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El arte en el siglo XXI:
tendencias poéticas posmodernas latinoamericanas

lunes 9 de marzo de 2026
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El arte en el siglo XXI: tendencias poéticas posmodernas latinoamericanas, por George Reyes
El poeta honesto y que entiende lo que es poesía siempre volverá al yo lírico y a lo que constituye la ontología, naturaleza o esencia de la misma.

“El arte en el siglo XXI”, opina Fuentes Asencio (2020), “se ha convertido en un acto de constante búsqueda emocional y de estímulos nuevos”. Esto es porque está “adoptando todo tipo de materia —continúa este mismo autor—, imagen, técnica, herramienta; entrelazando estilos, preceptos y reglas con la finalidad de crear nuevos derroteros artísticos”. Es innegable que los cambios en las tecnologías y aspectos socioculturales no sólo han venido modificando las relaciones sociales, sino que también la forma en que las sociedades interactúan resulta en nuevos productos artísticos/culturales. Y el arte literario, específicamente la poesía latinoamericana, no sería la excepción, especialmente desde mediados del siglo XX hasta el actual XXI.

Desde mi particular punto de vista, como crítico literario y creador nada desinteresado, veré a vuelo de pájaro esta afectación y tendencias a la vez en la literatura latinoamericana, principalmente en su poesía. Estoy consciente de la dificultad y, quizás, arbitrariedad en precipitar demasiado la consolidación de estas tendencias, así como también en agruparlas por el carácter híbrido que los géneros literarios tradicionales van alcanzando al ir trascendiendo en su forma y fondo.1 También estoy consciente del riesgo de generalizar en un contexto poético heterogéneo. Y, finalmente, lo estoy del hecho de que hoy se discute si, en el contexto occidental actual, se estaría dando un traslape entre la cultura posmoderna y un humanismo antropológico generalizado, pues, según se alega, se está en la búsqueda de otra posmodernidad frente al radicalismo inhumano de la que se vive. Con todo, comenzaré describiendo el macromarco cultural del momento: el posmoderno.

 

Ideología y epistemología posmoderna

En los recientes años, a partir de mediados del siglo XX, es común hablar de una crisis del paradigma cultural moderno; también es común hablar sobre la emergencia, en la historia occidental de la humanidad, de una era caracterizada por una ideología, epistemología y escatología (visión del futuro) determinadas por la lógica de la globalización y del mercado. Los sociólogos y filósofos afirman que esta crisis se evidencia principalmente en el desencanto con relación a las metanarrativas modernas. Para esta mentalidad posmoderna, la ansiada coherencia social es un mito; la razón no es la fuente única del conocimiento verdadero ni es una, sino múltiple, como múltiples lo son también las nuevas formas de conocimiento, las ideas y las posiciones de sujeto (por ejemplo, mujeres y jóvenes formulan sus propias utopías políticas); además, para esta mentalidad tampoco es posible pensar hoy en una historia orientada hacia el progreso y de la libertad; tampoco es posible hablar de una sola verdad clara, única, hegemónica, sino en una relacionada con la perspectiva de cada autor y con lo que a él le parece real a partir de sus propios intereses, prejuicios o presuposiciones; de allí que se prefiera hablar de un mundo de narrativas para cada individuo.

No es de extrañar que en nuestro siglo XXI todo parezca diluirse ante la perspectiva pesimista que pesa sobre los posibles futuros. El único espacio que pareciera quedar es para la competencia mercantil, para aquellas políticas salvajes de inspiración neoliberal y para una visión económica y a la vez holística del mundo, de ahí que haya quienes piensen que la posmodernidad debe envolverse en una antropología humanista. Bajo la lógica de la globalización, la literatura no escaparía a esta problematización, pluralidad, multiplicidad, fragmentación e indeterminación.

 

Tendencias poéticas posmodernas

En los inicios del siglo XX (1920-1930), en América Latina se daría lugar a un cambio radical en la concepción y en el uso de las formas literarias artísticas, incluyendo la poesía. Esta vanguardia renovaría tanto el lenguaje como los objetivos de la poesía tradicional, la cual valoraba la belleza y la armonía estética en sus versos; negaría la importancia, por ejemplo, del lenguaje racional, la sintaxis lógica, la rima, la métrica y los moldes estróficos tradicionales. Pero sobrevaloraría, entre otras cosas, la imaginación y las imágenes poco comunes en la poesía tradicional. Un ejemplo de esta vanguardia sería el poeta peruano César Vallejo con su poemario Trilce (1922), el cual habría de impulsar esa vanguardia.

Durante la década de 1940 se daría una segunda vanguardia en América Latina, a la par de la crisis cultural ocasionada sobre todo por la Segunda Guerra Mundial. Esta nueva vanguardia propuso la llamada literatura comprometida con las causas sociales, un arte militante contra la burguesía con el cual los poetas latinoamericanos como Pablo Neruda concentrarían sus esfuerzos antiimperialistas. No obstante, en esta misma época los poetas existencialistas como Octavio Paz y Nicanor Parra se opondrían a la visión del compromiso social de la poesía.2

Una tercera ruptura vanguardista vendría durante la década de 1960. La visión del arte comprometido con las causas sociales se debilitaría; aparecería en su lugar la preocupación por parte de los escritores de no alinearse a ningún tipo de ideología política. Sin embargo, hubo escritores como Borges que fueron simpatizantes de la postura ideológica oficial de la Argentina de su tiempo, aunque escribía también ficciones y poesía metafísica con temas girando sobre la soledad, el tiempo y la muerte.

Poco más o menos después de la caída del Muro de Berlín (1989),3 en Latinoamérica surge con mayor fuerza una nueva expresión poética de compromiso político-social que, en algunos casos, incluye cierta sensibilidad por la naturaleza (por ejemplo, el chileno Raúl Zurita), que apunta a determinados cánones de expresión de posguerra. Son los cánones antipoéticos posmodernos que, en términos generales, tienden a conservar y a la vez a rechazar elementos considerados caducos como aquel del orden y de lo inteligible; todo ello en pro tanto de una fragmentación como de una contextualización, manifiesto en la diversidad y multiplicidad de poéticas individuales, hipermediales y grupales (plasmadas en antologías y manifiestas en festivales de poesía) que se traslapan y se esfuerzan por ganarse una voz y un espacio en el espectro poético de nuestro entorno.

Pero, sobre todo, estas tendencias neovanguardistas, que continúan hasta entrado el siglo XXI,4 funden la “estética de la experiencia” con la “experiencia de la estética”, por usar dos apreciaciones de algunos críticos españoles sobre la poesía contemporánea de su contexto. Y es que, bajo el influjo poderoso de dos vertientes poéticas, la del alemán-estadounidense Charles Bukowski (1920-1994) y la del chileno Nicanor Parra (1914-2018),5 procuran darle una voltereta no sólo a la lírica artística en su forma y fondo, sino también al yo lírico, la puntuación y la redacción con rupturas sintácticas, flexibilización lógica neosurrealista y gramatical. Su énfasis está en el uso de un lenguaje cotidiano, coloquial o directo —sin poesía que comunica ideas—, de la calle, simple, desafiante, mordaz, grosero, irónico, burlesco, desfachatado, escéptico, blasfemo, irracional, narrativo y político-social como símbolo de proceso (poesía no acabada), de lo universal y de lo híbrido.6 También su énfasis está en una temática tanto existencial como atrevida vedada hasta hace poco, incluso a los escritores comprometidos socialmente: la feminista, erótica femenina y masculina, romántica, pasional, sensual, inclusiva y otras.

 

Observaciones a modo de conclusión

Me gustaría concluir con una observación crítica. Nos parece que, de algún modo, en el cuestionamiento del poslirismo/pospoesía (poesía después de la poesía) reseñado se podría espigar algún aporte neovanguardista innegable de la poesía latinoamericana contemporánea; menciono apenas tres: 1) la contextualización, 2) la superación del hermetismo, y 3) el procurar que la poesía sea leída por un público más amplio cada vez. ¡Incuestionable! No obstante, en estos nuevos cánones posmodernos se viene imponiendo lo real en detrimento de lo onírico o lírico, si bien la poesía nunca es totalmente imaginativa, ya que está siempre engarzada en la realidad en general que vive el poeta. Sin embargo, habría que recordar que el poema obedece a otros circuitos, pese a lo legítimo que sea proponer una neovanguardia poética; los circuitos propios a los que la poesía obedece son el estético, el lírico y el cultural. El poeta honesto y que entiende lo que es poesía siempre volverá al yo lírico y a lo que constituye la ontología, naturaleza o esencia de la misma.

De esa cuenta, una preocupación por el lugar del poeta y de su producto en el mundo actual nos parece poco acertada si con ella se busca transformar el caos socioeconómico, político y cultural que todos queremos que cambie ya en nuestro contexto latinoamericano; desconocemos la recepción que la poesía ha obtenido y obtiene hoy en el mundo globalizado y los recitales suelen ser frecuentados sólo por poetas y escritores en general.7 Esta preocupación debiera ser propia de la política y de todas aquellas entidades públicas y privadas encargadas del bienestar de la sociedad en general. Además, el lector/transductor avezado en la lectura de poesía, y que sabe apreciar su aporte —más allá del estético y cultural al que sí debe aspirar—, no necesita “entenderla” ni legitimarla social ni políticamente.

Al contrario de lo anterior, la preocupación debiera estar en cuestionar el marketing que permea en la poesía y mucho de la baja calidad estética que de la misma se tiende a sobrevalorar y canonizar.8 ¿Cómo podría así ella, entonces, cambiar el mundo? Es más, esta misma preocupación debiera estar en cuestionar aquellas figuras generalizadas del poeta y la poesía como son la del bohemio, del visionario y del profeta, creadas por la crítica literaria influida por el Romanticismo; aun cuando el poeta pueda, de algún modo, ostentar todavía un aura de misterio, estas figuras hoy en día carecen, por lo menos, de relevancia literaria, autoridad cultural y veracidad total.9

 

Referencias

George Reyes
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Notas

  1. Hay quienes piensan que la poesía actualmente se está viendo no como algo acabado, sino en proceso experimental de reescritura y de búsqueda de nuevas formas, incluso la performance (poesía slam).
  2. Posteriormente, Parra sería el autor con poderosa influencia del movimiento antipoético problematizador de la lírica tradicional, mediante un lenguaje política y socialmente comprometido.
  3. Otros proponen mucho antes: a mediados del siglo anterior o la década de 1960. En lo que todos estamos de acuerdo es que estas neovanguardias recogen ciertas influencias de las distintas vanguardias que marcaron la poesía y el arte en general desde principios del siglo XX. A partir de este período tengo en mente sobre todo a la poesía escribiéndose por autores reconocidos como el chileno Raúl Zurita (Premio Ciudad de Granada Federico García Lorca 2022) y otros no totalmente reconocidos, posterior a la denominada “poesía contemporánea” como la de Paz, Neruda, Borges y otros, precedida por la de los llamados “ismos” vanguardistas.
  4. Corriendo paralelamente a las tendencias poéticas lírico-artísticas —con su énfasis más personal y humano, y en la bella expresión, no en la comunicación de ideas—, si, como ya lo dijimos, cada vanguardia retiene elementos tradicionales y a la vez rechaza otros que considera obsoletos.
  5. Parra opinaba que la poesía había sido el paraíso del tonto solemne, pero lo importante era versar con el tono coloquial y popular que hallaba en uno de los poetas universales más líricos y de palabra poética más bella: el granadino Federico García Lorca. Él opinaba que había que bajar la poesía del pedestal, quitarle el aura refinada, culta y aristocrática, y acercarla a la palabra hablada, a la crónica periodística, al aviso publicitario, al sermón religioso, al pregón de vendedor ambulante, a los grafitis de las calles, etc.
  6. Que ha desembocado hoy con mayor fuerza en esa otra influencia en las nuevas generaciones latinoamericanas: la bukowskiana, denominada hoy “realismo sucio” (¿otra expresión para poesía crítica social?), e incluso de “movimiento”, ya que, al igual que con la influencia de Parra, busca no sólo desacralizar la poesía, sino también que ella llegue a un público más amplio. Considero que su distintivo particular es el lenguaje directo o descriptivo popular, puesto que la idea es que la poesía sea un medio de transmitir ideas entendibles deconstructivas. Ahora bien, lo irracional propio del posmodernismo se percibe incluso en considerar la poesía como un discurso unilateralmente emotivo, sin su contraparte necesaria y equilibrada: el intelecto/pensamiento.
  7. ¿Alguna se ha concedido porque un poeta haya contribuido al cambio social o algo por el estilo? Se premia por otras razones.
  8. Recordemos que, al estar influida por el paradigma cultural posmoderno, la poesía no puede escapar de la dimensión mercantil, sobre todo cuando las editoriales independientes y los espacios virtuales que reclaman seriedad (porque alegan no publicar a todo el que lo solicite) bajan los estándares de calidad del contenido de su producto y ponen todo su esfuerzo en conseguir visibilidad, prestigio y mayor cantidad de autores a quienes publicarles. En este sentido, serían las editoriales las que saldrían ganando, porque al poeta su obra de arte no le alcanza para vivir. Es así como el mercantilismo poético se conjuga con el pensamiento débil revestido unilateralmente de emoción que permea la cultura posmoderna. Y es así, además, que hablar de poesía posmoderna no es hablar simplemente de una poesía de un período cultural; es hablar de una corriente de estilo que hace honor a los rasgos culturales y filosóficos propios del período que llamamos posmoderno.
  9. Aunque no subscribimos todo el pensamiento de Marta López-Luaces al respecto, en su análisis crítico de la poesía que se comenzaría a publicar en los años de la década de los ochenta afirma que, por ejemplo, la argentina Mercedes Roffé y el chileno Raúl Zurita cuestionaron tales figuras.
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