
Bestiario artificial. 28 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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En un pequeño espacio convertido en habitación, la cama recostada a la pared, un estante que clasificaba un pequeño desorden, en el cual combinaba papeles y frascos etiquetados rigurosamente, jeringas, torniquetes, algodones clínicos, todo lo necesario en un pequeño laboratorio. El baño con utensilios que lo ayudaran a su aseo, pero de tal estrechez que le impedía moverse a su antojo dentro de su especial circunstancia. Su computadora, que abarcaba casi todo el espacio. Un clóset lleno de toallas, sábanas, franelas y ropa interior. Un gavetero-mesa, dispuesto para los documentos personales y alguno que otro dulce y medicinas para la acidez, el cual compartía a regañadientes con su padre, debido a que le gustaba tener todo bajo su supervisión; por eso, cuando su hermana entraba al cuarto sigilosa y tomaba algo del gavetero, al darse cuenta de que no estaba, se enardecía e inmediatamente enviaba a comprar lo que ella hubiese sustraído. Después de asearse, vestirse holgadamente, con la ayuda de una asistente, a quien cambiaban constantemente debido a su estricta personalidad, casi convertida en la de un ogro, para quien no comprendiera su situación. Un solitario genio rodeado de familia y soledad. Así a diario comenzaba su ritual. Desde su silla de ruedas manipulaba todos sus instrumentos de laboratorio, con una precisión inmaculada. Trataba de descubrir el reactivo que le permitiera al sensor ETV mantener en equilibrio los lípidos de las corrientes nerviosas en la médula espinal. Él era su propio conejillo de Indias. Dosificaba glicerina en polvos proteicos y a su vez los inyectaba en su cuerpo mientras iba midiendo las reacciones de su organismo con una especie de robot que tomaba de su brazo izquierdo la presión arterial y los diferentes ritmos cardíacos y respiratorios. Con su mano derecha iba anotando cada una de estas mediciones en un diagrama que se encontraba en la gigantesca computadora, la cual tenía una pequeña cámara que le indicaba la posición correcta de su cuerpo, contradictoriamente escultural.
Su voluntad, sabiduría y coraje batallaban con la enfermedad que lo incapacitaba desde hacía cinco años. Casi no dormía en esta búsqueda y en intervalos de media hora dentro de esta obsesiva investigación se aferraba a ejercicios que lo dejaban exhausto, pero con resultados sorprendentes, en un hermoso y atlético cuerpo que se negaba a la paralización de sus funciones. Mientras esto sucedía, su familia llevaba una vida paralela a su alrededor. Su cuarto era para ellos como una ciudad fronteriza que necesitaba ciertas reglas para entrar y comunicarse; solamente la madre tenía como un salvoconducto para hablar y acercarse.
Se sentía en la atmósfera el resentimiento, especialmente hacia la hermana; sin embargo, era también una especie de ritual el almorzar junto a la familia. Todos en sillas de ruedas, excepto la hermana. Hablaban, pero sin comunicarse, cada uno con un tema distinto. En algún momento, su voz preguntaba a la madre por su salud o por algo extraviado en su cuarto. La madre odiaba y desconfiaba de todas las asistentes. Volvía a su cuarto y continuaba sus investigaciones, interrumpidas por momentos soñolientos producidos por los medicamentos. La asistente lo motivaba. Era una hermosa mujer que habían enviado de la agencia. Él entendió que ella era diferente, inteligente y atenta a sus agotadores requerimientos, y casi a diario tenía que pedirle disculpas por su carácter hostil con la vida. Él, un científico reconocido, doctorado en las más prestigiosas universidades, egocéntrico y testarudo en sus convencimientos científicos, se asombraba, al aceptar muchas veces las sugerencias de ella; sencilla, escrutadora, sensual, enigmática, silente en su silla, muy cerca de él, tan cerca que sus respiraciones se juntaban.
Algo en su interior comenzó a despertar: extrañaba que él pudiera volver a ser un hombre gentil como era antes del comienzo de esta terrible enfermedad que te va paralizando poco a poco, que te va cercenando la vida a una edad temprana, que te ata e inmoviliza mientras tu cerebro brilla, ejecuta y siente que la parálisis es inevitable, es como estar enterrado hasta el cuello y percibir la muerte que no llega, sino que se extasía en el tiempo, riendo y viendo cómo sufres ante la impotencia. Ya ella lo ayudaba a inyectarse y a escribir los resultados en un cuaderno aparte, se rozaban las manos, él le pedía masajear sus piernas y su pecho, mientras los números en la computadora se intercalaban como las máquinas de juego en los casinos. Era tanta la sensación que muchas veces la rechazaba y gritaba que se fuera, que no quería verla más cerca de él, quebraba los frascos apilados en el estante, desbordantes de líquidos. Ella admitía el rechazo previendo su objetivo. Casi de inmediato, la llamaba, le pedía perdón y la sentaba en sus adoloridas y húmedas piernas, con una ternura inusitada. Ella en el regazo y en un abrazo cálido comenzaba, de forma gelatinosa, tibia y sofocante, a rodearlo con sus tentáculos y a moverlos a su alrededor, lo que le provocaba trances estigmatizantes en la ya caliente atmósfera elevada en espiral. Era el momento, no del nacimiento de la crisálida, sino de la conversión en Medusa Turritopsis Dohrnii, escapada de los fluidos del laboratorio que lo convirtieron en inmortal.
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