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El universo metafísico en la obra borgesiana

lunes 23 de junio de 2025
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Jorge Luis Borges
Si las jugadas que se hacen sobre el tablero correspondieran a la realidad, las variantes imaginadas, pero no hechas, equivaldrían a ficciones literarias. Borges alude con frecuencia al ajedrez tanto en ensayos como en ficciones y poemas.

Borges ha puntualizado: “No soy filósofo ni metafísico; lo que he hecho es explotar, o explorar —es una palabra más noble—, las posibilidades literarias de la filosofía”. En el epílogo a Otras inquisiciones, reconoce que “se deben estimar las ideas religiosas o filosóficas por su valor estético y aun por lo que encierran de singular y de maravilloso. Esto es, quizá, indicio de un escepticismo esencial”. Y agrega: “Las invenciones de la filosofía no son menos fantásticas que las del arte”.

En el prólogo a El oro de los tigres, de 1972, Borges dice: “Mi lector notará en algunas páginas la preocupación filosófica. Fue mía desde niño, cuando mi padre me reveló, con ayuda del tablero de ajedrez (que era, lo recuerdo, de cedro), la carrera de Aquiles y la tortuga”.

El ajedrez es un juego de variaciones infinitas. Si las jugadas que se hacen sobre el tablero correspondieran a la realidad, las variantes imaginadas, pero no hechas, equivaldrían a ficciones literarias. Pero ocurre que, en los laberintos del juego, igual confluyen espíritu y materia, idea y acción. Táctica y estrategia conforman una dialéctica que lleva a las cimas más altas del pensamiento o a sus peores hondonadas. Borges alude con frecuencia al ajedrez tanto en ensayos como en ficciones y poemas.

Vio en el ajedrez una clara alegoría del destino humano y dice en uno de sus poemas: “Sobre lo negro y blanco del camino / buscan y libran su batalla armada”. Después hace una precisión determinista: “No saben que la mano señalada / del jugador gobierna su destino”.

No es frecuente encontrar un paralelismo entre el ajedrez y la filosofía, en particular con su rama metafísica, aunque Borges fue un paso más allá al plantearse uno de los interrogantes más terribles y sobrecogedores que la mente humana es capaz de concebir: si el destino, o Dios, mueve tanto las piezas de ajedrez sobre el tablero como al hombre sobre el mundo, ¿quién mueve o condiciona, a su vez, la voluntad de ese destino o de ese Dios? En su soneto dedicado al ajedrez, Borges se interna en la metafísica de manera mucho más profunda: “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonías?”.

Este final formula la pregunta más fascinante que hayan concebido tanto la poesía como la filosofía y la teología juntas.

En Borges lo medular es la metafísica, objeto de lúdica manipulación ficcional; es el deseo de inscribir un corte con una determinada tradición a partir de un singular modo de viajar entre filosofía y literatura.

A lo largo de su vida, tanto literaria como personal, Jorge Luis Borges expresó una insaciable curiosidad y gusto por lo incognoscible, y el misterio que subyace escondido en la cotidianidad más inocente y aparentemente absurda. Se sintió inclinado hacia la historia de las sociedades secretas, tanto reales como imaginarias, cultos extraños y siempre remotos. Esta obsesión dio lugar a historias maravillosas como son “La secta del Fénix” (Artificios), “La secta de los treinta” (El libro de arena) y otros muchos relatos donde las sectas de un modo u otro orquestan la trama oculta, los invisibles hilos que entrelazan a personajes y hechos. De este género es tal vez “El jardín de senderos que se bifurcan”, su cuento mejor logrado, ya que el laberinto tal y como lo concibe Borges resulta ser la materialización de esos sutiles vínculos, ocultos tras el velo engañoso de los sentidos. Nada hay más semejante a un laberinto que una tela de araña: sus hilos entrecruzados semejan un laberinto transparente, suspendido en el aire. En el centro del laberinto aguarda a su presa el Minotauro; en el centro de la tela, la araña acecha.

 

Caminos de la iniciación

María Esther Vázquez, en su libro de entrevistas con Borges, recoge un hecho curioso: al referirse Borges a las sociedades secretas y la Antigüedad clásica, ella le pregunta: “¿Cuántas horas te roba esa sociedad secreta?”. Borges responde: “Solamente los sábados y los domingos. Somos unas siete personas, nos reunimos unas tres o cuatro horas y prescindimos de la gramática. Tomamos un texto del siglo XIII, por ejemplo, y empezamos a descifrarlo (...). Tiene algo de una aventura filológica”.

El relato “El congreso” es tal vez uno de los pocos escritos de Borges donde el autor sugiere la existencia de un culto personal, del cual muy poco se conoce, salvo escasas citas en cuentos y entrevistas.

Debido a la gran identificación de Borges con la cultura anglosajona antigua y contemporánea, se supone la existencia de un secreto aún mayor que el autor ocultó cuidadosamente: los “congresos” o sectas podían no ser más que un intento luminoso por recrear en Buenos Aires algo que habían concebido los Inklings de Oxford en 1930.

Al emprender la tarea de ahondar en las huellas del pensamiento metafísico en la escritura de Borges, nos encontramos con un interesante punto de partida: un artículo publicado por él en una revista ilustrada argentina en 1931 titulado “Una vindicación de la cábala”. A lo largo de este artículo, el autor recuerda a Bacon, John Donne, Gibbon y Tennyson, pero sin apoyarse en ninguno de los tres libros cabalistas fundamentales: el Sefer Bahir, Sefer Yetsira y Sefer ha Zohar. Es un hecho indiscutible, puesto que el mismo Borges lo admite expresamente, que su primer y, quizá, más importante contacto con las ideas de la cábala tuvo lugar en Ginebra en 1915 cuando, a la edad de diecisiete años, leyó por primera vez la recién escrita novela de Gustav Meyrink Der Golem. Una confesión de Borges indica todavía otras fuentes de su interés por la cábala: “Las nociones de cábala me llegaron, en primer término, por la versión de la Divina Comedia que hizo Longfellow, en la que hay dos o tres páginas sobre la cábala. Luego leí un libro de Trachtenberg sobre supersticiones hebreas, donde se habla del gólem, al cual yo he dedicado un poema, quizá el mejor poema que yo he escrito”.

 

Cábala y pseudoepigrafía

Al investigar las fuentes del interés borgesiano por la cábala, hay que admitir finalmente que quien le suministra los datos más precisos acerca del tema es el erudito Gershom Scholem. El mismo Borges lo confirma en otra entrevista periodística:

Kafka y yo compartimos el mismo fervor por Swedenborg, y por William Blake, y sobre todo por la cábala. Kafka, que no conocía el hebreo a la perfección, estudió la cábala en traducciones. Y fue el profesor Scholem, en Jerusalén, quien me ayudó a comprenderla mejor. Él me explicó cosas que sin duda son elementales pero que yo no comprendía durante mi solitaria tentativa de descifrarla. La utilización de nombres apócrifos, la atribución de afiladas sentencias a viejos maestros, es un recurso tradicional, no sólo en el ámbito hebreo: a Plinio o Lucrecio los siglos les fueron agregando libros con los que jamás soñaron. El ejemplo más espléndido de pseudoepigrafía es, sin duda, el mismo Zohar.

Pero veamos ese recurso presente en la obra de Borges: uno de los más evidentes aparece en “Tres versiones de Judas”, donde Borges atribuye la controvertida idea de la fusión de las figuras del mesías y del traidor Judas a Nils Runeberg, que expusiera sus intuiciones audaces en su libro Kristus och Judas y en su obra mayor Den hemilge Fräslaren. Otro ejemplo son los libros del ficticio Herbert Quain: El dios del laberinto, Abril marcha, El espejo secreto, Declaraciones. No se puede olvidar tampoco el volumen XI de First Encyclopedia of Tlön, que no sólo suministra al autor una referencia apócrifa que justifica la construcción del relato, sino que también constituye el contenido mismo del relato. Si el Zohar es una transcripción de un libro antiguo del rabí Shimon ben Yohay, el relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” es una transcripción de aquel tomo de la Enciclopedia de Tlön. Merece la pena añadir que la eficacia de la aplicación de este recurso tal y como lo utiliza Borges llega a equivaler a la del maestro Moisés de León. “En este aspecto —ironiza J. Alzraki— no podemos dejar de recordar que algunos de los lectores ingenuos de Borges también han hecho tentativas diligentes por obtener ‘la primera novela detectivesca que se escribiera por un natural de la ciudad de Bombay’, o ‘el acercamiento al mir Bahadur Ali al-Mútasim’ que Borges sumario ofrece en la historia”. El cuento “Las ruinas circulares”, del libro Ficciones, indaga también en el problema de la creación. En este texto, un mago se propone crear un hombre a partir de sus sueños “e imponerlo a la realidad”. Al igual que como sucedió con el rabino del poema “El gólem”, la creación revela al creador un aspecto oculto de su propio ser. El mago, que sabe de la invulnerabilidad de su creación (el hombre creado) con respecto al fuego, descubre que él también es inmune a dicho elemento y cae en la cuenta fatal de que él es, a su vez, un sueño de alguien más. Así sucede con el personaje de “Las ruinas circulares” cuando, creyendo soñar con el laberinto, descubre que la realidad, su vida y el laberinto mismo son soñados por otro a quien desconoce. Mientras velamos, el otro sueña, y así, quedamos de nuevo atrapados en la tautología borgesiana: el despierto debe su existencia al que sueña, pero en dicha existencia crea con su experiencia los futuros sueños de este último.

“Ningún poeta ha fabulado con más intensidad la hipótesis de que nuestra existencia es soñada en otra parte”, señaló George Steiner con respecto a Jorge Luis Borges, y agregó que cada elemento dentro de las fantasías de “La biblioteca de Babel” tiene sus fuentes en el literalismo de la cábala y en las imágenes, bien conocidas por los gnósticos y los rosacruces, que describen el mundo como un volumen único e inconmensurable.

Otras reminiscencias metafísicas en la obra de Jorge Luis Borges son los laberintos dentro de laberintos; en “El inmortal”, el infierno dentro del infierno de “El tintorero enmascarado Hákim de Merv” (Historia universal de la infamia) y el sueño que está dentro de una cadena infinita de sueños en “La escritura de Dios”. Así, parece quedar claramente establecida la línea de contacto entre la teoría cabalística de la creación y su representación literaria en la obra de Borges. No hace falta añadir que nos encontramos aquí con el recurso de la alegoría y que este recurso es uno de los fundamentales en la poética de sus relatos. Para Borges, el relato es una metáfora del tiempo, pero es también una dramatización artística del proceso de la creación literaria.

Borges recibió, junto con la herencia fantástica, el gusto por las concepciones orientales del universo, las mismas que desarrolló en sus textos mediante un tratamiento lúdico y artístico. Los puntos de contacto entre la cábala, el misticismo, el esoterismo, la metafísica y la obra literaria de Jorge Luis Borges son abundantes y constituyen una porción muy importante en el pensamiento del escritor. Hemos podido observar en su producción poética y narrativa el recurso del lenguaje secreto de los iniciados: la leyenda del gólem y la idea de una cadena de creadores y creaciones son sólo algunos ejemplos de ello. Borges no se propuso divulgar ni vindicar doctrina alguna, sino que, gustando sobremanera de dichos temas y obsesionado por el misterio del universo, planteó hipótesis y soluciones metafísicas para explicarlo, siempre dentro del marco del juego de la invención literaria. Borges no hace una exposición de la hermenéutica, sino que la ejemplifica en “Tres versiones de Judas”; no realiza una crítica de la metafísica a la manera de los filósofos posmetafísicos, cuando rastrea las secuelas de la hipotética conquista de la sabiduría total en “La biblioteca de Babel”; no emprende la crítica del universalismo, se limita a confrontarlo con el nominalismo en “Funes el memorioso”; no cuestiona las filosofías de la historia cuando las acorrala paso a paso en “La lotería de Babilonia”; no discute la antítesis realidad-ficción, sino que la deconstruye en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”. Borges no expone, sino que muestra la concepción del mundo como mundo apalabrado en “El suicida”, la vocación paradójica de la existencia en “1964, II”, la interinidad del saber en “Ajedrez II”.

Otro ejemplo de cómo tomaba ideas filosóficas y las recreaba artísticamente es el de la teoría de la reencarnación propuesta por los budistas, que Borges retomó y exageró en su cuento “El inmortal”, del libro El Aleph, en el que alcanzó el extremo de afirmar que todos los seres hemos de reencarnar en cada uno de otros seres y llevar su misma existencia. Bajo esta premisa podemos arriesgar que alguien, aún no nacido, o bien presente en el aquí y ahora, en un porvenir insoslayable escribirá y leerá estas mismas palabras y yo las estaré escuchando en su lugar...

Stella Alvarado
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