
a la doctora Juana Arancibia
Las mujeres hablamos. Las mujeres queremos que nos escuchen.
Desde ese deseo, desde esa necesidad, abrimos puertas. No es que hablamos mucho (como, a veces, hacen creer), hablamos de distintos modos, para que nuestra voz llegue, multiplicada. Y diferente.
Pensar en la explosión de la literatura latinoamericana. Pensar en la mirada atenta en la literatura latinoamericana me obliga a pensar en el Boom. Boom: estallido, ruido, visibilización, creación, existencia, lectores, lecturas, críticas. Es y está. Es y dice la literatura latinoamericana.
El Boom explota y explora un nuevo territorio escritural, narrativo (en tanto que funda relatos), ficticio y crítico.
El Boom pone en el mapa a Latinoamérica, ubica a los autores y enciende el micrófono y se expanden, se proyectan las voces antes poco oídas.
Pero el Boom, además, se funda “macho”, paternal y masculino: Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, García Márquez, son los padres de una literatura latinoamericana que puja. Una literatura que nace de padres talentosos, poderosos, maravillosos, fantásticos. Una literatura que nace desde el paraíso y se expande; se expande “allende los mares” y se refunda y, así, desde allí, funda el paraíso, los paraísos. Paraísos “divinos” y, a la vez, muy humanos y muy masculinos.
Si Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez son los padres; si Carpentier, Borges Roa Bastos, Puig, Donoso (sólo por mencionar nombres entrañables) son los “tíos”, ¿quién es la madre, o las madres, de la literatura latinoamericana?, ¿quién es la mujer fundadora de la literatura latinoamericana en el siglo XX? Quisiera pensar en una genealogía completa, plural, porque la literatura latinoamericana se agiganta y, consecuente con el Boom, explota.
Pienso en la matriz. Pienso en la matriz inscripta en el territorio de esos varones (y de esos “barones”) de la literatura latinoamericana, pero no quiero pensar solamente en las escritoras de la América Latina que escriben desde la mirada inscripta en el legado maternal ni en las prosas atadas a los cuidados de las domesticidades. Tampoco quiero atarme a las palabras críticas, sufrientes necesarias ante los mandatos sordos de las sociedades machistas ni a las poesías que enuncian un yo que, a veces, parece ajeno. No. Quiero hablar de las narradoras, de las que no quieren contar historias a los niños para que sientan los premios y los castigos por sus conductas, ni de esas mujeres que desde su escritura reviven las infancias bien plurales.
No. Hablo de voces potentes que desde su feminidad, desde sus mundos, cuentan historias que las instalan como protagonistas. Hablo de las narradoras que fundan territorios oculados por “los padres” (y “los tíos”, y “los primos”...).
Nacida de mujer o el paraíso de Eva
Pienso en Isabel Allende,1 escritora y mujer: “visibilizadora”. Isabel Allende, creadora de una nueva especie, que ya no es “adánica” porque Allende le da la voz a Eva y, así, ella funda. Funda territorios, funda obras, abre espacios, crea nuevas realidades.
De los muchos, dos libros de Isabel Allende me ayudan a sostener esta idea: la novela Eva Luna (1987) y Cuentos de Eva Luna (1989).
Los relatos en esos libros, la omnipresencia de ese personaje —humano y divino; real y legendario; cuidado y abandonado; maternal y tan peligrosamente femenino— instalan una protagonista: Eva Luna, y así hay símbolos que se entrecruzan: la mujer y la luna; el día y la noche; la sacralidad de la maternidad y las lujurias. Entonces puedo pensar y sostener que la literatura latinoamericana es, también, nacida de mujer y que, por suerte, el paraíso es territorio de Eva.
Mujeres del alma mía es el libro que Isabel Allende publica en 2020. Las voces —las historias— se resquebrajan y se multiplican. La pluralidad se plasma concretamente, y en primer lugar, en los paratextos.
Así, hay una invitación inscripta en el paratexto del título porque en Mujeres del alma mía Allende propone la “sororidad”. Allende, como mujer, habla a las mujeres; habla para las mujeres, y se hermana con ellas, con nosotras; por eso ofrece un lugar propio e íntimo, sagrado: su alma.
Hay un pretexto (un texto que precede) que anticipa este libro de 2020; es Inés del alma mía, de 2008. Este pretexto parece instalar la noción lectoral de la completud porque ahora el foco se proyecta amplio: ya no es Inés, ahora son las mujeres; la protagonista no es solamente Inés sino que todas las mujeres son consideradas como centrales.
Pero el libro tiene otros pretextos: una tapa roja, viva y apasionada. Un subtítulo que es una explicación temática pero también la expresión de un deseo y la invitación a mundos posibles y benefactores: “Sobre el amor impaciente, la vida larga y las brujas buenas”.
Y hay, además, un tercer pretexto, paratexto que presenta a los personajes protagonistas y a las voces narradoras: Panchita, Laura, Lori, Mana, Nicole y otras mujeres extraordinarias de mi vida.
Inaugurando la dedicatoria está Panchita; inaugurando la novela, está Panchita como primer personaje. Y es lógico: Panchita es la madre.
El texto se narra en primera persona, se sumerge en el pasado de esa voz en primera y desde allí se construye el sujeto textual, diegético: es una voz “femenina” que, desde el presente, reconstruye su pasado y con él, como en espejo, la figura de su madre. Pero la voz de Allende propone más, no sólo la mirada personalísima de su pasado sino la postura social, sexual, de una sociedad latinoamericana de mitad del siglo XX. Emparenta su historia que, por supuesto, resulta atada a la historia de su madre, y plantea las desigualdades de género vinculadas con la libertad y el dinero y la política.
Aclara el texto que en Chile el pilar de la familia y de la comunidad es la mujer y que las madres son árboles de firmes raíces. Desde la enunciación de esas posturas, la voz en primera de este texto de Isabel Allende propone un resquebrajamiento y afirma que Chile es un matriarcado pero el patriarcado es pétreo.
El feminismo, en cambio, es como el océano, es fluido, poderoso y profundo. El feminismo, sigue sosteniendo Allende, tiene la complejidad infinita de la vida. Como el océano, el feminismo no se calla.
Una mujer que escribe lo que las mujeres dicen
Para pensar la escritura feminista de Isabel Allende reparo en tres libros que determinan el modo de su escritura femenina: Eva Luna, Cuentos de Eva Luna y Mujeres del alma mía. Estos tres textos instalan con fuerza un tipo: la mujer. La mujer es dicha, es representada, es figurada en los textos de Allende. La mujer es un signo, es un símbolo que puede ser leído desde esos tipos textuales. La mujer —las mujeres— presentada(s) por Isabel Allende está en Eva, está en “la luna” y está en todas las mujeres.
La escritura de Isabel Allende puede definirse como una escritura femenina estructurada, fundamentalmente, en esos tres de sus textos (Eva Luna, Cuentos de Eva Luna y Mujeres del alma mía). Desde éstos se crean los símbolos femeninos donde la voz es la de la instancia inaugural que oscila entre lo sagrado y lo profano.
Finalmente, Isabel Allende reproduce un mapa desde donde lo femenino es el eje que trama las representaciones que devienen en figuraciones: metáforas de los mundos y de los cuerpos.
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Notas
- Nacida de mujer es el título del libro de Adrienne Rich donde se exponen teorías feministas cercanas al matriarcado. Para mi lectura, la presencia fundadora de la madre es relacionable con la plasmación de lo femenino en estos relatos primeros de Allende.


