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lunes 16 de diciembre de 2024
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TikTok
La plataforma TikTok logra el efecto de hundir al usuario en un automatismo vital entre video y video, hasta disociarse de sí mismo. 📷 BoliviaInteligente • Unsplash
Echemos un vistazo al espejo. Mírate la cara con atención (...).
Esto es lo que crees que conoces mejor.
Chuck Palahniuk, Diario: una novela.

Descubrí TikTok intentando distanciarme del aullido silencioso de la muerte que recorría las calles en 2020. Fue una tarde de marzo, luego del informe diario del ministro de salud. Lo recuerdo bien, pues por primera vez en mucho tiempo me reencontraba con lo humano a través de la figura de ese hombrecillo pelón. Sentí un profundo miedo en la antesala de un discurso que prosiguió de un largo silencio perfectamente televisado. Apareció en pantalla con el pecho inflado, trataba de comenzar con la lectura que marcaba el cierre de la tarde. No pudo hacerlo. Parecía sentirse culpable. Tal como delataba su ritualidad previa, en la que se acomodaba la corbata una y otra vez, revisaba la hoja que tenía en frente, movía involuntariamente la garganta con tragos de saliva y estrujaba de más el papel con sus dedos. En efecto, algo lo removió por dentro y quizá por un instante se visualizó padeciendo el peor de los castigos, aunque no hubiese cometido ningún crimen. En realidad, su intención era ayudar. Sin embargo, no consiguió huir de sus responsabilidades y culpas por el encierro [in]voluntario. No había más que hacer y este pensamiento pudo alentarlo a seguir. Nunca lo sabremos del todo.

En cuestión de segundos el silencio se interrumpió por las palabras saliendo en automático durante el discurso. Comenzó con “el número de bajas” y terminó con el típico mensaje bélico de cada jornada: “Quédate en casa para ganar esta guerra”. Me mantuve mirando los abiertos ojos del ministro unos segundos más; esperaba que no parpadearan nunca. Lo hicieron varias veces y de golpe, no se puede escapar del temor. Los números que leía eran cada vez mayores y las situaciones personales estaban desgastadas. Aquel hombre se había perdido en alguna de las veredas de sus frases o de la vida. Todos íbamos por el mismo camino. Estando saturado por el ruido que enferma, preferí apagar la televisión y mirar a través de la ventana buscando lo inalcanzable. El silencio omnipresente en las calles profundizaba la distancia que había entre mi mirada y el mundo, entre el sofá de alguien y la vida, entre los pórticos de todos y la muerte. Este tipo de pensamientos me perseguían a menudo y, sin un lugar aparente al que escapar, me escondía en mi celular. Intentaba dejarme llevar, pero nada era suficiente. Entonces me encontré con aquella aplicación.

El analgésico perfecto se hallaba al alcance de mi mano y me aliviaba de la pesadez del tiempo transcurrido. Un sinfín de videos cortos, que en aquel momento todos negaban conocer por vergüenza, amortiguaban las horas dispersándolas en un empujón frenético, logrando que el tiempo se relativizase y las mañanas se convirtieran en noches en tan sólo unos segundos. Básicamente estábamos ante un intento efectivo para sentir un escape subjetivo de la realidad. Claro que, como se esperaba, la vida tuvo que reanudar su curso. Lo que eventualmente debía dar con el fin de la cuarentena y generar el distanciamiento con tal aplicación. Sin embargo, esto no ocurrió y aquí está el motivo para habernos quedado tanto tiempo en aquella anecdótica fecha.

Este raudo y relajante recuerdo, del que podríamos seguir hablando en relación con la experiencia de la pandemia, no amerita más atención. Lo que prosigue es más bien la figura omnipresente y lo que ocurre muy en el fondo suyo. ¿Por qué ha tenido TikTok tanto éxito? Asumimos esta última pregunta presuponiendo el éxito como un masivo incremento de usuarios en la plataforma. Los números reflejan que, en 2020, la aplicación tenía 700 millones de usuarios. Más que los 381 millones el año anterior, pero mucho menos que los 1.601 millones de 2022.1 La respuesta ante tal crecimiento puede darse desde ciertas características, las cuales detallaremos más adelante, que hacen de la aplicación algo adictivo para el usuario. Sin embargo, no dan una respuesta cabal del fenómeno que acontece muy dentro suyo.

A estas alturas uno se pregunta por qué aterrizar tanto en TikTok. Haberse tomado el tiempo para circundar el origen de la popularidad de esta aplicación y referir en su éxito un problema entrañablemente más profundo es la razón principal de ese ensayo. Se cree que este fenómeno puede brindar luces de una creciente problemática del yo en el mundo contemporáneo. Un sujeto disociado de su realidad, carcomido por la misma. Estos, por supuesto, son términos fuertes que serán abordados más adelante.

La importancia del asunto podría también llevar a cuestionar la pertinencia de buscar en lo mundano respuestas últimas. ¿Por qué acercarse tanto a uno más de los muchos productos de ocio del mundo contemporáneo? Bien podríamos apelar meramente a la claridad conceptual y presentar esquemáticamente, a modo de silogismo, lo que pensamos decir. Sin embargo, tal como señalaba David Foster Wallace en su discurso Esto es agua: “Las realidades más obvias e importantes son con frecuencia las más difíciles de ver y sobre las que es más difícil hablar. Enunciado como una frase, por supuesto, éste es sólo un lugar común como cualquier otro, pero el hecho es que en las trincheras del día a día de la existencia adulta, los lugares comunes pueden tener una importancia de vida o muerte (...)”.2 Siguiendo esto, partir de lo más próximo nos puede dar certezas de lo más profundo. Así que, con las dificultades que señala Wallace, definamos aquello de lo que estamos hablando.

 

Auto scroll y ¡sonríe!

El término auto scroll se traduce como desplazamiento automático y se refiere a la función de TikTok que permite al usuario pasar videos sin necesidad de interactuar con la pantalla para “deslizar” entre uno y otro. Más allá de la utilidad de tal tarea dentro de la red social, la expresión puede definir a cabalidad la esencia misma de la aplicación, dado que ésta se le presenta de manera amigable a quien la utilice al enseñarle una seguidilla de videos atractivos y adaptados a su consumo personal, generando la compresión y supresión del tiempo subjetivo y logrando que el acto de deslizar se constituya en un bucle que se hace parte del entorno de cada uno durante largas horas. Con lo que tal actividad se vuelve automática y adictiva, capaz de extraer a la persona de la realidad. De modo que ésta también se hunde en un automatismo vital entre video y video, hasta disociarse de sí misma. ¿Por qué creemos que TikTok logra este efecto?

La respuesta a esta pregunta puede ser direccionada a los atributos de la misma aplicación. Es decir, a su funcionar eficiente para atraer a sus espectadores. Dando a entender que esta es una maquinaria vil que sólo busca atrapar a los usuarios para que la sigan consumiendo y con ello obtener beneficios económicos. Cierto es que las propias características de la red social le favorecen mucho para acrecentar su número millonario de usuarios. TikTok presenta una interfaz sencilla en la que uno se desplaza de un video a otro con un simple movimiento de dedos. Hay que considerar que tales productos creativos son de corta duración, de modo que no exigen del usuario gran uso de su atención. Además, se acomodan a los gustos de cada uno a través de su sistema de “me gustas”, del tiempo que se emplea en ver determinado contenido y de las búsquedas directas que se realizan. Esto puede lograr cierto nivel de satisfacción y comodidad para el observador de estos videos. Sin embargo, estaríamos equivocados al atribuirle su éxito a su mera composición. Ésta es sólo un factor más que ni siquiera llega a ser determinante.

David Foster Wallace se refirió de la siguiente manera, en su ensayo E Unibus Pluram, a la connotación maléfica que se le otorgó a la televisión en su momento:

En la superficie del problema, la televisión es responsable de nuestra tasa de consumo televisivo solamente en el sentido de que ha logrado un éxito terrible en su trabajo oficial de asegurarse cantidades prodigiosas de espectadores. Su responsabilidad social se parece un poco a la de los diseñadores de armamento: no son culpables hasta el momento en que empiezan a hacer su trabajo un poco demasiado bien.3

Lo dicho por este autor aplica a TikTok bajo lo ya mencionado anteriormente. La aplicación se presenta de manera amigable al usuario haciendo que éste pueda engancharse a cierto contenido con facilidad.

Sin embargo, la gran objeción llega a partir de algo también mencionado por Wallace en el mismo texto:

Somos responsables básicamente porque nadie nos está encañonando con un arma ni nos está obligando a dedicar más tiempo que a ninguna otra actividad salvo únicamente el sueño a hacer algo que, si uno se lo plantea, no es bueno para nosotros. Lamento ser un aguafiestas, pero ahí va: seis horas al día no es bueno. El gran atractivo de la televisión a la hora de la verdad es que capta nuestra atención sin pedir nada.

Volviendo a lo que nos corresponde, nadie nos obliga a permanecer durante horas deslizando videos. De modo que no se trata de un aparato o una maquinaria vil y malvada. El problema radica en algo más profundo. Lo que puede ayudarnos a llegar a este nivel tiene más que ver con la actividad creadora que posibilita la aplicación, el otro lado de la pantalla.

Una de las piezas fundamentales para el crecimiento que ha tenido TikTok es su incalculable número de creadores de contenido. Con esto último nos referimos a las personas que graban videos y los suben a la plataforma para que otros puedan verlos. En este sentido, más que enseñar alguna estadística, bastaría con salir de casa hacia el centro de la ciudad en la que uno se encuentre y esperar. Rápidamente, notaremos grupos de personas frente a su celular interactuando entre sí, o solas, para grabar un video. Esto hace algunos años podía sorprendernos. Hoy resulta bastante común. Claro que surgen muchas preguntas en este punto y, como en todo, se pueden englobar en un porqué, debido a que, entendiendo las circunstancias, la actividad creadora implica altas inversiones de tiempo y grandes niveles de exposición a lo público. Lo que, más que beneficioso, puede sonar agotador.

Quizá para intentar esbozar una respuesta debamos acudir a Wallace una última vez. Este autor, en el ensayo mencionado anteriormente, se refiere a los partícipes en la creación televisiva de la siguiente manera: “Observamos a esa gente rara, perfectamente adiestrada para simular que nadie los mira durante seis horas diarias. Y amamos a esa gente. En tanto que les atribuimos cualidades sobrenaturales y deseamos emularlos, se podría decir que los veneramos”. La conclusión posterior del autor estadounidense lleva al desgaste de las relaciones personales en las que uno cree intimar con los personajes profundizando la distancia con los otros. Respecto a lo que nos corresponde, tomemos la veneración como punto de partida.

TikTok posibilita, con una serie de herramientas sencillas, que cualquiera se muestre y alcance escasos momentos de fama a través de miles de interacciones, colocándose en el centro por algunos momentos. Sin embargo, esta puede convertirse en una de las mayores obsesiones, dado que estar bajo el ojo de todos se vuelve un anhelo del que no se escapa jamás. ¿Por qué arriesgarse a la exposición en un terreno tan inestable como este? La respuesta, a modo hipotético, es consecuencia de una profunda crisis.

Si lo pensamos bien, mantenerse como centro de atención implica presentarse al público de una única manera, generando un personaje. Tal condición convierte a la persona, más allá de sus efectos adversos, en espejismo, pues es lo único que hay ante el reconocimiento de los otros. Con esto, llegados a este punto, creemos que en realidad tal situación de salir del anonimato produce un cierto espacio seguro para quien llega ahí, pues en este encuentro con los demás se establece un yo. Algo que, como veremos más adelante, se ha perdido. Por ello, mostrarse a través de videos y alcanzar cierta visibilidad se convierte en una falsa necesidad ontológica que tiene como consecuencia el mundo de las apariencias, uno que trasciende lo ético y se posiciona en el núcleo del ser. Es cierto que esta hipótesis es presentada bruscamente y aún requiere de muchas aclaraciones, pero es importante mencionarla. Lo dicho, que se profundizará a continuación, sólo refiere a la publicación de videos, y a TikTok en general como una más de las muestras de la crisis del sujeto perdido. Uno que busca encontrarse y, al no conseguirlo, se refugia en aparentar ser alguien.

 

Lo absurdo de aparentar “ser alguien”

La sección anterior ha abierto la posibilidad de abordar la crisis de manera hipotética. Sin embargo, sin la aclaración pertinente no llega a más que meras divagaciones, unas que a veces son necesarias, pero nunca suficientes. Entonces, tal como hicimos con TikTok, debemos adentrarnos en el yo y, más a detalle, en cómo éste ha caído en la mera apariencia ontológica como única posibilidad de encontrarse. Es decir, que debemos responder a la pregunta de a qué nos referimos con aparentar “ser alguien”. Para ello, primero debemos hablar de algo fundamental. El centro mismo del [auto]engaño que se encuentra en la noción de sujeto. Algo que podríamos tomar desde diversas perspectivas, pero que tiene su herencia contemporánea en la época moderna.

El filósofo Germán Marquínez Argote, comentando algunas reflexiones de Xavier Zubiri, se acerca a esta noción al señalar que, en el pensamiento de Descartes, el sujeto se enfrenta al objeto, y en ese enfrentamiento “las cosas cobran un carácter negativo: no son yo, son un ‘no-yo’. El no-yo, en cuanto puesto por el yo y en cuanto opuesto al yo, es un ‘ob-jectum’ u objeto. El yo, en su trascender hacia el no-yo, constituye la objetualidad de los objetos y se afirma él mismo como sujeto”.4 Esto quiere decir que debemos entender el yo como aquello que no es un objeto. Es decir, que aquello que es sujeto se afirma contrario a un objeto para llegar a ser. Pensemos un momento lo que esto implica.

A partir de lo dicho, el alcance de esta percepción es incalculable. Mantener esta estructura para enfrentarse al mundo, porque en toda oposición hay conflicto, puede conducir desde un modo aparentemente seguro de conocimiento hasta el solipsismo más arraigado a través de la duda cartesiana llevada al extremo. Observemos por un momento lo primero mediante las estructuras científicas. Las pretensiones modernas de conocimiento, basadas en el sujeto-objeto, elaboraron los fundamentos de lo que concebimos como método científico con sus alcances y deficiencias. Un investigador puesto en frente de algo que debe desmenuzar hasta aprehender. Claro está que dentro de aquello hemos alcanzado logros significativos y de incalculable valor, no hace falta que sean mencionados. De hecho, presentarlo de esta manera debe conducirnos a dudar de por qué hablamos de una crisis, si en todo caso hemos tenido grandes avances por esto. Algunos dirán que deberíamos observar la cúspide de la mano humana y aplaudir en un único movimiento monótono, quedándonos boquiabiertos con los logros del hombre-Dios. Quizá, para comprender mejor el problema, necesitemos recurrir a la contraparte: el objeto.

Para comprender el objeto, es pertinente partir de lo que entiende el filósofo argentino Rodolfo Kusch acerca del mismo. Los objetos son una necesidad circunstancial, dirá éste, propia de la ciudad, estructura inexpugnable hecha por el hombre para evadir el mundo, creados en el espacio que debería ocupar el mal que es negado por la misma. Desarrollemos brevemente esta idea. El autor, partiendo de lo primero, afirma que la ciudad es un gran “patio de objetos” dado que “el patio supone el lugar vacío donde conversamos y convivimos con los vecinos, para lo cual ponemos muebles, o sea las cosas que hemos creado para estar cómodos en el mundo. Y la ciudad crea esa posibilidad, por eso ella es un patio de los objetos”.5 ¿Cómo se establece esta relación?

Para Rodolfo Kusch, la ciudad como “patio de los objetos” se funda en la soberbia del hombre moderno, que pretende compararse con Dios al ser creador de algo aparentemente divino. Esta equiparación deviene de las consecuencias que tuvo el pensamiento calvinista (y el protestante en general) en el mundo occidental. La idea de que la gracia divina se puede alcanzar ejerciendo la profesión de la manera más eficiente, sentó las bases de la moral del hombre moderno, pues la moral calvinista es la moral del buen ciudadano. Esto porque esa gracia alcanzada debía plasmarse en una realidad física de casas y calles pulcras, repletas de objetos “creados” por él mismo.

Según lo anterior, una moral profesional es una moral ciudadana. En ella se establecen criterios que distinguen lo bueno de lo malo. Este espacio ha sido fundado para la práctica de lo primero y debe al menos marginar lo segundo. Pero siempre sigue presente la tentación y el miedo a portarse mal. No obstante, la búsqueda de la buena ciudad no debe cesar. Para lograr esto, deben exterminarse actividades como la prostitución o el juego, lo que conlleva que el ciudadano encuentre y sienta vacío ese aspecto de la vida. El sujeto moderno no deja vacío este espacio en el que antes estaba la inmoralidad; su necesidad de llenarlo va a coincidir con la aparición de la máquina. Ésta es un objeto que, a su vez, crea otros objetos que vendrán a ocupar el vacío dejado en las ciudades por la moral puritana. De ese modo los objetos van colmando la existencia vacía del profesional ciudadano; ellos se vuelven primordiales para afrontar la vida y hasta se constituirán en la razón por la cual se ejerce la profesión, es decir, se vive.6

En síntesis, hablamos de un patio repleto de objetos. Verlo de esta forma nos conduce a dos sectores de un panorama poco alentador. En el primero, al ser partícipe de esta percepción mundana hacemos que todo lo no-yo sea objeto, incluso los otros, convirtiendo nuestras relaciones en una constante de red de cosificación y dominio. Algo que valdría la pena abordar en otro trabajo. Por otra parte, la consecuencia de esta relación nos muestra una exagerada dependencia hacia los objetos, haciendo que su presencia sea imprescindible, hasta volverse nuestro único sentido de vida, y consiguiendo, finalmente, que olvidemos por completo el sujeto por llegar al objeto. En palabras de Ernesto Sábato: “Preocupado por el solo manejo de las cosas, el hombre terminó por cosificarse él mismo, cayendo al mundo bruto en que rige el ciego determinismo”.7 He aquí la crisis del sujeto.

 

Regresar de este exilio es [im]posible

Llegados a este punto, lugar de últimas palabras, retornemos a TikTok respondiendo la pregunta planteada en un inicio: el éxito de esta plataforma, que fue elegida por delante de otras por su masividad, se debe a que brinda una solución aparente a la crisis del sujeto. Explicada esta última, no podemos más que preguntarnos: ¿y ahora qué? Restringir el uso de las redes sociales no nos ayudaría al tratarse de una problemática ontológica más profunda. Es necesario modificar nuestra relación con el mundo. Distanciarnos del sujeto-objeto. Sin embargo, esto debe partir de asumir un problema que requiere de profunda reflexión. Hasta hacer un autoexamen y confrontar nuestras estructuras vivenciales, sólo auguramos que regresar de este exilio [in]voluntario es imposible.

Ramiro Araoz de la Torre
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Notas

  1. “Estas son las estadísticas de TikTok que debes conocer” (1 de octubre de 2023). En: Kolsquare.
  2. El texto citado pertenece al discurso Esto es agua, de David Foster Wallace. El mismo se encuentra publicado como libro, pero para el presente ensayo fue consultado en la web Círculo de Poesía, donde se publicó el 6 de junio de 2021.
  3. Los fragmentos citados, que pertenecen al texto E Unibus Pluram, de David Foster Wallace, fueron extraídos de la web Poesía Sub25.
  4. Marquínez Argote, Germán: Metafísica desde Latinoamérica. Universidad Santo Tomás, Bogotá, 1993, p. 299.
  5. Kusch, Rodolfo: Obras completas, tomo II. Fundación Ross, Rosario, 2000, pp. 145-146.
  6. Cf. Ibíd., pp. 140-141.
  7. Sábato, Ernesto: El escritor y sus fantasmas. Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires, 2006, p. 89.
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