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La casa de Anita

sábado 30 de noviembre de 2024
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La señora Anita y su marido vivían en una vieja casona situada a unas cuantas calles de la Biblioteca México.

Ella era una mujer mayor, de unos sesenta y cinco años, con el pelo castaño oscuro, llevado muy corto, tal como he visto que suelen tener las señoras de su edad. Usaba siempre vestidos (rojos o verdes) y, al caminar, tenía su paso particular. Andaba con un ritmo pausado, como si se le hubiera caído algo, un recuerdo o un pensamiento, teniendo precaución al avanzar de no pisarlos.

Cuando nos sentábamos en una banca del parque de La Ciudadela, me preguntaba cómo me iba en la escuela. Yo me sinceraba, platicándole de mis travesuras o de mis tristezas infantiles. Era grato que supiera escuchar y que siempre supiera qué decir. Justamente por eso las personas, entre las que se contaban mis padres, acudían a visitarla para pedirle consejo.

En cuanto al marido, no recuerdo haberlo oído hablar, y era todo lo contrario a su esposa en tema de carácter. Si Anita era risueña y pacífica, él era un español con aire malhumorado al que siempre se le veía en la silla mecedora, con un puro en la boca o leyendo algún periódico. Mis padres me dijeron que había sido un soldado de la Guerra Civil española. Eso explicaba tal vez la gran cicatriz que tenía en su antebrazo, pero no cómo es que dos seres tan distintos habían terminado juntos.

La casona, por otro lado, era una dama porfiriana, demasiado vieja y con su propia personalidad. Tenía una verja negra y alta, con ornamentos curvos y elegantes. Para llegar al umbral de la puerta, se caminaba por unos adoquines empedrados, bordeados por rosales y flora de toda clase.

Al costado izquierdo, sobresalía una edificación que era también parte de la casa. Dentro de ella, se encontraba un gran espacio rectangular con duela de madera.

Había dos grandes candelabros dorados en el techo, llenos de telarañas y, clavados en las paredes, animales africanos a los que la taxidermia convirtió en testigos mudos del tiempo.

Dos niños, Fernando y yo, jugábamos en ese recinto a ser los exploradores de una sabana imaginaria. Fernando era el nieto de Anita y ambos teníamos una gran imaginación. Con esa varita mágica, devolvimos a la vida a los leones, leopardos y antílopes, para huir luego de ellos, gritando y saltando, en ese largo corredor. También a la piel de tigre que estaba extendida a nuestros pies le dimos aliento y después nos dimos cuenta de que había sido un grave error.

—Corre, Fernando, ya lo tienes detrás de ti, ¡el tigre!

—Es muy rápido, ayúdame, ¡dispárale con tu rifle!

¡Bang! ¡Bang! Simulé que disparaba un arma con la que trataba de matar o espantar al felino. Bastaron unos cuantos tiros para dejarlo, de nuevo, como una alfombra anaranjada.

En la casa de Anita había otros habitantes, parientes de los leones, los leopardos y los tigres, más pequeños pero no menos hoscos. Los descubrimos en el primer piso de la casa, al abrir una de las muchas puertas que tenía. Grande fue nuestra sorpresa cuando, dentro de esa habitación oscura, una veintena de ojos brillantes nos miraron a Fernando y a mí; eran gatos de todos los tamaños y colores. La cerramos de inmediato, temerosos de que pudieran saltarnos encima por haber invadido su guarida.

El rey de los gatos, en cambio, no podía ser encerrado cuando visitábamos a Anita. Era un indomable y enorme felino blanco. Le llamaban Majestad. Y hacía honor a su nombre, porque se pavoneaba delante de todos, sin mirarnos siquiera, como si fuéramos poca cosa. Era muy bravo, además. Hasta el español tenía que mantenerlo a raya con un palo porque había días en que su Majestad estaba disgustado y soltaba un zarpazo o una mordida al primero que se le cruzara. ¿Era Majestad una pantera blanca revivida por algún otro niño?

La dama porfiriana se deterioró rápidamente, estornudaba y echaba polvo. Su madera crujía de forma alarmante.

Anita nos contó que un día estaba en su habitación poniéndose sus aretes cuando la madera del suelo se abrió y fue a dar a la planta baja de la casa. Un boquete y una pierna rota era lo que faltaba para llegar a la conclusión de que la vieja casona se volvió inhabitable.

Las autoridades de la ciudad tuvieron que demolerla y el matrimonio se trasladó a un apartamento en la misma zona de la ciudad. Sin embargo, para Fernando y para mí, la casa, esa señora porfiriana, era la que se había mudado con todos sus animales exóticos hacia otro barrio más elegante.

Carlos Rodrigo Iberri Jaime
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