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Jorge Gómez Jiménez |
Cosas de leones
Para Sandra La pradera está sola. En la pradera está el león. El león está solo en la pradera sola. Ha dejado el montículo de piedra que le sirve de trono. Desde sus patas delanteras se extiende una planicie amarilla, como él mismo. De vez en vez, el rey corretea un poco por su propiedad, pero no caza ni ruge. Sobre un árbol sin hojas se posa un pájaro negro. El león lo mira complacido. El pájaro se mueve un poco entre las ramas, picotea inútilmente. El rey observa a su inquilino con curiosidad y agradecimiento. Un pájaro negro en un árbol sin hojas en una pradera sola con león.El cielo es un cristal transparente sin nubes ni pájaros. Para resolver esta situación el pájaro negro del cuento estira el pescuezo, levanta la cola, abre las alas y se incorpora al azul claro hasta que es un punto y luego nada. ¿Estuvo alguna vez allí? ¿Está allí la pradera amarilla? Vuelve a mirar y la vista se pierde en un horizonte que alguien ha pintado con colores pasteles, cálidos y fríos, pero sin brillo. El león se ocupa un poco de sí mismo. Las uñas duras y casi nuevas, los músculos firmes, el pecho erguido, la melena abundante y amenazadora. El bostezo revela una dentadura envidiable. Todo un rey en su reinado. Vuelve a subir sobre las piedras, ahora puede ver un poco más allá, donde pasa el escuálido río que hacía falta en el paisaje. Apenas un hilo de agua en cuyos bordes creció una hierba casi verde. Él sabe que en el río no hay peces, se fueron hace tiempo. ¿Qué puede hacer un león amarillo y solo en una pradera sola y amarilla con un árbol sin hojas donde quizás se posó un pájaro negro y a lo lejos se ve un río escuálido del cual se fueron hace tiempo los peces? Las primeras en volver después de las lluvias fueron las cebras. Bebieron un poco en las aguas crecidas y llenas de carpas. Corrieron alrededor de la pradera, admirando la hierba verde y brillante, levantando fango con los cascos traseros. A su relincho, se levantaron de golpe bandadas de pájaros de todos los colores, escondidos entre los árboles del bosquecillo joven. Torpes, fueron a chocar con una manada de antílopes recién llegados, formando gran revuelo que hizo esconderse a los conejos, escapar a los zorros y reír sin parar a la familia de monos. Fueron los monos quienes pidieron silencio. Se detuvo el galope, se calló el relincho, se asomaron todos, se acabaron las risas. En su trono de piedras, las uñas casi nuevas, el pecho firme, la gran melena y los músculos relajados. El rey estaba esperando. Con esa expresión noble y satisfecha que tienen los leones muertos.
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