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Un proyecto lucrativo

jueves 30 de mayo de 2024
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Un proyecto lucrativo, por Fernando Sorrentino
Tuve que rescatar los gatos que tenía en el altillo, estaban en peligro de muerte... En el altillo debe haber alrededor de cinco mil pterodáctilos hambrientos.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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1. Fuera de la ley

Cuando me mudé, desde la Reina del Plata hasta la localidad suburbana de Martínez, observé que la mayor parte de las casas mostraban jardín o cochera al frente. Unos cuantos propietarios acostumbraban dejar —conectada a la canilla— la manguera con que regaban el jardín o lavaban el auto.

Circunscribiéndome al cuadrilátero comprendido por las calles Fleming, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Paraná, ejecuté un cálculo matemático cuyo resultado fue que, en esa área, habría —considerando el habitual margen de error de toda estadística seria— 10.920 mangueras.

Ahora bien: si consideramos que el precio promedio de una manguera de mediana calidad es, en la Argentina, el equivalente de treinta dólares estadounidenses (la inflación me veda formular el cálculo en moneda nacional), obtenemos como resultado que el conjunto de mangueras disponibles en esa zona de Martínez representa una cifra de 327.600 dólares.

Para una persona como yo, docente de literatura jubilado que siempre ha vivido de su escueto salario, los 327.600 dólares desencadenaron mi codicia.

Las mangueras eran muy vulnerables al hurto: bastaría introducirme en el jardín, practicar la desconexión entre manguera y grifo, y apoderarme así de esos futuros tesoros.

Pero no estaba dispuesto a destruir mi reputación de honestidad dándome a conocer, en el vecindario, como vulgar ladrón de mangueras. De modo que cierta noche me encasqueté una gorra cuadriculada que me tapaba hasta las cejas y cubrí mis ojos con un antifaz negro.

Así caracterizado, a la una de la madrugada de un lunes de junio inicié mi actividad de maleante. Debo acotar que, en las noches de invierno, encontrar un transeúnte en las semidesiertas calles de Martínez es casi tan difícil como hallar un bidet en los Estados Unidos. Tal soledad facilitaba mis planes.

Resulta bastante sencillo ingresar en los jardines: en algunas casas están separados de la acera por sólo un muro que no alcanza un metro de altura. En otras basta con empujar la puerta (muchas veces cerrada sin llave). En el caso más complejo es necesario trepar por las verjas, nunca demasiado elevadas (por otra parte, conservo, desde mi infancia, el hábito de escalar árboles o postes del alumbrado público, una suerte de módico alpinismo).

Salí esa noche, pues, a mi calle Juncal, y empecé por apoderarme de la manguera de la casa que, a la derecha, es limítrofe con la mía. Continué en dirección a la calle Fray Luis Beltrán y, con la precaución de no incursionar en aquellas viviendas en que un abominable perro profiere el ladrido de alarma, recaudé siete mangueras más, que me colgué en el hombro izquierdo.

Di, en suma, la vuelta a la manzana (Juncal, Beltrán, Córdoba y Pringles) y volví a casa con treinta y dos mangueras, de calidad más o menos similar. Con el fin de no despertar suspicacias, también “robé” mi propia manguera. Las treinta y tres piezas de caza fueron alojadas en el altillo, ático, desván, mansarda o buhardilla de mi casa, habitáculo más conocido con el anglicismo de playroom, apocopado en play.

 

2. El altillo

Sea cual fuere su nombre, mi altillo es descomunal, pues abarca casi la total superficie cubierta de la casa. Como en invierno lo perforan las agujas del frío polar y en verano braman sobre él los fuegos del ecuador, ningún artefacto para aumentar o disminuir la temperatura surte el menor efecto en tan dilatada área. Por tal motivo, en la parte que da a la calle hice levantar una mampara que, llegando desde el suelo hasta el techo, convierte a este sector en una pequeña oficina fácil de caldear y de refrigerar.

En este paraíso dispongo de escritorio, computadora, impresora, escáner, libros, papeles, tijeras, útiles escolares, etcétera. En fin, todo lo necesario para realizar actividades que me agradan: por ejemplo, leer literatura y redactar verídicas historias que, más tarde, lectores descreídos y malintencionados consideran meros ejercicios de ficción.

El espacio que no es oficina triplica con creces el tamaño de aquella. Allí tengo la biblioteca principal, varios muebles, heladera, microondas, elementos para preparar mate o café, y otros enseres de carácter práctico.

Y —no por dejarlo para el final, menos importante— en ese sector viven mis dos ancianos gatos: Bam Bam —macho siamés de diecisiete años— y Kitty —gata negra y huérfana que, hace dieciocho, recogí de la calle cuando aún conservaba el cordón umbilical. A pesar de la larguísima convivencia, ambos felinos —castrados— nunca cultivaron amistad alguna y menos aún entablaron romance.

Este excurso geográfico-histórico-zoológico es indispensable para consignar que las treinta y tres mangueras fueron depositadas en la zona mayor donde viven los gatos y no en el rincón menor que destino a oficina.

 

3. Consecuencias y nuevas excursiones

A la mañana siguiente de mi primera piratería varios vecinos de la calle Juncal al 1300 comentaban en las veredas el masivo robo de sus mangueras. Yo, muy preocupado, me uní a esos coloquios, en los que, tras introducir hipótesis erróneas sobre la posible identidad del delincuente, me despedí agregando fuertes anatemas contra el ladronzuelo en cuestión.

Esa misma noche perpetré otra correría, eligiendo en este periplo una manzana relativamente distante, donde no habrían llegado noticias del latrocinio de la víspera: la comprendida por las calles Vélez Sarsfield, Beruti, Santiago del Estero y Necochea. Esta vez mi cosecha fue más rica: pude incautarme de treinta y cinco mangueras.

Merced a esta eficacia, al volver a casa ya acumulaba un total de sesenta y ocho mangueras. Algunas enroscadas, otras extendidas, ocupaban un espacio relativamente amplio en el habitáculo de los felinos.

Prefiero no abundar en detalles aritméticos (y, por lo tanto, aburridores). Baste decir que, un buen día, llegué a tener en el ático 4.937 mangueras. Me hallaba lejos, es cierto, del ideal aproximado de 10.920, pero ya me estaba acercando al cincuenta por ciento de esa cifra. Calculé que, en dinero, esas 4.937 mangueras equivalían a 148.110 dólares.

Entonces una brusca lucidez me hizo advertir que, en las labores de reunir esa cantidad de mangueras, yo había perdido por completo la noción del tiempo insumido. Sin duda excedía el que se computa en meses, pues alcancé a establecer que más de tres inviernos se habían sucedido.

Por otra parte, me hallaba bastante cansado. Las expediciones nocturnas me causaban un gravoso estrés, pues siempre se hallaba latente la posibilidad de ser identificado, arrestado y encarcelado, cuando no asesinado por algún vecino colérico. En consecuencia, decidí tomarme vacaciones sin límite fijo y durante ese lapso abstenerme de cometer delito alguno.

Así lo hice. Durante el día permanecía en mi oficina, leyendo o escribiendo, o, simplemente, entregado a la feliz conjunción de mate e Internet. Cada tanto, echaba una mirada panorámica sobre el conjunto de mis 4.937 mangueras y me sentía orgulloso de poseer, en potencia, un capital de 148.110 dólares.

 

4. Punto de inflexión

El hecho es que, de la noche a la mañana (literalmente), mi vida sufrió un trastorno serio.

Corría el verano, no sé si del año siguiente del siguiente, o del siguiente del siguiente del siguiente. Ese anochecer dejé, en el ático, todo en orden, para continuar con mis trabajos a la mañana siguiente, y me retiré pisando con cuidado entre el bosque de las casi cinco mil mangueras de goma que ocupaban la mayor parte de la superficie del altillo.

No sé si alguna vez dije que poseo el hábito de levantarme temprano. Cuando, a eso de las siete, emprendí el ascenso por la escalera, me sorprendió que ambos gatos me esperasen al pie de la misma, más exactamente donde una puertecita de madera y una cortina de plástico marcan el límite entre el primer piso de la casa y el comienzo de la escalera que conduce al ático. (Esa puertecita y esa cortina constituyen una frontera cuya función es impedir que dichos felinos invadan otros ámbitos de la vivienda.)

Por la razón que fuere, permanecen siempre arriba, pero esa mañana, como dije, los encontré al pie de la escalera, y su actitud me pareció extraña y temerosa. También yo me asusté un poco ante la posibilidad de alguna anomalía ignota: no olvidemos que, en las historias de terror, sótanos, áticos y escaleras de caracol son emblemas obligatorios.

Sin embargo, sobreponiéndome, aunque con pasos trémulos, subí la escalera (que no es de caracol) y, apenas me asomé al altillo, tuve que concretar una serie de acciones urgentes: bajar a toda velocidad, rescatar los gatos, cerrar la puertecita de madera, bajar la cortina de plástico y asegurarla con sus topes contra el piso.

 

5. Policía aristotélica

Tomé el teléfono y llamé al 911.

Al instante me respondió una voz femenina:

—Oficial subinspectora Marioni Ortibelli, Juana Eduarda. ¿En qué puedo ayudarlo?

Procurando no mostrarme nervioso, intenté explicarle:

—Tuve que rescatar los gatos que tenía en el altillo, estaban en peligro de muerte... En el altillo debe haber alrededor de cinco mil pterodáctilos hambrientos...

—¿Teros... qué?

“Ya sabía yo”, me dije, “que una simple oficial de policía nunca habría oído mencionar esa palabra”. Entonces, repetí, con lentitud y con cuidadas sílabas que la harían tomar conciencia de su ignorancia:

—Pte-ro-dác-ti-los.

—¿Pterodáctilos? ¿Qué son pterodáctilos?

Me dispuse a impartirle una lección de ciencias naturales:

—Son reptiles voladores que...

—Imposible, caballero —me interrumpió—: los reptiles no vuelan, sino que reptan, como su mismo nombre lo indica.

—Pero este —aduje, a modo de argumento decisivo— es un reptil extinguido hace millones de años.

—Doblemente disparatado, señor mío. Si está extinguido, no sólo no puede volar; tampoco puede reptar. Y, si está extinguido, ¿cómo puede estar vivo?

—No tengo la menor idea.

—Evidentemente, mi estimado amigo, usted desconoce la Metafísica de Aristóteles, donde se expone el principio de no contradicción: “Nada”, dice el Estagirita, “puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Por ende, amable cofrade, no escapará a su elevado criterio que ningún ser puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Mi refutación resultó muy precaria:

—Eso lo entiendo perfectamente, pero lo cierto es que en el ático de mi casa hay casi cinco mil pterodáctilos que, en este mismo momento, están viviendo, reptando, volando, graznando, gritando y gruñendo, según me lo indican los horripilantes ruidos que ahora mismo taladran mis tímpanos.

Hubo unos instantes de silencio. Luego oí:

—Caballero —su tono era severo—: sé exactamente desde qué teléfono y desde qué domicilio está llamando, y puedo averiguar en seguida su nombre y su apellido. Aquí hay sólo dos posibilidades. Usted puede ser un payaso o un loco. En el primer caso, podríamos arrestarlo por gastar bromas a una repartición pública al servicio de la ley, el orden y la comunidad en su conjunto. En el segundo, tendríamos, por principios humanitarios, el deber de derivarlo a una clínica psiquiátrica o, de modo más drástico y digno de elogio, recluirlo directamente en un manicomio.

—Pero lejos de mi intención...

—Por favor, caballero, en aras de la salud de todos, de la moral y de las buenas costumbres, le ruego que pongamos punto final a este diálogo absurdo.

Asustado, contesté:

—Disculpe, gracias.

Y corté la comunicación.

 

6. Senderos que se bifurcan

Traté de reflexionar. “Esta oficial subinspectora”, razoné, “estará muy versada en cuestiones filosóficas, pero ignora por completo los arcanos de la zoología”. Al expresar esta última palabra, se me representó la solución.

Busqué el número en la guía y llamé al Jardín Zoológico, que, desde hace siglos, se encuentra frente a la plaza Italia.

Tras un solo llamado, oí:

“Gracias por comunicarse con el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Si desea hablar con Administración, marque 071; si desea hablar con Enfermedades Infecciosas de las Aves Rapaces, marque 100; si desea solicitar turno para Visita Guiada, marque 421; si desea practicar natación en el estanque de los hipopótamos, marque 532; si desea interiorizarse de las Conductas Sexuales de los Monotremas, marque 762; si desea...”.

Esperé pacientemente que terminara el mensaje de bienvenida, hasta que oí “O espere a ser atendido por la operadora”.

Y, en efecto, me atendió la operadora. Apenas expuse el problema que me aquejaba, me derivó a un interno, desde donde otra voz femenina dijo:

—Doctora Daisy Cubelli Crocodile: ¿en qué puedo ayudarlo?

Para mi alivio, no se asombró del sustantivo pterodáctilo ni interpuso ningún planteo filosófico, sino que me brindó el número del Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires:

—Ahí sabrán cómo evacuar su consulta —agregó.

Le di las merecidas gracias y llamé al museo:

—Ah —me dijo el recepcionista (en este caso, la voz de un varón joven)—, como se trata de un animal extinguido, le corresponde a la jurisdicción del Museo de Ciencias Naturales de La Plata, cuyo teléfono es...

 

7. El doctor Boitus

Tomé nota de la información y llamé —larga distancia— a La Plata.

La operadora me derivó a la Oficina de Plagas Urbanas y de ésta me pasaron a Plagas Urbanas de Vertebrados. Aquí me atendió un caballero que se presentó como el doctor Boitus; antes de permitirme pronunciar una sola palabra, me ordenó que describiera el motivo de mi llamado.

Así lo hice, con loable exactitud, aunque utilizando sinónimos ociosos al referirme al altillo de los pterodáctilos.

Tras una pausa de reflexión, me preguntó:

—¿Cuál es el hábitat donde usted desarrolla sus actividades vitales?

Como la estructura de la interrogación me pareció un poco barroca, quise pasarla en limpio:

—¿Usted me está preguntando dónde vivo?

En su respuesta hubo displicencia:

—Claro está.

Consideré inconducente este dato y, a manera de represalia, le contesté con vaguedad:

—Gran Buenos Aires, zona norte.

—O sea —especificó Boitus—, en algún punto preciso, o impreciso, de la región que las autoridades cartográficas denominan Cono Urbano Bonaerense.

Estimé esta segunda aclaración aún más innecesaria que la primera pregunta y contesté con un monosílabo:

—Sí.

—Por ende —dijo Boitus—, me veo en el deber de poner en su conocimiento que los seres irracionales que han elegido, a modo de hospedería, la superficie cubierta del espacio hogareño que usted denomina ya ático, ya altillo, ya play, no son ni pueden ser pterodáctilos.

El lenguaje alquitarado de Boitus me irritaba sobremanera:

—¿No son pterodáctilos...? —dije, para darle un final a la cuestión—. Y entonces, ¿qué son?

—Son ranforrincos.

—Bueno..., no sé... Me parecieron pterodáctilos...

—Es verdad que ambas especies pueden mostrar ciertas semejanzas morfológicas, de carácter sólo aparente, que, a una persona como usted, desprovisto del mínimo rigor científico y, tal vez, de inteligencia, puedan inducirlo a error. Le ruego que se subordine a mi sapiencia y acepte ser el anfitrión de un conjunto de ranforrincos, y no de pterodáctilos.

Estas informaciones me parecieron impartidas con autoridad, es cierto, pero lo que yo necesitaba saber era qué hacer con los ranforrincos, y así se lo manifesté al doctor Boitus.

—Ante todo —dijo—, será útil establecer el origen de la plaga... Trate de recordar: ¿usted subió algún neumático de automóvil al lugar invadido?

—¿Neumático...? No, creo que jamás en mi vida he tocado un neumático.

—¿Alguna cámara o cubierta de bicicleta...?

—No, no: imposible.

—¿Algún elemento que contenga goma o caucho...?

—Sí, he subido algunas mangueras de regar jardines...

—¡He ahí la clave! —afirmó Boitus—. Procuraré explicarle de manera sencilla, para que usted, dentro de su mentalidad limitada, pueda más o menos comprenderme.

—Adelante. Soy todo oídos.

—Los fragmentos de caucho, al hallarse en ámbitos cerrados, de gran amplitud térmica (frío y calor extremos), sufren una mutación, o más bien una regresión fitozoológica, que los traslada o, mejor dicho, los devuelve al período jurásico, hace ciento cuarenta y cinco millones de años, y los hace reencarnarse en lo que eran entonces: ranforrincos.

En este punto Boitus hizo silencio, con lo que pareció dar por terminado el asunto.

Temiendo cortase la comunicación y realmente alarmado, exclamé:

—¡Doctor Boitus! ¿Me oye...?

—Sí, sí, adelante... ¿Tiene alguna otra preguntita?

—Por favor, doctor Boitus, dígame: ¿qué debo hacer con los casi cinco mil ranforrincos...? —agregué un matiz de desesperación a mi súplica—. Ocupan todo mi ático, no me permiten el acceso a mi oficina, hacen barullo, graznan, sin duda producen toneladas de excrementos y hectolitros de orina, y tal vez kilos y kilos de vómitos...

—Tranquilícese —me aleccionó— y no sea tan ridículo ni tan tremendista. Para todo hay solución, salvo para la muerte. ¿De acuerdo...?

—De acuerdo.

—Entonces le explicaré, y le ruego preste atención, porque no me agradan los discípulos cortos de entendederas ni tampoco tolero verme obligado a repetir conceptos en extremo sencillos.

No supe qué responder.

—Tras esta regresión al período jurásico, los ranforrincos empiezan a languidecer y a sentir un hambre intensa. Son animales exclusivamente carnívoros y, sin duda, habrían terminado por asesinar y devorar a sus dos gatos, por lo que cabe celebrar su decisión de rescatarlos. Sin embargo, los ranforrincos no practican el canibalismo, y entonces, deprimidos y angustiados, comienza en ellos una etapa que podríamos denominar de inapetencia primero, de adelgazamiento más tarde y de raquitismo finalmente, proceso que, tras un lapso de treinta a cuarenta y cinco días, culmina en el retorno de los animales a su esencial estado de caucho. Una vez que los ranforrincos alcanzan este avatar, empiezan también a recuperar su anterior, o posterior, esencia de manguera de jardín. De modo que usted sólo deberá esperar a lo sumo cuarenta y cinco días, y volverá a hallar en perfecto orden sus casi cinco mil mangueras. ¿Me expliqué con claridad y eficacia didáctica...?

—Perfectamente, doctor Boitus, muchas gracias. Pondré en práctica su consejo.

—No sólo es lo mejor que puede hacer —repuso Boitus—. También es lo único.

 

8. Situación actual

Y así lo hice. Seguí al pie de la letra las recomendaciones del doctor Boitus y, en efecto, en el plazo pronosticado de un mes y medio volví a tener mis casi cinco mil mangueras.

Entonces puse, en la verja de mi casa, el siguiente cartel:

Vendo mangueras de jardín,
a sólo 20 dólares la unidad

Pero transcurren los días y aún no he logrado vender ni siquiera una. El ser humano suele solazarse en la calumnia, y no faltarán quienes me tilden de ladrón de mangueras, y por tal motivo no quieran tener el menor contacto conmigo.

En fin, ahí están los cinco millares de mangueras. No veo otra solución que arrojarlas, lo más pronto posible, a un contenedor municipal. Antes de que vuelvan a transformarse en ranforrincos.

Fernando Sorrentino
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