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Sobre la estupidez

lunes 6 de enero de 2025
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Sobre la estupidez, por Alfonso Solano
La modernidad alberga el virus de la estupidez desde sus inicios porque, al contrario de lo que piensan muchos tratadistas del tema, las ideologías surgidas de ella ayudaron a fomentar poderosamente a la estupidez. 📷 Quino • Del libro “Potentes, prepotentes e impotentes”

La estupidez humana es una condición que, según el conocido profesor y ensayista español Ricardo Moreno Castillo, hace más daño que la maldad “porque es más fácil luchar contra la segunda (porque actúa con una cierta lógica) que contra la primera (que carece de ella). Si pudiéramos suprimir la maldad, el mundo sería un poco mejor. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor”. Partiendo de esta reflexión, podríamos argumentar, junto al brillante ensayista, que la estupidez es una pandemia tan dañina como cualquier virus existente en el planeta. Esto no es nada nuevo. No obstante, en las últimas décadas, este virus se ha convertido en un problema social que ha llevado a científicos, psicólogos y filósofos a repensar este topos para detener su avance inminente. Como lo indica Francesc de Carreras, prologuista del excelente libro Breve tratado sobre la estupidez humana, de Moreno Castillo, estamos ante un texto oportuno y necesario, porque la sustancia del mismo no está en la relevancia de los múltiples ejemplos de la estupidez humana en todos los ámbitos, sino en el argumento de fondo que se plantea desde el inicio: el principio de Hanlon, el cual indica que “no se ha de atribuir a la maldad lo que pueda ser explicado por la estupidez”. A partir de aquí, el estudio se ramifica en varias direcciones. No obstante, el autor explica que según este principio, incluso, hasta las personas inteligentes pueden defenderse sin dejar por ello de serlo. Esto es algo crucial, entendiendo que la estupidez ha alcanzado un grado de cierta profundidad en la mente humana y que actualmente existen personas e individuos tontos como no han existido nunca. “Es cierto que hay tontos a medias, medio tontos, tontos a ratos, tontos para una cosa y no para otra (todas estas especies formamos la mayor parte de la humanidad), pero después hay el tonto de solemnidad, el tonto a tiempo completo, el que no abre la boca si no es para soltar una necedad, el tonto que no hay por dónde cogerlo”. Esto último hace que la estupidez sea un problema serio en la actual sociedad humana, al cual no se la ha dado la importancia que requiere no sólo para entenderlo, sino sobre todo para combatirlo.

 

El mecanismo de la estupidez

Si la estupidez ha existido en ciertas épocas, como en la sociedad de la Edad Media, donde los tontos y mentecatos obtusos eran tratados, incluso, como orates o dementes, nunca ha tenido tanta preponderancia como en la llamada era moderna. La modernidad alberga el virus de la estupidez desde sus inicios porque, al contrario de lo que piensan muchos tratadistas del tema, las ideologías surgidas de ella ayudaron a fomentar poderosamente a la estupidez. Esto se explica porque, como lo indica De Carreras en el prólogo del texto de Moreno Castillo, las ideologías —que no las ideas—, entendidas como prisiones cerradas, limitan el pensamiento, “impiden pensar, discurrir, dudar y razonar”. Esto es capital. Las ideologías, que básicamente son un cuerpo cerrado de ideas doctrinarias, conforman una armazón en la que se monta “la imagen que el sujeto quiere tener de sí mismo, y entonces ya dejan de ser ideas. Porque si las ideas sirven para pensar, las ideologías sirven para disimular la ausencia de ideas, para acorazarse contra ellas”, como bien lo indica Moreno Castillo. Y este autor da un ejemplo llamativo, pero igualmente útil: “Las ideologías prestan, a quienes carecen de ideas, el mismo servicio que las pelucas a los calvos”. Una imagen poderosa que retrata el sustento de la ausencia de criterio y de ideas que poseen los estúpidos. Sabemos, por boca de muchos filósofos, que la inteligencia contiene ideas, y que éstas pueden ser variables, pero los inteligentes poseen poderosos argumentos para defender sus posiciones a la hora de cambiar sus pensamientos. Es decir, argumentan, razonan, piensan. Los tontos, valga decir, los estúpidos, se esconden tras una ideología; entonces resuelven, de manera salomónica, su ausencia de ideas. Un buen ejemplo de esto lo podemos ver en los llamados charlatanes —que abundan en nuestra actual sociedad—, los cuales se esconden tras argumentos tan débiles y superfluos que dejan ver su ausencia de criterio y conocimiento, que sólo son productos de una ardua disciplina y rigor mental, para probar y demostrar cualquier idea o concepto. Los estúpidos siempre apuntan a la última moda o repiten con obstinado empeño los dogmas o las ideologías de un pasado remoto o reciente. Esto es lo que se conoce en la sociedad actual como “políticamente correcto: sostener lo que dice todo el mundo para no crearte problemas con los demás. Es lo intelectualmente fácil, lo personalmente cómodo, lo socialmente inútil”, como acertadamente lo indica De Carreras. Pero el asunto va más allá de esto: la estupidez se desliza subrepticiamente en las instituciones del Estado, partidos políticos, asociaciones civiles, y en nuestra era globalizada se ha instalado cómodamente en lo que los sociólogos y teóricos sociales llamaban la base de la democracia y la sociedad libre moderna: la familia.

 

La tentativa de la estupidez

En su brillante y completo estudio sobre este estigma humano y social, Bréviaire de la bêtise (Breviario de la estupidez; Gallimard, París, 2008) el conocido filósofo y escritor francés Alain Roger nos propone un enfoque tan amplio como polémico. En efecto, el autor de La travestie —traducido a varias lenguas y llevado a la pantalla grande por Yves Boisset— nos dice que sobre la estupidez se ha escrito mucho pero que el balance tanto teórico como crítico ha sido modesto, por no decir pobre. Siendo un tema tan capital en nuestras sociedades posmodernas, la estupidez, en efecto, nunca ha sido tratada con rigor sistemático y científico y su definición, más allá de la social, es oscura y confusa, según las palabras del filósofo. En el propio ámbito filosófico, donde ha tenido singulares experiencias críticas, ha fracasado en su tentativa de determinarla porque, como lo señala Roger citando a Deleuze, “se ha empeñado, al contrario, en apartarla de su ámbito de reflexión sustituyéndola por otros objetivos, sin duda más asequibles, como el error, la ilusión, etc.”. Esto último ha contribuido a hacer de la estupidez un ambiente ambiguo y confuso, tal como se encuentra en la actualidad. Roger destaca algunos importantes estudios que, a su juicio, contribuyeron de manera significativa para entenderla en su justo contexto. Cita el estudio, por ejemplo, Essai sur la bêtise (Ensayo sobre la estupidez), de Michel Adam, en donde a pesar de una tipología bastante sofisticada contribuye a dar una respuesta definitiva al asunto capital: ¿qué es la estupidez? Otros opúsculos, como los de Georges Picard y Jean-Michel Couvreur, según el autor también francés, no dejan de ser amenas improvisaciones. En el estudio sobre la estupidez que hace el conocido escritor y ensayista André Glucksmann, Roger considera que “se trata de un panfleto escrito con el ánimo pero, desgraciadamente, sin el sentido del humor que, de por sí, permite a la filosofía hacer daño a su propia estupidez. El axioma de este lamentable ajuste de cuentas (el socialismo es estupidez), más o menos tan salido como aquel de Michel Henry (el socialismo es barbarie), no tiene por supuesto el menor interés para una teoría de la estupidez, y situaría a Glucksmann más bien del lado de los Prudhomme y de los Perrichon de la filosofía política”. Más allá de esta polémica posición de Roger en relación con estos enfoques, la cuestión es que sobre los enfoques psicológicos, que es el otro lado del cristal, se muestra honestamente reticente, por no decir escéptico. Argumenta que, más allá de la medición del cociente intelectual para definir esta condición, es incapaz de localizar la estupidez “y tiende, irónicamente, a hacer estragos entre los valores más altos del cociente intelectual: la estupidez del superdotado, la estupidez confesa de Valéry, que temía, más que a nada, sus arrebatos”. Refiriéndose a un estudio de Clément Rosset sobre la idiotez, Roger llega a la conclusión de que la tontería no tiene que ser definida en función de la inteligencia, ni mucho menos. Concreta que es muy probable que la tontería como tipología sea un problema autónomo sin relación ni fronteras comunes con la inteligencia. En otras palabras, tontería y estupidez no son exactamente sinónimos. Entonces, llegamos a la pregunta crucial: ¿de dónde viene la estupidez? Pues, para el autor y pensador francés, ésta tal vez se encontraría en el más profundo reducto del inconsciente en los enfoques psicoanalistas. Sin embargo, argumenta que, al igual que los actos fallidos y otros síntomas más o menos neuróticos, las deyecciones de la estupidez no serían sino los vástagos parasitarios del inconsciente, lo cual conforta para el autor una vulgar simplificación, pues “es la misma que suele reprochársele al psicoanálisis: ¿sólo ello siempre ello? Al sumergir a la estupidez en esa noche en la que todos los ello son pardos, no hemos avanzado ni un paso en la búsqueda de su definición”.

 

Allegro ma non troppo

El historiador italiano Carlo Maria Cipolla (1922-2000), nacido en Pavía, especializado en la historia de la economía y que estudió en la Sorbona y en la London School of Economics, fue el autor de un tratado sobre la estupidez humana que llegó a ser tan polémico como leído y traducido a varias lenguas. Se trata de Las leyes fundamentales de la estupidez humana. En él, este autor italiano señala lo que puede considerarse como un decálogo sobre la base de supuestas leyes donde se asienta la estupidez de los humanos. No vamos a realizar un cuestionamiento ético ni científico de este enfoque. Lo trataré en forma constructiva y didáctica, como suelo hacerlo en estos ensayos, para mostrar otra faceta de los estudios sobre este topos tan importante en la condición humana. Cipolla, que fue profesor en la prestigiosa Universidad de California en Berkeley desde 1959 hasta 1991, cuando se retiró por jubilación, estaba convencido de que la humanidad, en su momento, estaba sumergida en un estado deplorable, y esto, según su tesis, era causado por la forma en que fue estúpidamente estructurada la vida en la sociedad por los entes de poder. Según Cipolla, se hacía preciso que el asunto de la estupidez humana se abordara no desde un ánimo derrotista social ni cínico, sino más bien que fuese el resultado de un esfuerzo conjunto y constructivo para conocer y tratar las verdaderas causas de este flagelo social con el objetivo de neutralizarlo por completo, porque ésta era una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impedían el crecimiento y bienestar de la felicidad humana. Para lograr este cometido, Cipolla propuso identificar las categorías que pudieran distinguir un ser estúpido de otro que no lo era. De esta forma creó lo que, a su consideración, eran las leyes o fuerzas que determinaban la presencia de la estupidez en el ser humano. Se trataba de cinco leyes fundamentales:

  1. “Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”.
  2. “La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona”.
  3. “Una persona estúpida es una persona que causa daño a otra o un grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso, obteniendo un perjuicio”.
  4. “Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error”.
  5. “La persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado”.

Muy bien. Después de leer y reflexionar sobre estas leyes, uno se da cuenta, casi de inmediato, que uno podría ser un estúpido, incluso sin estar consciente de ello. Por otro lado, surge la cuestión de la comparación y el reflejo del yo con el ello. Para una consideración de tipo filosófico —si cabe el término—, diremos que Cipolla se acerca bastante a otros enfoques tratados anteriormente, como el que mencionamos unas cuantas líneas arriba —con relación a la cuarta y quinta ley—, en lo referente a la subestimación constante e inconsciente del número de estúpidos que andan por el mundo y que te los tropiezas de forma constante en tu trajinar diario. En cuanto a la primera ley, podría parecer trivial y hasta obvia, pero con un examen riguroso y objetivo nos damos cuenta de que revela una rotunda verdad. Y esto se debe fundamentalmente a que, por muy alta que se haga la estimación cuantitativa sobre la estupidez, personas e individuos que muchas veces hemos considerado racionales e inteligentes resultan ser decepcionantemente estúpidos. Respecto a la segunda ley, Cipolla enfatiza un aspecto que yo considero capital para entender y definir la estupidez: se trata de aquella teoría trajinada de que todos los seres humanos son iguales por naturaleza, y que sólo se distinguen por condicionantes económicos, educativos, culturales, medioambientales, etc. Esto es una falacia. Y Cipolla lo argumenta de forma clara. “Tengo la firme convicción, avalada por años de observación y experimentación, de que eso no es así. Uno es estúpido del mismo modo que otro tiene el cabello rubio; uno pertenece al grupo de los estúpidos como otro pertenece a un grupo sanguíneo. El estúpido nace, no se hace. Es un designio inescrutable de la Madre Naturaleza, y no por estímulos culturales o sociales” (pág. 36).

Como se sabe, el profesor Cipolla hizo amplios estudios demográficos con diversos sectores de la población para demostrar sus teorías. En su estudio, afirma que entre los trabajadores llamados “de cuello azul” existía una fracción x de estúpidos, y que esa fracción resultó ser más elevada de lo que se esperaba. Con este resultado pudo comprobar la primera ley. Para comprobar la segunda ley, hizo estudios en su universidad a través de encuestas y estudios, sospechando que los resultados se debían a la falta de cultura o la llamada marginalidad social, por lo que hizo muestras a trabajadores “de cuello blanco” y a estudiantes de carreras avanzadas, comprobando que entre éstos se mantenía la misma proporción. Pero mayor sorpresa le produjo medir, con el mismo parámetro, entre el profesorado de la universidad y los intelectuales. Este último resultado lo llevó a expandir sus estudios hasta las más altas élites de la sociedad, como los premios Nobel, por ejemplo. El resultado confirmó lo que Cipolla llamó “el poder supremo de la naturaleza”: una proporción de laureados eran estúpidos. Este resultado final, aunque fue difícil de aceptar, incluso por sus propios colegas universitarios, con el tiempo ha decantado sus efectos, comprobando que existen suficientes y convincentes pruebas de su validez. Cipolla afirma en su estudio, de forma contundente, que “esta segunda ley es de hierro y no admite excepciones” (pág. 38).

Cuando empezamos a aceptar cierta dosis de estupidez en nosotros, aparentemente nos parece inocua y hasta inocente, pero un autor como Paul Tabori, que ha hecho uno de los mejores estudios sobre la historia de la estupidez humana en los últimos tiempos, nos advierte que ésta “ha sobrevivido a millones de impactos directos, sin que éstos la hayan perjudicado en los más mínimo”. Una ligera e inocente dosis de estupidez es tan improbable como un ligero embarazo, nos dice el prologuista. Pero no debemos olvidar que las consecuencias de la estupidez no sólo son cómicas, sino trágicas de igual forma. La estupidez nos hace seres inferiores desde todo punto de vista, y sus alcances, si no se miden y controlan, pueden llevarnos a una verdadera catástrofe. El gran físico Albert Einstein lo pudo comprobar cuando expresó: “Dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana, y no estoy seguro sobre el universo”. Muchos, ahora mismo, parecen celebrar que las reservas de estupidez humana en el mundo sean realmente inagotables.

Alfonso Solano
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