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Jorge Gómez Jiménez
Editor

Letralia, Tierra de Letras Año V • Nº 90
19 de junio de 2000
Cagua, Venezuela

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La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras de la Tierra de Letras

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Muestra retrospectiva

Erasmo Sondereguer

Observo el mar en el atardecer. Mi mirada lo penetra. Se sumerge y deambula en ese impresionante paisaje. Al emerger, contemplo con asombro una imagen. Una bella y dulce imagen de mujer. Entonces, recuerdo. Retrocedo y avanzo, por innumerables pasajes, instantes y silencios. Enrojece el horizonte. Y un púrpura intenso se dilata.

—Estoy casada y no quiero engañar a mi marido. Tenés que olvidarte de mí. Buscá otra mujer.

Me mira. Sus ojos encantan. Su voz es persuasiva y dulce.

Yo continúo insistiendo.

Oigo el murmullo del mar. Hay silencio en él, como en mí mismo. Oscurece. Una tenue y brillante luz blanca ilumina el lomo del monstruo, que ondula manso en la recién iniciada noche.

Somos amigos desde mucho tiempo. Un día la sorprendo al decirle:

—¡Te amo!

No sé cuándo me enamoré. Tardé más de un año en confesárselo. Ella sonríe, me mira y continúa sonriendo. Su dulzura es inmensa.

Entro en la habitación. Sobre un caballete hay un bastidor con un lienzo en blanco. A uno de sus lados, una mesa en la que hay paletas, pomos de pintura, pinceles y espátulas. Tomo un pincel, algunos pomos y, sobre una paleta, dispongo varios colores.

—Hernán, por favor, tenés que aceptarlo. Soy casada y voy a seguir con mi marido.

—No puedo dejar de amarte.

—Hernán, Hernán —pronuncia ella, suave y pacientemente.

Delineo los colores sobre la tela. Perfilo su rostro. Experimento la sensación de tenerla allí, como si se hallara posando. El constante sonido del mar me acompaña.

Coloco pinceladas. Surge un rostro, un cuerpo... un alma. Venecia es su nombre, la mujer que amo.

El anillo le parece maravilloso, pero no quiere aceptarlo. Logro que lo haga, aunque decide no ponérselo. Consigo que vayamos a tomar algo.

Observo la pintura. En sus ojos, lo que ella nunca me dijo. Y allí están sus manos, queriendo recibir a las mías. Sus labios a punto de moverse, para hablar. Y el murmullo del mar, dentro del silencio, producen un extraño y mágico estado de vida. Es como si yo hubiese creado esa vida. Ella me ama. ¿Es cierto?

Camina lentamente, la claridad en el silencio. El mar allí. Miro el retrato. Entra Venecia, en la habitación. Sonríe, se me acerca. Una bella luz la ilumina y no es la del amanecer. Aunque es un amanecer en mí, el que se produce. Se acuesta a mi lado. El sonido del mar se acrecienta. Las olas, cada vez más altas, se descargan, alisándose en la playa. El monstruo avanza enfurecido. Venecia y yo nos levantamos alarmados. Miramos temerosos la ira del inmenso. Abruptamente, la claridad desaparece. El cielo ennegrecido, se ilumina, por la enardecida acción de peligrosos rayos. Los truenos estremecen. De pie, Venecia y yo observamos. Nuestras miradas se encuentran. La beso. Ella se abraza a mí. Caemos. El mar nos envuelve y nos sumerge. La furia.

La llamo por teléfono.

—No quiero que nos veamos más ni quiero que vuelvas a llamarme —hay ternura en su voz, aunque es terminante. Desespero.

Abro los ojos. Está su retrato. Lo miro y lo contemplo. Mágica realización de lo inmortal. Y detrás de Venecia, el mar. Se mece tranquilo. Acuna el silencio.

Venecia se abraza a mí y exclama:

—¡Te amo!

¡Maravilloso! ¡Soy feliz! ¡He conseguido lo que tanto ansiaba!

Tomo un puñado de arena y la veo deslizarse por mis dedos. Un puñado de arena. Arena escapando de mis dedos. Huyendo de mis manos. ¿Así fue? ¿Así ha sido? Idiotez el enamorarse de alguien que nunca te amará. Nunca.

—Nunca me tendrás, pero soy tu amiga. Te ayudaré si me necesitas.

Acelero. Sigo acelerando. ¿Por qué me aferro a esa mujer que no me da nada?

—Somos amigos —repite, Venecia.

—Pero yo te amo, te necesito, te deseo —le expreso con vehemencia—. ¿No me crees?

—Te creo —sonríe con dulzura—. Te creo.

Se alegra mucho al recibir mi regalo. Me besa.

—No quiero verte más —me manifiesta, muy suavemente, por teléfono.

¿Está cediendo, acaso?

Me angustio como un imbécil. Experimento la nada. Siento pánico.

Pasan varios meses. Vuelvo a verla. Me recibe bien. Conversamos un momento. La veo irse.

De vez en cuando nos vemos. Sólo un momento. Yo nada demuestro ni manifiesto. Ella es amable, manteniendo distancia.

Estoy solo. Camino por la costa. Siento la amistad del mar. Me transmite su fuerza. En una roca, grabo el nombre de Venecia, poniendo mis sentimientos.

Voy en mi coche. Acelero. El impacto es terrible.

Vuelvo. Abro los ojos. Alguien tiene tomadas mis manos y me sonríe. "Te ayudaré si me necesitas".

—¡Hola! ¿Cómo estás?

Suavidad y dulzura en su voz. Le sonrío. Venecia está allí. Venecia está conmigo.

Se levanta de la silla, diciéndome:

—Debo irme.

La miro tristemente. Me besa, añadiendo:

—No importa lo que ocurra a partir de ahora. Te amo.

Sueño y realidad. Enmudezco. Y Venecia repite:

—¡Te amo!

Y aunque ella no vuelva, ella sigue estando. Y desde ese momento, ese suceder es constante.

El silencio se manifiesta en la claridad, que aparece con lentitud armónica. Abro los ojos y veo a Venecia, sentada en una silla, al lado de mi cama. Levanta la cabeza y me mira. Ella también despierta en ese momento.

—¡Hola! ¡Buenos días!

Recuerdo cuántas veces he dibujado su rostro. Cuando desee hacer su retrato, se negó muy dulcemente a posar.

Poco después, quemó todos los dibujos que hice de ella. Sin embargo, no fueron todos. Inadvertidamente, se salva uno. Lo conservo.

Ahora, cotejando aquel dibujo con la pintura que termino de hacer, noto que en ambos está la misma expresión, esa bella dulzura.

Regreso. Regreso de mí mismo. Veo a Venecia venir hacia mí. Sale del mar. Camina por la arena. Me sonríe. La veo desaparecer. Luego oigo sus pasos, subiendo la escalera.

Sus pasos se detienen al término de la escalinata. Miro a ese lado. Nada observo. Giro mi cabeza. Contemplo la tela que pintara. Está en blanco. El dulce rostro de Venecia ha desaparecido. De inmediato, en un arranque frenético, comienzo otra vez el retrato. Fijo por un segundo mi mirada en el dibujo que se salvara. Voy colocando pinceladas. La imagen se expresa, resurge, renace.

Me da un beso al despedirse. Sus manos se han deslizado de las mías. La puerta se cierra. Quedo solo. ¿Se ha ido?

Enciendo el televisor. El final de Casablanca. Él la mira alejarse.

La tarde del día siguiente, Venecia vuelve. Me besa en la mejilla.

—¡Se te ve mejor! —me dice, alegremente.

Miro al mar, Venecia se acurruca en mi silencio. "¡Te amo!". Es un grito sin fin.

Salgo de la clínica. Me han dado de alta. Con sorpresa, veo que Raquel, mi ex esposa, viene a buscarme.

—Te llevaré a casa —me dice.

No me opongo. No quiero estar solo.

Esa noche volvemos a estar juntos. No hacemos preguntas. Nos seguimos deseando y es suficiente.

Prendo varias hojas en el caballete y con carbonilla comienzo a dibujar. Lo hago con rapidez, notando, con cierto asombro, la exactitud de mis líneas. Coloco más hojas. Continúo con similar precisión y velocidad. Venecia es en todos los bocetos. A veces, solamente son sus ojos. Otras su silueta y sus manos. Su perfil. Destaco cada rasgo. Experimento la sensación de poseer cada una de sus partes que dibujo, y con ello, gradualmente, voy concretando su divina y absoluta presencia. Pienso, al detenerme, que si uniera todos aquellos dibujos formaría un inmenso y bello monstruo de locura. ¿Yo amaba una creación?, ¿o una realidad creada?

Una inmensa playa. Yo miro el horizonte. Desde allí los veo venir. Son centenares de hojas. Las voy reconociendo. Sobre la superficie del mar, descienden. Son mis dibujos. Sus manos, su boca, sus senos... Caen y se ubican. Finalmente observo. La superficie del mar se halla inmóvil. Sobre ella, Venecia resplandece.

Estoy en la oscuridad. Surgen sus bellas manos, acariciando mi rostro. Luego su boca, entreabriéndose, besa la mía. Extiendo mis brazos y acaricio sus pechos.

La claridad me despierta. Veo cómo los dibujos entran por la ventana, aterrizando ordenadamente en el caballete.

Hago una exposición de mis dibujos. Envío a su trabajo una invitación, a Venecia. No viene. Tal vez no la haya recibido.

En el tercer día de la muestra, pocos minutos antes de cerrar, llega Raquel. Me cuenta que está en pareja y que la relación es excelente.

—¡Son magníficos! —exclama, al ver los dibujos.

No hace más comentarios.

Me cuenta más tarde que dentro de poco se irá a Australia. Su abuelo paterno le ha dejado un campo con caballos de raza. Y ha decidido radicarse allí.

Subimos al auto. Me pide ir conmigo a casa para retirar unos libros.

Sirvo un poco de vino blanco. Conversamos. No tarda mucho. Es directa. Una de sus manos, acaricia mis genitales. Me recuerda momentos pasados.

Lo volvemos a hacer. Mi deseo por ella crece inmensamente. Es una noche espléndida.

Raquel se va a la mañana, temprano. Sobre una estantería veo los libros que dijo que quería llevarse.

Un año después recibo una carta de Australia. "...ha cumplido tres meses. A vos también te gustaba el nombre Gustavo, por eso se lo puse. ¿No te parece que volvemos a estar juntos?".

Me siento a una mesa, en la vereda de un café. Pido un jugo de naranjas. Mientras bebo, comienzo a dibujar en un block. Tomo diversos apuntes de personas, edificios, árboles, perros, gatos... De pronto me quedo inmóvil y contemplo. Paso a otra hoja y velozmente, empiezo a dibujar. Minutos después, ella se da cuenta. Está sentada a unos diez metros de mí, sola. Sonríe.

Casi de inmediato, llega un hombre. La besa en la boca, disculpándose por la tardanza. Ella le toma las manos y se las besa suavemente. Sigo dibujándola, aunque casi sin mirarla. Veo que se levantan para irse. Capto una mirada de ella hacia mí. Comienzo otro dibujo. Como si alguien dirigiese mi mano, voy delineando un rostro, el de Venecia.

Han tocado el timbre. Abro. Es la mujer que viera en el café.

—Vine para que me siguieras dibujando. ¿Puedo pasar?

Me aparto, sonriendo solamente.

Se desnuda sin que yo se lo pida. Es hermosa. En sus ojos hay una mirada ingenua, inocente. Hasta podría decir: mirada de niña. Me resulta increíble.

Dibujo. Melina, ese es su nombre, cambia de posición, como sabiendo lo que yo deseo. Continúa durante casi dos horas, posando.

—¿Cómo supiste dónde vivía?

—Lo averigüé.

—Me investigaste.

—Algo como eso.

—¡¿Algo como eso?! —respondo, enojado—. ¿Por qué lo hiciste?

—Me interesabas. Quise saber. Perdoname.

—¿Quién es el hombre con el que estabas en el café?

—Mi esposo.

—¿Lo amás?

—Sí.

—¿Por qué, entonces, estás acá?

Me mira unos segundos. Levantándose, se viste. La contemplo en silencio.

Me besa suavemente en la boca y se va.

No me atrevo a preguntarle si volverá.

¿Por qué me ha buscado? ¿Qué quiere de mí? Miro detenidamente los dibujos. Los pongo en el suelo, cerca del caballete, donde he colocado un bastidor con una tela.

Pinceladas. Centenares. Observo los dibujos. En mi mente la poseo.

Continúo pintando. Voy descubriendo. Emerge una imagen. Una verdad. Miro lo hecho. Suena el timbre de la puerta. Espero unos segundos y me levanto.

—Me alegra que no te hayas acostado —pronuncia, sonriendo con cierta timidez y captando el efecto que causa en mí su presencia.

Me ha sorprendido. Como la primera vez, sin decir palabra, me aparto, dejándola pasar.

Al mirar la pintura, sólo dice:

—¡Oh!

¿Sorpresa? ¿Admiración? Ambas cosas, tal vez. Se vuelve hacia mí y me abraza, besándome. La cama nos recibe con un quejido.

Cuando despierto, Melina no está.

El sol da de lleno sobre la tela. Ilumina un rostro que ya tiene luz propia. Y siento la suavidad de su piel, el aroma de sus cabellos, el sabor de sus labios...

Expongo el retrato, junto con otros. Han transcurrido dos meses desde que lo pintara. Esperaba que Melina viniese. En varios medios ha sido anunciada la exposición.

Regreso de almorzar. En la galería, un hombre me espera.

—Le compro ese retrato —exclama, señalándolo. Lo miro con curiosidad.

—¿No me diga que ya lo vendió? —pronuncia, alarmado.

Sonrío.

—No. ¿Lo quiere comprar?, es suyo —respondo.

Queda contemplando la pintura. Su expresión denota un goce profundo.

—Ustedes fueron amantes —dice, súbitamente.

Trato de disimular mi asombro.

—Yo no lo llamaría así —pronuncio.

Sonríe, girando bruscamente hacia mí.

—No importa. ¿Acepta un cheque?

Respondo afirmativamente.

Se va. Ahora recuerdo la escena en la mesa del café. Ella besándole las manos.

Vuelve al otro día, sin necesidad aparente. Se explaya sobre la calidad y calidez del retrato. De pronto me dice:

—¿Puedo tutearte?

—Sí —le respondo.

Me cuenta:

—Había pasado la noche con vos. "Te traicioné", me dice y agregó: "No podemos continuar juntos". Sentí que debía irse. Yo no se lo impediría. Imaginé que volvería a tu lado. "No regresaré con él", pronunció Melina, sin que yo se lo preguntara.

—¿Has sabido de ella? —interrogué.

—No —fue su respuesta.

"¿Por qué vendí ese retrato?", pienso. La veo posando para mí. Siento la sensación de que ella está. Sus ojos observándome. Sus manos buscando las mías. Sus labios entreabiertos. A mi alrededor, todo se ha oscurecido, surgiendo en todo su esplendor: Venecia. Inalcanzable y tan próxima a mí que nos tocamos.

—Es hora de cerrar, señor.

Miro al hombre.

—¡Oh, sí!, es hora de cerrar.

 
 

Duermo en la cama que tengo en el estudio. He pintado durante muchas horas.

Al despertarme, lo primero que veo es mi pintura: el mar en el atardecer. El inmenso lomo enrojecido. Y el rostro de Venecia surgiendo de las profundidades.

—¡Hola, papá!

Venecia corre hacia mí. Detrás de ella, su madre, Clarisa. Mi mujer.

—¿Cómo te gustaría llamarla? —le pregunto, mientras le acaricio el voluminoso vientre.

—Venecia —responde con rapidez.

No podía creerlo. ¿Habrá sido telepatía?

Un año después del nacimiento de Venecia, le cuento a Clarisa.

—¿Por qué dejaste pasar tanto tiempo?— me pregunta.

Miro sus ojos, la expresión de su boca. Quizás con mi confesión, yo he instalado una sombra entre nosotros, pareciendo moverse entre ambos. Yo amo a Clarisa.

—Tuve miedo, respondo.

Me besa, abrazándome.

 
 

Veo a mis nietos correr por la playa. Y mis hijos, con ellos. Estoy pintando la escena. Oigo el paso de Clarisa, ascendiendo la escalera. Se detiene detrás de mí, observando mi trabajo. Luego me besa suavemente en una mejilla.

Recibo una propuesta: realizar una muestra retrospectiva de mi obra.

Comienzo a los cuatro años. Mi primer modelo es una gata. La dibujo muchas veces. Mis padres me compran colores, temperas, acuarelas. Estudio. A los dieciséis años, hago mi primera exposición. Consigo empleo en una agencia de publicidad. Quiero hacer dinero. Sigo pintando.

Cronológicamente, mi vida está en esos cuadros. Y una pasión.


       

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