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El mago

sábado 16 de noviembre de 2024
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Sin palabra alguna, en su cara pelada le tiraron su carta de despido. Incrédula de lo que le estaba pasando en la puerta del ministerio, sintió una gran decepción por cómo era maltratada tras haber dedicado treinta años de su vida a la Administración pública.

Doña Claudia Eguren de León no perdió tiempo en lamentos banales y ese mismo día, con la ayuda de un amigo escribano, firmó su demanda por despido arbitrario. Pero hasta que se haga justicia, la doña debía pagar alquiler, la pensión de su hija en la universidad, luz, agua, etc. Ella, madre soltera desde siempre, no podía darse el lujo de dejar de trabajar, y gracias a una amiga de años encontró un nuevo trabajo ayudando en una cafetería frente al ministerio.

Una tarde, su abogado se le acercó y le dijo que tendría que seguir esperando porque la entidad pública había apelado la sentencia.

—¿Quién es el abogado de la entidad pública? —preguntó doña Claudia—. ¿No será el arribista ese que adulaba a cual ministro llegaba?

—No lo sé, señora —dijo su abogado—, sólo sé que su estrategia es dilatar hasta más no poder los juicios, usa todos los recursos legales, empapelando los despachos judiciales, y así aburre a la contraparte, por eso lo llaman el “mago” de las evasiones. Dicen que ¡nunca ha perdido un caso!

—Con que mago, ¿no? Veremos —dijo doña Claudia.

Treinta años en un ministerio no pasan en vano; no sólo aprendes el oficio, en este caso de secretaria, también te llegas a enterar de la vida privada de los demás. Doña Claudia Eguren sabía que a ese ministerio, para grandes cargos, sólo se llegaba si eras del partido político de donde ella era una acérrima compañera.

Por la tarde, estando en su casa hurgando en fotos viejas, encontró una que le hizo esbozar una sonrisa; guardó la foto y salió rumbo al ministerio a esperar al famoso mago. Éste, con aires de presumido y arrogante, conducía una moderna camioneta con lunas polarizadas. Una bella mujer iba de copiloto.

—¡Siga a ese bribón! —le dijo doña Claudia al taxista. Así pues, recorrieron varias avenidas de la caótica Lima hasta que llegaron al distrito de Jesús María. Era un edificio de dúplex recién inaugurado, con piscina y zona de parrillas.

Como si fueran del Mossad, doña Claudia y el taxista se detuvieron a observar todos los movimientos del mago. Minutos después el letrado se despidió de su beldad con un apasionado beso. Regresó a su camioneta y siguió su camino. Atrás lo perseguía doña Claudia con el taxista.

Mientras la doña se frotaba las manos, le decía al taxista:

—¡Ahora es cuando, maestrito!

El taxista sin entender bien lo que pasaba, aprovechó la situación de alegría para mirarle de reojo las piernas a doña Claudia quien, a pesar de su edad, aún pagaba un sencillo de belleza.

Finalmente pararon en un restaurante de Pueblo Libre. El mago entró y pidió un caldo de gallina, y cuando se disponía a saborear su riquísimo potaje, alguien con la mirada seria y escudriñadora se sentó frente a él. De lo colorado de alegría pasó a ponerse pálido, quiso decir algo tartamudeando, pero doña Claudia, como toda buena criolla, fue directa al grano:

—Escúchame bien, tinterillo, te doy hasta mañana para que presentes ante el juez un documento en el cual se me paguen todititos mis años de servicio y una indemnización; si no lo haces, tu queridísimo jefe se va enterar de que eres un felón de porquería, y encima mentiroso, porque yo sé que muchos años estuviste militando en el partido de la vereda del frente. Así que no te hagas el cojinova. ¿Quieres pruebas? —inquirió doña Claudia de Eguren esbozando ya una sonrisa—. Pues mira bien esta foto y dime: ¿quién es este muchachito eufórico que lleva su polo rojo con la fotografía estampada del Che Guevara, y alzando un cartel, pidiendo ni más ni menos ¡que la Reforma Agraria!? ¡Ah! Ahora sí. ¿Me entendiste, mequetrefe?

El mago se quedó mudo, sudaba frío, en pocas palabras, tenía una cara de imbécil. Y para rematar, doña Claudia le advirtió:

—Ah, me olvidaba, no sólo perderías tu puesto de trabajo, pendejerete; también a tu riquisisísima secretaria. Ahora sí, toma tu criollazo caldo de gallina, que no se te vaya a enfriar, y no lo pienses mucho, calichín, ¡haz lo que te digo!

—¡Señora Claudia, señito, hemos ganado! —gritó emocionado el escribano de la doña, que venía con toda la camisa empapada de sudor y los papeles desordenados en la mano.

—Ah, ¿sí? —exclamó la doña, mostrándole una pícara sonrisa.

—Sí señora, agárrese: ¡le van a pagar todo! Hasta el último centavo, inclusive indemnización, su cheque ya está listo, hoy podemos pasar a cobrar —exclamó el alegre papeluchero.

—¡Toma mientras! —exclamó doña Claudia, apretando con los dientes el labio inferior.

A dicha entidad estatal llegó un nuevo ministro y pidió —como es de suponer— los balances y gastos de los últimos seis meses; cuando vio los de asesoría legal, casi se desmaya.

—¡Le han pagado 300 mil soles a una secretaria! ¿Quién autorizó esto? —gritó furioso el nuevo ministro. Y, sin disimulo, todos miraron a la oficina del pedante abogado.

Esa misma tarde, el arribista cogió sus cosas y su vida en la Administración pública había terminado; volteó a mirar a su ex secretaria, y sólo encontró un espacio vacío.

—¡“Mago”! ¡No te olvides de traernos entradas para ir a verte al circo! —dijo su ex practicante, generando la risa de los demás.

Una empleada otoñal exclamó:

—¡Bien hecho, por abusivo! —y todos empezaron a aplaudir, al mismo tiempo que su figura de pavo real se iba perdiendo de la vista de todos los burócratas.

En la cafetería que está frente al referido ministerio, doña Claudia le decía a la dueña del local:

—Amiga, hoy me jubilo, hasta aquí llegó mi vida laboral, pero antes atenderé esa última mesa, sí, allí donde están esos dos tortolitos.

—Buenas tardes, ¿qué les sirvo? —preguntó doña Claudia Eguren de León, pensando que ese pedido sería la última orden que recibiría a cambio de un sueldo. Y mientras se dirigía a la cocina, volteó y pudo observar cómo la otrora esbelta copiloto del pavo real ahora se dejaba acariciar melosamente las manos por el nuevo ministro.

Javier Arturo Huamán Quepui
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