
“Porque el deseo de leer, como todos los otros deseos que distraen nuestras almas infelices, puede ser analizado”.
Virginia Woolf, “Sir Thomas Browne”, 1923
“El medio más natural de comunicación es el libro”.
Jorge Luis Borges.
Escasos siglos después de la invención de la escritura, hace al menos 6.000 años, en un olvidado lugar de Mesopotamia [como lo cuenta Alberto Manguel en su excelente libro Una historia de la lectura], los pocos conocedores del arte de descifrar palabras fueron conocidos como escribas, no como lectores, quizá para dar menos énfasis al mayor de sus poderes, el de acceder a los archivos de la memoria humana y rescatar del pasado la voz de nuestra experiencia. Desde siempre, el poder del lector ha suscitado toda clase de temores: temor al arte mágico de resucitar en la página un mensaje del pasado; temor al espacio secreto creado entre un lector y su libro, y de los pensamientos allí engendrados; temor al lector individual que puede, a partir de un texto, redefinir el universo y rebelarse contra sus injusticias.
Y esto último parece ser un milagro cada vez que tomamos un libro y nos insertamos en sus páginas, que pueden constituir, ciertamente, un mundo inusitado de imágenes, saberes, complejidades y laberintos que, en el menor de los casos, pueden rescatarnos de la abyección y la estupidez a las que, lamentablemente, parecemos estar condenados en esta era digital y globalizada, como ciertamente nos lo recuerda Manguel en su texto primario.
Quienes hoy en la era actual defienden, contra todo pronóstico, la lectura digital en contra de la tradicional escritura de imprenta, quieren perpetuar aquella falacia —como lo indica Manguel— que quedó impresa en el célebre texto de Victor Hugo donde, a fines del siglo XV, en París, “el archidiácono Claude Frollo extiende una mano hacia el volumen abierto sobre la mesa, y con la otra apunta hacia el gótico perfil de Notre Dame que se vislumbra a través de la ventana. Esto —le hace decir Victor Hugo a su desdichado sacerdote— matará a aquello”. Para el archidiácono Frollo, contemporáneo de Gutenberg, “el libro impreso mataría al libro-edificio, la imprenta daría fin a esa docta arquitectura medieval en la que cada columna, cada cúpula, cada pórtico es un texto que puede y debe ser leído”. Ahora sabemos, cinco siglos más tarde, que esto era sólo una narrativa de poeta. Gracias a la invención de Gutenberg, el libro impreso contiene la memoria viva en imágenes y letras de la arquitectura desde Ruskin en la Edad Media hasta Le Corbusier y Frank Lloyd Wright en la era moderna. Quienes temen que una nueva tecnología aniquile a la anterior, olvidan el inmenso poder del hombre para crear posibilidades y alternativas a través de su ingenio e inteligencia. Esta ambición y evolución, desde luego, nunca cesará.
Los comienzos del siglo XXI —como lo indica la investigadora y profesora universitaria italiana Graciela N. Ricci— propugnan “la entrada simbólica a un milenio acelerado y paradójico en el cual la cantidad de información, cada vez más acrecentada, se concentra en unidades (los microchips) cada vez más pequeñas, produciendo una aceleración de procesos de tal magnitud que hace que el mundo padezca las consecuencias que el exceso de información genera, es decir, hermetismo y segregación, y que nos lleva a repetir las proféticas palabras de Thomas S. Eliot: ‘¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?’”.
Esto es porque todo conocimiento se obtiene a través de la propia experiencia y al acercamiento que se haga a los medios que fueron creados para tal fin. El libro impreso ha sido, por antonomasia, el medio más eficaz y expedito para obtener este conocimiento. Como lo dijo Jorge Luis Borges en una ocasión:
De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación.
En esta era digital globalizada, donde se supone que la información —mas no el conocimiento— está al alcance de todos, paradójicamente, la cantidad de datos que se requiere para utilizar la tecnología posmoderna hace que se produzcan desniveles notables en el acceso hacia tal información. La aceleración, la segregación y el conocimiento hermético a nivel tecnológico, características que contradistinguen al siglo XXI en el campo del saber —como lo indica la investigadora Ricci—, “hacen que gran parte de los profesionales, cuyo trabajo requiere profundizar en la lectura de textos especializados, encuentren difícil abocarse a una dimensión de lectura atenta y concentrada, en la cual el movimiento temporal parece todavía más lento de lo que es, mientras a su alrededor una civilización de la imagen se mueve frenéticamente procesando datos a velocidades supersónicas”.
Esta aceleración de los procesos a nivel tecnológico ha incidido negativamente no sólo en la apropiación de la información sino en su posterior asimilación y comprensión. Hemos visto esto en tesis como la del filósofo coreano Byung-Chul Han, quien insiste en la perniciosa y malsana influencia de esta aceleración constante que, según su prognosis, viene de la mano de una crisis temporal, de una dispersión que es consecuencia de la atomización del tiempo. Esto último hace que los individuos acusen una desestimación inflacionada de su psique, lo cual conduce a desarrollar simultáneamente “un sentimiento de pérdida de identidad y de vida privada que se asemeja mucho al sentimiento que suscitan las conocidas frases de Jorge Luis Borges: un hombre es todos los hombres y yo es nadie”, como lo refiere Ricci en su estudio.
Comprensión y aprehensión en el proceso de la lectura
La comprensión de lo que leemos pasa por un proceso cognitivo que involucra el sentido de la vista y su recorrido por el texto. El tiempo que se emplea para leer un texto es relativo, según se utilice un solo canal sensorial o los dos. Ricci refiere que la lectura silenciosa, que según san Agustín fue iniciada por su maestro Ambrogio, el patrón de Milán, “es mucho más veloz que la acompañada por el canal auditivo. La velocidad media es de nueve mil palabras por hora si uno lee acompañándose con la voz, y de veinte mil palabras por hora si se efectúa una lectura silenciosa lenta”. Esto es en una lectura de velocidad normal promedio. En una lectura veloz se emplea un sistema distinto: en vez de leer frases o palabras, lo que se lee son estructuras de sentido que se van acumulando en la memoria. Existen dos clases de memoria en la duración de la fijación de la información: la memoria de breve duración, conocida con las siglas MBT, y la memoria de larga duración, MLT. En esta última, como lo indica Ricci, “se depositan las informaciones de los códigos y del conocimiento del mundo y también las informaciones recibidas de lo que actualizamos durante la lectura. La duración de lo que retenemos puede ser de algunas horas o de toda una vida”. En consecuencia, nuestra lectura no depende de la agilidad de la vista sino de la agilidad de nuestra mente y de su capacidad para procesar de forma expedita toda la información que va recibiendo. La investigadora italiana refiere que, utilizando los dos tipos de memoria —la de breve y la de larga duración—, “el lector va recodificando el sentido del texto con una especie de ‘traducción’ que, a través de reglas de selección, de generalización y de construcción, elabora y sintetiza las informaciones recibidas y restituye el sentido del texto a un nivel más abstracto”.
En la lectura de los textos de Jorge Luis Borges —sobre todo en sus cuentos o ficciones— se presenta este proceso en varias vertientes; primero está el rol de nuestra imaginación, que construimos con todas las imágenes de difícil comprensión a un nivel semiótico, y luego procede el rol emocional: cómo nos sentimos en las situaciones de sus personajes o escenas. Es en este fenómeno hermenéutico vivencial donde estriba la conexión del lector con el texto borgeano. Algo que exige del lector no sólo una atención detallada de lo que se está leyendo sino, además, de una reelaboración valorativa de sus preceptos y nociones a partir de la interpretación o validación de sus imágenes ficcionales. En la recepción de los textos de Borges se cumple esa función, de la que el mismo autor hablaba ya en los años cuarenta:
Una literatura difiere de otra, ulterior o anterior, menos por el texto que por la manera de ser leída; si pudiéramos leer cualquier página actual como la leerán en el año dos mil, sabríamos cómo será la literatura en el año dos mil.
En efecto, como lo indica Ricci, el momento actual es particularmente privilegiado para adentrarnos en su mundo ficcional de lectura y de reescritura, teniendo en cuenta los últimos descubrimientos de las nuevas ciencias neurocognitivas.
El tiempo y el yo borgeano
Borges siempre vio más allá de su época, nos lo recuerda Emir Rodríguez Monegal, uno de los más conocidos estudiosos de la obra del escritor argentino universal. En el libro Borges por él mismo, Rodríguez Monegal refiere que en el film Alphaville, de Jean-Luc Godard, en una escena donde el cerebro electrónico que dirige el mundo expone su filosofía en un extenso monólogo, algunas de sus frases, para un lector ávido de Borges, tienen una resonancia familiar: “El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre”. Esta frase, casi completa en su origen, fue la que utilizó Borges en la conclusión de uno de sus ensayos más brillantes: “Nueva refutación del tiempo”. En este ensayo, que parece otra ficción reelaborada con datos reales y fantásticos, el autor de El Aleph intenta —como lo indica Monegal— vencer a su viejo enemigo, el tiempo que lo arrebata y lo arrastra hasta consumirlo y anularlo. En el ensayo de Borges, partiendo desde Berkeley, que “negó que existiera un sujeto detrás de las impresiones de los sentidos”, pasando por Hume, quien también “negó que hubiera un sujeto detrás de la percepción de los cambios” — como lo refiere Monegal en su estudio—, Borges, como era de esperarse, hace honor a su filósofo más influyente, Arthur Schopenhauer, quien sostuvo: “Nadie ha vivido en el pasado, nadie vivirá en el futuro: el presente es la forma de toda vida, es una posesión que ningún mal puede arrebatarle”. Bajo esta premisa, Borges propondrá una teoría que tuvo hondas raíces en su cosmogonía y en su propia manera de concebir el mundo.
Y todo se inició, como lo narra Monegal, en una caminata nocturna por los suburbios de Buenos Aires, hacia finales de los años veinte. En estos años, la gran capital bonaerense era aún una ciudad que, de pronto, se perdía en un campo circundante. De forma inadvertida, las calles empezaban a ser ahora senderos; caminos que se bifurcaban a través de esa inmensidad conocida como pampa. Una noche, caminando absorto, “se detuvo para contemplar un muro pintado de color rosa, para meditar sobre esa simplicidad”. Borges pensó: “Esto es lo mismo de hace treinta años (...). Tal vez cantaba un pájaro y sentí por él un cariño chico, de tamaño de pájaro, pero lo más seguro es que, en ese ya vertiginoso silencio, no hubo más ruido que el también intemporal de los grillos”. Hermosa reflexión sobre la atemporalidad asumida como experiencia. Más adelante en su meditación, el maestro Borges agrega: “No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del tiempo; más bien, me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Sólo después alcancé a definir esa imaginación”. Esto es capital para entender muchas de las nociones cosmogónicas de un autor que se reinventa en cada historia, en cada ficción, en cada muda a la residencia de su ser imaginado en sueños y realidades paralelas, muchas de ellas inspiradas en las extensas y admirables lecturas que hacía Borges de sus autores predilectos. Por otro lado, el autor de Ficciones niega en sus escritos, reiteradamente, la identidad. Lo adjudica a Borges, su alter ego en la ficción. Rodríguez Monegal acierta cuando dice que detrás de la máscara de Borges (el personaje) “se encuentra un yo que duda verdaderamente de ser alguien. De esta manera, la persona pública, como la privada, son puestas en duda, en cuestión”.
Borges en la página, en el intertexto, se borra delante del tiempo de los hombres, se transforma en “percibidor abstracto del mundo”, como bien lo indica Rodríguez Monegal en su texto. De esta forma, el genial escritor argentino descubre y acepta su identidad impersonal “entre el contemplador y el objeto contemplado... Se siente uno con esa pura representación de hechos homogéneos” y así nos hace participar a los lectores de esa experiencia lúdica, imaginativa y transformadora, como nunca antes ningún escritor moderno lo había logrado e imaginado.
Perplejidad y asombro: el método sorpresivo borgeano
Retomando el extenso y cuidadoso estudio que hace la catedrática italiana Graciela Ricci en su exploración del proceso de lectura y los aportes revolucionarios de Borges, podemos apreciar el tipo o la clase de proyección que hace el autor de “Funes, el memorioso”, sobre sus ficciones, que no son otra cosa que una especie de expiación y pudor que experimentaba el escritor en sus amores no retribuidos y sus miedos infantiles —el tigre y el espejo—, así como sus alucinaciones y ensoñaciones lúdicas y oníricas —laberintos y abismos—, algo que la autora italiana denomina “identificación irónica”, que crea distancia entre el lector y el texto. En la visión literaria borgeana existe lo que los psicoanalistas han denominado la ensoñación excesiva, también conocida como maladaptative daydreaming, un fenómeno psicológico donde la persona se sumerge en fantasías complejas, que son vividas con una intensidad y frecuencia tan elevadas que interfieren con su capacidad de funcionar en la vida diaria. Esta mecánica, este proceder, esta poética del desapego, produce en el lector “un efecto de descentralidad que causa perplejidad en quien lo lee y que, unida a la complejidad intrínseca de su escritura, transgrede las expectativas habituales del cerebro y provoca, en el sistema nervioso, un estado de alerta y de parálisis del pensar que puede producir dos efectos: una respuesta de provocación, y entonces el lector acepta el desafío y prosigue la lectura, o una respuesta de escepticismo y cansancio, que le hace interrumpir su actividad”. En efecto, en los numerosos lectores de la obra borgeana existe hoy en día una legión que goza del placer en la lectura de las invenciones y ficciones cosmogónicas a un nivel más receptivo, tanto en lo instrumental como en lo metodológico; por eso Borges suscita hoy una reacción distinta y más motivadora que hace sesenta años cuando la escribió y publicó por primera vez, como bien lo indica Ricci.
El escritor, de igual forma, mencionó en varias ocasiones la duplicidad de los espejos y la multiplicación de los espejos enfrentados, “y el laberinto es, arquitectónicamente, una duplicación infinita de lo especular, así que podemos considerarlo como el aspecto dinámico del espejo”, como lo indica acertadamente Gabriela Ricci en su estudio. Está presente también el enigma (figura del secreto hermético) que forma parte del recorrido laberíntico, porque el que lo recorre no conoce el camino que debe elegir para poder llegar al centro, indica la investigadora con acierto. De tal forma que “enigma, espejo y laberinto dejan de ser meros símbolos aislados para transformarse en una tríada sistémica, en parte basilar del modelo cognitivo con el cual Borges estructura sus textos”.
María Esther Vázquez, escritora y filóloga argentina, que tuvo una cercana y larga amistad con Borges, describe en su premiada biografía del autor que la primera obsesión que sintió el escritor por el laberinto fue cuando era sólo un niño y ocurrió cuando vio una lámina que representaba el uno, y así otra en cuyo centro había una más pequeña, visión esta que, en la imaginación fértil del niño, se reproducía cada vez más pequeña hasta el infinito. Más tarde, siendo un adulto joven, según refiere Vázquez, “durante los veranos de Adrogué, descubrió que el verdadero laberinto estaba en el hotel Las Delicias, evocado en sus cuentos ‘La forma de la espada’, ‘La muerte y la brújula” y “25 de agosto, 1983’”. Además de esto, el escritor argentino admiraba a un constructor célebre de laberintos: Piranesi, y hasta reprodujo un grabado de este último que lo colgó en el living de su departamento. A nivel psicoanalítico, el especialista francés Didier Anzieu, que estudió por muchos años la obra de Borges, llegó a la conclusión de que esta obsesión del laberinto —que se encuentra en forma magistral en sus cuentos “La biblioteca de Babel” y “El inmortal”— obedecía a un conflicto de identificación y de rivalidad con el padre del escritor, según cuenta Vázquez en su biografía. Ambos cuentos serían, según el psicoanalista, una metáfora del inconsciente, y equipararían al cuerpo físico del escritor argentino. Incluso, la filóloga e investigadora narra que más allá de este análisis —apoyada en la tesis del psicoanalista francés— ocurre que “en ‘El inmortal’ habla de la vasta ‘cámara circular’; dice que tiene nueve puertas y sólo la novena accede a otra cámara”, lo que indica, según Anzieu, el esquema del seno materno y los nueve meses de gestación. Pero hay una falla evidente en esta conclusión, pues —como lo aclara María Esther Vázquez— Borges nació en el octavo mes de ser concebido, algo que llenaba de orgullo a su madre Leonor, la cual repetía la anécdota con frecuencia recordando lo que el médico le expresó en esa ocasión: “Las criaturas ochomesinas suelen ser muy inteligentes y talentosas”. Una feliz conjunción, que en el transcurrir de la historia alentó la mente acuciosa y brillante de un hombre que supo crear mundos y modos inusitados dentro de la literatura universal.
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