
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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I
El Caballero de Copas, el Rey de Bastos, las Reinas de Espada y de Copas, solicitan que el mago haga acto de presencia en el salón principal del palacio.
El mago, un fornido y suculento ejemplar, entra con un caminar decidido y sensual a la amplia sala donde se suscitará la reunión. Los reyes y reinas lo miran de manera golosa y lo hacen pasar. El mago presiente ante tantas miradas de fuego que le llegó su hora, es la horca o la orgía lo que le espera. Un incrédulo silencio arropa la sala; tras el cortinaje, una música de cítara comienza a desplazarse por el recinto. Copas, espadas y bastones adornan la mesa del cenáculo. Los tronos dispuestos en oropel alrededor de la mesa y los reyes y reinas sentados al pie de los tronos, cubriendo sus cuerpos con sedas transparentes de diferentes colores, le imponen al ambiente un secular aspecto.
El mago permanece de pie esperando el porqué del llamado. Más silencio en la sala. La cítara continúa en su tenue concierto; una palmada de la reina de espada permite la entrada de copas de vinos y manjares que son colocados en la imponente mesa. El mago sigue de pie. El trotar de un hermoso caballo se escucha a espaldas del mago que, sin voltearse y como en una especie de contraseña ya determinada, comienza a despojarse lentamente de su capa, dejando al descubierto las sedas translúcidas que recubren su cuerpo. Cada seda que va descubriendo su cuerpo es un susurro en la sala y un paso al trote del caballo. Fulguraciones exaltan la corona del Rey de Bastos, escancian vino a la Reina de Copas; una espada trémula adorna el cuerpo de la Reina.
El mago a desgajo descubre su cuerpo; las sedas vuelan en colorido por la sala, del tarro aceitoso y meloso de pócimas, colocado al descuido y en aparente casualidad; el mago lo toma y se embadurna y comienza a ritualizar la escena. Desliza sus manos por su fornido cuerpo; con la punta de sus dedos unta sus tetillas, su pubis, sus piernas, cada rinconcito de su cuerpo. Los espectadores reales se retuercen y suspiran, pero no se miran entre ellos, están hipnotizados con el espectáculo. El mago continúa, se desplaza por la sala; en un impulso improvisado, danza en contorsiones encima de la mesa llena de vinos, frutas y manjares; todo su cuerpo es ahora un boccato di cardinale.
Los reyes en yunta galopan y un bramido de belfos acelerantes los convierte.
Festum magorum.
II
El mago continuaba con sus exorcismos reales. El caldero lleno de pócimas hervía a borbotones. Cada especia, planta, ave que sumergía en él, reventaba en chispas que salpicaban el cuerpo desnudo de la Reina de Espada, quien, acostada en una mullida alfombra de hierbas aromáticas, recibía el tibio sahumerio del codiciado y suplicante embrujo, para que su Rey de Bastos le prodigara aunque fuese una mirada.
La ardentía que le producía el aroma del sahumerio y las chispas quemantes de la madera iba produciendo en ella una gloriosa exaltación. El mago envuelto en tules y capas daba giros y sacudía con fervor las ramas hasta llegar al cuerpo de la Reina, a la cual fustigaba con ahínco y maestría, rozaba lastimeramente cada punto estratégico que produjera la mayestática sensualidad de la Reina. Rozaba sus senos que, lujuriosos, se erguían en busca de una boca, de una tibia lengua, de una sedosa o rugosa mano que la hiciera trascender en paroxismo.
Frenético, el mago, velas en mano, esparcía por el cuarto y por el cuerpo de la reina esencias, flores, aguas salobres, pócimas de siempreviva, tráeme a mi hombre, sándalo, verdolaga, aceite de garrapata, abrecaminos, miel de amor. En sus volteretas, la esperma de las velas y de él caían a diestra y siniestra alrededor del real cuerpo desnudo, y los gritos quemantes de la Reina le producían más excitación. Hablaba en lenguas, gritaba, se contorsionaba con una histeria incontrolable; todo el cuarto retumbaba; el caldero tambaleante se desparrama, las pócimas caen, la cama de hierbas ya es un sauna de ardor y olor que le produce vahídos a la Reina quien, casi en agonía suplicante, abre su cuerpo en extensiones de inmolación como el Vitruvio y recibe al mago en sus entrañas.
Y, ya en paroxismo orgásmico, predice a gritos que el Rey debe continuar bien lejos en su trono..., con su bastón en la mano.
III
Las reinas deslumbraban con el cuerpo rociado de miel y almizcle esperando que la luz de la luna se sumergiera en sus cuerpos trémulos y regocijantes de pasión. El mago en rituales encendía velas e inciensos para ir ambientando el encuentro; cada una esperaba que los mantras y las abluciones despertaran los sentidos de los reyes, que sólo pensaban en sus historias bélicas mientras ellas, adornadas de fragancias, ungüentos y sedas, sucumbían en la soledad de un palacio exuberante y triste.
La Reina de Copas saboreaba el aguamiel con la voluptuosidad de la espera; cada sorbo era el preámbulo de un recuerdo de su caballero; sentía que el trote de su caballo le exploraba lo más excitante de su intimidad; ilusionada y con los ojos entreabiertos, sentía que los trotes se acercaban a su lecho. A través de todos sus sentidos penetraba la esencia de su amado, su sudor, su estrujar vigoroso, el sacudir de sus nalgas, piernas y miembro, con la velocidad de la furia equina, el movimiento envolvente de las crines con la entrega de la copa, el sentirse cabalgada, sudorosa, lamida en clave morse; beber a sorbos la mandrágora degustada a saliva hirviente la llevaba al éxtasis más supremo; cada palpitación era el ritmo kamasútrico del susurro, de la penetración a instantes de quietud, del sigue a caballo de paso, a caballo errante, a trote desbocado y salvaje, a caballo alado y supremo.
Así, así..., a caballo.
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