Un fraile del siglo XVII estaba arrodillado en su celda. Frente a la mesa de madera rústica y astillada, había una rosario, una pluma de ave, un tintero y un papel amarillento. Aquel viejo franciscano estaba haciendo penitencia. Por eso, uno a uno, en solitario recogimiento, desgranaba sus pecados y flagelaba su alma arrepentida.
Aunque sabía por san Pablo que las tristezas según Dios son una gracia del Espíritu, lo cierto es que ansiaba que la noche terminara. Le pesaba su fragilidad. Para un fraile verdaderamente comprometido como lo era él, reconciliarse con su humana debilidad física equivalía a una derrota. Habituado a diferentes tipos de privaciones y sufrimientos, aunque tenía las rodillas enrojecidas y le dolía la espalda, no había escrito aún el soneto que se había prometido para exaltar la misericordia de su Creador. Tomó la pluma y la mojó en el tintero. Se puso, pues, a escribir con una hermosa caligrafía a la luz de una vela.
Padre eterno, ante tus pies me inclino
suplicando, por amor, la gracia del perdón,
que es de los dones todos el más divino,
cuanto limpia al hombre de terrenal pasión.
Terminada la primera estrofa, ceñida una línea con otra al igual que el cordón blanco que rodeaba su cintura, acudió a su memoria el día en que hizo sus votos y entró en el convento. Su alma juvenil abrigaba temores y esperanzas a la vez, preguntándose y respondiéndose qué ganaba, qué perdía. Al igual que san Francisco, después de una mocedad disoluta, renunció a los placeres y las riquezas mundanas, plegado bajo el ala de la fe. Sus padres, los mismos que desde niño procuraron inculcarle el amor divino, lo acompañaron hasta las puertas del convento. Dentro de su capucha de tela basta, el resplandor de la llama lame el rostro del viejo y baila en la superficie acuosa de sus pupilas.
Es el pacto por el que tu noble Cordero
la muerte de los hombres en vida transformó,
dio reino celeste por mal perecedero,
y arrepentimiento, en paz se conformó.
Volvió a colocar la pluma sobre el tintero. Hizo un recuento de las caras que, durante toda su vida, se habían desplegado ante él: la novia a la que dejó llorando para entregarse a Cristo, sus hermanos de la orden con los que escuchaba la Palabra en el refectorio, mientras ingerían sus frugales alimentos; la serenidad de los enfermos a los que daba consuelo, el gozo de los feligreses que recibían absolución y las miradas pacíficas de los moribundos. El fraile pensó que ya había vivido largo tiempo, ¡de cuántas cosas se arrepentía! Pero su espíritu se confió a la magnanimidad de Dios. Deslizó la pluma.
Ruego que vuelvas a mí los rayos de tu piedad
para allegarme hasta ti, Dios clemente,
por medio de Cristo, si esa es tu voluntad;
Admiró a través de la única ventana, en el cielo, la silueta de una hoz plateada que refulgía en la noche y que vertía un halo de mercurio a la figura del crucificado en la pared. El fraile dijo algunas palabras en voz baja dirigiéndose a la cruz. Luego, con sus dedos largos y macilentos, apagó la llama de la vela. El resplandor lunar sería suficiente para escribir lo que faltaba.
que brille la luz de tu amor, que no miente,
para que en carne propia queme La Verdad
y en mi corazón Tu gloria se asiente.
Dejó escapar un suspiro. Leyó en voz alta el verso que acaba de escribir: “Que brille la luz de tu amor”. A continuación, tomó el rosario de la mesa y, con lentitud, se recostó sobre el duro catre.
El fraile entrecruzó las manos y cerró los ojos. Resbaló por un sueño tan profundo que las celdas que lo habían aprisionado por tantísimos años al fin se abrieron.
Las comisuras de sus labios tenían una ligera curvatura que le daba una dulce expresión. La luna lo acariciaba todavía.
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