
En el centenario del nacimiento de la escritora española Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925; Madrid, 2000), perteneciente a la Generación de Medio Siglo, autora de obras fundamentales como Entre visillos (1958), El cuarto de atrás (1978), Caperucita en Manhattan (1990), Nubosidad variable (1992) o La reina de las nieves (1994), le rendimos un homenaje con la recuperación de un concepto suyo muy evocador: el de las “mujeres ventaneras”.
En Desde la ventana ([1987] 1992), Martín Gaite habla sobre la mujer, tanto de épocas pasadas como recientes, sometida a unas normas que la recluyen a un ámbito limitado, un espacio interior, desde el que observa el mundo y anhela una vida que no puede alcanzar. Asimismo, la frontera entre la ventana y el exterior se difumina, el mundo interior cambia cuando le da vida el exterior contemplado. Como explica Martinell (“Prólogo” a Martín Gaite 1992: 20), “[m]uchas de las mujeres que pueblan los textos de Martín Gaite tienen los sueños como reducto más personal”.
A propósito de la lectura del ensayo A room of one’s own (Una habitación propia) (1929), de Virginia Woolf, Martín Gaite, en su primera visita a Nueva York, escribe: “Nunca como aquella tarde me he dado cuenta del privilegio que supone para una mujer tener un cuarto sólo suyo y habitarlo como liberación, no como encierro” (p. 28). Con ese libro, Martín Gaite se plantea si existe un modo particular de escritura femenina.
Homenaje a las mujeres ventaneras
En 1986, Gaite impartió un ciclo de cuatro conferencias con el título general de “El punto de vista femenino en la literatura española”, que son la base de este libro. Parte de una intuición suya sobre cómo los espacios interiores pueden provocar la fantasía en la mujer recluida en ellos. “Dentro de estos espacios, la ventana se me apareció como un elemento fundamental, casi como un símbolo” (p. 33). El título de la obra es un “homenaje a todas las mujeres ventaneras que en el mundo han sido” (p. 33). Ese adjetivo, ventanera, hoy casi en desuso, era muy utilizado en la literatura clásica española, siempre en femenino, y tenía una fuerte carga de censura, pues las mujeres a las que se refería así eran tachadas de livianas, una característica que corre pareja con el encierro prescrito. Así, la ventana era un elemento de transgresión: “Daban por supuesto que una mujer no podía asomarse a la ventana más que movida por un aliciente pecaminoso, para atender a los requerimientos de algún enamorado que inmediatamente ardería de pasión al verla o entreverla desde fuera” (p. 50). No se les ocurría que fuera su alma la que necesitaba ver la ventana. “Pocos han reparado en la significación que la ventana tuvo entonces y ha tenido siempre para la mujer recluida en el hogar, condenada a la pasividad y a la rutina” (p. 51).
Sin embargo, no se puede impedir el consuelo que le proporciona:
La ventana es el punto de referencia de que dispone para soñar desde dentro el mundo que bulle fuera, es el puente tendido entre las orillas de lo conocido y lo desconocido, la única brecha por donde puede echar a volar sus ojos, en busca de otra luz y otros perfiles que no sean los del interior, que contrasten con éstos (p. 51).
A través del marco de una ventana han germinado muchas vocaciones femeninas de escritura (pp. 51-52). La principal manifestación de sus capacidades literarias ha sido el género epistolar, con un “tú” real o inventado, del que son ejemplo —añado— las dos amigas de Nubosidad variable, quienes se escriben cartas que no se mandan (Torres, 1995), o el diario íntimo.
“Mirando a través de la ventana” es el título de la primera conferencia. En ella, destaca que “hasta bien entrado el siglo XIX, las escritoras españolas [...] lo fueron a pulso y casi por milagro” (p. 39). Cuando introduce sus reflexiones sobre Teresa de Jesús (1515-1582), en “Buscando el modo”, Martín Gaite asegura que “el amor, ya sea divino o humano, puede considerarse como uno de los principales acicates de la escritura femenina” (p. 58), y que “la mujer prisionera del amor, sólo cuando lo convierte en palabra empieza a salir de su cárcel” (p. 59). Santa Teresa empezó a escribir por obediencia a sus directores espirituales, pero para hacer las cosas a su modo (p. 62), y el amor de Dios la había vuelto “atrevida, respondona e insumisa” (p. 67):
Obediente por una parte al dictado de los maestros de Teología, y libre por otra de elegir un modo sui generis para comunicar su experiencia personal, esquivando y temiendo al mismo tiempo la vigilancia de sus censores, la hazaña literaria de Santa Teresa es uno de los testimonios más impresionantes del poder expresivo de la palabra femenina para roturar terrenos salvajes (p. 68).
Aparte de Teresa de Ávila, figura extraordinaria en todo, menciona a María de Zayas y Sotomayor (1590-¿1661?), de cuya vida no se conoce casi nada.1 También alude a la monja mexicana sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), sobre uno de cuyos poemas refiere que “[l]as mujeres no existían como tales, las fabricaban los hombres, eran el reflejo de lo que la literatura registraba, bien superficialmente, por cierto” (p. 44). En el siglo XIX, la mujer concibe su vida como las novelas escritas por hombres le enseñan a concebirla. Esa centuria “es la época por excelencia de la novela pasional, leída por mujeres más conscientes que nunca de la banalidad de su existencia” (p. 45). Un intenso malestar invade a las mujeres, como expresa Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), autora cubano-española, quien se atiene a los modelos propuestos por el Romanticismo para expresarse.2
Otra acérrima ventanera de la que habla Martín Gaite es la gallega Rosalía de Castro (1837-1885), “la única escritora romántica digna de ser tenida en consideración” (p. 90), que escribió tanto en gallego como en castellano. A ella consagra la conferencia “El hombre musa”, donde pone de relieve su noción del hombre-musa, propuesta como “ideal femenino de superación” (p. 96), muy presente en su novela El caballero de las botas azules (1867):
Es muy interesante [...] su noción del hombre como acicate no sólo amoroso, sino también intelectual de la mujer [...], y que podría interpretarse como transposición del concepto de musa, simbolizada por una joven pálida y de mirada ausente, al del hombre desconocido e inquietante como motor que espolea la imaginación femenina, disparándola hacia horizontes más amplios (pp. 95-96).
Con esto, Rosalía cuestiona la apariencia de felicidad que surge de las relaciones estereotipadas sin improvisación alguna (p. 98).
Desde una postura diferente, la de la reflexión y el estudio, otra figura gallega del siglo XIX, Concepción Arenal (1820-1893), aborda el tedio femenino, que se debe al desconocimiento de la mujer real, debido a los modelos literarios.3 A propósito de ello, apunta Gaite:
Más de la mitad de las novelas escritas por hombres en el siglo XIX tienen por protagonista a una mujer que desde la rutina de su vida matrimonial sueña, apoyándose en modelos literarios, con vivir aventuras pasionales, nunca en tomar de verdad las riendas de su existencia como ser pensante. Flaubert, Chejov, Tolstói, Eça de Queiroz, Clarín, Pérez Galdós, Valera y otros tantos geniales buceadores del tedio femenino no proponen al problema más opción que la del adulterio. Opción capciosa y ambigua, por otra parte, ya que nunca dejaba de llevar por moraleja la condena del sexo más o menos velada (pp. 46-47).
Las figuras literarias de Emma Bovary y Ana Ozores
Quiero ahora fijarme un momento en el personaje de Emma, protagonista de Madame Bovary (1857), de Gustave Flaubert, novela que Carmen Martín Gaite tradujo, y de cuya versión recojo algunas citas.
La madre de Charles, el marido de madame Bovary, insiste a su hijo que lo que le vendría bien a Emma sería tener que trabajar: lo que hace es “[p]asarse el día leyendo novelas, libros perniciosos, obras contra la religión en las que se ridiculiza a los curas, discursos volterianos” (p. 148). Esta intervención recuerda lo que desató la locura en el Quijote: en ese caso, la lectura de libros de caballerías que secaron su cerebro. Y ella también es una mujer ventanera. El miércoles es día de mercado en Yonville: “Emma estaba asomada a la ventana, cosa que solía hacer a menudo. En provincias, la ventana es como un sucedáneo del teatro y del paseo” (p. 149). Llega la feria agrícola, que levanta una singular expectación en Yonville, el pueblo donde vive con su marido. Rodolphe y Emma van paseando y conversan. Hablan “de la vida tan mediocre que se lleva en provincias, de la cantidad de existencias que ahoga, de las ilusiones que en ella zozobran” (p. 162).
Esta noción de mujer ventanera conecta directamente con Ana Ozores en La Regenta (1884-1885), de Leopoldo Alas, Clarín, la cual también observa Vetusta desde su ventana, y sueña con una vida diferente.
Emma Bovary y Ana Ozores son —vuelvo a ello— personajes quijotescos. La influencia de Madame Bovary en La Regenta (publicada casi treinta años después) sugiere que Clarín adaptó el modelo quijotesco de Emma a un contexto español más impregnado de religión y moralismo. Como manifiesta Gaite, la Regenta interpreta el amor religiosamente, por lo que se entrega a un hombre vulgar a quien idealiza, mientras que los requerimientos de Álvaro Mesía son de cariz muy distinto:
De su incapacidad para entender ni dar ningún tipo de respuesta a la espiritualidad de Ana Ozores arranca la tragedia, que culmina al final con el descalabro quijotesco de la heroína más romántica de nuestras letras, incapaz de resistir el encierro y la monotonía de su vida (p. 84).
Ambas, como don Quijote, encarnan la tragedia de quienes persiguen ideales imposibles en un mundo que no los comprende. Las luchas de los dos personajes literarios femeninos son las dos caras de la misma moneda: el deseo de superar su encierro a través de la imaginación.
Carmen Laforet, Nada
En la cuarta y última conferencia, “La chica rara”, Gaite se fija en autoras que suponen un salto en las letras españolas, empezando por Carmen Laforet (1921-2004) y su novela Nada (1944), ganadora del Premio Nadal con sólo veintitrés años, que desmitifica los estereotipos de la novela rosa. Andrea, la protagonista, pasa en un año rápidamente de la adolescencia a la mayoría de edad mientras es mera espectadora de lo que tiene a su alrededor en el piso de sus parientes en Barcelona; a ella no le ocurre nada. Es el precedente literario de la “chica rara” (p. 111), de la inconformista, de las que “no aguantan el encierro ni las ataduras al bloque familiar que las impide lanzarse a la calle” (p. 113), de las que quieren respirar, en un ambiente urbano. “Tanto en Nada como en otras novelas posteriores, la relación de la mujer con los espacios interiores es la espoleta de su rebeldía” (p. 115). Y desde entonces se multiplicará el número de novelas escritas por mujeres en España.
En el “Apéndice arbitrario”, Martín Gaite incluye el relato “De su ventana a la mía”, un sueño que tuvo en Nueva York en 1982, donde cuenta la extraña comunicación que, desde una ventana de su edificio a otra que había enfrente, estableció con su madre, ya fallecida, en un juego que ella secretamente le enseñó. La habitación a la que pertenecía la ventana de su madre era una mezcla de todas las habitaciones “en las que ella se sentó alguna vez a mirar por la ventana” (p. 124). Y añade: “Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana” (p. 124). Recuerda que a su madre le gustaba leer y coser junto a la ventana, y ella, niña, iba allí a hacer los deberes. Sabía que la hora que más le gustaba para fugarse era la del atardecer, cuando miraba por la ventana y se iba de viaje: “No encendáis todavía la luz —decía—, que quiero ver atardecer”, y “en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí no sé cómo a fugarme yo también” (p. 125). Su madre, en sus viajes de ventanera, seguro que llegó a Nueva York, y eso explica el sueño.
Se cierra el libro con el texto “Los incentivos de la ventana”, que publicó en 1990, donde insiste en ese elemento como “símbolo de lo fronterizo” (p. 129). Analiza su condición de semiescondite, así como la vinculación entre mujer y ventana, quien mira lo de fuera desde dentro, como aparece a menudo en pintura y en literatura. Se reproducen y comentan cuatro cuadros con esa temática: Figura en una ventana, de Salvador Dalí (que aparece en la portada de Desde la ventana); Gallegas a la ventana, de Murillo; Sense feina (Sin tarea), de Maura Montaner, y Horas de labor, de Salvador Tuset.
Carmen Martín Gaite (1993) también cultivó la poesía, y Torre (2001) recorre los rasgos que la unen a las “mujeres ventaneras”. El “yo poético” de sus poemas de juventud trata de escapar de un espacio carcelario como es su casa y su ciudad provinciana, que le corta las alas y provoca un deseo de fuga. La ventana representa el camino hacia la libertad, hacia lo que anhela. Junto con el de “mujer ventanera” aparece un estereotipo que se apareja con él: el de la “mujer lunera”. Más adelante, la mirada al espacio exterior se transforma en visión introspectiva, en autoexploración de su universo interior. En “Todo es un cuento roto en Nueva York”, el escenario urbano ofrece múltiples personajes femeninos que no responden a la imagen de mujer que busca la protagonista del poema, y al final “esa mujer desconocida que deambulaba por las calles neoyorquinas en busca de un espejo, ha acabado por encontrarlo en la imagen de un cuadro”: “Ese es el destino de la nueva mujer ventanera: aprender a habitar la soledad y a ponerla de su parte, exprimir su jugo en beneficio de una imagen de sí misma cada vez más despojada de tópicos, mitos y falsos espejos” (Torre, 2001: 73). La mujer no espera nada porque se siente acogida por el interior fructífero, por una habitación propia.
Conclusión
El concepto de “mujeres ventaneras” de Carmen Martín Gaite sigue teniendo relevancia en el siglo XXI, como crítica a la opresión de género y, también, como reconocimiento del poder que corresponde a la escritura para transformar la vida de encierro en libertad. Algunas autoras contemporáneas continúan la tradición de las “ventaneras” a las que Gaite homenajea. Sirva como ejemplo Bárbara Sánchez (León, España, 1989), quien en 2024 publicó su primera novela Todas las ventanas (Barcelona, Plaza y Janés), un “libro de mujeres hablando”; a este respecto, Sánchez menciona que una obra que la ayudó mucho fue Desde la ventana.4 Al traducir Madame Bovary y escribir Desde la ventana, Gaite se posiciona como una “ventanera” que no sólo observa el mundo, sino que convierte el encierro en creación literaria, e invita a las mujeres de hoy a cruzar el umbral de la ventana hacia la autonomía.
Referencias
- Flaubert, Gustave (1857): Madame Bovary. Traducción de Carmen Martín Gaite. Barcelona, Ediciones Orbis, 1990.
- Martín Gaite, Carmen ([1987] 1992): Desde la ventana: enfoque femenino de la literatura española. Prólogo de Emma Martinell. Madrid: Espasa Calpe, Colección Austral.
— (19934): Después de todo. Poesía a rachas, Madrid, Hiperión. - Torre Fica, Iñaki (2001): “‘La mujer ventanera’ en la poesía de Carmen Martín Gaite”, Acta Hispánica, 6, 67-75.
- Torres Torres, Antonio (1995): “La perspectiva narrativa en Nubosidad variable de Carmen Martín Gaite”, Anuario de Estudios Filológicos, vol. XVIII, 499-506.
- El piso de arriba - sábado 7 de febrero de 2026
- En torno a las “mujeres ventaneras” de Carmen Martín Gaite - lunes 20 de octubre de 2025
Notas
- Véase la semblanza “María de Zayas, defensora de la dignidad de la mujer”, en Tan sabia como valerosa: mujeres y escritura en los Siglos de Oro (Centro Virtual Cervantes).
- Arsenio Escolar ha ensalzado a “Gertrudis Gómez de Avellaneda, vida y obra intensa”, en la publicación Archiletras (29 de marzo de 2025).
- María de los Ángeles Ayala Aracil repasa la “Biografía de Concepción Arenal” en el portal dedicado a la autora en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- Véase “Mujeres charlatanas y ventaneras”, en Zenda (21 de octubre de 2024).


