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El nombre de la rosa vertical
La cultura occidental hizo y mantiene una opción que se palpa en la sistematización filosófica del mito, una forma algo desobligante de aludir al pensamiento de corte idealista. Desde el intento platónico de resolver tajantemente el problema del devenir y la relativización de la verdad, otorgándole entidad a los conceptos universales de su maestro Sócrates; pasando por la servidumbre de la filosofía medieval como traductora racional de los dogmas de fe; siguiendo con el reduccionismo racional de Descartes y la radical afirmación hegeliana del espíritu en constante camino de reencontrarse con su esencia absoluta, hasta los neoidealismos que legitiman la cuestión, permanece el idealismo como respuesta al problema —irresoluto desde la antigüedad— de encontrar el fundamento de lo real. Pervive a pesar de los argumentos decimonónicos que, en nombre de una confianza ciega en la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas al dominio de la naturaleza, pretendieron que toda manifestación de lo humano —la historia una de las fundamentales— puede reducirse a la legalidad de la ciencia positiva. Aunque el discurso racional de los idealistas apenas tenga vigencia hoy como marco estructural del hecho religioso y que la metafísica se haya convertido en una pseudofilosofía para transportar a nuestro medio la religiosidad oriental, su dualismo espíritu-materia —con prevalencia del primer nivel— se ha trasladado a ámbitos humanos que no son fácilmente aprehensibles mediante la lógica discursiva, tales como la fundamentación de los principios éticos, el juicio sobre el hecho moral en lo que este tiene relación con lo corporal, lo lúdico y lo poético como expresión de estos dos niveles.
Nombrar la realidad es ya una forma de poseerla. Esto lo trae a colación Germán Marquínez cuando nos refiere los nombres que se le dieron a nuestro continente desde la perspectiva del conquistador. Mas si la realidad nombrada ya está siendo negada desde su raíz ontológica, más difícil le será al hombre apropiársela mediante la palabra. No se trata solamente de un problema de lenguaje, sino de la posibilidad vital de reconocer la realidad llamándola por su nombre sin que aparezca en sus mejillas un asomo de rubor, que equivale a decir autonegación.
El cuerpo, por excelencia lugar de encuentro con el mundo y con los otros, también se aliena, se hace distinto de sí mismo al nombrarlo. O tal vez rebosa de significado cuando la metáfora estalla y le establece sus límites de infinito. Sólo a través de la poesía es posible que el nombre —o los nombres— del cuerpo se hagan un vuelo.
que de sus muslos claros volaría si fuese la doncella despertada. Jorge Rojas
Isla de alas rosadas, plegadas dulcemente.
Cuando el cuerpo se nombra, se le otorga significado dentro del propio universo y, con la magia inescrutable del verbo, el cuerpo comienza a SER, como el amor cuando se declara, porque es obvio que la declaración es parte de la guerra misma, es ya existencia.
La negación que la censura impone trasciende fácilmente el plano moral para hacerse negación de la realidad. Lo que se borra de la memoria de los hombres a fuerza de sanciones, también se borra de esa vasija vital que no se alcanza a nombrar con agregados como espíritu-piel-alma-espacio-materia-tiempo, sino con una de esas síntesis felices de las que sólo es capaz la intuición.
La escisión, la división idealista de la realidad, es el arma absoluta de la negación, el primero de los extremos que se justifica con el segundo: la idolatría absoluta del cuerpo. En el fragor de la contienda hay temperatura suficiente para extremar posiciones; allí nacen los dogmas y se hacen héroes los gusanos que aman defender una bandera. Quienes superan esta ruptura cierran al tiempo la posibilidad de comunicarse con el mundo, porque ese paso —la superación de la dualidad excluyente— tiene el precio de la contradicción interior que implica empezar a entender la unidad de su propio ser y la exterior que implica ser auténtico contra la corriente, cuando sería más cómodo vender a todos la ilusión que detentan y que de los demás esperan obtener.
Y aún, para alejarnos de la tentación de fundar un dogma nuevo para combatir los anteriores, es necesario aventurar la enunciación de un tercer camino que los héroes —y las heroínas— de los extremos no tardarán en ubicar en el centro de su guerra privada: "El tibio punto medio", "La amoralidad", "el relativismo". Ese tercer camino tiene que ver con las evidencias vitales, no ya como las evidencias nietzscheanas de la total confianza en la fuerza, sino también las evidencias de la duda, de la ignorancia, de la intuición elemental de la existencia (que tal vez entristezca a los más débiles o decepcione a los más fuertes). En todo caso, para intentar nombrar todo lo que atañe al ser humano se precisa dejar abierto el espacio, infiriendo las evidencias de las posibilidades que el infinito ofrece.
si toco rosa en ti, si toco estrella, si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.
Junco en el agua o sorda piedra herida, Dámaso Alonso
En la poesía está la posibilidad de nombrar el cuerpo echando mano de esas evidencias. El poeta nombra el cuerpo de la amada para que cobre su real dimensión y se haga verdadero. Nombra sus ojos para que despierten los lagos escondidos, ocultos a las miradas prosaicas. Y nombra sus labios y el aleteo sin número en los besos, aprehensión del paisaje sin ruta preconcebida de una mariposa que existe apenas cuando desciende a posarse. Es el cuerpo la primera realidad, si no de la que se tiene conciencia, sí la que se intuye al sentirla. Por eso no es gratuito que el poeta se represente al mundo en las formas de la mujer amada.
El sol se ha dormido entre tus pechos Octavio Paz La realidad toda reside en el cuerpo del otro que es en sí mismo un universo completo. Mas, como de la realidad sólo puede tener el hombre acercamientos, la aprehensión poética de la misma no pretende agotarla sino que se recrea en ella y propone un espacio abierto para quien se acerca al poema y al cuerpo del otro como totalidad de lo real. Posibilidad de acceso a la realidad, no sólo como alternativa sino también como camino y punto de llegada. El mundo de los mundos paralelos entrevisto ya por los vanguardistas, que en el poema se hace todos los mundos posibles. Finalmente, el poema que en su plurisignificación quiere reflejar el mundo, se hace mundo, se hace cuerpo:
Quieta Octavio Paz
El nombre de la rosa se esconde en la paradoja de no poder ser nombrada, porque está en código de realidad, no de palabras. En código de emociones y de presentimiento del infinito. Porque la realidad (el cuerpo una parte fundamental de ella) se niega a ser nombrada por otra realidad hecha de una especie diferente, esto es, los conceptos volcados en el molde del lenguaje. La verdad del lenguaje, la garantía de su objetividad misma —si ella es factible— reside en su imposibilidad, en el reconocimiento de la misma.
tú te llamas pleamar tienes todos los nombres del agua Pero tu sexo es innombrable la otra cara del ser la otra cara del tiempo el revés de la vida Aquí cesa todo discurso aquí la belleza no es legible aquí la presencia se vuelve terrible replegada en sí misma la Presencia es vacío lo visible es invisible Aquí se hace visible lo invisible aquí la estrella es negra la luz es sombra luz la sombra Aquí el tiempo se para los cuatro puntos cardinales se tocan es el lugar solitario el lugar de la cita
Ciudad Mujer Presencia Octavio Paz
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