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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 86
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Daniel I. Ginerman

El secreto debía ser inmediato, estar rompiéndonos los ojos, para que el ingenio basto y espontáneo lo descubriese sin apelar a las herramientas del esfuerzo. Quizá en esa puerta demasiado blanca, en las cerillas obsesivamente ordenadas perimetrando un tablero de damas o ajedrez, en el exceso de comida atesorada en las trincheras del refrigerador transparente, o en la descontextuadamente exagerada sonrisa de los anfitriones. Acaso, en la propia demasía, que dominaba por completo el ambiente.

El escozor de tanta demasía (de "tan demasiada demasía", como redundó el velero con emoción) se dejaba sentir como una opresión que aumentaba el secreto en todos los sentidos, como la bolsa de aire en un automóvil, restringiendo cada vez más nuestros pensamientos, no permitiéndoles inquirir por nada más que el propio secreto, unificando nuestras miradas vigilantes que escrutaban jadeantes la oscuridad de sentido, de esa apacibilidad aparente que nos rodeaba en una tarde de verano.

Pero nada de eso importa ahora en realidad. Lo único importante es ese secreto que nos acechaba como a la silueta engañosa de la sombra se vigila, ese secreto cuanto más oscuro y lejano más mordaz, que enrollaba nuestros labios hacia dentro, y deponía cada volición organizada, para que nada se contuviese en nuestras mentes que no terminase entre los tentáculos feroces de su ausencia prepotente y majestuosa.

Sólo era necesaria una mínima señal para que el castillo de naipes o portento colosal se derrumbase por completo. No más que una mosca perentoria cruzando la pieza, el crujir oportuno de un leño en el hogar, una nube prudente dispersando los reflejos inútiles de la claraboya, o una catástrofe cualquiera, como uno de los tres visos de la dueña de casa rasgándose enganchado a un posabrazos fuera de sitio, o un perchero vetusto desunciéndose al caer en pedazos bajo el peso fuera de fecha de tantos sobretodos.

Sólo un agujero en la demasía podía dejar siquiera aire por un instante para verificar la existencia real de esa ausencia inmunda, para medir el tamaño del secreto, de la pieza faltante del puzzle, o avizorar una punta del error perceptual que nos había puesto en tan desesperante situación. La ausencia —los inasibles tentáculos del secreto—, se contagiaba de la visceralidad del exceso, se manifestaba sólo sutilmente en la sospechosa perfección aparente de ese orden desfasado, exasperantemente fucsia, que se multiplicaba en zumbidos de que no podíamos eximir ni aun a nuestras miradas perplejas.

El color de la ausencia oscila entre el negro habitual y el rojo de cuando se hace manifiesta; y pasea concordantemente del do sostenido al si bemol con intermedios poco frecuentes, que uno no llega a tiempo para aprovechar. En esos casos, la instrucción indica ser todo lo ágil que se requiera para atisbar por el ojo de la cerradura, por un temblor incontrolado del escote, por la puerta en el instante en que se tranca; siguiendo la huella inmediata del rayo de luz pasando certeramente entre un par de muslos que se cruzan bajo la falda traviesa, queriendo no llamar la atención. La oportunidad se toma, o se pierde irremisiblemente para siempre.

En el mundo real está penado enfermarse, angustiarse, perder la paciencia, incontenerse, estar justo mirando para otro lado. Nadie te compensa por no haber sabido que la carrera era ayer y en aquel lugar. Pero estábamos en la casa, queriendo estar en el secreto, y al borde de una frustración enloquecedora, y no sabíamos por dónde intentar un abordaje eficaz.

El pararrayos era, para nosotros, como una concesión de tiempo extra para probar nuestra inocencia ante el tribunal de la razón íntima, que se regocijaba ante la condena inminente. En este tormentoso atardecer estival, ni siquiera un rayo nos salvaría, aun si demasiado definitivamente, del enigma. Mi proyección de la celda mental figuraba sus paredes como de satén rosado, inflándose, hinchándose con imparable lentitud en dirección a mí.

La angustia del vacío obvio, de la puerta secreta, del tesoro deseado, y la indignidad de nuestra rapidez e inteligencia puestas a prueba, eran una amenaza de clac más contundente cada vez. La eliminación consciente del puzzle —irnos, o matarlos y destruir todo—, era optar por el eterno bochorno. La expectación tampoco podía durar mucho tiempo más. No habría elemento alguno augurable del futuro, ni propósitos a explicitar, ni una mínima agenda prospecta siquiera, mientras perviviese el suspenso.

El guión se desarrollaba sobre su escenario impecable en exceso, por fuera del curso de nuestras mentes en carne viva. La pasión se despellejaba en antaños y nostalgias por vivir, en los púrpuras que el alcohol decanta en la memoria, en el sueño sano que manda al frente a las neuronas reservadas. Era hora de artillería pesada: había que llenar de palabras, de voz, de ideas manifiestas y verbo inquieto cada habitación, hasta que el enigma se asfixiase y saltase por sí mismo de su sitio.

No recuerdo exactamente lo que sucedió después. Creo que enigma ya no hay. Y me veo triste. Quizá enigma nunca hubo, pero hubo sed. O quizá lo licuamos en basura pronunciada, desangramos y violamos su sacralidad. Quizá no fuimos contendientes dignos de esta contienda y pegamos bajo el cinturón con saña, una y otra vez. Creo que esa gente se fue, o ya no está. La verdad es que no sé, y que ahora meramente sé que no sé. Y que por primera vez estoy tranquilo.

    La Paloma, Rocha, octubre de 1999


       

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