde la última de las fragilidades. Y en este aspecto, por supuesto, tampoco hay heroísmo ni agon que valga.

La tinta que tanto el hebreo como el griego han derramado ha dejado tras de sí tantas condenas como alivios por igual. Pues sus luchas por encontrar un lugar en el futuro de sus tradiciones han terminado por convencer a toda una civilización tanto a reflexionar como a luchar junto a ellos. Continuamos al día de hoy sin saber qué tan cerca puede estar sinceramente el poeta de Job del propio Dios, es cierto, pero también sabiendo al menos que está, al igual que Hesíodo, cerca de nosotros: sus pares demasiado humanos. Aun cuando en estos tiempos nos hemos quedado ya sin dioses, sospechamos que las fuerzas que mueven nuestro destino siguen escapando a la última de nuestras voluntades. Lo que hace que en este punto nos quede, a la par de nuestros poetas, seguir tan indignados como con los puños en alto. Aconsejaba Mark Larrimore asumir a todos los intérpretes de Job llegando simplemente como lo hacen sus amigos: “con una mano en su hombro”. Si lo que comienza con un dolor individual puede pues fácilmente convertirse en una herida social, su historia, al igual que la de Hesíodo, es una de la cual nadie escapará por muchas generaciones más.

Entre la Beocia natal de Hesíodo y Siria, lugar donde ciertos eruditos sospechan que pudo Job haber vivido, hay unos cientos de kilómetros de distancia, y, como dijimos, imposible se hace determinar con precisión si entre una y otra región hubo noticias sobre sus respectivas literaturas. Claro que Siria y Beocia compartían rutas comerciales, por lo que los intercambios culturales entre ambas regiones no son imposibles de imaginar. No diremos que uno u otro poeta pudieron haber oído una versión distorsionada de algún campesino frustrado en otro rincón de sus tierras. No diremos siquiera que ansiaron la posibilidad de una traducción o, más milagroso aún, que hayan habitado una misma época. Nos arriesgaremos simplemente a imaginar un encuentro. Presumiblemente como un diálogo intercultural para enriquecer sus enfoques. Presumible también ante el auxilio de sus respectivos intérpretes. Arriesgaremos a que ese legado metanarrativo pudo incluso encontrar un intercambio. A lo mejor Hesíodo aprendiendo de los engaños decididos de Satán, más que de las decisiones engañosas del propio Zeus. A lo mejor las Musas añadiendo otra métrica al Dios de Job y albergando éste otra música a sus oídos.

Una mera reciprocidad entre dos de los poetas que más han logrado cautivar al mundo desde la voz de la indignación, quizá no sea tarea suficiente para imaginar otra civilización. Con todo, si la tradición tanto griega como hebrea nos debiera un punto de inflexión en el legado de nuestros dilemas, no podría haber sido éste un punto histórico más conveniente. En la unión de estas dos cosmovisiones debemos reconocer que habita la misma y unánime herida que durante los próximos siglos seguiremos, todavía, intentando suturar: sufrimiento y justicia existenciales. El encuentro no se presentó. El anhelo de ese encuentro, con todo, seguirá siempre allí. En algún incógnito paisaje del Medio Oriente, entre el distinguido Hesíodo y el sombrío Job. Cicatrizando, en humana y dolorosa complicidad, el del otro y el mismo mundo. Intentando, acaso, ese perfecto poema que no nos ha llegado nunca.

Duval Hudson
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