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La guerra de Giampaolo

sábado 11 de octubre de 2025
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Ante el desmedido ataque de las fuerzas aliadas en la segunda guerra mundial contra Italia, como integrante del Eje enemigo (Alemania, Italia y Japón), la familia Cantorelli, que habitaba en el centro de Roma, envió a sus tres hijos lejos de la capital para salvarles la vida.

Los dos mayores, Antonio y Mario, fueron a vivir a Pesaro, con la tía Elisa, hermana de la madre, y el adolescente Giampaolo fue enviado a Pievebovigliana donde el tío Filippo, hermano del papá. Ambas localidades pertenecientes a la región de Le Marche (Las Marcas), en Italia central, frente al mar Adriático.

Así, una mañana de frío invernal, se despidieron de sus padres en Roma-Termini, principal estación ferroviaria de la capital italiana.

Después de tres interminables horas de viaje, Giampaolo arribó a Pievebovigliana, y de inmediato se dirigió a la iglesia, pues allí vivía don Filippo, presbítero de la ciudad, y era donde tendría que vivir también él.

La iglesia no se hallaba frente a la plaza principal en el centro del poblado, como era lo habitual, sino algo retirada, al fondo de una explanada, bajo un entramado de frondosos olmos.

Parte de la planicie la ocupaban casas de humildes campesinos. En el centro había una delgada columna de cemento, provista en la cúspide de una pequeña campana y su cadena, para tañerla al convocar a los vecinos a la misa dominical, o cuando llegaba la información de una inminente incursión aérea en la zona.

Una vez instalado donde el tío Filippo, Giampaolo recorrió el entorno para conocer a los vecinos, y pronto trabó amistad con Luigino quien, junto a su anciano padre, vivía en la primera casa a la izquierda de la explanada.

Luigino era un joven trabajador de veinte años de edad, y en lo sucesivo se convertiría en el compañero y guía de Giampaolo, pues don Filippo siempre estaba empeñado en atender a los vecinos en su precaria condición, agravada ahora por las inevitables privaciones que la guerra les imponía, así que de poco tiempo disponía para dedicarlo al sobrino.

Cada mañana Giampaolo acompañaba a Luigino a buscar leche en un potrero lejano, y a veces a comprar los alimentos requeridos, en el exiguo mercado del lugar.

Los domingos, la planicie se colmaba de personas que asistían a la celebración de la misa, casi siempre misa cantada, pues don Filippo poseía una voz tenoril admirada por todos. A decir verdad, antes de seguir la carrera eclesiástica, había estudiado algún tiempo en el Conservatorio de Roma, y se creía que en la lírica se hallaba su desempeño futuro, pero un día, sorpresivamente, ingresó al seminario.

No podía afirmarse si todos los feligreses asistían al servicio religioso guiados sólo por la fe, o también para oír cantar a don Filippo, pues con frecuencia, terminado el santo ritual, los deleitaba entonando arias de óperas famosas: “Va pensiero”, “Nessun dorma”, “Lamento di Federico”, está última el aria de su predilección. Otras veces sólo les cantaba típicas canciones napolitanas: “Core ‘ngrato”, “Santa Lucía”, “O sole mío”, etc.

Era esta la sana distracción de los fieles de Pievebovigliana, en medio del temor y la vulnerabilidad ocasionados por la guerra.

Giampaolo ayudaba a su tío durante el servicio dominical, y fue esta una gran colaboración que obtuvo del sobrino, pues no había encontrado un zagal que le sirviera de monaguillo con asiduidad.

Giampaolo se había percatado de que una linda jovencita que asistía con los padres a la misa dominical lo observaba con singular atención, y él, que era un chico guapo y listo, con unos hermosos ojos verdes, comenzó a devolverle furtivas miradas.

Un domingo, distraído por mirar a la muchacha, a punto estuvo de cometer un desliz: en lugar de tomar el incensario para balancearlo frente al altar, agarró la Biblia, y ya iba a agitarla de lado a lado, cuando don Filippo lo alertó con disimulo, evitando así la hilaridad de los presentes.

Giampaolo le confió a Luigino su fuerte atracción hacia la jovencita, esperando que pudiera ofrecerle alguna información.

En efecto, Luigino la conocía; sabía que era hija del médico de Pievebovigliana, el doctor Serafini, y se llamaba Fiorella.

Esto aplacó la inquietud de Giampaolo, y se prometió que el domingo siguiente, después de la función religiosa, la abordaría con cautela.

Pero no todo fue animada ilusión esa semana en la vida de Giampaolo, pues también tuvo que enfrentar una deplorable situación.

Luigino trabajaba por las tardes en una carpintería del centro, y con frecuencia Giampaolo lo acompañaba, pues le gustaba ver el manejo de la madera y su posterior transformación en muebles para oficinas y viviendas.

Esa tarde, poco antes de oscurecer, deprisa regresaban a casa, cuando oyeron un avión que se aproximaba a gran velocidad, y un instante antes de que los sobrepasara, Luigino le propinó un violento empujón a Giampaolo, y los dos fueron a caer en una hondonada al borde de la carretera.

Era un Stuka alemán, ametrallando el terreno a su paso. La celeridad con que procedió Luigino les había salvado la vida. Solamente recibieron fuertes impactos de tierra por las innumerables municiones que cayeron donde segundos antes ellos habían estado. Por poco no quedaron para siempre sembrados en el camino. Mas al día siguiente, al volver a su diaria actividad, con inmensa pesadumbre apartaron de la carretera los cuerpos de dos hombres que no tuvieron igual suerte que ellos.

Giampaolo esperaba ahora con ansiedad la llegada del domingo para volver a ver a Fiorella, y cuando el anhelado día finalmente llegó, de nuevo tuvo inicio el acostumbrado cruce de miradas, y al finalizar el santo oficio, aprovechando que los padres de Fiorella conversaban con unos amigos, Giampaolo la llamó suavemente por su nombre.

Ella volteó sonreída y se fue acercando. Enseguida entablaron un breve diálogo de discreta complicidad, y allí mismo comenzó un delicado entendimiento amoroso entre los dos.

Fiorella le confió que cursaba segundo año de escuela media y le dio la dirección del instituto, así que ahora Giampaolo iría a esperarla cada día al salir de clases, para pasar algunos momentos junto a ella, y luego proseguía a reunirse con Luigino en la carpintería.

Luigino estaba realmente complacido de haber encontrado en Giampaolo no sólo un compañero de labores, sino también un amigo y un hermano menor.

Con el pasar de los días, la relación entre Fiorella y Giampaolo se fue fortaleciendo, como si hubiese sido un tallo brotado espontáneamente de la tierra, que gentilmente se había ido espigando, para desplegarse en su debido momento como una hermosa flor de pétalos de ternura y pasión.

Por esto, ya tejían animados sueños con vistas al futuro, aun sabiendo que al terminar la guerra tendrían que separarse, pues Giampaolo debía retornar a Roma a reunirse con padres y hermanos.

Pero el ímpetu de la adolescencia les impedía tener presente esa ineludible eventualidad, y seguían adelante con su vívida ilusión.

Sin embargo, poco tiempo después finalizaba la guerra, y una mañana, con sus sentimientos profundamente heridos, ya se hallaba Giampaolo en el andén del tren que lo llevaría de vuelta a Roma.

Don Filippo y Luigino estaban junto a él despidiéndolo con verdadero afecto.

La tarde anterior Giampaolo había pasado momentos de infinita tristeza al decirle adiós a Fiorella, y entre tiernas caricias y sollozos, le pidió que lo esperara, pues alguna vez vendría por ella.

Ni por un instante sospechó él que esa diáfana ilusión sería arrollada por los inevitables e indeseados episodios de la vida.

La posguerra, a pesar de haber sepultado la amenaza bélica, fue también sacrificada y dura.

Ahora había que asegurar una sana y tranquila subsistencia, para lo cual era imprescindible la adecuada preparación.

Conscientes de ello, los padres de Giampaolo se esmeraron en que él y sus hermanos prosiguieran los estudios que les aseguraran su estabilidad económica futura.

Giampaolo, por su parte, a los dieciocho años quiso seguir la carrera naval, y muy pronto fue más el tiempo que pasó en mar que en tierra.

Conoció puertos importantes de Europa y América, y estaba satisfecho de haber elegido esa actividad marítima.

Sin embargo, una tormenta feroz pronto acabaría con su sueño... y con su nave.

Se hallaban los marinos esa vez en alta mar efectuando unas maniobras especiales, cuando el mar embravecido los hizo naufragar. Parecían estar ante las fauces de un infernal monstruo marino dispuesto a devorarlos.

Giampaolo nunca imaginó que vería ese lado terrible del mar.

Él y algunos pocos compañeros pudieron ser rescatados in extremis, pero fueron tales el estupor y la desmoralización que probó cuando vio pasar a su lado tantos cuerpos flotando y sin vida, que al llegar a tierra firme les informó a sus padres que no seguiría navegando.

Poco tiempo después viajaba a Suramérica, en busca de un nuevo destino. Fue así como llegó a Venezuela, donde decidió establecerse, pues ese país era entonces como una mano abierta que daba franca acogida a los europeos que pisaban su suelo, abatidos y en precarias condiciones morales y materiales después de finalizada la guerra.

Giampaolo hablaba bastante bien el español, así que muy pronto entró a trabajar en una empresa local como administrador, mas por su óptimo desempeño e inocultables deseos de progresar, a los dos años ya era el gerente general.

Tenía como secretaria a una atractiva joven venezolana de larga y espesa cabellera negra, cuyos ancestros habían sido italianos, de Génova.

Se llamaba Irania, y la gran afinidad que fue surgiendo entre los dos presto los llevó a establecer un delicado vínculo afectivo.

Se fueron conociendo más a fondo, confiándose sus significativos recuerdos y sus más fervientes deseos.

Irania le confesó que era una apasionada de la ópera y el arte italiano, en cualquiera de sus manifestaciones; por eso anhelaba ir a ese país con tanto empeño y, además, para conocer la tierra de sus antepasados.

Giampaolo, por su parte, le habló de sus experiencias durante la guerra; de su permanencia donde su tío-obispo-tenor en Pievebovigliana; le habló también de Luigino, su gran compañero, amigo y protector, que una vez le había salvado la vida; le contó de Fiorella, su primera ilusión amorosa, tristemente truncada al haber tenido que retornar a Roma finalizada la guerra; por último, le comentó también de su interrumpida carrera marítima, debido a un terrible naufragio, el cual, a la distancia, era el causante de que él ahora estuviera junto a ella. Giampaolo concluyó diciéndole a Irania que esas eran las impredecibles concatenaciones de los episodios de la vida.

Giampaolo le había prometido a Irania que en las próximas vacaciones la llevaría a Italia con él.

Y en efecto, así sucedió; por eso, ahora se encontraban en Roma, recorriendo la impresionante urbe italiana, donde se entremezclaban imperecederos restos del antiguo poder romano con la diferente y cambiante arquitectura de la modernidad.

Y para observar el itinerario previamente establecido, siguieron a Florencia, donde contemplarían las maravillosas obras de arte del Renacimiento.

Leonardo da Vinci, Rafael Sanzio, Sandro Botticelli, Tiziano, desfilaron ante los ojos embelesados de Irania.

Sentía que había dejado atrás el mundo material con todas sus complejidades y contradicciones, y había penetrado en el recinto sagrado y silencioso de la dimensión artística y espiritual. No podía concebir cómo de unas sencillas manos, combinando a su antojo los colores de la paleta, hubiera podido emerger un mundo sobrenatural, casi divino. Y al hallarse ante la majestuosidad del David, con su luminosidad y energía contenidas, comprendió la gran frustración que sintió Miguel Ángel, sabiéndose capaz de extraer de rocas milenarias figuras humanas de extraordinaria perfección y belleza, pero sin poder animarlas por dentro.

Recordó, entonces, lo que la tradición sostenía, ya fuera verdad o invención, pues al efecto igualmente calzaba, que al terminar de esculpir el Moisés lo miró con detenimiento, y ante su definitivo mutismo, con un martillo lo golpeó con fuerza en la rodilla y lo increpó: “¿Por qué no hablas?”.

Irania se retiró llevando al David tatuado en su alma y en su corazón.

Henchidos del arte de Florencia, se trasladaron ahora a Milán para asistir, en La Scala, a la presentación de Norma, ópera de Vincenzo Bellini, una de las preferidas de Irania, cuya aria “Casta diva” la introducía en una sublimidad musical que parecía no tener fin.

A los dos días partieron al sur, rumbo a Pievebovigliana, pero Giampaolo atravesó la campiña toscana sin apresuramiento, para que Irania pudiera admirar ahora un arte diferente, al aire libre, donde la impronta del artista quedaba plasmada en la misma naturaleza, en los vastos cultivos de flores y frutos de la tierra, en las hileras de olivos y cipreses al fondo como ribetes de esmeralda enmarcando el paisaje.

Irania, hechizada, observaba ahora ese otro lienzo vibrando de esplendor y color natural, de sosegada belleza que igualmente engalanaba el alma. Qué diferencia, pensó, con el agresivo enjambre de la selva tropical, que sólo inspiraba profundo temor, pero sabía muy bien que eran sólo dos diversas manifestaciones de la misma obra de creación.

Finalmente arribaron a Pievebovigliana. El flamante Alfa Romeo de Giampaolo se detuvo delante de la memorable iglesia, ahora completamente abandonada. Entraron, y Giampaolo tuvo que confrontar pasado y realidad. Allí estaba el altar bajo densas capas de polvo y algunos retazos de Biblia; restos del malogrado incensario esparcidos por el suelo, y los bancos, arrimados a la pared, no exhibían la solidez de su estructura original, sino que eran ahora un montón de madera vieja recubierta de abandono.

Giampaolo subió al pisito donde estaba su estrecho dormitorio, y aún permanecía el pequeño catre en el que tantas noches había reposado. De pronto, le pareció oír a don Filippo que cantaba: “É la solita storia del pastore, Il povero ragazzo voleva raccontarla, e s’addormi” (“Es la historia de siempre del pastor, el pobre muchacho quería compartirla, mas se durmió”). Era “Lamento di Federico”, de La arlesiana, ópera de Francesco Cilea, que don Filippo amaba entrañablemente. Don Filippo había fallecido algunos años antes.

Ahora, Giampaolo e Irania se dirigieron a la casa de Luigino, justo cuando éste regresaba con un jarrón de leche y una cesta de huevos en las manos. Estaba más delgado, pero sus facciones seguían inalteradas. Irania, entusiasmada, le gritó: “¡Luigino!”; entonces él posó jarrón y cesta en el suelo y se fue acercando. Primero miró a Irania intentando reconocerla, pero cuando se topó con los inconfundibles ojos verdes de Giampaolo, se dieron un largo, efusivo y conmovedor abrazo. Luigino los convidó a su modesta casa, y luego de haberse confiado los sucesos más relevantes de sus recíprocas vidas durante tantos años de ausencia, los recuerdos de lo vivido en Pievebovigliana afloraron incontenibles. Ningún episodio compartido en el pasado permaneció en la sombra, y como era de esperar, el nombre de Fiorella tomó el protagonismo.

Luigino le dijo a Giampaolo que, poco después de su retorno a Roma, ella se había trasladado con sus padres a los Estados Unidos de América y allí se habían establecido definitivamente; luego, tres años más tarde había contraído matrimonio con un joven norteamericano.

Luigino sabía esto por boca de la misma Fiorella, quien hacía dos meses aproximadamente había estado en la explanada, según le dijo, para hacerle un poco de compañía a su pasado, que nunca había podido olvidar, y enseguida le preguntó por él, pero se había ido muy apesadumbrada al no haber obtenido ninguna información suya.

Ahora, Giampaolo y Luigino se sumieron en un denso silencio, ese prodigioso silencio que hace que los recuerdos removidos se asienten de nuevo en el profundo limbo interior, al que pertenecen, para dar paso al inexorable discurrir de la dinámica de la vida.

Thaís Badaracco Febres C.
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