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Jorge Gómez Jiménez |
La deuda del mar
"Now I wish I could write you a melody so plain Era la hora tanto tiempo aguardada, señalada con antelación en los mapas del tiempo. Pero, pensaba, ojalá se hubiera retrasado. Ojalá no hubiera llegado jamás. Ahora, simplemente, quería detener el tiempo y que nada sucediera. Le dolían en la espalda los kilómetros que había cruzado para llegar hasta allí, un remoto rincón de la costa uruguaya, desde Buenos Aires. Sentía los brazos entumecidos y las piernas rígidas como bloques de cemento, después de haber conducido durante tres horas. Estaba nervioso como un adolescente. Como solía estarlo en aquellos tiempos en que la sensación en el vientre significaba lo inesperado. Hacía tiempo que había dejado de sentir o presentir algo nuevo. Desde los tiempos en que sucedió todo aquello; mientras sucedía, lo único que tenía sentido retener como parte de su historia. Las partes que recordaba eran en blanco y negro. Flashes de fotos antiguas abandonadas en álbumes polvorientos. Colores desteñidos y místicos. Lo último que recordaba era realmente una foto. Un niño de uno o dos años, con el pelo más bien claro y de ojos azorados, oscuros y grandes, lo miraba desde un antiguo pasillo de una casa que ya no existía. Las filas de macetas que corrían a lo largo de la pared, a sus espaldas, eran como una pequeña jungla artificial. Sin duda, hubo un tiempo en que ese niño le importó lo suficiente a alguien como para que ese alguien se molestara en tomarle una foto. O tal vez, pensaba, haya sido una de esas fotos sin importancia que uno toma para acabar un rollo. Pero esta foto estaba dedicada. Lo cual era mucho: "A mi querido sobrino. 25/12/69". Sin nombre, ni firma. Una dedicatoria inofensiva y sin compromiso. El niño estaba allí, de pie, sin saber muy bien qué hacer, vistiendo esos pantalones cortos y una remera a rayas horizontales. La foto ha envejecido, pero la actitud, probablemente, no. Pensó que esos ojos azorados podrían seguir mirando de esa forma. Uno no encuentra todos los días a alguien perdido hace veinte años. Menos aun, si ese alguien es la única señal viviente de que uno existió en el mundo real. El chico tenía un nombre que él jamás hubiera elegido, pero esas eran las reglas del juego. No puedes tomar decisiones sobre algo si estás ausente. Siempre había pensado que su propio nombre era el final de una línea, que su propia historia lo era. Ahora, ese desconocido, que debía aparecer de un momento a otro, venía a decirle que no. Ese desconocido que había decidido encontrarse con él en aquel lugar, después de un par de abstrusas e inesperadas llamadas telefónicas, venía con la carga de un dudoso y estrafalario futuro, del cual él no quería saber demasiado. Ese desconocido parecía completamente convencido que él era su padre, y que conocerlo personalmente invitaría a que las cosas tomaran algún sentido. La cruda luz blanca de los relámpagos se desató, demencial. El horizonte oscuro barbotaba nubes cada vez más negras. Miró hacia el agua. El acantilado se extendía a cada lado y, con la poca luz que quedaba, la espuma de las olas se adivinaba abajo en las rocas, como enormes dientes de la oscura sonrisa del mar. Entonces sintió los pasos sobre la grava, ahogados por sobre el ruido de las olas. Se volvió y allí estaba. —¡Hola! —se escuchó decir a sí mismo, mientras se reconocía en ese rostro que se acercaba, sin sonreír, con los ojos bien abiertos. No tendría mas de diecinueve años, según sus cálculos. Era él mismo antes de los lentes y del comienzo de la calvicie. Un estremecimiento le recorrió la espalda y pensó que pronto perdería la voz. La misma forma alargada del rostro; los ojos grandes; el cabello lacio y claro, descuidadamente cayendo sobre la cara. Se miraron en silencio, ambos conscientes de que los restos del tiempo los habían arrojado allí y, desde ese momento, no había regreso. —¿Vos sos Fernando? —se atrevió a preguntar por fin. —Sí —respondió el muchacho, con una mano en la campera de cuero. —¿Cómo estás? —Bien, muy bien. El silencio era una cosa difícil de ahuyentar para los dos. El silencio, martillado por las olas, llegaba y se interponía como un animal celoso. Sintió que el muchacho tenía muchas cosas que decirle, pero no sabía cómo empezar. Decidió probar: —¿Hace mucho que vivís aquí? —y... unos dos años. No mucho. —¿No es un poco... aislado, digamos, para una persona joven? —el muchacho desvió la mirada y avanzó unos pasos. Se colocó a la misma altura que él en el acantilado. Mirando hacia el agua, el muchacho dio un suspiro. Un vago temor lo alcanzó al verlo acercarse. —Sí. Está lejos de todo —dijo el chico—. Pero la vieja dice que es mejor así. —¿Cómo está ella? —Bien. Ella está bien. Muy bien —remarcó el muchacho. Innecesariamente, pensó él. El sol terminaba de alcanzar su límite en el horizonte y el día gris variaba al negro lentamente. —Bueno. ¿Querés que vayamos a algún lado? Está anocheciendo. Vamos al pueblo. ¿Qué te parece? Podemos tomar algo, si querés. —No. Está bien. No me voy a quedar mucho. Sólo quería... —el muchacho movía las manos nerviosamente dentro de los bolsillos de la campera. No lo miraba a los ojos—. Sólo quería... conocerlo. Saber quién era. Sólo eso. —Bien. Pero creo que necesito un poco más de tiempo para mostrarte quién soy. También quiero conocerte, saber más de vos, ayudarte... —¡No! —interrumpió el muchacho, remarcando cada palabra con algo de ira en la voz—. No quiero tu ayuda... No me interesa —comenzó a retroceder unos pasos con las manos siempre enfundadas en su abrigo de cuero, repentinamente poseído de una energía imposible de prever. —Pero, escuchame, Fernando... hijo... —...¡y no me llames hijo! —movimientos espasmódicos parecían recorrer su espalda. —Bueno. No fue mi intención molestarte... —¡No te confundas! No estoy aquí para dejar que te metas en mi vida después de haber desaparecido desde el principio, como si no existiéramos... después de todos estos años —la voz de Fernando estaba llena de rabia contenida—. ¡No, viejo! Después de todo lo que pasamos sin que a vos se te moviera un pelo por nosotros. No me llames hijo, porque no lo soy... —Entonces... ¿por qué estas aquí? —Mamá me dijo que te buscara hace un tiempo atrás... cuando necesitábamos plata, pero no quise. Tenía mucha bronca entonces. Recién ahora me animé y sólo lo hice para poder mostrarte que pudimos hacerlo sin vos... no te necesitamos antes... no te necesitamos ahora. —Pero, por favor, no te pongas así... —avanzó unos pasos hacia el muchacho con los brazos extendidos y éste retrocedió nuevamente—. Quiero ayudarte. En serio. Vine a buscarte para que volvamos todos juntos a Buenos Aires. Quiero que estudies, que vivas mejor... —¡No! —el grito repentino del muchacho lo dejó inerte. Sin saber qué decir, se encontró a si mismo en actitud suplicante, suspenso en el frío del atardecer—. No puedo volver a Buenos Aires. ¿Sabes por qué estamos aquí? Es por mí. Aquí no se consigue blanca. ¿Entendés? Aquí no tengo radio ni televisión pero tampoco tengo blanca. Puedo vivir limpio. Sintió que, de repente, una enorme masa oscura se cernía sobre él. Más oscura que la noche que caía sobre el mar, más oscura. —Entonces, vos... —Sí, viejo. Soy adicto. Falopero. Como te guste. Por eso la vieja me trajo aquí, al culo del mundo. Parte del tratamiento... Huir de la tentación, como dice ella, ¿viste? Hace tres años que estoy zafando como puedo. A veces te juro que no lo aguanto, pero sigo. No tenés idea de lo que me cuesta. —Mirá, no sé... allá en Buenos Aires tengo doctores amigos que te pueden dar una mano. No... no entiendo cómo esto puede haber pasado y tu madre... ¿Por qué tu madre nunca me dijo nada? Tantas veces me escribió para pedirme plata y nunca una palabra de esto. No lo entiendo. —No hay nada que entender. Es así no más. Quizás a ella le dé vergüenza tener un hijo adicto. No la culpo. —¿Y cómo llegaste aquí? —y... la mano se puso fea cuando me echaron del colegio. Ella estaba sola y yo era una carga. Un día no aguantó más, agarró algunas cosas y me arrastró a la terminal. Vendió todo lo poco que teníamos. No sé cómo encontró este lugar. Nos puteamos durante meses hasta que me pude adaptar aquí —su rostro miraba la grava mientras trazaba dibujos con la punta del zapato—. Sufrí como loco aquí... Sentía que me arrancaban la piel... —¿Y ahora? —Ahora está bien. Aquí es tranquilo. Ya ves, el mar, las gaviotas... —con un gesto nervioso abarcó toda la ruidosa naturaleza que los rodeaba—. Me gusta Uruguay. —¿Cómo hiciste para estar sin... eso? —tenía miedo de pronunciar la palabra, como si al pronunciarla le estuviera dando crédito a la realidad, dándole permiso para suceder descaradamente delante de su rostro. Fernando sonrió. Una sonrisa maliciosa, no cómplice. Simplemente maligna. —Y... me las rebusco. Algunos contactos he hecho. Pero no es como allá. —¿Qué pasó con el colegio? ¿Terminaste? —No. Y no creo que me haga falta. Se quedaron en silencio. Otro silencio infinito bajo las alas de la noche que llegaba desesperada desde el mar. Él miraba alternativamente al chico y la punta inmóvil de sus zapatos sobre la grava, jugueteando con el llavero de Dollar Rent-a-car entre sus dedos. El acrílico era opaco y estaba frío. Sintió que no tenía más nada que decirle a ese extraño que había engendrado por accidente en algún lugar de su pasado. Sintió que no tenía sentido seguir de pie allí, esperando la noche. Cuando levantó los ojos, el muchacho estaba llorando. Podía notar claramente sus mejillas húmedas en la media luz tenebrosa. Con los ojos nublados por las lágrimas, Fernando extrajo el revólver de entre sus ropas y lo examinó, lentamente, como si no supiera lo que era. Él tampoco supo lo que era. No estaba seguro. Probablemente era rencor o, simplemente, desesperación, o el efecto de la acumulación de ambos. En tal caso, nunca lo sabría. Tragó saliva y no rezó, porque no sabía.
Este es el cuento del que le hablé, Eloísa. Antes que las cosas del mundo borren las huellas de la infamia, me gustaría dárselo a usted, para que lo guarde piadosamente entre sus cosas. Entre nuestras cartas, en lo posible. Esta historia es como una confesión y quién mejor que usted para tenerla. Qué mejor lugar que la calidez de sus cajones perfumados para que reposen estas palabras vaciadas por el tiempo. El tiempo, esa arpía que inocultablemente ha pasado. Puedo ver sus trazos en mí mismo y en estas líneas, de una época en que aún no la conocía y la vida no merecía ser vivida. Ya ve, la libertad ha sido desperdiciada en mí y no creo ser injusto al decir que su amistad también. En todos estos años no he hecho más que pensar en aquello y en el rostro de ese hombre introvertido y culto, que finalmente terminó siendo mi propio rostro. El rostro odiado del enemigo. Los intentos por arrancarme los ojos han chocado con mi natural cobardía. Le escribo estas líneas desde mi soleado aislamiento en Carolina del Norte, mientras el saxo de Stan Getz dibuja volutas impensadas en el aire de agosto. Una de esas tardes apacibles como las de hace treinta, cuarenta años atrás en otra costa atlántica, más remota y profunda. Más mía, quizás. Pero tan breve. ¿Quién sabe si nuestras existencias no están comprendidas en apenas dos notas de Blue Skies? Por lo demás, estoy tan viejo y cansado que la sola idea me da vértigo. Dejemos que la canción trepe; que el solo de piano acompañe el sonido de las gaviotas y del viento; que se lleve al auto azul sobre la grava y el sonido de mis pasos volviendo a casa aquella tarde. La sed. La desesperación. Los ojos transparentes y calmos de mi madre y su silencio. Ese silencio que todo lo sabe y calla.
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