
¿Qué decir de un pensador griego que murió hace veintitrés siglos? Para nosotros, ciudadanos comunes insertos en el siglo XXI prodigioso en alcances tecnológicos que han sumergido a la humanidad en un sueño digital globalizado, no deja de inquietarnos, tan hundidos como estamos en las benditas redes sociales y en las apps monitoreadas por la inteligencia artificial, que cada vez nos alienan más en los complejos y confusos problemas de esta civilización líquida, como la denominó Bauman, cuya extraña como atractiva novedad no deja de exaltarnos y abrumarnos, ¿qué interés posee interrogar a un pensador tan lejano en el océano del tiempo? Pero, aún más inquietante, ¿de qué nos habla con autoridad primaria aún? ¿Qué podemos retener de su discurso e ideas? ¿Acaso no son tan hondos los precipicios entre su tiempo y el nuestro que cualquier intento de comunicación esté fracasado de antemano? Esto requiere de una fórmula que quizá no sea tan aparentemente atractiva para muchos: tenemos que abandonar a Platón a las expensas de las mentes de los filósofos y grandes pensadores trasnochados —saludándoles, desde luego con cierta reticencia, como lo exige la buena educación cultural—, “inscribirle en el panteón de los dioses a los que sólo se tributan ya libaciones formales, reconocer a los eruditos el derecho de plantear ‘problemas platónicos’, lo mismo que otros proponen problemas de ajedrez o de bridge”, como irónicamente lo expresó el filósofo y profesor francés François Châtelet en los años sesenta, ¿no sería esta la actitud más propicia e ideal que nuestra situación posmoderna amerita?
Aclaremos algo de principio. A la hora de hablar de Platón, siempre recuerdo, como lo hizo Elsa Punset en su momento, aquella cita del filósofo y matemático Alfred North Whitehead: “Toda la filosofía occidental consistiría en una serie de notas a pie de página de la filosofía y el pensamiento platónicos”. Si bien es cierto que la filosofía ha extendido sus ramas de estudio y se ha hecho propicia de un catálogo exhaustivo de temas, no es menos cierto que la mayoría de esos temas los inventó Platón, con la anuencia, desde luego, de su maestro Sócrates y la indudable sapiencia de su discípulo más aventajado: Aristóteles. Hay que decir, en honor a una verdad tan cierta como meridiana, que esta tríada sentó las bases del enorme edificio histórico del pensamiento que caminó desde la época griega y que se desplazó sin daños aparentes sobre toda nuestra civilización hasta llegar a estos días apocalípticos, globales y confusos.
Percipiente Platón
Advirtiendo que este subtítulo no es una simple invención de poeta, sugerimos seguir sus pistas. Siguiendo a Châtelet en su formidable texto El pensamiento de Platón, formulemos de entrada estas incógnitas. Sobre el retorno a Platón ¿no sería un gesto habilidoso apartarse del pensamiento nuestro actual (con todo lo que ello implica) para acogerse simplemente a un plano e imaginario mundo lineal cultural? O ¿seremos capaces de hablar de Platón como pretexto cada vez que se nos antoje? Como aclara Châtelet en su texto, lo curioso e interesante es que todas estas preguntas y determinadas ocultaciones que se vienen haciendo desde hace siglos los discípulos, críticos y pensadores, nunca pudieron ni llegarán a ser totalmente arbitrarias. Precisamente porque, cada vez que retornamos a los textos platónicos, nos damos cuenta de una realidad clásica y distinguible: en Fedón, el Timeo o La república, advertimos que es el propio Platón conversando, el mismo pensador interrogándose con todas las dimensiones y capacidad de su estatura cognitiva. Llegado a este punto, es preciso entender que a Platón no debe tomársele como una “curiosidad arqueológica” ni mucho menos como un “escritor pretexto”, como bien lo aclara Châtelet, porque ciertamente siempre está hablando de nosotros los hombres —la humanidad, entiéndase bien— enfrentados a nuestros dilemas capitales: del ciudadano que reclama justicia, del individuo que busca afanosamente placer y satisfacción y de la mente humana que aspira a sabiduría. Y todo esto, que se conecta con nuestra realidad más resonante, emanó de una época y una circunstancia histórica única y ejemplar donde, casi sin excepción, se tomaron decisiones y circunstancias de excepción, que desde aquella primavera del pensamiento, por más inventos que haya logrado el hombre contemporáneo y moderno, han sido determinantes hasta llegar a nuestra globalizada cultura.
Platón, hay que decirlo, es un distinguido testigo, con la voz propia de un crítico consumado, de un período fértil e icónico de la historia de la humanidad que, como la mayoría de nosotros sabemos, representa el cenit de la cultura occidental. No obstante, a Platón le tocó vivir en una Grecia de decadencia política; en esa época la gran capital estaba repartida en cientos de Estados rivales, la mayoría de los cuales tenían el espacio geográfico de un municipio y el mayor de ellos apenas alcanzaba a ser una provincia. Grecia, dividida y debilitada, era, desde luego, una presa fácil para los reyes, tiranos y caudillos de contingentes guerreros, bárbaros y toda clase de sabandijas rebeldes de Europa y de la lejana Asia. Atenas, la más opulenta de las ciudades griegas, que otrora era la ciudad de los grandes poetas, historiadores, arquitectos y artistas, es ahora botín de oportunistas y demagogos, lo cual le dificultaba mantener una política coherente y recta. Su rival, la esplendorosa Esparta, se encuentra en la misma situación y en degredo de sus ciudadanos y políticos. En este marco, “la historia que se deshace apremia a juzgar la historia que se ha hecho”, como bien lo aclara Châtelet. Y, por supuesto, esta historia ya hecha produjo unas realidades prototípicas que, posteriormente, tendrían decisivo alcance. Porque hay que entender que en la Grecia clásica, en su época de esplendor, y muy particularmente en la ciudad de Atenas, se produjeron inventos y nociones en todos los campos del saber con una distinción en categorías y formas culturales, cuyos conceptos y preceptos constituyen aún hoy en día para nosotros, los habitantes del siglo XXI, lo esencial de lo que llamamos actualmente civilización. Enumeremos estos grandes elementos de lo que suele llamarse en muchos círculos intelectuales como el milagro griego. Bástese recordar que a lo largo del siglo V se fue concretando y definiendo un sistema político llamado democracia, palabra que proviene del griego demos, que se traduce como pueblo, y kratos, que significa autoridad o gobierno. Frente al poder divino de los dioses, que encarnaban y ejercían los monarcas del tiempo antiguo, la democracia propugna el concepto de lo que hasta ahora conocemos como soberanía popular, es decir, el derecho del demos a gobernarse por sí mismo con finalidades colectivas. Esto último les permitió a los ciudadanos atenienses la igualdad de todos ante todas las leyes promulgadas. Además de esto, se estableció con mucho éxito un orden económico que permitió a cada miembro de la sociedad asegurar una efectiva como activa participación en toda la polis. La vida religiosa, por su lado, tuvo un estatus de hecho y derecho de igualdad para todos. En varias ocasiones, el pueblo se reunía —en virtud de certámenes dramáticos— para otorgarle la palma a Esquilo, a Sófocles o a Aristóteles. La arquitectura y su orden urbano se convirtieron en todo un arte y, de igual forma, el dominio del discurso fue celebrado como “la técnica de las técnicas”. Y todo este saber, todas estas prácticas, los cuales se difundieron con el concurso de profesores de manera sistemática y organizada al grueso de la sociedad, permitieron, como es natural, un crucial como luminoso instante de radiante convivencia entre todos los ciudadanos de la gran polis griega.
Platón fue un testigo de excepción de todo este esplendor. Y de todo ello hablaba, sintetizando sus alcances y sentidos, con su singular verbo, en nociones y visiones que han quedado plasmadas en la historia como verdaderos cimientos legítimos de todas las formas políticas, sociales, filosóficas y aun del tiempo de los mitos del cual provenían muchas de estas nociones. Como apropiadamente lo expresa Châtelet, “si hace falta abordar de frente el platonismo, es por ser éste la manifestación primera, consecuente y debidamente fundada de una concepción filosófica que ha transmitido hasta nuestros días la cultura de su medio ambiente y ha formado una escuela que es florón del espíritu humano”.
El realismo de las esencias
Si existe algo innegable en la lectura de Platón y sus obras, es ese estilo suyo que le reviste de una gran riqueza a nivel literario. Esto es capital. Y no se trata solamente de sus evocaciones, sismas y elegantes como limpias expresiones de belleza formal; es además una sutil como adecuada correspondencia con silogismos internos en cada momento de los diálogos, que se adecua y se alinea a la situación psicológica de los interlocutores, es decir, entre las ideas y el contenido de éstas y la manera de expresarlas. Existe una diversidad per se, propia del discurso platónico, que hace de los diálogos un modelo notable. “Desde la viveza de la conversación corriente hasta la precisión de los análisis teóricos, pasando por el lirismo del relato mítico, todas las ‘modalidades literarias’ son puestas en contribución para revelar la complejidad y los variados niveles de la palabra densa de sentido”, expresa de una forma acertada Châtelet en su obra.
En la comedia satírica, como se expresa en Menexeno, donde Platón presenta en escena a dos ridículos discutidores, tanto como en el inspirado discurso de las Leyes y en la lección de lógica que nos muestra en el Extranjero, así como en esas grandilocuentes argumentaciones históricas que desarrolla en el Timeo llegando a la dramática y lírica expresión del Fedón, la totalidad de los subsecuentes géneros que empleará el pensamiento platónico se encuentran ya aquí en su más elaborada forma. Por otro lado, la prosa griega definida por Heródoto y robustecida por Tucídides hará aparecer en el diálogo platónico su más elaborada forma primigenia y todas sus posibilidades expresivas. A esta escuela se le conoce como el idealismo, el espiritualismo o, más lírico todavía, el realismo de las esencias. De poco valor tienen estas denominaciones cuando comprobamos el inmenso caudal de su contenido. Y esto lo saben los especialistas y estudiosos de su obra, porque su influencia en la historia del pensamiento filosófico ha sido crucial.
En los Diálogos, Platón echa mano de su memoria y evoca a sus hermanos y familiares cercanos. Según los historiadores, Platón perteneció a una familia aristocrática. Su padre Aristón y su madre Perictione tuvieron tres hijos más: dos varones, Adeimantus y Glaucón, y una hembra, Potone, que alumbrará a Espeusipo, sobrino y protegido de Platón. Además de que fue su sucesor en la Academia. Decidido y resuelto a no aparecer él mismo en su obra, hablará en los diálogos a través de sus parientes. Esto lo afirma John Burnet, uno de los más reconocidos especialistas mundiales en la obra y figura de Platón, quién además agrega: “Los diálogos de Platón no sólo son un memorial a Sócrates, sino también a los días más felices de su propia familia”.
Platón, como lo sabemos, recibió de su maestro Sócrates el grueso de sus concepciones e ideas primigenias que en el concurso de su vida fue evocando y perfeccionando. Platón, además, recibió desde muy joven una educación auténticamente integral, como era de esperarse de los hijos nobles y como exigía la tradición helénica, tanto del cuerpo físico como de la mente. Los mejores maestros de Atenas le adiestraron en gramática, matemática, retórica, música y poesía, entre las principales manifestaciones. Pero nada le sería más definitorio en su vida que entrar a la escuela de su maestro Sócrates. El encuentro entre Platón y su maestro es digno de un cuento mitológico: “Se dice que Sócrates vio en un sueño un pequeño cisne que aleteaba sobre sus rodillas y que, desplegando sus alas, se elevó por los aires entre cantos sublimes...”. La cuestión es que, al parecer, y según este mito, al día siguiente conoció a Platón, lo que le hizo expresar: “He aquí el cisne”. Más allá de este relato que más bien parece una ficción de poeta, Platón, que ya había escrito algunas obras después de encontrarse con Sócrates, desechó y quemó todos sus escritos y, a partir de ese instante, lo seguiría hasta el momento en que a su maestro lo acusaron y le obligaron a beber la cicuta. Permanecieron juntos ocho años, según cuenta Burnet. Este último relata que la impresión y conmoción que le causó la muerte de su maestro sólo es comparable con el momento prístino en que lo vio y conoció por primera vez. Platón no estuvo presente en el instante de la muerte de Sócrates, pero reconstruyó este episodio en uno de sus diálogos más conocidos: el Fedón. Sócrates no dejó testimonio de sus ideas y pensamientos en forma escrita, pero justo en la obra de Platón se recrean en las formas de los diálogos; el maestro, entonces, se transforma en un demiurgo locuaz de sus evocaciones filosóficas.
Una de las enseñanzas más reveladoras que podemos aprender y aprehender de sus ideas y nociones filosóficas es la que se refiere al mismo contenido de los Diálogos: lo eficaz que resulta un decir. Un diálogo que en su discurrir asienta un decir legitimado, que no necesariamente llegue a justificar por qué dice lo que dice y no más bien lo contrario —como lo expresa Châtelet—, “porque vive en una ciudad en la que la reina Palabra está siendo cada vez más desvergonzadamente prostituida, Platón comprende que es preciso —para salvar al hombre de las amenazas de la violencia— trazarle al discurso otras normas, darle otro estatuto”. En efecto, a partir de que ambos interlocutores están ya en otro terreno, ya éstos no hablan de sí mismos, ya no expresan sus propias opiniones e ideas, ya no divagan en sus propias contradicciones, sino que más bien entran con majestad en la tierra de la dialéctica; sólo entonces se hallan en proximidad a otro discurso, a otra realidad del discurso; se hallan presentes ambos en el discurso mismo, en la mismidad del discurso. François Châtelet lo expresa de forma esclarecedora: “Más allá de lo que somos, y de lo que decimos, hay en cada uno de nosotros un juez que justifica, que legitima y fundamenta lo que somos y lo que de este nuestro ser decimos, que da razón de ello”. Así comprobamos que retornar y leer de nuevo a Platón no es volver a un pasado remoto sino mirar hacia adelante, con la certeza del fundador de la Academia, hacia un horizonte pletórico de posibilidades, en donde sus sombras y claridades nos evidencien de lo que realmente estamos dispuestos a aceptar o rechazar, examinando nuestra conciencia del ser, en nuestra mismidad como seres humanos pensantes.
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