El transcurrir de varias generaciones no había extinguido la creencia de que en los alrededores del pueblo había un fabuloso tesoro escondido. Se decía que peligrosos aventureros, ante la inminencia de ser aprehendidos por la justicia, habían ocultado sus botines en una cueva bien resguardada, y allí continuaban intactos. Innumerables los intentos de búsqueda durante muchos años, que al final terminaban en el más sonado fracaso. El último fue el de tres intrépidos jóvenes, incansables excursionistas que prepararon con esmero su proyecto a fin de evitar lamentables imprevistos. Ya prontos para partir, entraron antes al modesto bar del pueblo para brindar por su anhelado éxito y luego se dirigieron al norte, tomando buena nota del itinerario seguido para no extraviar el camino de vuelta. Atravesaron sitios escabrosos; cruzaron a nado un angosto pero profundo río y continuaron avanzando hasta llegar a un extraño terreno, no sólo por la irregular topografía, sino por la pesada atmósfera que lo rodeaba, y extenuados por el cansancio se tumbaron para recobrar algo de energía, sin sospechar siquiera que habían llegado a una zona encantada y que tendrían que hacerle frente a insólitas circunstancias. Después de ese breve reposo, acordaron separarse y tomar rutas diferentes para evitar una inútil pérdida de tiempo, con la esperanza de que alguno llegara a la meta perseguida y lo comunicara a los otros compañeros, para la cual colocaron una piedra grande que les sirviera de punto de reencuentro antes del anochecer.
Dos excursionistas partieron primero. Uno tomó el camino de la izquierda y el compañero siguió por la derecha, pero ambos, a poco de haberse desplazado, se encontraron frente a dos encrucijadas. La encrucijada del que tomó por la izquierda tenía un cartel al inicio de cada bifurcación: “Lo sensato”, “Lo inverosímil”, indicando sus respectivos destinos, pero como este joven era curioso y atrevido, eligió seguir la ruta de “Lo inverosímil”. Así, después de un largo trecho, entró en un oscuro túnel e inmediatamente se detuvo, pues sintió que algo punzante se enrollaba en sus piernas, como una gruesa serpiente de afiladas púas que presionaba con fuerza tratando de introducirlas en su carne. Gracias a la robustez de sus piernas y a las gruesas botas que llevaba, no lograron herirlo. Allí permaneció anclado, hasta que la férrea presión fue cediendo y pudo continuar a tientas, pero apenas hubo dado algunos pasos, unos intensos fogonazos de luz lo obligaron a cerrar los ojos, so pena de quedar ciego. Avanzó algo más y ya finalizaba el túnel, pero apenas salió se hundió en un precipicio, y hasta allí hubiera llegado su aventura si unas enormes y blandas manos, a modo de cama elástica, no lo hubieran hecho rebotar, lanzándolo de nuevo al camino. Pasaba por allí una vieja carreta donde fue a caer y, ante el estruendoso golpe, el carretero se detuvo, pero al ver el delicado estado en que se hallaba, lo dejó en un sitio para que lo auxiliaran y prosiguió la marcha.
El segundo explorador también se encontró con una indicación a cada lado de la encrucijada: “No seguir”, y “Adelante”, y por razones obvias tomó por esta última vía. Luego de cierto tiempo se encontró con un palacio atravesado en medio del camino. Inevitablemente debía cruzarlo para poder proseguir, por eso tocó varias veces a la puerta sin que nadie contestara, pero al cabo de cierto tiempo oyó cómo la puerta chirriaba al entreabrirse y una ronca voz lo invitaba a pasar. Con precaución y muy atento entró, y al fondo, en un destartalado trono, estaba sentado un viejo de incalculable edad, con una roída capa en sus hombros y una corona oxidada, quien le preguntó al recién llegado el motivo de su visita. Éste, educadamente, le dijo que pedía su venia para atravesar el palacio y poder seguir su camino. “¿Seguir tu qué?”, replicó el menesteroso rey; “hasta aquí llegó tu camino”.
Sin expresar angustia ni perplejidad, el joven explorador miró con disimulo el entorno y, detrás de una ventana lateral algo retirada, divisó a una mujer que le tendía los brazos, pero esto sí que le inspiró temor, pues no comprendía cómo una mujer joven podía hallarse en ese sitio reclamando su atención. Sin embargo, como no tenía otra alternativa, lentamente se fue acercando a la ventana y saltó. La mujer le dijo que el anciano rey la tenía secuestrada, pero que si prometía liberarla le enseñaría el punto por donde podrían escapar. Siempre receloso, el joven accedió con una inclinación de cabeza y caminó tras la mujer, la cual lo llevó a un extenso patio con altos árboles, y le señaló el más alto de todos, cuyas extensas ramas sobrepasaban la altura del muro, diciéndole que en la copa estaba la llave de una pequeña puerta escondida en la maleza, por donde les sería posible huir. El joven se trepó al elevado árbol pero, ya a punto de hacerse con la llave, apareció reptando un horrible animal que le hizo perder el equilibrio y fue a caer a la parte exterior del muro, justo cuando pasaba una vieja carreta que lo acogió tras el aparatoso derrumbe. El carretero constató la condición del hombre tras la fuerte caída y lo llevó prontamente al sitio adecuado para que lo asistieran, alejándose de inmediato con su destartalada carreta.
El tercer excursionista tardó en emprender su camino, pues era un lector apasionado y quiso terminar primero la lectura de Hamlet que traía en su mochila. Se puso finalmente de pie y echó a andar, pero muy pronto se topó en un recodo del camino con una vieja carreta que se detuvo y ofreció llevarlo al sitio que le indicara. Agradecido, aceptó, y una vez en marcha le confió al carretero el motivo de su presencia en ese lugar; entonces éste le dijo que conocía muy bien el sitio donde se hallaba la cueva y con gusto lo llevaría hasta ella, pero como quedaba demasiado lejos, le pidió que descansara y que él le avisaría cuando hubieran llegado a la ansiada gruta. El joven cayó enseguida profundamente dormido, pero cuando despertó estaba en la cafetería del pueblo con sus dos compañeros, ultimando los detalles de la expedición que estaban a punto de iniciar. En ese momento entró un viejo al bar y los jóvenes lo invitaron a sentarse con ellos, pensando que, por ser viejo y del lugar, quizás podría suministrarles algún dato relevante de su exploración; así, le hablaron sin reservas de su inminente plan. El viejo los escuchó con paciencia hasta el final, pero sin decir palabra se levantó para partir, y ya en la puerta se volteó y les dijo:
—Es mejor que no lo vuelvan a intentar, pues esta segunda vez no regresarán.
Como por encanto, los tres excursionistas recobraron al instante la memoria y se precipitaron a la puerta para detener al anciano, pero sólo divisaron una vieja carreta que se perdía en la distancia, ya imposible de alcanzar.
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