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Sofía brisa de abanico En sus brazos me sentía como un aguerrido condotiero que, con el rostro atemperado por la brisa de su abanico, se sueña cabalgando, reluciente armadura y penacho de múltiples colores, hacia el palacio de los Pitti acudiendo presto a la llamada de su señor, Lorenzo el Magnífico. Las frescas gotas de Marsala sobre mis mejillas que manaban de los labios de Sofía, me devolvían de mis ensoñaciones a la no menos agradable realidad; un rostro perfectamente ovalado, almendrados ojos azules y el rosáceo de una boca ávida de humedades colmaban mis ideales de belleza. Abajo, la plaza de la Santa Trinità, muy cerca del Palacio Ferroni Spini, bullía de ojos achinados y cámaras fotográficas que se dirigían ordenadamente hacia el Museo de la Ópera del Duomo tras haber guardado en sus mochilas hasta el último rincón de la Galería Palatina. El septiembre florentino relucía con todo su esplendor mientras Sofía, atusándose el cabello, reservaba mesa en la Enoteca Pinchiorri, lujoso restaurante al que tendría que acudir con chaqueta y corbata y devanarme los sesos para escoger el vino entre sus más de setenta mil botellas; no es que me desagradara la elección, pero a mí me gustaba más ir al Sabatini, en la vía Pancini, para encontrarme con el conde Da Fosca, noble arruinado que se vanagloriaba de no haber pagado nunca una cuenta y a Pecorino, un vate tuerto que recitaba a Dante a cambio de un par de dry martinis. La noche anterior Sofía se empeñó en que la acompañara a la cena que daban todos los años los propietarios del hotel Brunelleschi y a la que solían acudir no más de una docena de linajes que llenaban numerosas páginas del Anuario de la Unión de la Nobleza del Reino de Italia. Entre cucharada y cucharada de "Zuppa alla valdostana", o sea, sopa de col con pan y queso, una feliniana condesa de no se qué me abrumó con los milagros que, al parecer, realizaba su acartonada abuela materna; los bocados de "Lepre in umido", es decir, estofado de liebre, iban acompañados del relato de los juegos eróticos a los que era sometido mi vecino por una meretriz filipina. La ligera acidez de la naranja confitada de la "Cassata alla siciliana" evitó los soporíferos cabezazos que, sin pudor, daban la mayoría de los comensales con la narración de las tediosas sesiones parlamentarias de un anciano ex diputado de la Democracia Cristiana. Al final copas y habanos en la restaurada torre bizantina de "Pagliazza" no perdiendo de vista a Martino Frescolo, coronel de carabineros, que llevaba a mal traer a la pobre Sofía con sus pellizcos en las nalgas. Convencí a mi anfitriona y volví a escuchar el acento toscano de Pecorino, admirar la decadente elegancia del conde Da Fosca y saborear un viejo Chianti que me devolvería a los brazos de Sofía como un condotiero exhausto que vuelve de victoriosas batallas contra güelfas tropas.
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