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Poemómetro de los pros y los contras
—razones por las cuales el poeta Jorge Luis Borges debió o no debió haber sido puertorriqueño—

lunes 31 de marzo de 2025
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Jorge Luis Borges
Si Borges hubiera sido borikensis hubiera sido una voz demasiado anónima y extraviada en un mundo demasiado cosmopolita y extrarrefinado.
A Raúl Mayo Santana, que me invitó a observar un exoplaneta llamado Borges.

Poemómetro: neologismo. Instrumento de precisión científica que, desechando la estupidez natural (EN) para validar sus hallazgos, ha adoptado la inteligencia artificial (IA) como único modo de determinar la enjundia de cualquier texto poético.

Si Borges hubiera sido puertorriqueño no hubiera tenido abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que fueran héroes de la independencia. De haber tenido la bonita suerte de ser puertorriqueño, Georgie no hubiera sido director de la Biblioteca Nacional. La Editorial Emecé hubiera desconocido el oro de los tigres y ni siquiera hubiera visto relampaguear su nombre por ponientes o crepúsculos. La Sociedad Argentina de Escritores (Sade) no lo hubiera honrado con la presidencia. La Sade ni siquiera se enteraría y, por lo tanto, no le dedicaría una cena de desagravio por el premio que le arrebataron a sangre fría por El jardín de senderos que se bifurcan (1942), obra que recibió la injuria de un segundo lugar (la obra premiada nadie la recuerda).1

Si Borges hubiera sido borikensis ni el periódico La Nación ni Crítica, la revista El Hogar, Evar Méndez y Martín Fierro se hubieran animado a enchufarlo a sus páginas desde que era un pibe. Es que hubiera sido una voz demasiado anónima y extraviada en un mundo demasiado cosmopolita y extrarrefinado. La emperatriz de la cultura, Victoria Ocampo, y el talentoso banquero Adolfo Bioy Casares, le hubieran propinado un codazo hospitalario a su ternura si hubieran sospechado sentir bostezar aquella voz alrededor del enorme banquete.

Un Borges boricua hubiera tenido —quizás— una madre soltera excesivamente celosa de la genialidad de su retoño. “Salió a mí”, diría golosamente en las fiestecitas de cumpleaños o en los juegos a los que la convocaba la iglesia adormecida. “Menos mal que no sacó ni un pelo de su padre, quien se largó al infierno antes de que su cabeza me destrozara el vientre”.

Lo que dudamos es que —se quedara o se declarara prófugo— Georgie tuviera por padre una conversadora biblioteca inglesa y que la fuerza de esa voz le inspirara un atractivo más arrebatador que un juego de Nintendo, que una revista de mujeres vestidas con tirillas, o que un teléfono mágico en el que se ven, escuchan y ordenan maravillas.

Es una verdadera lástima que Borges haya nacido tan lejos del dios dólar y tan cerca de una estatua ecuestre. Si en vez de nacer en el pintoresco barrio siciliano de Palermo, Borges hubiera abierto los ojos aquí, en La Perla, ¿se hubiera convertido en un desertor escolar desde el octavo? ¿Hubiera escrito El hacedor? ¿La mitad de El hacedor? En vez de El hacedor, por nostalgia del paraíso, ¿no hubiera producido El asador? ¿Hubiera escrito aquí más ficciones que fricciones? En vez de “La lotería en Babilonia”, ¿hubiera dado un jonrón socioliterario con las bases llenas titulado “El impostor inverosímil Pega Tres”? En vez de una milonga descafeinada en honor a Jacinto Chiclana, ¿le hubiera dedicado Borges un muy sentido “seis chorrea’o” a Toño Bicicleta?

Toda una épica del arrabal tendríamos quizás si hubiéramos tenido la suerte de tener un Borges en la nómina del Instituto de Cultura.

Si en lugar de las sínsoras2 del sur, Borges hubiera nacido en un palacete cañero, año de gracia de 1899, al despuntar su pavera su humilde familia lo hubiera metido en un camarote y lo hubiera enviado al mejor internado o prisión infantil de Massachusetts. Es la sabia costumbre colonial. De allá, en vez de regresar hecho un poeta ultraísta locamente enchulado de la metáfora y el versolibrismo, estrenando su amistad nuevecita con Cansinos Assens, Borges hubiera regresado convertido en el anexionista más irresistible que haya dado este pueblo.

De regreso de la Nueva Inglaterra, en un futuro poema dedicado a egregios conquistadores, como Juan Ponce de León, Borges no diría que los bárbaros (o sea, los gauchos) vencen (“Poema conjetural”). Hubiera dicho que la crápula boricua compuesta por una pandilla tiznada de taínos, africanos y canarios (o andaluces) estaría acabando con la civilización que trajeron nuestros mayores.

Una pregunta de corte laboral que circunvala como una mosca azul en torno a las orejas es: un Borges Puerto Rican ¿hubiera conseguido un puestecito de bibliotecario en la Carnegie? ¿En la biblioteca de Derecho de la Inter? ¿En la Juan Ponce? Con la solicitud todavía intacta, ¿no lo hubieran enviado “fast track” a la Oficina del Procurador del Impedido? ¿Hubiera tenido que ir ochocientas veces al Fondo del Seguro a solicitar una pensión? ¿Se la hubieran negado —finalmente— por ser capaz de distinguir el color amarillo, pero no el azul, que es el que cuenta? ¿Lo hubieran largado con el rabo entre las sienes por estar escribiendo elogios a la sombra en un país que no tiene problemas con la energía eléctrica?

De haber sido boricua, el nietecito del coronel Laprida ¿hubiera tenido necesidad de refugiarse bajo el quepis amable de Videla cuando iba como cierto capitán del Purgatorio huyendo a pie y ensangrentando el llano para no ser devorado por los montoneros de Evita? (como el voto es secreto, ahí cerramos la urna a toda especulación).

De haber sido nombrado maestro-bibliotecario de una escuelita en la que casi todos los administradores saben leer y escribir ¿quién lo respaldaría y protegería en Puerto Rico? La asociación magisterial que defiende a capa y espada a los educadores ¿se hubiera negado a llevar adelante su caso por cualquiera de estas calumnias venenosas inventadas por los peronistas de la Band ‘acá?:

  1. ¿por ser demasiado moroso en el pago de sus cuotas?
  2. ¿por ser un mama’s boy? (delito que no está consignado en el Código Penal).
  3. ¿por ser un misógino en un mundo de amazonas (como es el magisterio)?
  4. ¿por ser homofóbico?
  5. ¿por haber respaldado la guerra de Vietnam?
  6. ¿por haberse tomado un postrecito con Pinochet?
  7. ¿por no haberle escrito ni un poema a las abuelas de la Plaza de Mayo?
  8. ¿por estar en contra de la sindicación del conocimiento, una partícula pura que no será divina, pero por lo menos es platónica?

¿Qué hubiera acontecido con Borges de haber nacido aquí? La Junta de Control Fiscal, el brazo extranjero que nos guía por buen camino, y la legislatura anexionista que nos protege de tantos peligros, ¿hubieran respaldado su candidatura a un puestecito superior al de director de la Lotería Electrónica, como es el de secretario de Educación? Supongamos que lo nominaran. Pero ¿qué acontecería si —en un arranque de ira patriótica— el poderosísimo senador Navarro (un servidor público más estricto que un barrote de un colegio de calvos) pronunciara en las vistas de confirmación un discurso arrasador, de esos que está acostumbrado a echar como un jardín botánico en el hemiciclo? ¿Qué haríamos si el más grande defensor de nuestra cultura esgrimiera en su contra una razón sagrada como esta: que el mejor escritor de la isla (presente en esta audiencia de confirmación) “el único papelito que puede exhibir como parte de sus credenciales académicas es un certificado (ni siquiera un diploma) de escuela superior? Y que ese triste certificadito está redactado en latín (no en inglés, como tiene que estar cualquier documento oficial para ser válido) y, para colmo, su timbre de correos dice ‘Ginebra’, bebida, señores, que yo no paso ni en pintura”.

Si Jorge Luis Borges Acevedo hubiera sido borincano, hubiera sido un tigre de sesos “vola’os” y Juan Domingo Perón y toda la mazorca justicialista hubieran tenido que andarse con cuidado antes de propinarle la bromita aquella de nombrarlo “inspector de gallinas”. Es que a ningún gallito lugareño usted le llama gallina (chicken) y se queda tranquilo, o se lanza al galope en una carcajada de gomina y carisma dental parecida a la de Gardel.

Pero Borges no era boricua, y cada espacio geográfico y social es un destino.

En vez de profesor de un instituto, su padre ¿hubiera desaparecido en una pampa o pradera interminable de tomates en Connecticut... y nunca más? De ser isleño, Georgie ¿hubiera sido criado por una abuela, una tía solterona, en un hogar sustituto, en una escuelita correccional? ¿Se hubiera hecho millonario a los veintisiete traficando ficciones y hubiera perdido su esqueleto a los 33 cuando ya estaba a punto de consolidar tres puntos suspensivos? O, por el lado anverso o el reverso, ¿se hubiera concienciado Georgie en la Intermedia para luego devenir el gallito más fajón de la Fupi, Federación de Universitarios Pro-Independencia? Como un respetado jefe de galeras, un Carlos la Sombra lector iluminado de Franz Fanon, convertido ya en un pulido cuadro de izquierdas ¿hubiera muerto heroicamente en un encontronazo “West Side Story” entre pandillas en el patio de alguna universidad de máxima seguridad?

Medite usted a neurona profunda la tesis que desde la arrancada viene sosteniendo este poema gaucho-Rican que hemos puesto a su consideración. Si el niño prodigio Georgie Borges hubiera nacido en Juana Matos o en La Trocha ¿hubiera leído a los tres años el Quijote en inglés? ¿En español? ¿En lunfardo? ¿En espanglish? ¿En puertoñol? ¿O (al cumplir la mayoría de edad) hubiera sido arrastrado por el US Army a las heroicas selvas de napalm y naranja de Vietnam? En vez de un héroe ajeno o mercenario, ¿se hubiera quedado dando vueltas por ahí, poniendo todos los días el reloj despertador para las once de la madrugada? Dadas tan bendecidas circunstancias, ¿hubiera el pibe Borges asistido a un colegio de rigurosos pupitres calvinistas donde la mera sospecha de una pantaleta o un sostén vistos en sueños podía significar una expulsión?

Hablando de pantaletas y sostenes, aconteció que una vez, encandilado con los encantos de una chica de carné rojo y piernas largas, medio siglo más aurora que él, pero demasiado adelantada a la sabia miopía del escritor... Aquel ángel a quien su círculo de amigos y doña Leo (¡ARRRR!) adoraban a muerte, era para las furias pospuestas de Georgie un imán. Una verdadera e incontenible catástrofe. La tentación es grande. Se dan cita. Ya están en el romántico paraíso-restorán. Y, no pudiendo controlar más sus neuronas, esa noche marcada en el horóscopo, el fervor de toda la ciudad suelta el bastón. Buenos Aires le propone matrimonio a la tormenta. Sorprendida, la chica rompió a reír a club completo.

—Cualquier guarangada esperaba de vos, menos esta —le dijo entre lágrimas felices—. Acepto la propuesta, pero con una condición.

Y, poniendo a un costado la larga boquilla de mujer fatal (marca Fumando Espero), descalzándose los guantes de cabritilla y depositando la hospitalaria bandeja del escote sobre el mantel, tomó con magia los dos bloques de hielo de su nuevo donjuán, y haciendo caso omiso de cualquier mordaza, le dijo a quemarropa:

—Esta misma noche te acostás conmigo. Si no, no hay trato.

Como si un aerolito de veinte toneladas le hubiera hecho choli en el chambergo, o la mazorca se le hubiera echado encima de a montón, el muchacho criado en el aseo británico de una biblioteca, que olía a baúl de abuelo y archivo desvelado y tenía un bastón y dos zapatos derechos, tropezó de pronto entre unos anaqueles de palabras en penumbra y se le descalabró el galillo.

—Pero yo soy un caballero —finalmente se le escuchó refunfuñar como si su alma saliera de un túnel en sombras. Y olvidando salvavidas y paraguas, haciendo caso omiso de los reclamos del capitán de los mozos, se lanzó a la lujuriosa noche a todo vuelo detrás de su bastón.

Al verlo regresar ensopa’o de tan triste, doña Leonor se puso alegre. Pero lo que hasta el sol de hoy ningún biógrafo jamás ha podido explicar fue por qué esa misma noche Borges comenzaría a odiar de una forma minuciosamente detallada a Juan Domingo, a Evita y a Gardel, mientras estrechaba eslabones cómplices con un joven heredero de la aristocracia bancaria, quien le habría de propinar (con arte, pero no de injuriar) su más sonado elogio póstumo en un diario cuyas entradas abren casi invariablemente con una frase hospitalaria: “Come en casa B”.

Unos meses más tarde, el playboy de Palermo habría de producir a dúo con Bioy “La fiesta del monstruo” (1947), una de las páginas más anti-qué-sé-yo-qué salidas de su pluma (y del dueto). Escrita en un lunfardo de botiquín, “La fiesta” denuncia al gobierno en el poder como a una fuerza ciega, primitiva y salvaje que, compuesta mayormente de residuos sociales inmigrantes (pero no centroeuropeos), descarga toda su irracionalidad en el antisemitismo. El relato (sencillito de tan predecible) culmina con la lapidación de un judío (hombre de libros) por una masa purulenta de escorias sociales que remeda sin demasiado esfuerzo a la mazorca paramilitar de tiempos del tío bisabuelo de doña Leonor, el mismísimo R...

La realidad es una noria. La tropa de asalto (profederalista y antiunitaria) en aquella joya de sublimidad romántica (clasista y racista también, pero sin quererlo) que fuera el cuento de Esteban Echeverría, “El matadero”, es ahora la masa justicialista de “La fiesta”. Así, memoria e historia forman un solo cuerpo que va y vuelve, un eterno retorno o costra de la que resulta difícil desprenderse. Hasta que la República Argentina (y toda la América Latina) dejen de ser salvajes, convirtiéndose en democracias británicas o suizas. ¿Cómo? Aplicando la “solución Sarmiento”: extirpando de raíz la barbarie criolla y sembrando oro europeo en nuestra América.

Pero más que el maridaje de la aristocracia criolla y la banca internacional (tema insultante para alguna gente inteligente que ve en la literatura un espacio incontaminado por los intereses de clase), lo que mueve nuestra curiosidad menos que chismográfica en este instante es ¿qué pasó con el corazón de Borges y la chica del carné? Nos interesa la novela, no la historia.

(¿Les daremos a ustedes —peores que nosotros muchas veces— el gustazo de decirlo?) Lo diremos. Años más tarde, aquella mina adorable que pudo haber sido su esposa por minutos o meses no prescritos se habría de convertir en una buena amiga suya y Borges, hecho a la medida de la miel, le regalaría nada menos que el manuscrito de su cuento “El Aleph”. Ese sí es premio a una amistad. A una amistad o a algo más indefinible. Esto quiere decir que hay muchos Borges. Y no todos son iguales de peores, ni mejores a sí mismo. (Cae el telón y los colibríes de luces nos llevan a otra escena).

Una tarde dichosa, el bastón de Borges sale a todo escape del 994 de la calle Maipú a hacer sus ejercicios matinales. Un señor que lleva puesta su misma cara y que lleva también un paracaídas, un salvavidas y un paraguas, se le acerca haciendo grandes aspavientos. “¡No puedo ocultar la enorme admiración que siento por su pluma!”. “No es para tanto”. “¿Cómo que no es para tanto? Usted es lo más grande que en materia de letras ha dado la República, después de Ernesto Sabato”. “¡ARRRRR!”. “Acabo de leer la reseña genial que usted ha publicado sobre ese escritor extraordinario, Herbert Quain. ¡Qué maravilla! Ya me he puesto en comunicación con mi librero de Londres para que me haga llegar las obras de Quain que todavía no he leído y que en este pobre país no se consiguen”. “Le recomiendo April March, una verdadera gema. Ni el mismo Alejo Carpentier (¿?) sabía correr mejor en reversa que Quain. ¡Buena suerte!”.

Y el celaje de un bastón se vio partir echando carcajadas.

¿Serían los juicios literarios de Borges lo que fueron de éste haber sido boricua? ¿Sería Manuel Machado un poeta, y Antonio, un hermano que le salió al poeta? ¿Sería Gabriela Mistral una costumbre chilena y Federico García Lorca una costumbre andaluza? ¿Era Neruda sólo un buen poeta comunista que —aparte de esa miseria— no tenía un solo verso presentable en público?

Un Borges puertorriqueño ¿hubiera silenciado por ochenta años el nombre de Vallejo? Hay que ser un ser bien especial... ¿Cómo a una persona —nacida en 1899 y criada en América—, que vivió casi un siglo y era poeta, se le va a ocurrir la originalísima idea de nunca pronunciar el nombre de Vallejo? Esto es —de por sí— el equivalente a una antología silenciosa de la literatura fantástica.

¿Sería por timidez solamente que Borges llegó a sublimar al candoroso Imperio británico y al imperialista Kipling? ¿Lo hubiera hecho de igual forma de haber tenido la suerte de nacer en una colonia tan bonita como la nuestra?

¿Le faltaría a Borges la suficiente humildad como para reconocer que Muerte y transfiguración de Martín Fierro era la obra capital sobre ese tema, a pesar de haber sido fruto de la pluma de su admirado adversario Martínez Estrada? Ya que era exageradamente discreto para sus cosas, ¿por qué no le diría al oído este secreto a Bioy? ¿Qué juramento sagrado le impediría decir que Adán Buenosayres era (es, seguirá siendo) una de las mejores novelas argentinas de todas las épocas? ¿Por qué haría Borges una inversión tan preciosa en misas herejes, mientras desplegaba una desatención tan espantosa frente a las rayuelas? ¿Por qué no habría cenas de desagravio por Adán y por Rayuela, que debieron ser en 1948 y 1963, respectivamente, los libros del año? ¿No será la ceguera una de las estrategias crítico-literarias más audaces inventadas por Homero?

Menos mal que para balancear todas estas injurias estaba Beppo. Cuentan quienes lo conocieron personalmente, que Beppo era el gato más amoroso del mundo. Era tan perceptivo que podía distinguir las ondas del pensamiento de su amo, algo que ni la misma doña Leonor. Borges solía sentarse en su butaca señorial a la sombra de una lámpara a conversar con Beppo por telepatía. Para enfurruñar a Américo Castro, o simplemente porque los gatos son alérgicos al purismo, charlaban de “tú a vos” en lunfardo. ¡Un tipazo este Beppo! Muy poco patitieso, apostaríamos a que a Beppo le fascinaba bailar tangos. (¿No llevaría oculto este demonio un carné montonero?) De pronto, una mano maestra cortaba como un celaje las tinieblas y traía por el cogote a su mejor amigo, ya sonriente ante cualquier malentendido anterior que hubiera habido entre ellos.

Cuando Borges salía de viaje, Beppo entraba en depresión profunda. No comía y apenas tocaba el agua con la puntita rosada de su desazón. Se la pasaba echado todo el santo día contando los minutos que separaban su pelaje de la mano robada por los embelecos de la fama, los honoris causa y los banquetes. ¡Pobre Beppo, tan lejos de los roedores y tan cerca de este manicomio donde él es la única persona que sabe maullar!

Borges, que supo practicar y llevar a la cumbre el arte de injuriar, hubo de caer en otras ocasiones víctima de su propia medicina. Pero la mayor injuria del mundo no se la propinó él al monstruo de Perón, ni éste a él. Tampoco se la propinó (carne de su carne) ni siquiera su mejor compinche, Biorges. Se la vino a propinar ¿saben quién?

Se dice que a su querida Fanny, la cocinera de casi toda su vida, una mano anónima —más diestra que siniestra— se hubo de encargar de borrarla de su testamento cuando Borges cayó en cama para siempre. Y que sería la mano prodigiosa de un tercero la responsable de que Fanny no pasara sus últimos días tirada en la miseria.

Antes de que la mano piadosa se manifestara, hay versiones anónimas que pintan a una señora de avanzada edad con mochila a la espalda merodeando entre las Abuelas de la Plaza, o protegiendo su cuerpo de las ráfagas heladas entre noctámbulos que se arraciman en torno a las ollas populares que hierven en la vereda. El bigote de un gato viaja asomado a una de las ventanitas de la mochila. Esto se dice, pero debe ser otro cuento fantástico sin el talento que Borges le imprimía a la narración de sus infamias literarias. De todos modos, feliz si fuera cierto, porque —aunque no podemos maullar por él— a lo mejor esta sería la primera vez que ese pobre felino contempla el mundo de ficción que vive fuera de los muros de papel.

Desde afuera también le llovían injurias, y algunas de esas se las propinaban sus propios admiradores. Una de las más célebres le vino de un señor embutido en un aura militar. Este caballero de apellido Videla se empeñó en homenajearlo con el resplandor de medallas de su discretísima persona. Y Borges, democrático al fin y, además, nieto, bisnieto y tataranieto de cuarteles, se dejó homenajear a gusto y gana. Después, otro vecino, de durísimos cascos (militares también), de apellido Pinocho, Pinochito o Pinochet, lo convidó generosamente a un asado al otro lado de la verja. Allí —entre mate y mate, salpicado el banquete de chispeantes relatos (algunos escalofriantes, aunque fantásticos) de aparecidos y desaparecidos— huésped y anfitrión cenaron democracia en un conversatorio que, a dúo cerrado, hubo de irse al otro lado de la noche hasta tragarse en sombras al Palacio de la Moneda. De allí el invitado de honor salió levente. Un fotógrafo que, por pura casualidad, iba por la otra vereda, hizo sonar un clic. Ese memorable clic le quitaría a Borges un terrible peso de encima: la amenaza constante del Nobel.

Hay Borges prácticamente para casi todos los apetitos. Olvidado ya de la Casa Rosada y de Santiago, tableros sobre el que su bastón bailó con espuelas y boleadoras un malambo y después una cueca, Borges hubo de recibir el premio más fabuloso que escritor o escritora haya recibido. Algo jamás soñado. Para su cumpleaños 84, su editor italiano (Franco Maria Ricci era su gracia), que sabía homenajear con óleos y violín, hizo preparar para él un festín de gala nada menos que en la New York Public Library. Ningún otro lugar más apropiado.

Cuatrocientos cincuenta selectos invitados del mundo inundaron aquella noche única el palacio de los libros, quizás el símbolo más caro de lo que fuera para Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo un Aleph: una biblioteca. Aquel laberinto era una cifra, una funesta memoria (terca como una pesadilla kafkiana) de legajos y papeles y guarismos y letras, un rascacielos de vastos niveles y sucesivas capas de cultura que sólo saben tener continuidad, nunca fin ni comienzo. Babel. Y allí, en el centro del Todo que esa noche estaba en New York City, bajo la sombra de un tenebroso paño se acurrucaba no el resorte mortal de una cobra, sino la sorpresa que Borges jamás sospecharía. Se trataba de un cofre que contenía 84 libras esterlinas de oro (el euro todavía no había entrado al jelengue), representando cada una de las vueltas que aquel pibe tímido había dado en torno de la esfera. Lo que el propio Ricci pasaría por alto por ser ajeno al privilegio de los ciegos es que aquel cofre estaba rayado —además— por 84 círculos invisibles, y que cada fragmento de esos círculos equivalía a un minuto de la biografía del homenajeado. Y como un ser humano es o puede ser todos los seres que viven, han vivido o vivirán, él (Borges) en aquel instante era la humanidad entera. Por una gota de tiempo fue feliz, pero la lágrima que expresaba esa dicha nadie la percibió.

Si Borges hubiera tenido la culpita de haber nacido aquí, no lo conocerían en la República del Plata y, quizás, ni el propio Ricci, aun siendo el ser tan esplendoroso que es, tampoco hubiera escuchado su nombre. En ese sentido, la única ventaja de nacer en una hermosa colonia, que no cuenta con un aparato cultural de muñeca y mollero portentoso, sería que... la Academia Sueca se hubiera ahorrado el remordimiento que por sesenta años la persigue.

¡Qué lástima que Borges no haya sido por un día puertorriqueño!

 

Antología ultraísta de los pros y los contras

  1. Borges dándole un beso en la frente al cadáver de Oliverio Girondo.
  2. Borges —un gigante adolescente— bajándose del camastro por temor a que la hembra con la cual yacía fuera la amante de su padre.
  3. Borges invitando a un mocoso —que lo increpa por sus posturas frente a la guerra de Vietnam— a zanjar sus diferencias en la calle, a bastonazos.3
  4. Borges entrando sin el hilo de Ariadna al Palacio de la Moneda a saludar al minotauro.
  5. Borges en el instante de recibir el cofre de sus 84 circunvoluciones.
  6. Borges coautor con Bioy de un mamarracho en 1947.
  7. Borges soñando en cuatro, pero escribiendo con gran luminosidad en un idioma.
  8. Borges intentando en una pesadilla darle alcance al perfume de Estela.
  9. Borges ignorando minuciosamente el nombre de Vallejo.
  10. Borges dedicándole sus Obras completas a doña Leonor.
  11. Borges cenando noche a noche en casa de la oligarquía.
  12. Borges siguiendo un hilo mágico hasta quedar libre en su propio laberinto.
  13. Borges creando un exoplaneta para huir de este mundo con salvavidas y paraguas.
  14. Borges durmiendo en Suiza, pero soñando en (con) la Recoleta.
  15. Borges conspirando con Biorges para impedir que los comunistas (como Ernesto Sabato o el negro Marechal) se apoderen de laberintos tan bonitos como la Sade.
  16. Elena Garro concienciando por carta al dueto Biorges sobre la matanza de estudiantes perpetrada por los comunistas en la Plaza de las Tres Culturas (Tlatelolco).
  17. Borges (“¡Gracias, maestro!”) visitando, veintidós años después del trivial incidente del cianuro, el espectro de Lugones que vive en la Biblioteca Nacional de Maestros.
  18. Borges leyendo a escondidas de la madre (y admirando a traición) el Martín Fierro.
  19. Borges poniendo su firma al pie de algunas de las mejores páginas que jamás se han escrito: “Borges y yo”, “Arte poética”, “El Aleph”....
  20. Borges sintiendo en su garganta el facón con el cual los montoneros de Aldao4 sacaron de este mundo al coronel Francisco Narciso de Laprida.
  21. Borges quejándose a mandíbula entera de por qué ya la humanidad (blanca) no podía darse el gustazo de hablar mal de los negros.
  22. Borges orinándose fuera de la bacineta. “Pero te stás miando fuera de...”. Sale Borges del retrete con un brillito licencioso en los zapatos parecido al amarillo.
  23. Periodista: “¿Qué opina del Papa?”. “Es un funcionario que no me interesa”.
  24. [...] un pintor llamado Francisco Rodón hizo un espantoso mural con mi retrato. [...] algo sumamente desagradable y feo. Al pintor lo consideran genio en Puerto Rico, porque no tienen otro... (Borges, 1553).
  25. “Me preguntaron si me gustaba el Brasil. Les dije que no, porque era un país lleno de negros” (Borges, 1423). A esa edad, no nos imaginamos cómo no pudo Borges confundir a los brasileños con chinos. ¿Se lo habrá dicho su bastón lazarillo? ¿Hay bastones capaces de distinguir el (anti)color negro? ¿Se puede distinguir una buena zamba de un mal lazarillo?].
  26. El autor de Adán Buenosayres, Leopoldo Marechal, “era mulato. Los padres tal vez fueran parientes de Toussaint L’Ouverture. Eran de Haití o de la Martinica” (Borges, 1332).
  27. Columbia University. 14 de abril de 1971. Borges declara su respaldo a la guerra de Vietnam. Hay que defender la democracia y detener la expansión comunista (Borges, 1358).
  28. Lunes, 12 de mayo de 1986. Última llamada. “No voy a volver nunca más”. La comunicación se corta. Silvina me dijo: “Estaba llorando” (Borges, 1591).

 

Juan Manuel Rivera

Notas

  1. En Puerto Rico ese gesto de desagravio no hubiera sido necesario porque aquí esas barbaridades no ocurren.
  2. Lugar apartado y remoto.
  3. ¿A bastonazos? ¿Habría confundido Borges al pelusa con un gentry? Una muerte a bastonazos carecería de toda sapiencia antropofágica. Para cumplir con un “destino sudamericano” a la usanza romántico-borgiana —como lo hace Juan Dahlmann en “El sur”, o como Laprida en el “Poema conjetural”, en este caso, enfrentando de espaldas a los montoneros, “huyendo a pie y ensangrentando el llano”—, el desafío debería ser más orillero o gauchesco. Sí señor, a cuchilladas.
  4. José Félix Esquivel y Aldao (1785-1845) luchó junto al libertador José de San Martín. Defendió la provincia de Mendoza contra las embestidas del unitario Francisco Laprida, que acabó siendo muerto por él (Jorge Schwartz, Borges babilónico: una enciclopedia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2023, 39). Al imponerle a Aldao el ya epíteto de “montonero”, Borges está recayendo en su ya clásica manía de dividir la historia entre civilizados y bárbaros, federalistas y unitarios, descamisados peronistas y cultura de salón. Cuando usted saca en claro las piezas claves de esta historia, resulta que Aldao fue montonero (gaucho y bárbaro, según el “Poema conjetural”) simplemente porque el conflicto del drama lo está describiendo un nietecito del patriciado, grupo social que ya ha tomado partido en la contienda. Aldao es bárbaro porque no peleaba al lado de los gloriosos “unitarios”, bandera a la que pertenece la estirpe Acevedo de Borges. En ese abolengo todos son próceres, excepto la ovejita prieta “cuyo nombre está censurado pronunciar en esta casa”: el del tío bisabuelo de Leonor... (si escribiéramos su nombre, la maldición caería sobre nosotros porque estaríamos revelando uno de los secretos más sagrados de la biblia patricia).
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