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Tres cuentos urbanos de una Lima que se fue

martes 24 de octubre de 2023
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A mi papá Luis Huamán Revelli,
gracias por tus historias y ser el inspirador de este hermoso oficio

Taru

Taru, durante la noche, se retorcía de dolor, mientras la fiebre lo asaltaba y lo hacía su prisionero; su padre junto a su madre fueron a verlo; asustados, trataron de darle un remedio casero, preparado por su madre, que fue expulsado acompañado de rastros de sangre. La situación había tomado otro matiz, era necesario llevarlo de urgencia al hospital, ya habían pasado muchas horas y Taru sufría.

En el número 311 de la avenida Aviación, en el populoso distrito de La Victoria, nació José Chue Gallardo, alias Taru, hijo de emigrantes chinos que se dedicaban a vender productos para hacer comida china, allá por los años cincuenta, época donde se hacían grandes bailes con comida —en su mayoría por la alta sociedad limeña.

Taru creció donde siempre olía a palosanto para limpiar casas y negocios. El pequeño hacía sus primeras travesuras entre huevos de pato salado, salsa hoisin, y verduras. Los padres de Taru eran muy trabajadores, así como esas más de treinta familias de migrantes chinos que vivían en esas calles. Se decía que podían trabajar todos los días, incluso si estuviesen enfermos.

Taru destacaba en el fútbol. “Quizás más adelante podría ser futbolista profesional, ¿por qué no?”, pensaba.

Los padres de Taru decidieron que su hijo estudiara en un colegio llamado Los Naranjos; allí conoció a su gran amigo Luchito, el Rubicundo. El papá de Taru siempre le decía: “Estudia con disciplina, respeto, lleva una vida correcta y recuerda que las acciones son más importantes que las creencias”. Por su parte, la mamá de Taru no quería que su hijo jugara con los chicos del barrio; el único al que ella aceptaba era Luchito.

Taru y Luchito se hicieron grandes amigos. Taru destacaba en el fútbol. “Quizás más adelante podría ser futbolista profesional, ¿por qué no?”, pensaba.

Taru, un día, se quedó maravillado al ver un teléfono antiguo que era del abuelito de Luchito; a pesar de que Taru no sabía cómo manejarlo, se las ingeniaban para jugar. Han pasado los años y aún existe en la casa de Luchito el mismo teléfono, tan antiguo como esta historia.

Con los años, Taru recibió una tienda por parte de su padre, donde, con una experiencia única, preparaba comida, un festín para los comensales. Sus mejores platos eran pejesapo al vapor con sillao; langostinos al vapor con pachol, hoilantao, mezclados con aceite de ajonjolí y kion; infaltables los pescados de río, el rodaballo, el pejesapo, pescado relleno con taufu guisado, calamar con ají picante y el pato Pekín. Verlo preparar esos platos era todo un espectáculo; de su cocina salían sabores y olores que envolvían el lugar, preferido por muchos.

Una característica de Taru era su solidaridad. Cuando veía a alguien de la calle que quizás no había comido en días, le regalaba un plato de comida; lo hacía por su padre, por ese consejo que no olvidaba.

Taru también era de comer bastante; con el tiempo, el sobrepeso hizo que su cuerpo empezara a cambiar, y por ese gusto de comer bien y mucho un día salió a probar “nuevos sabores” por las añejas calles de Lima, una ciudad extraña para él, donde todavía se podían ver los balcones coloniales, las iglesias estilo barroco y rococó, y calles con nombres de conquistadores españoles. Eran épocas donde los varones aún llevaban sombrero y bastón.

Cuando Taru volvió esa fatídica noche, los gritos de dolor alertaron a los padres, quienes decidieron llevarlo a la clínica; al llegar, el médico que los atendió les dijo a modo de reclamo: “¿Por qué lo han traído demasiado tarde?”. El pobre padre de Taru lloraba, y rogaba al médico por la salud de su único hijo. El médico fue frío y directo en su respuesta: “Haré lo que pueda, no prometo nada”.

A la mañana siguiente, en la puerta del velatorio, se encontraba Luchito, el Rubicundo, para despedir a su amigo, quien no resistió la infección generalizada, lo más probable por algo que comió en la calle y desencadenó su final. Luchito se despidió de su amigo para siempre.

Han pasado ya muchos años de ese suceso y Luchito es un abuelo que todos los días les prende velitas a los santos y a la Virgen del Carmen.

Cuando recuerda su niñez y adolescencia, en su memoria aparece Taru; lo recuerda como un buen amigo, solidario con los que menos tenían, trabajador incansable, honrado y de actuar con firmeza. “Personas así ya no hay, son pocas; todo se vino abajo, todo se lo llevó el tiempo”, dice hoy el octogenario Luchito, quien en sus momentos de reflexión se queda mirando el teléfono de su abuelo y le asaltan los recuerdos de su niñez y su amistad con Taru.

Prendió una velita y empezó a rezar, pidiendo por tantos amigos y familiares que sus ojos vidriosos y cansados han visto pasar por su vida, y cómo no, también por Taru, su gran amigo.

 

Marianito vivía en un cuartito alquilado donde tenía sus libros; era un lector voraz.

Marianito Prado

En la mitad del siglo XX vivía en Lima un escribano muy conocido. Se llamaba don Mariano Prado Saldarriaga, alias don Marianito, hombre maduro, sin vicios ni familia conocida, y que trabajó al costado del Palacio de Justicia por más de treinta años, siempre acompañado de su vieja máquina de escribir.

Marianito vivía en un cuartito alquilado donde tenía sus libros; era un lector voraz. Los fines de semana paseaba por el malecón de Miraflores, y por las tardes recorría el Jirón de la Unión.

Gracias a sus años de trabajo, pudo juntar un poco de dinero para enfrentar su cercana vejez. Pero como la envidia y la maldad siempre aparecen sin ser bienvenidas, tres sujetos conocidos como “los Pericotes” planearon estafarlo.

Los Pericotes, como sabían que Marianito tenía buen discurso y gustaba de la política, se le presentaron como “asesores políticos” y lograron convencerlo para que fuera candidato presidencial. Aunque al principio Marianito dudó, luego aceptó la propuesta. Así, los infames iniciaron su maquiavélico plan.

Por esos días, empezaba la carrera electoral rumbo a palacio de gobierno. Don Marianito les dijo a los asesores:

—¿Cómo seré candidato si no tengo nombre para mi partido político?

—No se preocupe, se llamará Partido Democrático Ciudadano, e incluso tenemos local, y hoy dará su primer discurso —respondió uno de los Pericotes—, pero no se olvide, don Marianito, de adelantarnos dinero para los preparativos.

Marianito obedeció; sacó unos billetes de su caja de ahorros y se los entregó.

Marianito para la ocasión se puso frac, sombrero elegante, bastón y su banderita del Perú pegada al pecho; pulcro como en sus mejores épocas. Cuando entraron al restaurante, ningún comensal los saludó; todos seguían cenando como si nada pasara. “Qué raro que nadie me reconozca”, pensó don Marianito.

Don Mariano empezó su discurso, alto y sonante, invocando el amor a la patria, pidiendo la unión y el esfuerzo de todos para hacer del Perú un país mejor. Los comensales lo miraron y se rieron; alguien pensó: “¿Quién es este? Seguro está loco”.

Los sacaron a patadas, y para disimular lo ocurrido los timadores le dijeron que el discurso fue soberbio y emotivo. Lo mandaron a dormir, pues al día siguiente tendrían una labor social en el hospital, no sin antes pedirle un adelanto de dinero.

—¡Ustedes están haciendo un gran trabajo! —dijo Marianito, mientras sacaba más dinero de su cajita de ahorros.

En el hospital, don Mariano paseaba con solemnidad por los diversos pabellones, mientras que médicos y enfermeras lo miraban extrañados y se preguntaban: “¿Quién es éste? ¿Por qué nos promete ayuda?”.

Luchito, el Rubicundo, un joven funerario, que conocía a Marianito, se dio cuenta de que al viejo lo estaban estafando, pero nada pudo hacer por él.

—Muy bien, don Marianito, usted ha demostrado tener un gran corazón —dijo uno de los Pericotes con zalamería—. Mañana es el mitin de cierre de campaña.

—¡Oh, sí, voy a preparar mi magno discurso! —dijo un emocionado don Marianito.

Y para pagar los preparativos del mitin, no tuvo más remedio que empeñar su vieja máquina de escribir.

El discurso de don Mariano estuvo cargado de patriotismo, con referencias históricas, filosóficas y de civismo.

Don Marianito fue llevado al Jirón de la Unión y lo subieron a una estatua, enfrente de la iglesia La Merced. Atrás del noble orador sólo había una pancarta precaria, y con el nombre del partido mal escrito. Uno de los Pericotes les dio con anticipación algunas monedas a cuatro niños, dos señoras y un viejito para que aplaudieran.

El discurso de don Mariano estuvo cargado de patriotismo, con referencias históricas, filosóficas y de civismo, pero nadie le prestó atención, tan sólo ese grupo de desdichados pagados.

Y por fin llegó el día de las elecciones. Don Mariano Prado salió a cumplir con su deber cívico: llevaba una escarapela y un saco negro sin planchar, con la insignia de la bandera del Perú. Salió y buscó a sus asesores, pero no encontró a ninguno. “Bueno, ya vendrán, a lo mejor están preparando mi recepción para cuando den los resultados”, pensó.

A Don Mariano le tocaba votar en un humilde colegio, y lo hizo con una solemnidad que sorprendió a los miembros de mesa, y generó risas en la fila de votación. Luego de depositar en el ánfora su voto, le preguntó al jefe de mesa:

—¿No ha venido aún la prensa?

—No, señor —le respondieron fríamente.

—En fin —dijo, y luego salió del colegio y se puso a saludar a todo aquel que llegaba al centro de votación, sin que nadie le respondiera.

A la hora del flash electoral, que por esos años se daba por la radio, mencionaron a todos los candidatos, con sus nombres de partidos políticos y respectivos porcentajes obtenidos, pero durante la transmisión nunca se escuchó: “Don Mariano Prado Saldarriaga, del Partido Democrático Ciudadano, con un total de votos…”.

Tres veces oyó el flash electoral y, molesto, gritó: “¡Fraude!”, e indignado fue a la comisaría más cercana a asentar su denuncia.

Al llegar, con voz clara y firme dijo:

—Señores policías, quiero hablar con el general; en estas elecciones presidenciales ha habido un fraude infame ¡como nunca antes se ha visto en nuestra historia republicana!

Los policías, impresionados, le preguntaron su nombre:

—Soy don Mariano Prado Saldarriaga, candidato presidencial del Partido Democrático Ciudadano, para servirles a ustedes y a la patria.

Los policías lo condujeron a la oficina del general quien, a diferencia de otros días, estaba de buen humor; recibió con amabilidad a don Mariano y lo invitó a sentarse; cerró la puerta y lo escuchó largo y tendido.

A los minutos el general salió de su oficina y llamó al teniente y le dijo:

—Haz unas llamadas y tráeme información sobre estos tres sujetos ¡ya!

El teniente, después de unos minutos, se acercó al general y le entregó una carpeta policial con los tres nombres solicitados, sus alias y dónde habían sido vistos por última vez.

El general leyó:

—Jacinto Chumbeque, alias Cholo Grueso, fue visto por última vez anoche tomando un bus con dirección a la Sierra. Tiene antecedentes por el delito de abigeato. Oswaldo Mora, alias Negro Gatero, fue visto por última vez anoche, tomando un bus con rumbo a Cañete. Tiene antecedentes por compra y venta de marihuana. Enrique Tilhuazana, alias Charapa, fue visto por última vez con dirección a Tarapoto. Tiene antecedentes por el delito de proxenetismo.

Horrorizado, furioso consigo mismo, soltó en llanto, y cuánto hubiese querido que estuviera viviendo sólo una pesadilla.

El general, después de haber escuchado a don Mariano y leer el parte policial, comprendió todo, y no le quedó más remedio que contarle la verdad al pobre don Mariano quien, horrorizado, furioso consigo mismo, soltó en llanto, y cuánto hubiese querido que estuviera viviendo sólo una pesadilla. Entre sollozos le dijo al general que no tenía dónde quedarse; el general volvió a llamar al teniente:

—¡Morales, Morales, carajo, ven!, llama a la monjita que siempre nos ayuda en estos casos.

Al rato las monjitas se llevaron a don Mariano, mientras hacía gestos extraños, hablaba solo y no paraba de lamentarse.

Años después, justo un 28 de julio, día de la patria en el Perú, Luchito el Rubicundo, y otros dos amigos, estaban cerca de una de las puertas laterales del Congreso, que estaba llena de gente, para ver la ceremonia de investidura del nuevo Presidente. Niños y adultos, todos con banderitas en mano, las agitaban al ritmo de la Marcha de banderas tocada por la Marina de Guerra.

Fue en ese momento cuando Luchito observó que se acercaba un hombre canoso, vestido de un frac viejo, bastón y sombrero —que ya no se usaba en Lima—, llevando una banda presidencial —que parecía que hubiese sido mordida por perros— y una escarapela en el pecho. Andaba con un caminar lento y agitado. Ese hombre era don Marianito.

Luchito y sus amigos lo reconocieron. Pasó junto a ellos y, cuando lo miraron…, lo saludaron con un: “Buenos días, señor Presidente”.

Quizás era ya la locura, pues el viejo escribano, con caballerosidad, respondió:

—Buenos días, compatriotas, hoy tengo que empezar a gobernar el país.

Y así, don Marianito se perdió entre ese mar de gente que llenaba la puerta cerrada del Congreso.

La Marcha de banderas aún no terminaba de sonar.

 

Fue un día caluroso, lleno de gente en la zona fronteriza, cuando la camioneta de Juan Palomino fue secuestrada.

El soldado

Después del conflicto, las fronteras de ambos países se abrieron; comerciantes, turistas y todas las gentes vieron felices de nuevo reinar la paz. Sin embargo, también se pudo ver, yendo y viniendo de un lugar a otro, patrullando, a soldados de ambos países.

Juan Palomino era un militar al que sólo le asignaron manejar una camioneta, con la cual podía entrar y salir del territorio patrio. Fue un día caluroso, lleno de gente en la zona fronteriza, cuando la camioneta de Juan Palomino fue secuestrada. Eran tres los soldados, liderados por un jefe con cierto grado de locura.

—¡Para el carro, carajo, o te matamos! —gritaron los secuestradores.

Juan Palomino, sorprendido y asustado, detuvo la camioneta y atinó a decir:

—No he hecho nada malo.

—¡Calla, gallina! —dijeron los captores y subieron a la camioneta.

El líder iba al lado de Juan apuntándole con un cuchillo largo y afilado. Detrás de Juan iban los otros dos captores; uno de ellos le apuntaba la nuca con una pistola y el otro, con un látigo, amenazaba con cortarle el cuello.

—No tengo dinero, ¡si quieren quédense con la camioneta! —dijo, asustado, Juan Palomino.

—¡Calla, carajo, vas a hacer lo que te ordenamos o te mueres! —dijo el jefe de los captores—. Prende la camioneta y maneja de frente, a toda velocidad; no te detengas por nada, ¡si no te mato!

Juan Palomino arrancó la camioneta y tomó la carretera —del miedo ya se imaginaba arder en las llamas del infierno por estar a punto de convertirse en un asesino.

—¡Más rápido! —gritó el secuestrador y levantó más la voz—. ¡Allí, entra en la frontera, sí, donde están tus paisanos!

—No, no, por favor, yo no soy un asesino —dijo Juan Palomino—. ¡Ni siquiera llevo un arma!

—Calla y conduce si no quieres que te abra el cuello —dijo el secuestrador de atrás con el látigo listo para cortar la sudada piel del soldado Juan.

A menos de doscientos metros de la frontera, Juan Palomino, amenazado de muerte, iba conduciendo a toda velocidad. La camioneta se acercaba más y más a la gente, que no se daba cuenta de la embestida sangrienta.

—¡Avanza, mátalos, mátalos! —dritaban los captores.

Juan cerró los ojos, pisó el acelerador y se encomendó a Dios. Uno a uno fueron arrollados por la camioneta; niños, mujeres, ancianos, todos mancharon el pavimento con su inocente sangre. Todo esto producía un placer en los captores, ver el sadismo para ellos fue el éxtasis, era su misión cumplida, ver la frontera hecha un horror.

—¡Detente acá! —gritó el líder. Y el soldado que estaba detrás le cortó el cuello a Juan, haciéndole una herida del tamaño de una mano; lo botaron de la camioneta y retrocedieron riéndose de su locura.

Juan Palomino recuerda que de inmediato llegó la policía, lo detuvo y lo interrogó; él no hablaba, sólo lloraba; luego con más calma le contó lo que había sucedido al fiscal, pues había la posibilidad de que terminase preso, pero los exámenes psicológicos y sus heridas fueron suficiente evidencia para liberarlo.

Se había vuelto belicoso, amargado, irritable, y hasta piensan algunos que estaba loco.

Algunos años después, Juan Palomino estaba en la capital, vestía diferente, ya de civil; el pelo lo tenía más largo y desaliñado; llevaba una cadena de oro en el cuello; gustaba de salir a camisa abierta, zapatos macarios, fumaba nervioso y no paraba de hablar. Cierto día fue a visitar a sus antiguos amigos, los llamados Funerarios, quienes se sorprendieron al verlo, pero notaron que su actuar había cambiado: se había vuelto belicoso, amargado, irritable, y hasta piensan algunos que estaba loco.

A los Funerarios les impresionó la historia de Juan Palomino, el “incidente” en la frontera. “Pobre diablo, vestir el uniforme militar y cometer esa desgracia, ¡qué piña!”, pensó uno de los amigos mientras Juan seguía con su imparable verborrea.

Meses van, meses vienen, la vida va pasando, y en la funeraria sonó el teléfono. Requerían los servicios para un hospital público. Quien llamaba era un joven que se decía llamar Enrique. Al llegar los funerarios al hospital encontraron a quien los llamó; estaba sentado al pie de la cama de un hombre que sufría de mucho dolor, atormentado y abandonado a su suerte.

Sorpresa fue de los Funerarios al ver que habían sido llamados pero no había ningún muerto, cosa que no comprendían. Fue entonces cuando Enrique les explicó que su tío los había mandado a llamar. El más veterano de los funerarios se acercó donde el enfermo y enseguida supo quién era. Guardó silencio (por respeto a quien defendió la patria) esperando esas últimas palabras de aquel moribundo. Juan Palomino, como sobreponiéndose al dolor, sin saber quién estaba frente a él, sólo atinó a decir: “¡Fui obligado, fui obligado!”, se desplomó en la almohada y emitió un leve sonido, donde se escapaba aquel trágico recuerdo. Había llegado el fin de sus días. Le cerraron los ojos para siempre; ese era el primer acto del rictus de un entierro.

Mientras esto sucedía, se escuchaba cerca de allí una banda de música militar. Lo más seguro era que le estaban poniendo una medalla a algún general, que no sabemos si alguna vez estuvo en el frente de batalla.

Javier Arturo Huamán Quepui
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