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Oscar Conde, el descifrador del lunfardo.
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Hace unos días fue presentada en Buenos Aires la segunda versión del
Diccionario etimológico
actualizado del lunfardo,
una obra contentiva de 6.000 entradas coordinada por el académico Oscar Conde, experto en lingüística
griega, didáctica de las lenguas y literatura clásica, docente e investigador de esas materias en las
universidades de Buenos Aires, de Ciencias Empresariales y Sociales y del Salvador.
La actualización de la investigación original, publicada en 1998, incorporó unas seiscientas nuevas
acepciones de términos ya registrados y añadió más de un centenar de nuevas voces. "La mayoría de
las palabras nuevas son creadas por los jóvenes en diferentes ámbitos, como el rock, la cumbia villera, el
deporte, el mundo de la droga, el psicoanálisis", explicó el lingüista, cuyo criterio de selección
es el conocimiento del término más que su uso.
Los términos que usan hoy sobre todo los jóvenes son, según Conde, parte del lunfardo. Así, junto a
clásicos como chamuyo, faso, mina
y chanta
figuran otros más modernos como mandanga, pocaonda, vitamina
y ricotero.
"Si me dicen un vocablo y lo entiendo aunque no lo use, esa voz debe considerarse parte del habla
cotidiana", dijo, y consideró que pueden existir muchas palabras que manejan los jóvenes y que
todavía no están generalizadas entre los adultos. "Por ejemplo, los chicos usan ‘alto’ para
destacar algo lindo o de buena calidad".
Miembro de número de la Academia Porteña de Lunfardo, Conde aspira a tener en cuenta los términos
usados al menos durante dos años y expurga del lexionario los internacionalismos que se usan y escriben
igual que en su lengua de origen (gay, tanga, coiffeur)
y los que son adaptaciones al castellano de cuestiones técnicas (chateo, faxear, escanear).
Tampoco considera como lunfardo los americanismos, términos usados por los hispanohablantes en
diferentes países y a los seudolunfardismos, palabras que todo el mundo cree que son lunfardas y en
realidad son vocablos españoles como plomo, espichar
(morir) o mechera
(ladrona de tiendas).
"Para el caso de los internacionalismos, pensar que reality show, thriller
o Internet
son términos lunfardos, cuando se usan en casi todos los países del mundo occidental, sería parecido a
sostener que la Argentina es el ombligo de la Tierra", dijo Conde.
Consciente de expresar una concepción diferente a la sostenida por otros estudiosos de la lengua, Conde
define el lunfardo como parte del dialecto que se habla todos los días en las grandes urbes del país y
también en algunas ciudades de países limítrofes.
"No es cosa del pasado", dijo Conde, y agregó que considera equivocada "la posición
oficial de la Academia Argentina de las Letras, que juzga al lunfardo como el habla de la delincuencia que
se formó con aportes de la corriente inmigratoria de fines del siglo XIX, que fue difundido por el sainete
y por el tango y que llega hasta 1920 o 1925. ¿Cómo llamarían a palabras que surgieron después de esa
fecha, como trucho,
por ejemplo?".
Efectivamente, en el prólogo del Diccionario del habla de los argentinos,
recientemente reeditado por el diario La Nación,
el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Barcia, define al "lunfardo histórico"
como la jerga de ladrones y delincuentes que nació y se desarrolló entre 1870 y 1920. El académico
escribe allí que "el hecho de que se incorporen lunfardismos de origen en el habla coloquial porteña,
y también en la argentina general, no ‘lunfardiza’ el lenguaje porteño".
Según Barcia, "esos conceptos son de mi responsabilidad y no de la academia. Naturalmente, ésta
del lunfardo es una cuestión disputada y, por lo tanto, debo atención a toda posición diferente de la
mía, cuando está fundada en argumentación, aunque no concuerde con ella y aun la combata. Expreso mi
respeto a la persona de Oscar Conde, autor de seria laboriosidad en el campo del lunfardo, aunque no
coincidamos en las concepciones".
El primer diccionario lunfardo, de Antonio Dellepiane, de 1894, lleva como subtítulo: "El idioma
del delito". "Como los primeros interesados fueron los criminalistas o policías, se pensó que
era una forma de los delincuentes", explicó Conde, que se une a la hipótesis de José Gobello —autor
de un diccionario de lunfardo que lleva cuatro versiones, editadas entre 1959 y 2004— al rechazar que este
vocabulario haya nacido en las cárceles.
También Enrique Santos Discépolo participa en la discusión sobre la legitimidad del lunfardo: "No
entiendo por qué es más propio robar que afanar... Me hacen gracia esos que creen que los idiomas los han
hecho los sabios. Si la necesidad de un pueblo es capaz de crear un genio, ¿cómo pretenden que se detenga
en la creación de una palabra que le hace falta?".
Algunos de los nuevos vocablos incorporados a la segunda versión del Diccionario etimológico del
lunfardo
son bagarto
(persona fea, especialmente de género femenino), federico
(miembro de la Policía Federal Argentina), figureti
(que simula ser importante o que se esfuerza por aparecer en los medios de comunicación junto a estrellas o
figuras), mandanga
(marihuana), maraca
(hombre afeminado o varón homosexual), pituto
(cosa cualquiera cuyo nombre se ignora o cuya especie no puede revelarse) y pocaonda
(antipático, odioso, agreta), entre otros.