|
|
Jorge Gómez Jiménez |
Regalo de bodas El repentino ajetreo en el pasillo perturbó el dormitar del médico de urgencias, que aprovechaba la infrecuencia de las consultas para masticar un corto sueño sobre la misma camilla en que un sídico terminal había superado una crisis asmática un par de horas antes, cuando la madrugada se amoldaba en el horizonte. Las batientes de la entrada despertaron con amplitud para dar paso a una camilla con ruedas y a un par de paramédicos que asistían a una mujer cuyo rostro estaba deshecho. Un amasijo sanguinolento era su cara. La piel, desgarrada o aplastada, apenas era colgajos, y lo que había sido la nariz, aparecía como un punto óseo un poco más arriba de la boca ya borrada. Parecía haber sacado la peor parte en una lucha a garras, como si dos bestias se hubiesen disputado con fiereza la posesión del territorio. Sus signos vitales se extinguían segundo a segundo. El shock la había enfriado. La respiración borboteaba por los huecos que quedaban en su rostro, arrancando las últimas hebras de una existencia tejida a medias. Bajo la frazada de hotel que la cubría, la mujer desnuda se iba vistiendo de su propia sangre, por la que se le escapaba la vida, deslizándose roja por la camilla. La mujer se adivinaba muy joven. Delgada y pálida, su sexo suave y pequeño formaba un hueco triangular entre las piernas. El médico pensó que había que estabilizar su palpitar extraviado antes de intentar algo con aquella masa informe que ocupaba el lugar del rostro. Un momento, un centésimo de última conciencia alcanzó para que la muchacha lograse identificar el aullido que provenía de otra camilla que se incrustaba urgente en la sala. Después, un salto a la nada. —¡Éste es el esposo! —gritó un paramédico, intentando superar la intensidad de los alaridos lastimeros del herido—. ¡Estaba en su luna de miel! Un segundo médico, llamado a colaborar, comprobó que la lesión del hombre era muy localizada. La sangre manaba de su herida con imparable fluidez, desde el muñón de lo que fue su pene, ahora cercenado y unido al cuerpo apenas por unos milímetros de pellejo. Estaba consciente y lloraba con amargura, al mirarse las manos ensangrentadas. Preguntó débilmente por Asunción, antes de dejarse por la tranquilidad que le penetró en forma de aguja en su brazo. Los rescatistas informaron que la pareja de recién casados fue encontrada en su suite del Hotel Normandía, después que la policía abrió la puerta del cuarto con una copia de llave que prestó el gerente. Carabineros había acudido a causa de la desesperada denuncia de maltrato que habían efectuado algunos perturbados pasajeros de cuartos vecinos, testigos auditivos de lo que se informó como "disputa matrimonial". Asunción Velásquez y Diego Montera se habían registrado la víspera, precedidos por una turba de enfiestados que los escoltaron bulliciosamente hasta la entrada del cuarto, para brindar con licor escondido entre las ropas por el cruce de la novia en brazos del novio hacia aquel regalo colectivo, en un intento por ofrecer a la pareja lo más cercano al lujo como escenario para su noche nupcial. Cinco días después, el joven viudo Diego Montera observaba el vendaje clínico y rogaba a San Cayetano que, de toda esta tragedia, al menos se salvara su miembro, cosido delicadamente con el hilo de la esperanza de recuperar su poderío. La historia ya era peste propagada por todos los pisos del hospital. Diego se lo había explicado todo a los médicos que lo intervinieron, amparándose en un cien veces asegurado secreto profesional. Sin embargo, el secreto profesional se disolvió junto con el hielo en el vodka de una junta del hospital. Diego y Asunción se habían arrojado el uno sobre la otra inmediatamente después de la partida de los escoltas. Hicieron el amor con deleite y fruición dos veces, con la tranquilidad y la seguridad de no tener que ocultarse en la oscuridad de la panadería del padre de Asunción a improvisar una culeada de pie o una manoseada con gusto a poco. Fue ella quien lo sugirió primero: no se les había pasado por la mente intentar el sexo oral. Fue ella quien tomó la iniciativa (esto lo aclaró muchas veces Diego Montera), impulsada por la pasión liberada y golosa que les invitaba a probar todos los platos del banquete de una sola vez. Entonces, desvanecidos los tapujos, la boca de Asunción, tibia y palpitante, resbaló por el torso de Diego, rodeó su ombligo y dejó una estela de saliva hasta alcanzar sus testículos enloquecidos. El pene de Diego se expandió hasta casi llenar la cavidad bucal de Asunción, húmeda y acogedora. Asunción sintió elevar su propia excitación, llegando a niveles nunca alcanzados cuando sintió el viscoso sabor de la eyaculación. Entonces, una enjambre de descargas eléctricas atravesó el cerebro de la mujer, haciéndose parte de la conmoción orgásmica, desordenándose y desatando por primera vez lo que antes ni se sospechó ni Diego previó en los ojos blancos de su esposa. Fue el primer y último ataque convulsivo de una epilepsia que se mantuvo oculta en Asunción por diecinueve años y que llegó inesperado, como regalo de bodas.
Letralia, Tierra de Letras, es una producción de JGJ Binaria. Todos los derechos reservados. ©1996, 1998. Cagua, estado Aragua, Venezuela
|