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Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 90
19 de junio de 2000
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Dos cuentos

Fabián Piñeyro


Reloj hecho con tres viejitas

Todas las mañanas, a camino de mi trabajo, me cruzaba con tres viejitas. Siempre en la misma cuadra... Minutos más o menos, siempre a la misma hora. Y un día pensé: "Ellas son viejas, por lo tanto son metódicas. Este paseo, seguramente, es la gimnasia que todo geriatra recomienda para los problemas del corazón. En tanto las siga encontrando en la misma calle, podré estar seguro de que estoy llegando temprano a mi empleo...".

¿No era ésta una nueva forma de medir el tiempo? Muy poco exacta, claro, quizá como los relojes de arena o como la sombra que dibujan, a lo largo de un día, las cosas quietas.

Pero, repito, ¿no era una forma de medir el tiempo?

Ellas eran petisas, dolorosamente feas. Una, no miento, tenía un grano del tamaño de un ají en la punta de la nariz. Otra era gorda, blanda, fofa como una pequeña nube. A la tercera no puedo recordarla.

Luego de un tiempo comencé a preguntarme si debía, o no, saludarlas. Es verdad, pasamos la vida entera cruzándonos con miles de personas y no por eso andamos saludando a diestra y siniestra. Pero veamos: ante el repetirse y repetirse de este encuentro, y dada la imaginaria sociedad que conformé con ellas para poder construir el reloj, ¿no debía yo considerar que el destino de estas tres ancianas era menos ajeno a mí que el del resto de los desconocidos del mundo?

Un día faltó la gorda, no la vi más. Las otras dos continuaron con la misma regularidad. Al pasar, me miraban como si quisieran explicarme algo de reojo.

"La gorda murió", pensé. "Es eso lo que ellas quieren decirme".

Entonces, me di cuenta de que la tarea de medir el tiempo com sustancia humana era un despropósito... La arena, la sombra, el acero inoxidable, no mueren como sí muere la gente.

Al año desapareció la de cara de enana. La viejita cuya cara no recuerdo, sola, con orgullo de abanderada, continuó con sus ejercicios matinales de siempre.

Entendí que cualquier día de esos moriría también y que yo iba a arrepentirme por nunca haber investigado lo que había por detrás de aquellas mujeres. Pues hasta el momento me había conformado siempre con suposiciones. Bien podía ser que las otras dos hubieran emigrado, bien podían tener hijos en otros países. O podían estar tetrapléjicas en una cama y, así y todo, no muertas.

Me aliviaba, por otra parte, el hecho de que nadie conociera al inventor del reloj de arena, o al inventor del reloj de sombra, porque mi fracaso, así, se volvía completamente anónimo.

De todos modos, un día decidí completar la tarea. Me acercaría a mi última viejita con toda educación, preguntaría por la suerte de las otras dos, llevaría el aire de quien ama desinteresadamente al prójimo... Ese día ensayé frente al espejo mi sonrisa más angelical, intenté memorizar las sensaciones musculares que se imprimían en mi rostro para poder repetirlas con fidelidad delante de la anciana.

A la mañana siguiente, apenas la divisé me detuve. Fue un grave error, fue un paso sobreactuado. Lo más natural hubiera sido dirigirme a su encuentro como había hecho todas las mañanas hábiles de los últimos dos años. Me puse nervioso. Para colmo, ella fingió no haberme visto. Y continuó acercándose y acercándose...

¿Cuál de las tantas cosas que tenía para preguntarle le preguntaría primero?

Recuerdo que los rostros de las otras dos, agigantados por la nostalgia, por la evidente sensación de que la vida estaba hecha de adioses, ocuparon todos los rincones de mi mente como la luz cuando se enciende y nos ciega.

Creo que la viejita alcanzó a detenerse para escuchar lo que iba a decirle.

—¿Me podría decir la hora? —me salió, como de la boca de un estúpido.

Ella continuó su viaje sin responder. Juraría que se había puesto a llorar.

Al día siguiente no apareció. En la cuadra de siempre me detuve a pensar qué haría. Luego recorrí el barrio atrás de una señal. Todas las calles se me hicieron idénticas. Poco después, llegué a una casa en donde las puertas estaban abiertas de par en par. Atado a una reja, había un inmenso lazo negro con un nombre de mujer escrito en letras doradas. Al rato, vi salir un chico de unos diez años. Tenía cara de asustado.

—¿Se murió tu abuelita? —le pregunté.

Él asintió con la cabeza y corrió para adentro.

Yo también me alejé, rápido, como quien escapa.

¿Por qué? ¿Era ésa, la mujer en letras doradas, la última de las tres viejitas? ¿Debía aceptar, sin más, que mi reloj había muerto?

¿Somos más frágiles que la arena y la sombra?


La única salida

Había una vez un oficinista que tenía miedo a quedar encerrado en el ascensor. Era pánico, dijo el siquiatra de la compañía. Debían trasladarlo a los pisos más bajos... No se puede, respondieron.

Cobró la indemnización, comenzó a levantarse a cualquier hora. Compró un video y vio cincuenta películas sólo en la primera semana. Un día descubrió que pasaba demasiado tiempo entre cuatro paredes; se sintió atosigado por la sala, el cuarto, la cocina, la cocina, el cuarto, la sala...

Entonces se dedicó a deambular por la ciudad. Nada mejor para la libertad que carecer de rumbo.

Por eso, cuando notó que por detrás del bullicio diverso de las calles no había sino las mismas ruedas, el mismo núcleo de vidrio y cemento y la misma gente, toda con ropas hechas de cuero y tela, le volvió aquella sensación del ascensor. Aunque esta vez se sintió cercado por un repetirse y repetirse y... Y la ciudad le pareció un enrejado de convenciones.

El campo, la montaña, el cielo entero y no hecho pedazos entre los edificios, la peonada que se pierde, con sus caballos, por detrás de la línea del horizonte... Allí se levantaba bien temprano para hincharse los pulmones de aire, hacía tres o cuatro repeticiones de gimnasia. El resto del tiempo lo pasaba como un filósofo.

Y un día, la imagen de la Tierra flotando en el espacio se le fijó en la mente como un sello. Se vio del tamaño de una hormiga, recorriendo incanzable toda la superficie del planeta, sin poder encontrar una salida. La gravedad, al fin de cuentas, imponía sus límites.

"Para poder salir de aquí tendría que encerrarme en uno de esos trajes plateados", pensó. "Y después tendría que sufrir quién sabe cuántos meses dentro de una cápsula espacial... No. Imposible".

Un atardecer, la hora más apropiada para morir, se pegó un tiro en la boca.

En un papel constaba su voluntad de ser cremado y de que sus cenizas fueran arrojadas al viento.

Pero nadie lo leyó.

Terminó apretado en una caja que uno de los peones clavó a las apuradas.

Esa misma noche lo enterraron para siempre.


       

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