Letralia, Tierra de Letras Año VIII • Nº 96
21 de julio de 2003
Cagua, Venezuela

Depósito Legal:
pp199602AR26
ISSN: 1856-7983

La revista de los escritores hispanoamericanos en Internet
Letras
Obonobu y el viento
Ángel Méndez

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Con admiración y aprecio
para Carlos Márquez, primer actor

Burebaka Idamoido sintió escalofrío cuando el espectro pasó a su lado. Por vez primera pudo contemplar la caída de los hilos carcomidos por el malestar de la angustia, hebras tejidas con paciencia ante la experiencia agotada en el vacío de lóbulos podridos con el tiempo. Quizá una telaraña fue rasgada en irónico vaivén ocasionado por el camino de los siglos, permitiendo que una luz agónica iluminara tenuemente el fantasma de Obonobu, quien yace aún acurrucada en algún rincón de un almacén baldado, llamado memoria, recipiente blando de residuos inservibles.

Luce míseros pies desgarrados por el filo cortante de las piedras que acecharon en la arena; van entonces cubiertos por una costra sanguinolenta que vacila con el movimiento y la acción del pus. Le transportan dolorosamente hasta la casa grande y descolorida. Burebaka Idamoido cierra los ojos cuando la brisa sacude a ratos las pirámides de polvo acumuladas por el viento. Omite el martirio que sufren las extremidades y descubre las encías moradas al pensar que pronto ha de formar parte de esa tierra, coloreando el aire de la nada, galopando a lomos del olvido. Sólo desea descansar. Obonobu, agazapada, espera ese instante.

Jóvenes waraos dan la bienvenida a los convidados. Se apostan allí, flanqueando la puerta carcomida por el comején. Permanecen inmóviles, impertérritos ante las quemaduras producidas por unas lágrimas grasosas que manan de las velas de sebo y laceran las manos. Otros cirios serán encendidos en la casa al escucharse el lamento de unas campanas marcando la medianoche. Alguien intenta alertar y obstaculizar inútilmente el tránsito del Guabá-já, alma acongojada en busca de compañero, espíritu eremita, vagabundo de la noche que anhela robar una estrella, violador de recuerdos, verdugo de sueños.

Podía uno perderse en las innumerables habitaciones de la casa inmensa; era esto, precisamente, lo deseado por los viejos de la tribu: extraviarse entre las ranuras de las paredes, para evadir el saludo de la muerte. Los murmullos aglomerados se apagaban por las risas con sabor a bayaguara, aguardiente efectivo, promotor de carcajadas que van a guarecerse en las sucias y raídas telas que sirven de cortinas. Todo simétricamente acorde con el mausoleo donde anualmente se celebra el rito de arobo-amuse, o danza de los ancianos. Son dos plantas de bahareque con techo de bambú, ambas abrumadas por la fantasía misteriosa de lo indescriptible. El rascacielos del caserío Jonokoina, pueblo levantado cuando aún el hombre blanco no había llevado sus ideas civilizadoras a tierras del Delta.

En ese extraño ambiente se escurría la memoria del cerebro agitado de Burebaka Idamoido, que percibía sin querer la presencia de lo enigmático. Obonobu perseguida y asediada con insistencia por los cristales sucios de la realidad del antes, el ahora y el después; escurridiza, había logrado escapar de cuerpos arrugados, escondida en potentes brebajes para ir a albergarse en una nueva piel, obligada como tal a marchitarse en el final del calendario. Recogería canciones de cuna de ese antes que rechaza la partida y que vomitaría algún día, cuando estuviese preparada para la transición de la muerte.

Después de las doce lloriquearon los nativos adormecidos por el licor. Burebaka sudó frío para que la humedad se confundiese con las lágrimas destiladas por los recuerdos. ¡Obonobu!, absorbente y sensual. Mira temeroso el derrumbe de unos huesos resquebrajados, cansados de soportar el peso de mil lunas. Toneladas de deseos acompañados por frustraciones diluidas en un pozo de materia gris que pronto ha de secar. Es terrible el esfuerzo. Le atrae lujuriosa en cada quimera, en el halo de la luz que destellan las velas encendidas. Le aturde la bulla del rito y clava los índices en esos cráteres auditivos para aturdirse de silencio y alejarse de la voz que llama. Quiere esquivar la ineludible red de los años y cerrar un círculo. Se ovilla en una silla dejando la huella de sus pies en la polvareda acumulada y deja caer con violencia los párpados para apartarse de la visión. Una bailarina invisible se acerca y sonriente extiende su mano, como apresurada por presentarlo ante la sociedad de los muertos, y de ser posible, acompañarlo en el Réquiem.

Indios, blancos y negros velarán su trotar silencioso. Burebaka quiere asfixiarla en su frescura de acero derretido. No dejará que sus brazos entumezcan sin antes intentar la aprehensión. Quizás al final se percate de que no tuvo sentido el empeño y recordará el momento con amargura, si es que luego se le permite rememorar el tiempo muerto. Ella no se dejará poseer con facilidad y danzará coqueta entre los nervios para luego explayarse en ese último aliento impregnado de bayaguara y chimó. Su destino es ser transferida hacia la contemplación morbosa de cada cuadro en una incircunscrita proyección que dice adiós en tanto una sombra desesperada tiende al eclipse. Alguien la espió cuando enlodaba su cara, impidiendo en esa forma el nacimiento de las aguas amorosas; ésas donde él se bañaría en sus ansias por penetrarla. ¡Obonobu, urusi! ¡Memoria, mujer!

El día de los muertos cohabita con la danza de los ancianos. No es un misterio que el viento, vestido de negro, ha de venir a reclamar su presa. Ajaka se acerca para arrebatar la memoria enclaustrada en alguna masa encefálica y ultrajarla con pasión. Burebaka Idamoido, nervioso, limpia el manantial de sus propios poros mientras trata de poner en blanco la mente debilitada por el ajetreo de un viaje estéril. Se resigna a vomitar a Obonobu, y ella se excita al presenciar la aproximación del viento. No puede el tiempo ignorar el fin de Burebaka; éste comprende el porqué sus piernas se convierten en piezas monolíticas. ¡Obonobu-Memoria-Medusa!

Ella contesta con prontitud preguntas que nadie hace, en tanto unas pupilas ciegas se pierden en el edificio maltrecho y se paralizan en una mano inanimada. Los ojos se inundan en el acertijo; desgarran las vestiduras de Obonobu que enciende sus mejillas ante la impertinente contemplación. Los waraos reptan su borrachera evocándola en cada momento de lucidez. Burebaka recordó: con articulaciones de madera y ojos de vidrio pulido... pudo haberse desmadejado la tienda fabricada por la ilusión, porque ella habría conservado la postura al no encontrar oportunidad para desmoronarse. El anciano marca el paso de la danza, la única permitida por la civilización, y el resto de los indios estrella sus huesos en la pirueta fina. Uno de ellos reconoce a Burebaka como el escogido y le sonríe en un rictus característico, ese que denota respeto y estupidez. El viento y la memoria desdeñan el lamento de una melodía, convirtiéndose en anfitriones de una generación que se despide irremediablemente. Hierve el rocío de la noche con el fuego de las antorchas y las velas inflamadas. Obonobu canta anécdotas robadas en cualquier parte por Burebaka en su niñez. Cuelga la materia en cada movimiento del viejo y manan lágrimas fermentadas de unos agujeros que ayer fueron aposento. Advierte ella el deseo de releerla en las hojas del archivo, ahora desorbitado en cada paso de Ajaka.

En medio del jolgorio, vibran las cuerdas de una garganta muda para interrogar la presencia. Burebaka Idamoido se desentumece y hace añicos las ataduras que le esclavizaron a su pecho, a sus piernas y a su mustio sexo. Se desliza con premura otra gota en el arado de su cara, maltratada y ablandada por la lluvia de mil años. Los cabellos se desordenan ante la embestida del viento que pretende taladrar la piedra ósea para raptar a su amada. Parece ir muriendo de risa con el pretexto de bautizar la sombra y untarla de sangre babilónica, derramada tantas veces por el noble gladiador en pos de Obonobu. ¡Ajaka-Castor-Polux!

Convencido ya de ser el elegido, Burebaka Idamoido relajó su cuerpo para dar la bienvenida al visitante. Es la Ley suprema. Obonobu maltrató en la sien para ser visión del ultraje cometido por la piel blanca en desmedro de la negra y la india: el derrumbe de las chozas aunado al hurto de las costumbres e imposición de nuevas reglas, de un nuevo Dios. Le obsequiaron un espejo a Burebaka para disfrutar del movimiento de sus labios en el epílogo. En la mueca estaba cuando una exclamación inaudible atinó a escaparse: ¡Has llegado, forastero!

El ruido del viento tocó los oídos de Burebaka. Cada zumbido fue una palabra: Forastero, ¿por qué busco lo cierto en tiempo muerto? ¡Soy el viento, soy Ajaka! ¿Sabías acaso que tu juventud me obligó a volar en una sinfonía inconclusa y hurgar en el espacio para encontrar tu presencia? Eres la imagen esfumada por el sueño de la vida... porque, ya se dijo, la vida también es sueño. Estoy aquí para despertar a la muerte y cargar con todo lo que por derecho me pertenece. Luces cansado, pero no te quejes. También he caminado entre espinas hirientes en el tonto anhelo de ser feliz. ¿Acaso no te embarga ahora la felicidad? Comprende que eres la carroza fúnebre cuya delicada misión es transportar un alma muerta. Ya no eres indio, ya no eres blanco, ya no eres nada, sólo pasto de rebullones. Deja que tus células inertes se expandan para animar la carne del soñador perpetuo. Es tiempo, porque mi tiempo es el tuyo. Acaricié el principio para observar ahora el fin; tú no estarás a mi lado ni lamentarás la extinción de la especie. ¡Deja huir a Obonobu! ¡Juro no despertarte, nunca jamás!

Ella escuchaba través de la retina del anciano, encerrado en sus recuerdos. Caras blancas, lobas ofreciendo oro. Rostros pálidos lujuriosos. Manos finas para acariciar el pelo. Puñal directo a la espalda. Soledad en la tierra. Cemento en el campo. Cigarrillos alucinadores... A ratos Obonobu era atrapada por alambres de ansiedades. Ajaka se presenta limpio de culpas para ofrendar la unión imposible a su cortesana. Una vez la amó en Atenas y puso en sus manos la antorcha para incendiar a Percépolis. Ahora la reconquistaría en zona mariusa a pesar de Burebaka, quien no atinó a comprender el acto bestial de amputar pistilos, eliminando así la posibilidad de reproducción. Pensó el viento que sus frutos pudieron haber sido los de ella, pero sólo amargura se anidaba en la castrada semilla.

Desvaría Burebaka Idamoido mientras se descomponen con prontitud las partículas de una formación abstracta, vitoreado por la borrachera de los waraos, quienes se arremolinaron e hicieron rueda para festejar la partida. La luna explotó como pinchada por alfileres, los que escondían Obonobu y Ajaka para hundir en la oscuridad quien en instantes sería tierra y nada, todo y uno. La agonía interminable, ilimitada, la que permite el desvarío de un baile de pupilas desorbitadas. Puntos huecos danzando traviesos en un pentagrama reluciente. Burebaka se aferra a una nota para ahuyentar la penumbra que rápidamente se hace densa.

Ajaka extiende sus alas y husmea en los senos de las viejas indias. Tetas caídas, estrujadas por la oprobiosa mano blanca. Se pasea sin preocupación y con pedantería por la casa; inhala el aroma de las copas vacías. Saborea con su lengua cristalina las osamentas calcificadas. El viejo ya no habla, tampoco oye; observa ciego en la oscuridad. Chirrían los goznes oxidados al cerrar las puertas de su visión con el fin de aguaitar el encuentro de los amantes. Trepa una pestaña y percibe el diálogo de Obonobu y Ajaka: ¡Te esperaba, Ajaka!

Allí estaba, cara al viento. Evocada por los indígenas ajumados que formaron la barahúnda para aguijonearla. Descubrieron cartas sin rimas, redactadas a destiempo y con premura en el nacimiento del sol arrullando la ilusión. Vocablos agobiados de alegría que irrumpieron y colmaron el dolor incesante de una marcada existencia. Ilusión; sólo quedaba eso. Un sentimiento puro renuente a ser arrancado por los blancos. Burebaka Idamoido se siente presa de la cicuta saboreada por los años. Sufre la transformación irremediable y en la porfía cruza hendijas y tropieza con la ruta plagada de zarzales. No se despertará para atrapar algún rayo luminoso. Todo se disipa en un abrir y cerrar de ventanas. Los postigos pretenden trabarse mientras la calle, ahora cubierta con petróleo, se disfraza de nube negra insistiendo en sellar los sentidos. El silencio permite escuchar el crepitar de una voz que se apaga...

Ajaka, deja que mis palabras cabalguen en la tribulación y luego únete a Obonobu. Sé que desea fugarse. Lucha por liberarse del entendimiento y de mi piel, obstinada de cubrir un esqueleto.

La bayaguara surte efecto. Se introduce como fuego en la circulación y trastabillan las venas escleróticas de Burebaka Idamoido. Obonobu logra la puerta del paladar, transportando su carga de recuerdos para sumergirse en el charco encefálico y ser aprisionada por los tentáculos imperceptibles del viento, ése que divisa entre ellos una inalcanzable pasión.

¡Amada!, comienza el vuelo de la hoja otoñal que pendía de un talluelo seco, huérfano de esplendor y de luz. Doce años esperé tus besos, ideal de mi locura. Fuiste lo que jamás debió ser; ahora voy a tu encuentro en esa nada de donde nunca debiste salir. Oigo voces y la carne se chamusca por la esperma derretida. No más vejación, no más castigo. Quisiste embalsar los torrentes que se hincharon con la lluvia para eludir el violento correr de la estampida. Accediste a mojar tu vientre inútil en el río del placer entrecortado por el temor y la incertidumbre. Obonobu me hizo descubrir al hombre vetado de beber en el manantial. Anhelo la muerte, la soledad que me darán los muertos. Queriendo evitar el principio fui por el camino equivocado y troqué tu cuerpo en frío objeto. Amándote asumí el odio; igual hice con los farsantes. Amé sus virtudes y conocimientos para acceder al ultraje de mis pensamientos. Contigo pretendía destrozar las telarañas del pasado, pero sólo conseguí enredarme en tus fibras gelatinosas. Al irme reflexiono... ¡No declararé en el infierno haber cometido el error de vestir sedas destinadas a los reyes! Sólo pude acariciar el caño y llorar mientras los peces escapaban de mi cuerpo, de mi cuer...

Bare aida que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre...

Ora el huisidato. Guabá-já sonríe al recibir en sus brazos los restos de una sustancia acribillada por escenas intangibles. Sobre una camilla, tejida con hojas de plátano, yace Burebaka Idamoido, o lo que de él quedó. Partió con los ojos abiertos, atiborrados de tristeza, llenitos de envidia, ahítos de cansancio, hartos de dolor. Testigos fueron de los arrumacos entre Obonobu y Ajaka... amantes del último momento.


       

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