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Letralia, Tierra de Letras Edición Nº 86
7 de febrero
de 2000
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Dos cuentos

Gabriel Blanco de la Portilla


La revancha

"Serás juzgado con la misma vara con la que mides"

Jamás pude olvidar su rostro imperturbable. Pasó junto a mí con toda la intención, veloz. Creo que llegó a empujarme suavemente. Nadie se percató de aquel incidente, para muchos intranscendente, no para mí...

Fue un lunes, después de un feriado largo. Demasiada gente en la City. Yo tenía que renovar un plazo fijo y pagar algunas facturas vencidas. Casi dos horas de cola en la municipalidad, otro tanto en la compañía de teléfonos.

Admito que no fue uno de mis mejores días. Estaba malhumorado, pero aquel hecho fue inadmisible. Nadie puede humillar tan descaradamente a un desconocido.

Pasaron veinte años y todavía lo recuerdo. Su mirada perdida, su aliento de mañana fría. Con una gabardina verde, cruzó la calle atestada de taxis y después de esquivar a una señora mayor..., ocurrió lo que todos imaginan. Gratuitamente atentó contra mi ego así, al pasar. ¡Como si estuviera en todo su derecho!

Hoy lo vi, después de veinte años volví a cruzarme con aquel de la gabardina verde algo más gastada, saliendo del Banco Nación. Él no se dio cuenta, o tal vez me ignoró. Lo seguí sigilosamente casi toda la mañana.

Después del banco a la aduana y de allí a unas oficinas de una empresa naviera. Tomó el ascensor solo. Bajó en el piso veinte. Una hora después subí por las escaleras. Al abrir la puerta me encontré con un largo pasillo, un mundo de secretarias, máquinas de escribir y olor a lápices de madera; corridas con papeles que se caían, teléfonos celulares enardecidos y computadoras emitiendo toda clase de sonidos cibernéticos. Nadie me prestó atención. Caminé entre los escritorios saludando confiado a quienes levantaron su vista. Hasta una señorita vestida con uno de esos trajecitos de secretaria ejecutiva se acercó, me dio la mano en señal de bienvenida y me condujo hacia una sala de espera, pidiéndome por favor que aguardara unos minutos.

Me puse cómodo en un moderno sillón de cuero negro que casi me traga. Otros también esperaban con rostros preocupados. Uno fumaba unos habanos largos y gordos como él. Con sus pequeños anteojos colgados de su ancha nariz, me miró como cuestionando mi presencia. Me hice el importante fijando mis ojos en un imponente cuadro colgado justo encima de su cabeza. Insistió bajando lentamente sus anteojitos y mirándome sobre ellos. Casi obsesionado recordé el rostro de aquél de la gabardina verde. Me puse de pie con mucha dificultad ya que ese sillón no estaba dispuesto a liberarme fácilmente. Caminé hacia el gordo del habano y, como si no estuviera allí, observé la firma del cuadro, incomprensible. Di unos pasos hacia atrás para apreciar más acabadamente la obra de arte. Disimuladamente bajé mi vista hasta el gordo quien, ofuscado, metió su cabeza en un libro, también muy gordo.

Volví a caer presa del sillón, cuando la puerta de la oficina se abrió y tras ella..., ¡el de la gabardina verde!, sin su gabardina, claro. No supe cómo actuar. Por suerte el gordo me salvó. Se abalanzó a la carrera y mientras cerraba la puerta me miró satisfecho con una sonrisa cínica. Escapé desesperadamente del sillón, retomando a paso veloz el camino hacia el ascensor. La secretaria ejecutiva trató de detenerme preguntándome el nombre. La ignoré metiéndome al elevador empujando a los que intentaban bajar. Quedé a solas con los botones. Me sorprendí mirándome al espejo, con una expresión en mi rostro mezcla de pánico y satisfacción. Por fin podía vengarme de ese tipo. Ahora sabía dónde trabajaba.

Mientras caminaba por la calle rumbo al banco (todavía tenía que pagar la luz), planeé cómo llevar a cabo una venganza dolorosa. En los siguientes cuarenta y cinco minutos de cola, pensé en iniciarle una demanda por daño moral...

Pero no, tenía demasiado poder y dinero como para contratar al mejor abogado. Incluso debía conocer a muchos jueces, y con mi suerte el gordo del habano sería uno de ellos. Debía ser algo que le doliera en lo más profundo de su ser. Algo con lo que no pudiera seguir viviendo.

Esa tarde volví temprano a casa. Jugué un rato con los chicos y el perro. Cenamos temprano. Después de acostar a los pequeños forajidos, miramos con Gloria, mi mujer, una película que ella había alquilado. Seguía pensando en el de la gabardina verde.

Al día siguiente no fui a trabajar. Me dediqué a seguirle los pasos. Pude averiguar dónde vivía, que estaba casado con una hermosa mujer, que no tenía hijos, que tenía un auto importado y dos perros entrenados.

Por la noche regresé a casa extenuado. No cené y me fui a dormir. Por la mañana llevaría a cabo mi venganza.

Me desperté temprano, serían las cinco de la mañana. Desayuné algo ligero y me dirigí al edificio de la empresa naviera. Una vez allí, me escondí detrás de una columna del estacionamiento del subsuelo donde él guardaba su Mercedes negro. Esperé por horas y no llegaba. Ya cansado, subí al piso veinte y pregunté por él. Su secretaria me dijo que estaba de viaje y que no regresaría hasta dentro de un mes.

No tuve más remedio que esperar, lo cual me sirvió para preparar con detalle mi plan. Fueron los treinta días más largos de mi vida. Estaba ansioso, no podía dormir.

Pero toda espera tiene su recompensa. Esa noche caminé por el centro antes de ir a casa. Era un viernes y había mucha gente. Creo que jugaba la selección argentina de fútbol, porque muchos estaban parados frente a las vidrieras mirando televisores. Otros disfrutaban del encuentro en los pubs. Iba distraído cuando lo vi cruzar la calle, delante mío. Lo seguí un par de cuadras y en medio de una muchedumbre le clavé un puñal en los riñones. Cayó de inmediato. La gente se abrió en un círculo en torno nuestro al mismo tiempo que un oficial de policía me quitaba el puñal de mi mano derecha y me esposaba. Esta vez todos se dieron cuenta.

Sé que me merezco la pena máxima, también sé que dejo a una familia destruida. No me arrepiento de lo que hice. Para mí fue un acto de justicia. Es necesario que ese tipo de personas tomen conciencia, que no se puede ir por la vida hiriendo a las personas por el solo hecho de divertirse...

Señoras y señores del jurado, señor juez, permítanme repetir lo que le dije al oficial en el momento del arresto, ¡ese!, ¡no vuelve a decirle pelado a nadie!


La Caja

"Por muchos años
los ritos del Ctulú durmieron
en el lecho cenagoso del Thames".

Parecía ser un domingo como cualquier otro en la antigua Londres de finales de siglo. En la mansión Beadle, Sir George dormía en su viejo sillón de cuero gris, frente al hogar, en la biblioteca. De sus curtidas manos, ese añoso libro trataba de escapar, deslizándose, reflejando en sus amarillentas páginas la dorada luz del fuego. Su joven esposa, Muriel, descansaba en la soledad de su cuarto, en la planta superior. Una mujer realmente hermosa. Su cabellera oscura desparramada sobre cobijas de seda, recortaba los delicados rasgos de su rostro. Finísimos encajes ocultaban como a un gran tesoro, la perfección y fragilidad de su cuerpo. La pasión encendida se abría paso con una dulce sonrisa, a través del carmín de sus labios gruesos. Soñaba, seguramente con Norman. Fue esa misma tarde cuando sus miradas se cruzaron sorpresivamente en el Regent's Park, en la entrada al zoológico. Ella y Sir George debían presenciar la inauguración de la gran muestra de especímenes exóticos que habían traído de su último viaje por los mares del sur.

Cientos de curiosos ojos observaban encandilados la belleza de coloridos plumajes de aves tropicales, las intrépidas piruetas de los monos aulladores de Amazonia y la colosal fuerza del felino andar del tigre de Bengala.

Por la noche, los Beadle regresaron a la mansión. Muriel, tratando de disimular cierta exaltación, se retiró a su cuarto sin probar bocado, mientras Sir George volvió a enquistarse en su viejo sillón con ese libro una vez más.

La densa niebla que lentamente trepaba las orillas del Thames, azulando las húmedas callejas oscuras, parecía esparcir sombríos presagios en el Regent's Park.

El joven Norman Whitny, taxidermista de profesión e íntimo amigo de Sir George, permanecía aún en el zoológico, clasificando una colección de mariposas, completamente solo, en la estrechez de su laboratorio. Ya cansado, cerró sus libros de taxonomía y cuando se disponía a abandonar su labor, una pequeña caja de madera llamó poderosamente su atención. Se acercó cauteloso, la recogió con delicadeza del fondo de un estante de un estropeado gabinete, sacudió el polvillo con un soplido y la colocó sobre su mesa de trabajo. La tapa estaba sellada por un pequeño escudete ovalado con un fino grabado. Una especie de arpón de varios dientes que atravesaba la espantosa silueta de un raro pez, y por detrás un signo en relieve parecía cobrar vida para abrazar toda la pieza tallada en el más fino marfil. Casi poseído tomó una espátula y trató de quitar el escudete.

En ese preciso instante, en la biblioteca de la mansión Beadle, una ventana se abrió con violencia y un fuerte vendaval arrasó con todo, hasta con ese libro, arrojándolo a las encendidas brasas del hogar. Sir George despertó turbado y a duras penas pudo rescatarlo de las atrapantes llamas con el atizador. La Caja. Mientras sacudía las humeantes páginas, corrió a cerrar la ventana. Habían transcurrido apenas unos segundos cuando un pálido grito quebró en mil pedazos la pesada atmósfera de la mansión. Aterrorizado, Sir George, trepó desesperadamente las escaleras hacia el cuarto de Muriel. Atravesó la puerta como un espíritu, para quedar inmóvil. Todo estaba allí, las cobijas de seda, los finos encajes, los perfumes, todo. Todo menos la hermosa Muriel. El cuarto pareció girar en torno de lejanas tierras flotando en recuerdos a través de los tiempos. En torpe carrera, bajó las escaleras hacia la biblioteca. Tomó el libro y lo lanzó al fuego como quien arroja un alma atormentada al averno, mientras su conciencia repetía incansablemente el nombre de su esposa. Las flamas crecían dibujando formas fantásticas y difusas, pero pronto una imagen se hizo cuerpo entre las profusas llamaradas... el pequeño escudete ovalado... Todo estaba mucho más claro.

Con el rostro desencajado, recorrió cada piedra de las neblinosas calles en dirección al Regent's Park.

El gigantesco portal del zoológico se había convertido en unos cuantos hierros retorcidos, las imponentes jaulas en nichos mortuorios. Arrastrando sus pesados pies, se tambaleó hasta el laboratorio de taxidermia. Sólo quedaban astillas de la vieja puerta de roble. En el suelo, cientos de papeles esparcidos por doquier, y junto a la mesa, el guardapolvo de Norman, manchado de escarlata. Las paredes desgarradas, frascos rotos y en un rincón del gabinete destrozado, la pequeña caja de madera yacía abierta, emanando un tétrico hedor que parecía provenir de las mismas profundidades abismales.

Sir George huyó del lugar azorado. Cruzó el ennegrecido Regent's Park y el desértico centro de Londres. Y llegó por fin a su mansión, que ardía en llamas. Casi sin aliento, corrió hacia el Thames, mezclándose a cada paso con los adoquines de las intrincadas callejuelas del London Bridge. Se detuvo justo en medio del puente. Bajó hasta un amarradero donde podía verse la inflamada orilla por la mansión incandescente.

Entre tanto humo y calor pudo verse una figura aterradora, de contornos escamosos, portando una aleta de espinas en su lomo. Caminaba sobre sus patas traseras y en sus fornidos brazos, delicada y frágil, la bella Muriel. Se internaron en el río y desaparecieron.

Extraños sonidos emanaron de las profundidades, voces, cantos, gemidos. Una joven madre de un pequeño Ctulú, que jugaba en la orilla, lo tomó delicadamente con sus afilados colmillos por el cuello y lo condujo donde la cena estaba servida.


       

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