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Paisaje caraqueño

martes 10 de diciembre de 2024
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“Le tengo más miedo al sueño eterno que al fuego”.
El hombre.
“Amarillo, azul y rojo, la bandera de los piojos”.
Canción infantil.

Un rayo de sol traspasaba la ventana de la misma forma en que los dedos de Tomás atravesaban las heridas en las manos de Jesús. El sol, todopoderoso, inamovible, brillaba de tal forma que el hombre dijo (o pensó): “Jamás había visto un sol como este, que se metiera por donde no le incumbe e iluminase todo a su paso”. Gracias al rayo de sol que caía como una pluma y reposaba sobre el pecho del hombre se podían ver las pequeñas motas de polvo moviéndose por la habitación. El día había volado y él seguía allí, sentado sobre aquel sofá de terciopelo rojo que le había regalado su tía en su matrimonio. El hombre, estático, gastaba las horas de sus vidas —las últimas horas de su vida— mirando la ventana. Una mota de polvo, atrevida, arrogante, cayó sobre el vaso de agua. El hombre contemplaba la ventana.

—¿Te pasa algo? —le preguntó su esposa.

—Nada, sólo veo por la ventana —respondió sin apartar la vista.

—¿Por qué no sales? El día está precioso.

—No quiero, tengo miedo.

—Todos tenemos miedo —sentenció su esposa antes de irse.

Una nube, de carácter atravesado, decidió tapar el sol, ocultando las motas de polvo que seguían apareciendo y desapareciendo paulatinamente en dirección al vaso. El Ávila, autoritario, justificante eterno del cesarismo, se imponía sobre el paisaje a través de la fuerza. El cielo de Caracas trataba, en su disimulado llanto, de mantenerse a la vista del hombre, que en ese momento pensó (o dijo): “Ojalá poder llevarme a la muerte los cielos de esta ciudad”. Su esposa tenía razón: era un bonito día. Se acercó a la mesa y tomó su cuaderno y un lapicero. Divagaba. Llevaba muchos días en casa, no sabía cuántos. El tiempo lo había perdido a él. Moverse era pecado, arriesgarse a extraviar el paisaje de la ciudad de los techos rojos para siempre. Perderse de algún grito desgarrador, un avión, una bomba cayendo y acabando con su vida en un instante. Si pasaba algo quería verlo. Si la bomba destinada a acabar con su vida explotaba, quería mirarla directamente a los ojos antes de decir adiós. Escribió en su libreta “miedo”.

Los hombres corrían lejos del humo. Pedían a Dios. Se santiguaban. Los ruidos se reducían a una explosión, un golpe rígido y un sonido líquido que se derramaba por toda la Francisco de Miranda. Volvió en sí. Tembloroso del alma, herido del corazón. Las motas de polvo habían desaparecido bajo el ataque de miles de nubes inquietas dispuestas a oscurecerle la vista. Entonces, temeroso de perder la mirada, de olvidarse del paisaje, anotó en su cuaderno “eterno”. Encendió un cigarro y se dio cuenta de que, por primera vez en muchos siglos, Caracas volvía a ser una ciudad muda.

No recordaba un sonido, un movimiento, todo parecía congelado. Creería que el mundo se detuvo si no fuese porque recordaba la conversación previa con su mujer. Nunca fue un hombre completamente alegre, pero la sola existencia de su esposa le daba motivos para no estar triste. Siempre solía usar vestidos, cuántos vestidos no se compró aquella vez que consiguió cien dólares en un libro, y joyas que le recordaban la mirada de su madre, los ojos azules de su madre.

Los días de insomnio empezaron a cobrarle su imprudencia. El cuerpo cedió ante la somnolencia y, en su último impulso, antes de caer en el sueño escribió “fuego”. Sólo entonces se permitió dejar su lápiz sobre su sofá de terciopelo rojo.

Estaba corriendo y no recordaba por qué. La gente lo miraba raro, como si se hubiese robado algo. Hacía mucho que se había cansado de trotar; sin embargo, no podía detenerse. Le espantaba mirar atrás. Temía darse cuenta de que aún seguían detrás de él. Quería lanzarse a la calle, correr por la mitad de la avenida, esquivar las motos, a los conductores descuidados, pelearse con algún chofer malhumorado. Quería trotar por la mitad de la calle sin que lo atropellaran, sentirse imparable. Sin voltear la vista porque sabía que lo podían atrapar. No estaba permitido devolverse, no si quería sobrevivir; sólo le quedaba seguir. El hombre deseaba caminar en la mitad de la calle.

La gente no lo dejaba ver con claridad. Había demasiado ruido; tambores, cánticos, llanto. Las banderas se izaban en las manos de sus conciudadanos. Pudo regalarse una sonrisa, permitirse la inocencia. Agradeció estar allí. Vivir la historia y no escucharla. Sentía que estaba cerca, que estaba cerca de lograrlo y que, eventualmente, todos voltearían a verlo y celebrarían con él. Un grito despiadado lo apuñaló por la espalda, cuando dio la vuelta sintió el puño atravesándole el cachete.

Los pulmones se trancaron. Regurgitaba humo. Se había equivocado: el vinagre no era una buena opción. Lo habría leído de alguien mal informado. Ahora tenía que concentrarse. No podía distraerse. “No puedo pensar”, se dijo. Escuchó un disparo. Algo cayó al piso. Se asustó, siempre se acobardaba, desde pequeño corría de la oscuridad, del ruido, de lo desconocido. Recordó a su padre, sus agitadas entradas a la casa tosiendo gris y con una bandera atada al cuello.

Una vez su padre llegó escupiendo un líquido azulado, con las piernas raspadas. Recordó cómo la mano se empañaba de un azul agua marfil con olor a hierro. De niño no comprendía y le decía a su madre: “Mamá, mamá. Papá tiene la bandera de los piojos”. Luego notaba la agitación en ambos, la mirada angustiosa de su madre. Buscaba ayuda en los ojos azules de sus progenitores. No encontrar respuesta lo abrumaba, aun siendo un niño podía notar la desidia, el terror a la incertidumbre. Rompía en llanto, entonces su padre se acercaba con el cuatro y lo arrullaba hasta que se durmiese:

Duérmete, mi niño, que tengo que hacer
Lavar los pañales, darte de comer...

Seguía corriendo. Le dolía la cara. Agradeció no escuchar el sonido del líquido, del agua azul oscura en el piso. Temeroso, se resguardaba detrás de uno de los muros del Centro Galipán. Sus amigos se habían refugiado en el Lido. Estaba aislado. Tan aislado que no percibió al hombre verde oscuro a su espalda. Tan solo que fue incapaz de escuchar la bala dorada que le atravesaría la cabeza...

Su mujer dejó caer varios platos y gritó desesperada cuando entró a la habitación y encontró a su esposo muerto en su sofá escarlata, junto a la libreta manchada de azul, con la luz amarilla del sol acariciándole la cabeza mientras que, con sus ojos sin vida, seguía mirando fijamente el cielo caraqueño.

José Castellanos
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