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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 82
15 de noviembre
de 1999
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Letras de la Tierra de Letras

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Aquellas paredes tan blancas

Bécker García

Desde entonces y para siempre, ella dejó grabada en mi memoria su imagen nítida, como si hubiese ocurrido ayer. Una obstinada lluvia había inundado la ciudad durante la noche anterior y mis zapatos —gastados de por sí— se hallaban enlodados; no únicamente en las suelas, sino que el lodo se enquistó en el puente que hacen los tacones, en la puntera y por sobre todos los bordes, por lo que, a cada paso dado dejaba una estela café oscuro difícil de ocultar. Hasta donde recuerdo, el llegar a un lugar donde nunca antes había estado y además, el no saber a ciencia cierta lo que encontraré, provoca en mi la turbación común de lo desconocido. En esas condiciones (lo sabía por experiencia), la angustia acentuada podría llevarme a cometer los disparates más impensables.

Debo aclarar que mi estado no era total producto simplemente del lodo inocultable; desde los días anteriores, la consternación y la duda rondaron mis pensamientos. Un anuncio, publicado en uno de los periódicos de menor circulación, despertó toda esta serie de cavilaciones que vinieron a exacerbarse justo al encontrarme ante la puerta del edificio: "Se busca persona del sexo masculino aficionado a la lectura. Soltero y no mayor de treinta años. Interesados presentarse en Hidalgo 1058. Si no reúne estos requisitos, favor de abstenerse".

Si bien ahora recién he cumplido los treinta, en ese tiempo estaba rondando los veintinueve, por lo que considere ser el candidato ideal para el puesto, a pesar de los titubeos.

Es verdad, el hecho de pensarme como un lector profesional provocó en mí un dejo de intelectualidad del que ahora no queda nada, pero que en ese tiempo me dio las fuerzas suficientes para llamar a la puerta del edificio.

En realidad no sé desde cuándo y cómo fue la afición por la lectura. Poe, Bradbury, Kafka, Joyce, Borges fueron por siempre los preferidos y me obligué, por simple estética literaria, a leer todo lo de ellos.

Quizá por eso, cuando, luego de pensarlo por dos días, hice presencia en el edificio de Hidalgo, sentía que estaba viviendo un insólito cuento cuyo autor era uno de mis admirados. Y lo digo pues de inicio, ella, la mujer que abrió la puerta, bien podría haber sido un personaje de un submundo literario inventado para ello. De altura un poco mayor a la mía (y debo aclarar que yo no soy lo que se dice bajo), su cuerpo delgado expedía un olor difícil de catalogar, una rara mezcla de sándalo y pabilo recién apagado; ojos con un vigor amarilloso dispuestos a escudriñarme cada rincón del rostro y una palpitante piel que se antoja tersa. Aunque, y más bien, lo fascinante de esta mujer que con paciencia franqueaba la entrada, era el tono de incógnita vacía en su mirada, como si no entendiese mis palabras o no tuviesen para ella mayor significado.

Al decirle el motivo por el cual me hallaba allí —estúpidamente con el lodo de mis zapatos embarrando el limpio piso— con una desfachatada coquetería me indicó que pasara hacia una estancia, donde otra mujer, ésta baja y un poco pasada de peso, se perdía tras la pantalla de un ordenador.

—Viene por el anuncio —dijo con una voz ronca, cual si fuese un adolescente atacado por laringitis.

Ahora, aquí, esperando que el mesero sirva otro café, recuerdo también la frialdad que me causó el edificio de la calle Hidalgo 1058; cinco pisos forrados todos de azulejo amarillo, cuatro ventanas en cada uno de ellos y una impersonal puerta en el centro. Por dentro, una escalera central franqueada por otras dos puertas lisas, y en una de las cuales colgaba el escueto letrero "Abierto".

La gordita, sin levantar la vista, juntando los dedos índice y pulgar por un instante —ademán propio de los que desean decirte sin palabras que en un momento te atienden—, continuó con el movimiento presuroso de manos sobre el teclado. La otra mujer, la delgada, desapareció tras una puerta casi sin hacer ruido y no sin dirigir una última mirada hacia donde me había dejado.

Por siempre he prejuiciado una hipótesis difícil de comprobar en mi estado civil; las mujeres risueñas, con cara satisfecha, son una muestra de felicidad conyugal. Sé bien que no puede ser una reflexión válida viniendo de mí; un tipo que sólo ha tenido una novia por tres meses y que muy eventualmente paga por el sexo (cuando la indecisión no deja mejor remedio), por lo que no puedo decir que soy un experto en el tema venusino: igual puedo ser un tonto y tal vez sea lo más cierto.

Por esta razón, cuando dos o tres minutos después la secretaria alza una cara rellena y llena de tristeza y con falsa voz pregunta si podría servirme en algo, pensé en dos opciones: o no estaba casada, o su matrimonio era un desastre.

Antes de contestar, no creí reunir las fuerzas suficientes para repetir la historia del anuncio y hubiese preferido decirle que me hallaba en un edificio equivocado; que tan sólo era un abatido y mediocre empleado reaccionario automotriz, pero los libros, la inagotable imaginación que me provocan, hablaron por mí hasta encontrarme contando otra vez la misma versión.

—Bien, por favor sígame —dijo al fin la mujer triste.

Caminamos hacia el fondo de un corredor oscuro y amplio; con puertas a cada flanco y espaciadas una de la otra por cinco pasos exactos, hasta llegar a la última, la más grande y perpendicular al pasillo, y que se abrió con sólo un pequeño envión de la mujer triste, que con distinta voz, no dulce, quizá áspera, le anunció al señor Esteban la llegada de un solicitante.

Mientras el llamado señor Esteban arreglaba uno de los muchos papeles que inundan su inmenso escritorio de caoba —olor a casa vieja, a rancios abolengos— y cuando ya la secretaria enfila hacia la puerta, se oyó la voz ordenando café para ambos.

—Negro sin azúcar —alcancé a decir sin tener la certeza de ser escuchado por la prisa de la gordita en abandonar la oficina.

El cuarto es amplio e iluminado por un gran ventanal que da a lo que parece ser un patio, o huerto. Las paredes se hallan cubiertas totalmente de estantes y en ellos, libros perfectamente empastados y alineados por colores, tal cual si estuviesen listos para ser fotografiados y luego incluidos en algún catalogo de colecciones.

Esteban puede tener mas de cuarenta años, pero difícilmente llega a los cincuenta. Sólo unas pocas canas atraviesan su cabeza. Su mirada también es triste como la de todos los de este edificio, pero más profunda, más acre.

—¿Y bien? —preguntó Esteban dejando los papeles por un lado.

—Vengo por lo del anuncio en el diario —confesé por tercera ocasión, con voz apenas audible.

Entonces sin prisas y mientras esperamos el café, Esteban indaga sobre mi estado civil, sobre mi familia, con quién vivo, qué hago y cuánto espero de la vida. A cada una de las preguntas contesto con la verdad: soltero; mi familia —si se le puede llamar así a un hermano que no veo desde hace ocho años— vive en otra lejana ciudad; habito un departamento con un gato que cada tres semanas viene a verme; trabajo en una refaccionaria automotriz y no sé a ciencia cierta lo que espero.

Al llegar Ana con las bebidas, Esteban anuncia sin más que soy el candidato ideal para ocupar la vacante y, salvo ponernos de acuerdo en cuanto al sueldo, podrían ir preparando la oficina de lectura. En tanto hablaba, de un cajón del escritorio extrajo un frasco con gotero; tomó una cantidad de líquido y lo agregó a su café, con tanta precaución que parecía que una gota de más sería veneno y una de menos sería un inútil placebo.

—¿Brandy? —me preguntó por simple cortesía y yo, por la misma causa, negué con un movimiento de cabeza. Después de esa vez, muchas otras lo vería cumplir con su extravagante ritual de adicionar doce gotas exactas a su café.

El sueldo inicial propuesto era cinco veces superior a lo que ganaba en la refaccionaria, por lo que en ese momento, a mi mente acudieron miles de artículos en qué gastarlo.

Mientras mi nuevo jefe narraba la historia de esas oficinas y el trabajo realizado en ellas, yo imaginaba un Cadillac convertible negro, un departamento amplio en el quinto piso de Reforma; una novia (tal vez la mujer delgada) para llevar al cine sin tener que sacar cuentas entre entradas, palomitas y un tímido e inútil roce de manos electrizadas y con el desaliento penetrando hondo, mas allá de los huesos y del alma. Por eso digo que la historia iniciaba mucho tiempo atrás, desde antes de que el anuncio en el periódico apareció ante sus ojos, de alguna forma, una historia que no conocía y que a medio escuchar entre cuentas y gastos contaba Esteban.

Una vida formada entre miles de días para llegar, por mandatos del destino, hasta ese escritorio donde le contaban sobre el antiguo jefe de su jefe; hombre instruido bajo la mirada de un tutor inglés experto en educar a hijos ajenos, por lo que no escatimaba en reprensiones con tal de lograr su objetivo. Sin saber si su método era totalmente cierto, pues en la mente humana no hay certidumbre completa, el preceptor se empeñó en cobrarse en su alumno la intrascendencia de su esencia y lo hizo bien, hasta formar un ente parecido a él mismo.

Bebía café instantáneo con agua hervida y enfriada y vuelta a hervir por siete veces, en recuerdo a los descubrimientos de Pasteur; pensaba en francés en honor a Descartes; desechaba la idea de beber soda por antinatural y odiaba cientos de cosas. De sus odios, los más recalcitrantes eran hacia Nobel y Gutenberg; ¿cómo perdonarle a Nobel no instituir el premio a las matemáticas?; y al otro, a Gutenberg, con su perfeccionamiento de la imprenta había dañado para siempre a la humanidad pues los buenos libros se pusieron al alcance de la plebe, repetía una y otra vez a diario. Por esta razón despreciaba los textos de imprenta y prefería los manuscritos. Por eso Esteban, recién graduado de abogacía y con un pasatiempo que lo hacía experto en caligrafías y letras preciosistas, fue contratado para transcribir documentos de la imprenta a lo manuscrito, por simple capricho de su jefe.

El trabajo realizado por siempre en esa oficina era de lo más sencillo; interpretar documentos legales enredados en sintaxis tramposas puestas al servicio de los menos ignorantes. Pólizas de seguros, contratos de compraventa, fianzas, daciones e innumerables textos pasaban por ese bufete en busca de desovillar las palabras torcidas.

Con el tiempo Esteban mismo se convirtió en un experto en esos documentos y, mientras más lo era, su jefe se fue apartando del negocio hasta que un día desapareció tras la puerta del edificio en medio de una lluvia torrencial, que dicho sea de paso, también odiaba en recuerdo de sus años pasados en la selva amazónica donde a diario el cielo se exprimía en nutridos diluvios genesiacos.

Los legajos siguieron llegando escrupulosamente puntuales sin importar las ausencias, y el recuerdo del jefe se deslavó con las últimas lloviznas y con el sepia en las postales de mundos extraños que dejaron de llegar con el tiempo.

Esteban se hizo cargo del servicio con tanta eficiencia que lo único que se notó en el cambio fue la modernización de las oficinas. Las alfombras, los ventanales y el azulejo de la fachada datan de esa época.

Cuando la decoración había concluido, se dio cuenta de que aquellas paredes tan blancas y solitarias eran un presagio de la insulsez de su trabajo y, sin pensarlo mucho, contrató a cinco carpinteros que llenaron de libreros todas las oficinas. Antes de concluido el trabajo, trajo a un vendedor de libros para que llenara los espacios.

—No importan los autores o los temas —dijo—, lo que quiero es orden y simetría en los estantes.

Las entonces paredes blancas se ocultaron tras enciclopedias completas; colecciones de los clásicos españoles, italianos, ingleses, chinos y hasta argentinos. Bestsellers de dudosa literatura y cientos de libros técnicos. Así, Esteban contó de la mucha tristeza que le daba el desperdicio de miles de libros no leídos y por eso buscó a alguien como yo para darle utilidad a las letras.

—Espero que esté de acuerdo con el contrato —dijo mientras extendía un documento ininteligible de donde sólo alcancé a leer la inmensa cantidad mensual a cobrar por mi nuevo oficio.

Nunca volví a la refaccionaria. Un miedo nuevo se instaló en mis otros muchos; ¿cómo ir a renunciar a un trabajo donde me sentía el peor gusano del mundo sin que las frustraciones contenidas se desbordaran en insultos? ¿Cómo decirles que sus diez pesos no servían para una chingada sin oírme soberbio?

Entonces se me asignó una oficina y el derecho a recorrer las otras en busca de libros que leer. De entre tantos, escogí primero los cien que me llamaban más la atención; de éstos seleccioné diez y luego empecé a leerlos por orden alfabético: Beckett, luego Borges; luego Dumas; luego Faulkner; luego García Márquez; luego Joyce; luego Kant; luego Nietzche; luego Neruda y, por principio, Proust.

De inicio, a nadie parecía importar lo que estuviese leyendo. Por una mera disciplina, inicié una serie de anotaciones sobre lo leído —hoy tengo más de veinte cuadernos llenos con letra manuscrita a renglón seguido— en espera de que Esteban se ocupara de los pormenores literarios.

Dueño de la absoluta libertad para la lectura, aprovechaba mis cansancios ópticos para recorrer el edificio. Cuatro pisos con la mayoría de las oficinas completamente vacías. El quinto piso era guardado celosamente bajo llave: mientras más cerrado era a mi vista, más abierta era mi curiosidad.

En mis largos paseos encontré que entre diez y doce personas más laboraban en el edificio; todas ellas, amables en el saludo pero parcas en la conversación. Parecía como si a nadie le importara lo que ocurría a su alrededor, ocupadas hasta el límite en sus propios pensamientos y labores. Es probable que alguna otra persona, con distinto carácter, hubiese buscado los instantes precisos para relacionarse con los demás. No bien iniciaba el saludo, cuando las palabras se agotaban en mí sin encontrar secuencias, aunque debo decir que dos o tres veces pude sobreponerme al sudor en las manos y el nudo en la garganta y pregunté por la chica aquella que me recibió el primer día, sólo que nadie parecía conocerla. Es más, en todo este tiempo la he visto en otras dos ocasiones; la primera, me hallaba yo escogiendo un libro de Baudelaire en el segundo piso, cuando por la ventana alcancé a mirar que se alejaba del edificio. Ataviada con vestido verde y estampado con flores de pétalos amarillos refulgiendo al aire y su esbelto cuerpo pintado tras la tela. Correr no ha sido una de mis virtudes, pues, al llegar a la calle después de haber prácticamente volado por los escalones, ella no estaba por ningún lado.

La primera tarde en que Esteban llegó a mi oficina, de inmediato busqué mis apuntes como un instintivo reflejo de justificación a los meses de sueldo pagado sin nada provechoso para él. Sus bellos ojos color verde taciturno se cerraron ante la insistencia de leer mis anotaciones. Al parecer, sólo buscaba una conversación sin más pretensiones que divagar un rato de sus empeños. Durante cerca de cuatro horas hablamos de cuanto pueden hablar dos personas que apenas se conocen, pero buscan en las palabras del otro las afinidades para encontrar coincidencias que funden una relación duradera. Casi antes de marcharse pregunté, arrastrado por una curiosidad incontenible, por el atrancado quinto piso.

—En el quinto piso vivo yo —me dijo con una sonrisa de comprensión a mi curiosidad, y agregó—: otro día te lo muestro.

Justo al cumplir el año en mi trabajo, Esteban me pasó un documento para interpretarlo. Una póliza de un seguro que no entendí bajo ninguna circunstancia. Después me dio otra y otra más, hasta que logré leer los intrincados conceptos de siniestros, daños, perjuicios, primas, primeros riesgos y multicláusulas. Entonces dediqué la mañana entera a la elucidación de expedientes. Las tardes las utilizaba para seguir con mis lecturas, aun cuando, debo confesarlo, la avidez por la literatura se fue aplacando dentro de mí, hasta que llegó el día en que la olvidé por completo.

Pronto ocupé un lugar cercano al escritorio de Esteban. Los clientes se multiplicaban y, de manera por demás rápida, me vi inmerso en un mundo de palabras que bien podían tener hasta tres o cuatro significados. En ocasiones nos quedamos leyendo y releyendo un párrafo por horas, hasta llegar a un acuerdo total sobre la interpretación.

Ayer (y es ese uno de los motivos que me han traído hasta este café a escribir mis ideas tratando de poner orden en ellas) fue la segunda ocasión en que vi a la mujer delgada. Por un momento nos cruzamos en el pasillo y, para mi desgracia, ella no se hallaba sola, sino que era acompañada por un cliente o algo así y ambos caminaban rumbo a la oficina de Esteban. Su sonrisa, atrapada por mis ojos, fue una promesa de encantos desconocidos y ciertos. Sólo el breve tiempo que dura un respiro pero suficiente para jurarme el propósito de buscarla y, ahora sí, dar con ella. Con la premura de la ansiedad, traté de desocuparme cuanto antes de mi encomienda (fotocopiar documentos), pero al llegar a la oficina de Esteban la mujer delgada no se hallaba ahí, tan sólo encontré a mi jefe caminando por la oficina, dando vueltas y más vueltas sin otro eje que su escritorio y con una euforia que hasta entonces nunca había visto en él; un contrato como asesores de quién sabe qué empresa de gobierno que nos daría dinero y prestigio suficiente para consolidarnos en nuestro ramo.

En ese momento no creí prudente preguntar por la mujer que se había convertido en ya casi una obsesión, sino que esperé hasta después de que el trabajo se prolongó hasta la madrugada revisando la propuesta y cuando los razonamientos se negaban a fluir a causa del cansancio.

—Esteban —le dije—, ¿sabes tú quién es la mujer delgada que ocasionalmente viene a la oficina?

Él me miró sin decir una sola palabra, como si las mías lo hubiesen llevado a un punto cercano a la desilusión. Luego se acercó lentamente; aproximó su cara hasta casi rozar la mía, con su respiración mentosa inundando los alientos, con sus ojos indagando en los míos, con sus manos en busca de mis piernas y hasta que su boca atrapó despacio la mía.

No fue el beso repugnoso que se podía esperar de alguno de mi propio género. Ni siquiera puedo decir que fue un beso cargado de pasión, fue, y más bien, un beso lleno de armonía que dejó en mí una sensación no de asco, ni de amor: de ternura. Luego se desocupó de mí y, justo antes de salir, me invitó a mudarme al quinto piso.

Desde ese instante caminé por la ciudad hasta encontrar una cafetería abierta. He estado pensando, desde hace dos horas que llegue aquí, sobre el futuro y no sé aún qué decisión tomar. No he resuelto nada ni creo hacerlo por ahora. Mientras lo hago, he bebido cuatro o cinco tazas de café; con sus doce gotas de brandy, naturalmente.


       

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