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El piso de arriba

sábado 7 de febrero de 2026
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Julián era un anciano regordete, solitario y simpático en el día a día. Vivía solo en un barrio apacible de Barcelona junto al mar, en un piso alto con las ventanas siempre abiertas. Por las noches a menudo recordaba a su familia, que tuvo hacía ya tiempo. Su mujer y sus dos hijos pequeños lo habían abandonado después de que él sucumbiera a los problemas con el alcohol y convirtiera la convivencia con ellos en un infierno. Cansados de aguantar, Emilia, su mujer, y Nacho y Alberto, sus dos pequeños, cerraron un día la puerta y nunca más se supo de ellos. Julián se pasó media vida compungido por su comportamiento, mientras trataba de rehabilitarse. Una vez conseguido, empezó una nueva vida tranquila, discreta, con una rutina de jubilado.

Cada mañana, salía de su piso, tomaba un café con leche y una pasta en la cafetería de la esquina, ojeaba el periódico y charlaba brevemente con los habituales. Luego, compraba lo justo en el supermercado, preguntaba por su boleto de la Once del día anterior al vendedor de al lado —siempre sin suerte, con un murmullo de “Vaya”—, compraba otro y regresaba a su casa. Allí, entre la televisión, algo de cocina, sus libros y sus pensamientos, pasaba las horas.

Sólo conocía una afición. Desde hacía años, después de que algunas gaviotas de la zona se posaran en las ventanas de su casa y se sintieran seguras, Julián se había encariñado con esos animalitos hermosos y delicados, y los había adoptado como única familia. Les prestaba mucha atención, les proporcionaba comida y disfrutaba de su canturreo y de sus juegos. Cada vez eran más, y más atrevidas, pues entraban en todas las habitaciones, se acurrucaban allí y convirtieron el piso de Julián en su refugio. Aunque los vecinos, al principio, se mostraron contrariados por el ruido y la suciedad, y más con el paso del tiempo, puesto que se volvían más agresivas, al final se resignaron ante lo que consideraron el capricho de un chiflado. Cada atardecer, con una taza de té ya frío junto a la ventana, Julián contemplaba el cielo naranja de Barcelona. Las gaviotas lo observaban con ojos brillantes y parecían entender sus palabras y sus silencios. Les contaba de Emilia canturreando los conocidos temas de Camilo Sesto en el salón, o de Nacho y Alberto riendo por el pasillo y elaborando dibujos vistosos. “Vosotras no me abandonáis, ¿verdad?”, musitaba de repente, mientras les troceaba pan con las manos temblorosas. La más atrevida, de plumas grises y mirada astuta, ladeaba la cabeza como asintiendo. En esos instantes, sentía un calor inexplicable, como si las almas de su familia revolotearan en sus alas. Pero un graznido áspero le recordaba que no eran suyas, sino del mar. Fina, la presidenta de la comunidad de vecinos, a veces murmuraba: “Esas aves están cada vez más salvajes; un día nos atacarán”.

Los años pasaron, y el piso de Julián se convirtió en una especie de leyenda en el barrio. Nadie recordaba exactamente cuándo habían dejado de verlo, pero las gaviotas seguían allí, entrando y saliendo por las ventanas abiertas, y sus alaridos resonaban en la finca. Algunos decían que Julián se había ido a una residencia; otros, que simplemente se había desvanecido. Sólo Petra, ya casi nonagenaria, insistía en que algo no encajaba. Días antes de la tormenta, al pasar por el rellano, notó algo inusual en el piso de Julián. Los graznidos de las gaviotas parecían más agudos, como un lamento. “¿Julián, estás ahí?”, llamó, golpeando la puerta suavemente, pero sólo el eco del mar respondió. Se fue con un nudo en el estómago, sin atreverse a insistir.

A finales de octubre, el cielo se volvió negro en pleno día y descargó una tormenta brutal, con viento destemplado, rayos y truenos impactantes. El agua inundó los bajos de la ciudad, y subió casi un metro. Cuando bajó, todo el mundo continuaba desquiciado, y en la finca de Julián se exclamaban por lo sucedido y achicaban agua sin parar. Fina, la presidenta, quiso comprobar que en todos los pisos estaban bien. Por suerte, no había nadie herido, pero la gente se disponía a reclamar ayudas sustanciosas a la administración.

Petra, la anciana de ojos vivaces que había compartido con Julián alguna que otra charla sobre las gaviotas en el rellano, no estaba convencida. Recordaba cómo él, años atrás, le había regalado un dibujo que Alberto, su hijo pequeño, había hecho antes de que la familia desapareciera. “No sé, Fina, algo no me cuadra. Julián nunca se fue sin despedirse”, insistió, apretando su bastón con las manos. Fina, una mujer práctica que siempre llevaba las cuentas de la comunidad al día, cedió ante la mirada suplicante de Petra y la curiosidad de otros vecinos.

Cuando los bomberos forzaron la puerta, se detuvieron, mudos. El piso era un mausoleo olvidado: el polvo cubría los muebles, las telarañas colgaban como cortinas, el aire olía a sal y a podredumbre, a guano acumulado, y el viento ululaba por las ventanas abiertas, como si el mar hubiera reclamado el espacio. El cadáver de Julián, tumbado en la cama y momificado por la sal y el tiempo, parecía fundirse con las sombras, arropado por gaviotas que no pestañeaban. Su rostro, seco y hundido, apenas recordaba al hombre que fue, pero las aves, que seguían viviendo de peces y de lo que el viento traía, lo custodiaban como si su esencia aún habitara entre ellas. La de plumas grises, posada en el cabecero, alzó el vuelo cuando un bombero se acercó, y lanzó un espeluznante chillido que estremeció a todos. En un instante, las aves se abalanzaron, y un torbellino de alas y picos atacó a los intrusos, obligándolos a retroceder hacia la puerta. Un bombero gritó al sentir los picotazos en el cuello. Petra, desde el umbral, musitó: “Déjenlo en paz”. Los vecinos, en silencio, entendieron que aquel piso, protegido por las gaviotas, pertenecía sólo a Julián y a sus aves marítimas, incluso después de tantos años.

Antonio Torres
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