Todas las mañanas, de lunes a sábado, lo encontré de camino rumbo a mi trabajo. “¡Buenos días, güero!”, decía al verme, y acto seguido, entrechocando vigorosamente los talones, hacía un saludo marcial con su mano derecha bien pegada a la sien.
Más allá de la artificial cuadratura que exageraba para darle un efecto gracioso al saludo, ahora me doy cuenta de que el septuagenario era un soldado en el sentido de que no se movía nunca de su garita, la cual se ubicaba en la esquina de un camellón, y además de eso, me daba el parte de lo acontecido en el país y en el mundo, desde las rencillas viales hasta las tensiones de China con Taiwán.
Se ganaba la vida cuando el semáforo se ponía rojo. Entonces, su silueta de garrocha se colocaba de un salto frente a los automóviles y, con una de sus manos enfundada bajo el guiñol, hacía moverse a su compañero, un oso de peluche café con un corbatín azul algo deshilachado. En el segundo acto, se acercaba a la ventanilla de los automovilistas y les contaba alguna chistosada. El show terminaba con una afectada inclinación hacia el público.
El actor principal carecía de una dentadura completa. No obstante, lo envolvía un aura solar cuando sonreía, incluso aquellas mañanas en que el cielo se arropaba con vellones grises.
Cuando no estaba actuando sobre las tarimas del escenario urbano, jugaba como un niño pequeño con cuanto perrito se le cruzaba en el camino —los canes le respondían mirándolo amigablemente y moviendo el rabo. O platicaba con otros transeúntes de la zona como lo hacía conmigo, agitando los brazos para darles plasticidad a sus palabras. Eso sí, a ellos no les daba el informe político militar del día como a mí. Algunas veces, lo vi dándole unos tragos a una botella de aguardiente, tumbado bajo un poste.
Cierto día de noviembre, me sorprendió no encontrarlo cuando pasé por su cuartel al aire libre. “Me perderé de las noticias de hoy”.
Sin embargo, mi extrañeza se acrecentó y la inquietud asomó a mi cabeza cuando no apareció en los días sucesivos. ¿Le habría ocurrido alguna desgracia? ¿Se había ido de gira a otros camellones con su fiel compañero de poliéster?
Las semanas se acumularon y desafortunadamente nunca más volví a verlo. Me puse triste, extrañaba al amigo aquel y me arrepentí de no haberle preguntado nunca su nombre.
Un viernes, después de salir de la oficina, me dirigí hacia el humilde refugio que fue su hogar, y al pie del poste metálico donde algunas veces lo vi sentado escuchando la radio, dejé un oso de peluche que compré la noche anterior pensando en él. La tarjetita pegada decía: “Con todo mi respeto, al soldado desconocido”.
Al despedirme vino a mi mente la imagen del viejo, chocando los talones y saludándome de vuelta con su mano en la sien.
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